No, si ya decía yo que este año no empezaba bien. Si ya me olía yo que 2016, siendo bisiesto, no iba a traer nada bueno en ese día extra (es más: el muy cabrón se ha saltado el sábado en el que debía caer mi cumpleaños y este año cumplo en domingo, así, por las buenas). Ahora ya no tiene que ver con animales de compañía o actores lejanos que no me tocan en nada, sino con un familiar cercano que se ha pasado dos semanas en el hospital y a quien me ha tocado cuidar y hacer compañía (todo bien, gracias, se quedó en un susto). Vaya añito llevamos. Yo desde ya le estoy poniendo velas a San Rickman para que me guarde de males mayores, que todavía estamos a quince de febrero y queda mucho año por delante.
Pero no vengo a hablar de desgracias, sino a quejarme de la mala educación de algunos y, en este caso concreto, algunas, que cuando se da en un hospital parece que tiene más peso. El primer ingreso (y es que hubo dos, con una semana de descanso en medio) fue en la planta sexta de un hospital de siete plantas. El baño de la habitación es solo para los enfermos de esa habitación, y yo, que sigo las normas siempre que puedo, usaba el baño de la sala de visitas sin problema. Ya el primer día me di cuenta de que olía a tabaco que apestaba, y me imaginé que los enfermos fumadores se escaparían al baño de vez en cuando a echar un cigarro. No es que me parezca bien, pero entiendo que la adicción es fuerte y a veces uno se esconde donde sea a cambio de poder fumar (aunque mi enferma, fumadora compulsiva, aguantó la semana entera sin fumarse un pitillo, así que si ella puede no veo por qué el resto no); eso sí, como no fumadora que tiene que usar un baño sin ventilación, el vicio ajeno se hace insoportable. Uno de los días debí entrar nada más salir la fumadora de turno y casi muero asfixiada. Tan desagradable se me hizo que salí a la zona del lavabo en bragas, incapaz de aguantar la respiración un segundo más, para atarme el pantalón en zona de aire "limpio". Creo que ni tiré de la cadena.
Mi cabreo monumental vino cuando me di cuenta de que no eran los enfermos los que usaban el lavabo como fumadero. Salí del baño para encontrarme con una mujer vestida de calle, el abrigo puesto, el bolso al hombro, y con un cigarro en una mano y el encendedor en la otra que apartó la mirada cuando entró en el cubículo. Como soy una cobarde, no le dije nada; no creo que hubiera conseguido convencerla de que no le costaba nada bajar a la planta baja y echar el cigarro en la calle, y la mujer tenía una envergadura bastante más ancha que la mía y me dio miedito. Podía haber llamado a seguridad, podía haber hablado con las enfermeras, pero no dije nada. No hubiera servido de nada. La gente que es capaz de fumar en el baño de un hospital por no bajar seis plantas en el ascensor no se avergüenza porque le digan que no debe.
Nunca entenderé cosas así. Las faltas de respeto son algo que llevo muy mal, y algunos fumadores se llevan la palma. Parece que ya vamos entendiendo que fumar en los ascensores es desagradable, es malo para la salud, es una falta de respeto a la convivencia, pero lo del baño del hospital me dejó muerta. ¿Tan difícil es, cuando tienes el abrigo puesto y las piernas funcionales, bajar a fumar abajo? Un día vi a un enfermo con medio cuerpo fuera de la ventana echando el cigarro, sin que una gota de humo entrara en la sala de visita. A él le hubiera perdonado que fumara en el baño. ¿Tanto cuesta pensar un poco en el prójimo?
A la semana siguiente comprobé que, en la segunda y primera plantas, el baño olía bien. Será que la planta baja está más cerca y a la gente no le importa bajar, pero para la próxima ya sé qué baños voy a usar independientemente de dónde esté mi enferma. Solo espero que no me toque otra vez, que una ya ha cumplido con su mala suerte este año. Y a vosotras/os tampoco, que, fumadoras/es o no, me caéis bien. Eso sí, hacedme un favor y llevaos parches de nicotina en caso de que terminéis ingresadas/os, anda. Que no cuesta nada.
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