Cuadernofilia




Hoy me ha dado por contar los cuadernos que tengo en casa. No solo los que tengo en la librería del despacho, que ya son unos cuantos, sino todos los que andan sueltos en distintos rincones del resto de las habitaciones. Los únicos que no he contado son los de dibujo, porque su labor es otra distinta a la de anotar cosas. Pero el resto los he contado. Y me ha costado un rato.

Tengo setenta cuadernos. Setenta. Cuadernos.

Algunos están escritos de cabo a rabo, pero son los menos. La mayoría son grandes, tamaño DIN-A4, pero también los hay pequeños, de media cuartilla, e incluso uno diminuto que llevo en el bolso por si acaso (aunque últimamente todo lo apunto en el móvil). Tengo cuadernos listados, cuadriculados y, sobre todo, lisos; milimetrados no, nunca me han gustado, e intento no usarlos tampoco con mis alumnos y alumnas. Tengo cuadernos idénticos porque a veces los uso para apuntar detalles de una historia, y me gusta que todos los que uso sean iguales, pero como tengo tendencia a escribir cien principios y no acabar ni la décima parte de lo que escribo no me fío de mí misma y no quiero empezar a escribir en la colección de cuadernos todavía, así que están intactos. Algunos son regalos (estoy viendo uno que tiene más de diez años), otros son de la carrera. Algunos contienen cosas que no quiero releer, otros no sé ni lo que tienen. Uno de ellos lo uso como diario cuando me apetece escribir a mano, porque ya hasta el diario lo escribo en el ordenador; otro es mi bitácora de libros leídos, donde apunto las impresiones que me dejan los libros que leo. Tres son los que usé revisando Armarios y fulares. Uno es un cuaderno de viaje. Tengo uno que me hace de diccionario de alemán y más de media docena llenos de apuntes de la universidad que no me atrevo a tirar. Guardo uno siempre al lado de la cama por si se me ocurre una idea brillante a media noche y quiero apuntarla. Al lado del ordenador hay tres.

Dicen las técnicas de minimalismo que, para que la casa esté en paz y tu feng-shui pueda fluir por los rincones sin obstáculos, lo ideal es librarse de cuadernos y papeles y digitalizarlo todo. Esta gente, obviamente, no me conoce, porque antes me mudo a una casa más grande que tirar los cuadernos que tengo. La gente habla de las fotos, de los álbumes como recuerdo, pero gran parte de mis recuerdos están de forma escrita. Ni con la llegada del ordenador, los procesadores de texto y Scrivener he conseguido librarme de mi amor por los cuadernos. Y es que no es lo mismo dejar volar los dedos sobre el ordenador que sentarte tranquilamente delante de un cuaderno y pensar, con un boli que te guste, qué es lo siguiente que vas a escribir.

(Y al igual que la gente que siente hambre cuando ve fotos de comida, a mí ahora me han entrado ganas de comprar un cuaderno bueno. ¿Me resistiré? Lo dudo.)


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