Primero fue una contractura que me tuvo prácticamente paralizada una semana (aunque al trabajo no falté ni un día, más que nada porque la peor postura era sentada o tumbada y para eso prefiero hacer algo útil). La médica me recetó diazepam, que en teoría debía haberme ayudado a dormir como un lirón, pero el dolor era tal y estar tumbada me era tan incómodo que atrapar el sueño era poco menos que imposible (eso sí, una vez que me dormía no me enteraba de nada). Luego recibí la visita esa que llega todos los meses, la de la señora de rojo que procura no perderse ninguno de tus viajes, que suele venir silenciosa y sin molestar mucho pero que este mes ha llegado con ganas de guerra y me mantuvo despierta un par de noches (sexo débil, los cojones: una regla mala, solo una en la vida, les deseo yo a todos esos machitos que se ríen de las mujeres cuando se quejan de dolores menstruales; nunca sabré cuánto duele una patada en los huevos, pero imaginaos eso durante dos o tres días, así, para haceros a la idea). Y, cuando ya parecía que todo volvía a la normalidad, empezaron las pesadillas. Nada de monstruos que me persiguen por los pasillos, o suelos que desaparecen de repente, o ladrones que entran en casa (bueno, esta sí, y fue tan vívida que me levanté de un brinco por la mañana a ver si me habían robado el ordenador). Mucho peor que eso: pesadillas sobre el trabajo. Pesadillas sobre niños y niñas que no me hacen caso, sobre padres que protestan, sobre tareas no hechas, sobre conversaciones imaginarias con compañeras que terminan en gritos. Cosas que no me han pasado nunca en este colegio, pero que obviamente temo, porque si no a qué viene esto. Si ya digo yo que trabajar es malo para la salud, y si no al tiempo, que ya vendrá la OMS a decirnos que lo evitemos en todo lo posible, y no la carne de cerdo, que vaya ocurrencia la suya.
Por suerte, también hay otra cosa que me quita un poco el sueño, y es la ilusión. Ilusión porque este sábado sale, ¡por fin!, Armarios y fulares, lo que significa que me convierto en escritora publicada. Mentiría si no dijera que estoy nerviosa, pero lo que realmente tengo son cosquillas de anticipación en el estómago (que sí, básicamente es la definición de "nerviosa", pero queda mucho más bonito decir "cosquillas de anticipación"). ¿Gustará? ¿No gustará? ¿Conseguiré que lo lea alguien más aparte de mis allegados? ¿Dejarán alguna reseña de cuatro o cinco estrellas en la página? ¿Tendría que haber cambiado algo, algún diálogo, alguna palabra, algún gesto? Completos desconocidos van a cotillear en algo que me es tan íntimo como un diario, por más que no hable de mí (o no lo a las claras, pero soy de las que cree que todos los libros hablan de quien los escribió). ¿Cómo me juzgarán? ¿Querrán seguir leyendo lo que escribo? ¿Se reirá alguien de mí en vez de conmigo? Todo a la vez y sin orden ni concierto en mi cabeza en ese espacio entre el sueño y la duermevela que cada día se está haciendo más largo.
Pero, qué queréis que os diga, si por esta última razón hay que perder sueño, bienvenidas las siestas. Media horita a la hora de comer y levantarse un poco tarde los fines de semana y listo, solucionado. Bueno, este fin de semana no creo que duerma mucho, porque me veo el sábado a las siete de la mañana delante del ordenador, pero sí, de verdad, pienso recuperar sueño. Cuando termine de escribir el siguiente libro, lo prometo. Quizás. Bueno, no sé.
Que vivan las siestas, sí.


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