"¿De dónde sacas las ideas?", o de preguntas sin respuesta


Una vez, casi cuando acababa de empezar con el blog (y de eso hace ya diez años), una amiga me preguntó de dónde sacaba las ideas para los relatos y las pequeñas historias que escribía. "¿Cómo se te pueden ocurrir esas cosas?", me dijo, porque justo había publicado un instante en la vida de un niño y su madre que era un poco gore y no le cabía en la cabeza que yo pudiera ser tan macabra. No supe qué contestarle. ¿Cómo que de dónde salen las ideas? ¿Es que acaso no están a nuestro alrededor como las motas de polvo o el aire que respiramos? ¿No las ves tú? ¿No las ve todo el mundo?

Más tarde me di cuenta de que no, no todo el mundo las ve. Las ideas están ahí, sí, pero hay que saber verlas, y para ello necesitas saber cómo mirar. O quizás no sea tanto mirar como dejar que vengan a ti, dejar que te atrapen (a poder ser delante del ordenador, trabajando, o delante de un lienzo, o por lo menos un mal papel donde apuntarla), pero para eso tienes que estar abierta a esas ideas. Y normalmente no lo estamos. Normalmente pensamos que hay que concentrarse mucho para que se te ocurra una idea, dedicarte solo a eso durante un tiempo, cual pensador en el trono (léase "trono" como "wáter", el mejor lugar del mundo para tener ocurrencias), hasta que algo en tu cerebro fabrique esa idea brillante que llevar a cabo. En mi experiencia, nunca funciona así. Las ideas se me ocurren cuando me fijo en pequeños detalles de mi alrededor, cosas que parecen insignificantes pero que cambiadas de contexto pueden ser verdaderas joyas. Hay una técnica de escritura en la que tienes que utilizar dos conceptos que no tengan nada que ver entre ellos para crear una historia (Bernardo Atxaga tiene un cuento estupendo en Obabakoak, os recomiendo buscarlo, está por la red), y creo que ese es el germen que provoca la explosión que luego se convierte en un cuadro, en un cuento, en una novela. A veces no te das cuenta de dónde ha salido, parece que ha sido espontáneo, como si lo tuvieras guardado dentro y no lo hubieras sacado hasta entonces. Pero, en cuanto te pones a hurgar un poco, te das cuenta de que el origen no es otro que aquella tontería que pensaste hace tres años y la frase que dijo tu amiga del alma el otro día, o la escena de tu serie favorita que te hizo pensar en tu profe de lengua de primaria sumado a haber visto al chico que te gustaba cuando tenías quince años. Detalles, imágenes, chispazos. La suma de naranjas y coches teledirigidos.

A mí, personalmente, las ideas se me ocurren a docenas cuando me pongo a escribir. Es poner dedo sobre tecla y venir a mí cien historias que prometen ser mucho mejores que la que estoy escribiendo. La tentación de dejar lo que estoy haciendo es casi incontrolable; la atracción de una historia nueva, algo que promete ser fácil porque todavía no está trabajada, es tan sugerente que te apetece mandarlo todo a la porra y empezar de cero. Curiosamente, en las temporadas en las que estás en barbecho y no escribes, esto no pasa: ¡anda que no cuesta encontrar sobre qué escribir cuando llevas un tiempo sin hacerlo! Las buenas ideas se atraen unas a otras, como las hormigas exploradoras que luego vuelven a avisar a sus compañeras. "¡Eh, chatas, una que escribe! ¡Vamos a atacarla, a ver si se despista y conseguimos que no termine!" Es la ley de Murphy, supongo. No hay nada que hacer.

Ideas. Cuando tienes demasiadas, malo. Si no tienes, peor. Y distinguir una buena de una mala... Eso ya es tema para otro blog. O para ir al psicólogo directamente, que, por cierto, suele ser muy buena idea.

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