De por qué febrero tenía que ser festivo, o lo mucho que me afecta el frío

Leo de pasada (más correcto sería decir "paso la vista sobre") un titular en un periódico online que pregunta si los humanos deberíamos hibernar. Antes de que mi cerebro registre lo que ha leído, yo ya estoy asistiendo con la cabeza como si del otro lado de la pantalla me viera alguien, o los gatos me fueran a discutir. Ha llegado el invierno con la furia de la que parecía iba a carecer este año, y yo me quiero esconder debajo de la manta, con el libro más gordo que pille por casa y un té calentito a mi lado. No me apetece salir a la calle. Me siento agotada. Ríase usted de la astenia primaveral, a mí lo que me destroza es el frío polar que acecha en cuanto abres la puerta de la calle en febrero. Mañana empiezo con las vitaminas.
Mírala, qué alegre va ella. Pedazo de sonrisa.

Todavía hay en el mundo algún escéptico que discute el hecho de que el clima de una determinada región afecta al carácter. Yo, he de reconocerlo, lo he hecho durante mucho tiempo, pero solo porque estoy harta de que digan que los vascos (y las vascas) somos unos sosos, secos y desaboríos. Durante años he defendido que no hay que dar palmas en la calle para demostrar lo alegre que es una, que un poco de seriedad de vez en cuando, sobre todo en el trabajo, no significa que no nos sepamos divertir, que no se ríe mejor quien ríe más alto. Hasta que, volviendo de una comida con amigos un domingo invernal, con viento, lluvia y frío y la mano que sujetaba el paraguas sin enguantar, vi el reflejo de mi cara en un escaparate y me asusté de mi misma. De normal ya suelo ir seria por la calle, pero es que en ese momento parecía que quería partirle la cara a alguien. Cabeza baja, ceño fruncido porque me estaba dando el viento en los ojos, paraguas abierto, hombros subidos, barbilla hundida dentro del abrigo... Igualito que la madrastra malvada o la bruja del bosque de cualquier cuento de hadas. Si en este instante me sacaran una foto y se la mandaran a alguien del sur, ¿cómo no iban a pensar que todos los vascos (y las vascas) gastamos de una mala leche del quince? Pero es que claro, hay que estar aquí para entender que sonreír con este frío es muy difícil, a no ser que te cuenten un chiste justo antes de salir de casa y se te congele la sonrisa según sales a la calle. Que no sería la primera vez que me pasa.

Desde aquí reivindico la festividad de febrero, por lo menos para la gente del norte, que a los del sur no les hace falta. Un mes en el que podamos hibernar, recuperar energías, cargar las pilas, para luego poder volver a ser todo lo efectivos que se dice que somos (unos y unas más que otros y otras, como en todas partes). O mejor aún, haría un trueque: como decreto de ley obligaría a cambiar de residencia un mes al año a alguien del sur con alguien del norte, para que unos descansen del frío y otros entiendan que, cuando la nieve te golpea las mejillas y el aire es tan fuerte que apenas puedes respirar, en lo último que piensas es en dar palmas o tomar un rebujito. En todo caso un carajillo o uno de esos vinos calientes que se toman en el norte de Europa (y en Vitoria en Nochebuena).

Resumiendo: que hace frío, que lo llevo muy mal, que prefiero el sol y los días rasos. Y que ya he empezado a buscar destinos en los que jubilarme, porque a dios pongo por testigo que cuando no necesite trabajar más no volveré a sufrir un febrero en Vitoria. Aunque me tenga que mudar a Tailandia. Con los gatos en la mochila.

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