No vale de nada hacerse propósitos de Año Nuevo. No digo que no valga de nada hacerse propósitos, sino que es inútil hacerlos en una fecha determinada. Los propósitos llegan a nosotros cuando tienen que llegar, no forzados. Uno no deja de fumar porque sea 31 de diciembre, sino porque le jode toser por las mañanas y un día decide dejarlo, así, sin más. Ni menos, que no es moco de pavo.
Yo nunca hago propósitos de Año Nuevo, pero me hago nuevos propósitos todo el año. No todos de golpe, ojo. He aprendido, a costa de ganarme fama de inconstante en mi familia, que si una intenta hacer demasiadas cosas a un tiempo probablemente no consiga ninguna. Hace un par de años me dije "quiero hacer un curso de traducción a distancia". Para eso necesitaba unas pocas horas de trabajo constante todas las semanas, algo completamente accesible con mi horario, así que no fue difícil hacerme a la rutina. Ya que estaba con el curso, inmersa en el inglés, decidí que era un buen momento para estudiar un poco y sacarme el Proficiency. Conseguí una A. Después de eso, mientras continuaba con mi curso de traducción, anunciaron las oposiciones y, como no tenía absolutamente nada que perder, decidí estudiar a ver si sonaba la flauta. Sonó, casi un ocho, pero no conseguí plaza porque me faltaban puntos. Pero yo me había probado que podía.
Viendo que todo lo que me había propuesto durante el año había dado buenos resultados, me animé con más. Me apunté a filología inglesa. Mi madre soltó una risilla y dijo "a ver cuanto duras", comparando mi constancia con el estudio con mi constancia con el gimnasio, que es menos que nula. He terminado el curso con dos matrículas de honor y tres notables. Como no todo en la vida es estudiar, me apunté a dibujo para conocer gente y matar alguna hora a la semana, y mi madre de nuevo miró al cielo y se acordó de todos los días que faltaba a aeróbic. Aparte de un par de viernes donde el estrés del trabajo y del estudio exigían una cerveza fresquita, y la semana de exámenes que coincidía en horario con las clases, fui a todas. Nunca seré Sorolla, pero tengo una afición nueva y he aprendido un montón. Seguiré el año que viene.
Este verano, con todo el tiempo del mundo para pensar, he sentido la necesidad de hacerme otro propósito. Este no tiene nada que ver con los estudios (que voy a continuar), con escribir (que hago todos los días, era mi propósito para el verano y vaya si lo estoy cumpliendo) o con el trabajo (sigo donde estaba, y muy contenta además), sino con mi salud mental y mi trato con los demás, que en este caso va unido. Me explico.
Soy una persona históricamente rencorosa. Es fácil herirme. Tengo una piel muy fina, como dicen en inglés. Cuando alguien me hace daño, lo guardo, no olvido, y sólo perdono si me piden perdón o si veo un cambio notable en esa persona, cosa harto difícil cuando todo lo que yo hago es lanzarle miradas de odio cuando me la cruzo por la calle. He decidido no hacerlo más. He decidido que mi paz mental bien merece dejar atrás antiguos piques y ofensas, que bastante tengo con lo de mi padre para encima acordarme de que tengo que odiar a esa que pasa por ahí porque a los trece años se juntó con otras dos para darme una paliza. No me merece la pena. Ojo, que no estoy diciendo que esté olvidando ni perdonando (¿cómo se perdona a alguien que no tiene conciencia de haber hecho algo malo?, ¿para qué sirve?), sino que voy a dejarlo pasar. Sin olvidarlo. Sin empezar de cero. Sin convertir ahora a esas enemigas históricas que todas tenemos en amigas de alma. Pero voy a intentar, al menos, saludarles al pasar, quizás incluso dedicarles una sonrisa (si me sale, tampoco es cuestión de forzar las cosas), quizás, si estoy de muy buen humor, incluso pararme a hablar con ellas (bueno, igual esto es pasarse, pero quién sabe). Porque no me merece la pena odiar. No es sano. No adelantas nada, no te hace mejor persona, no te hace más fuerte. Y provoca úlceras (esto no sé si está probado científicamente, pero ya os digo yo que sí). Fijaos si estoy empecinada en dejar de odiar que estoy convencida de que sería capaz de hacerles un favor que a mí no me costara mucho (hace un año, mi mayor placer hubiera sido negarles hasta el aire que respiran). Creo que eso significa que estoy madurando. Estoy pasando página.
Así que hoy es el primer día del resto de mi vida. Hoy dejo de odiar. Es definitivo.
6 comentarios:
Espero que no te lea uno de esos "enemigos" porque igual te hace una putada para ver si es verdad.
Un abrazo.
Buenos propósitos... la verdad es que si te empecinas en querer cambiar muchas cosas no llega sa nada y luego te llena la frustación, así que es mejor ir poco a poco. Y tienes razón odiar no es sano ni cuerdo.
D.
Pero que este propósito de no odiar no te cree un estrés ni ansiedad que es lo que suele pasar con los propósitos...
besos
pd.ando de vuelta por los sures un ratito...el País Vasco de lujo...
Hombre, lo de odiar es un poco fuerte y, en mi opinión, no lo merece cualquiera. Creo que para odiar a alguien de verdad es preciso haberlo querido antes también de verdad.
Otra cosa es el desprecio. Yo no renuncio a él. Es la última defensa que nos queda.
Eso sí: puede ser un desprecio elegante, con sonrisa incorporada, que llegue a divertirte con el tiempo.
Es mi recomendación. Limítalo a casos concretos, pero no lo dejes. El rencor, además, es una buena vacuna.
¿Tú crees, Javier? Yo lo paso verdaderamente mal cuando desprecio a alguien, porque me da la sensación de estar poniéndome a su altura. Además, si lo analizas bien, todas esas personas que te hacen feos es porque tienen algún tipo de problema o inseguridad que pagan contigo. Merecen tu pena, no tu desprecio (que les jode más, además, aunque se supone que no va por ahí la cosa).
Yo me aferro al viejo dicho: no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. En el peor de los casos, ignóralo.
Estoy contigo Ruth. Alguna vez me he propuesto cambiar el desprecio por el odio visceral, por eso de ver si con ello me desahogaba mejor; pero al cabo, si son inconscientes y ni se quieren enterar del daño que han hecho o prefieren mirar para otro lado y no verlo..., por si eso del karma funciona, mejor sigo sin odiar a nadie porque aún por encima me iba a costar un esfuerzo. Eso del mejor desprecio..., también yo he crecido con ello. Será verdad??
Publicar un comentario