Pero el otoño cerrado y el frío invierno también tienen sus utilidades, sobre todo para una persona casera e introvertida como soy yo. En cuanto veo las nubes fuera y siento caer las primeras gotas de lluvia, me arrebujo en el sofá con la manta, los gatos y un buen libro e ignoro que, a pesar de las apariencias, el día aún depara temperaturas altas y se puede dar una vuelta muy a gusto sin apenas ropa de abrigo. Empieza la temporada de estudios. Me he apuntado a un máster porque sé que los inviernos en Vitoria son largos, que las tardes de domingo se hacen eternas y que, conociéndome, o estudio o me trago todo lo que mi nueva compañía televisiva tenga a bien ponerme en la caja tonta. También me he apuntado a alemán por sacarme la espinita que tengo con este idioma, al que no termino nunca de cogerle la vuelta, lo que me va a obligar a salir de casa al menos un par de días a la semana (y a aprovechar más si cabe la tarde de los domingos). Todo por evitar el tedio de los inviernos vitorianos, los días de nieve, las tardes de lluvia, y el largo lamento de una ciudad que ya de por sí tiene poco que ofrecer y que en invierno muere un poco más.
El otoño llega ya. Hoy la temperatura es buena, pero las nubes amenazan agua (ya empieza a caer) y el cuerpo no pide estar en la calle. Es lunes, los niños y las niñas han venido del fin de semana con ganas de verse, ganas de hablar, ganas de estar juntos. Hoy no toca aplicarse con los deberes, toca socializar. Y yo ya paso de desgañitarme, porque sé que los lunes de poco vale, y prefiero dejar que se relajen y charlen un poco entre ellos antes de ponerme firme y pedirles que reciten conmigo la parte de gramática que toca (qué antigua soy a veces).
Es lunes, sí, y lo tengo un poco tonto. Es lo que tiene que hoy sea cinco de octubre y que toque celebrar el cumpleaños de alguien que ya no está. Lunes, otoño y lluvia, el triunvirato perfecto. Para qué quieres más, Tomás.

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