Retortijon

Llevaba sentado en aquel pupitre estrecho más de tres horas seguidas, con una pausa de diez minutos para ir al baño que no había podido aprovechar porque había demasiada gente para el número de servicios de la universidad. Me dolía el culo, por no hablar de las piernas, las rodillas, los codos y, por supuesto, la vegiga, que estaba a punto de estallarme. El profesor había dado por finalizada la clase, pero la gente seguía bombardeándole a preguntas y yo no me quería perder las respuestas. Era una clase interesante. Menos mal, pensé, porque si encima llega a ser un bodrio ni Rita aguanta diez horas en la universidad.
La gente se levantó al fin. Yo cogí mi mochila y salí corriendo, directo al baño, creyendo que me iba a mojar los pantalones antes de llegar. Mi autobús salía para Vitoria en diez minutos y tardaba cinco en llegar a la parada, así que tenía el tiempo justo. Pero fue ver el baño y sentí un tremendo retortijón que me envió directamente a uno de los cubículos a plantar un pino, con perdón; con lo estreñido que soy, prefiero perder el autobús a dejar escapar las ganas, así que traté de hacerlo deprisa. Oí pasos apresurados saliendo del baño al mismo tiempo que se me escapaba un pedo. Qué especialita es la gente, qué creerán que va uno a hacer al baño.
Fui rápido, lejos de mi cuarto de hora habitual. Sali corriendo al pasillo, subiéndome la bragueta y reajustándome la mochila sobre los hombros mientras andaba, y tardé unos segundos en darme cuenta de que el pasillo estaba demasiado oscuro. Todo el mundo había salido ya. Alguien había apagado las luces. El estómago me dio un vuelco (por un segundo creí que era otro retortijón, pero sólo eran nervios) y corrí hacia la salida. La puerta estaba cerrada con llave. De repente me vinieron a la mente cientos de escenas de las miles de películas de terror que había visto en mi vida, y me puse a sacudir la puerta como si así fuera a conseguir abrirla. Eran sólo las siete y media de la tarde, ¿cómo era posible que se cerrara una facultad tan pronto?
-Esto no me puede estar pasando a mí, esto no me puede estar pasando a mí... -casi grité.
Y entonces oí pasos a mi espalda, y el corazón me saltó a la garganta, y no supe si echar a correr o gritar pidiendo ayuda, o ponerme en guardia y darle un golpe con el libro de análisis de datos...
El bedel de la universidad se me quedó mirando como si nunca hubiera visto un alumno en su vida.
-¿Pero qué haces tú aquí todavía?
-Estaba cagando -gemí, temblando de pies a cabeza.
El bedel me miró, impávido, como si todos los días recibiera la misma respuesta a cualquiera de sus preguntas. Negó con la cabeza, soltó un suspiro y me abrió la puerta. Salí tan rápido que ni le di las gracias.
El chófer del autobús, el mismo que llevaba toda la semana llevándome de vuelta a casa, se había dado cuenta de que yo no había llegado y me había esperado cinco minutos. Llegué sin aliento ni para pedir el billete, pero él ya sabía mi recorrido. Me senté en el primer asiento que encontré y dejé escapar un gemido de alivio que hizo a la chica que iba a mi lado arrimarse más a la ventana.
Me quedé dormido antes de que el autobús saliera de Donostia.


Dedicado a ese al que siempre le pasan estas cosas. Historia verídica, por cierto

7 comentarios:

Sebastián Puig dijo...

Como tú bien dices: real como la vida misma y literario a más no poder. Un pellizco.

Joselu dijo...

Un buen trozo de vida verosímil y divertido.

Anónimo dijo...

Verídica y hoy, con el paso del tiempo, divertida; porque seguro que aquel día no lo fue.

Tana dijo...

Qué angustia!!! Tal como apunta Pau, hoy puede ser divertida pero entonces... las debió de pasar canutas ^^

AdR dijo...

Hola,

He llegado a tu blog desde "Diario de un Escritor" y como me ha gustado su título me lo apunto para leerte de manera habitual y siempre que el señor Tiempo me dé un respiro...

saludos,

Maripuchi dijo...

Genial!! Todos tenemos alguna historieta así rondándonos ...
Ésta es buena.
Un beso

Tana dijo...

Ruth, te propongo un meme en mi blog. Un besazo!!