Iker

Aquí llega Belén, lo sé antes de verla porque sus pasos son los que más retumban en los pasillos del centro. Hasta puedo adivinar de qué humor viene: pasos rápidos, incluso más fuertes que otros días... No falla, Iker ha vuelto a hacer una de las suyas y viene a quejarse, como siempre. Cara de póker, Alfredo, como si fuera la primera vez...
Abre la puerta sin llamar y entra con los brazos en jarra, sin molestarse en cerrar la puerta. No he levantado la vista del informe que finjo leer y ella ya está gritando. Dios, esta mujer necesita unas vacaciones.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Respiro profundamente, como todos los viernes por la tarde de los últimos cuatro años. Belén cree que soy Dios, no hay otra explicación. Cree que con mi mirada puedo fulminar a nuestros niños y mandarlos a una dimensión desconocida donde a ella no la molesten, o arreglar todos sus problemas con un toque de mi varita mágica e integrarlos en la sociedad. Mi suspiro la exaspera más.
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
Belén, ay, Belén, tú y tu manía de hablar a voz en grito en un edificio antiguo de pasillos largos y techos altos donde reverbera hasta el vuelo de una mosca. Tú y tu manía de no cerrar nunca la puerta del despacho... Mierda.
Los ojos de Iker refulgen un segundo cuando me miran desde detrás de Belén. Hay ira, desprecio, insolencia, agresividad, pero también hay miedo, inseguridad, rabia, dolor. O quizás sólo esté en mi mente. Quizás sólo lo vea porque no quiero perder la esperanza de que existan.


No puedo más, esta vez me va a oír. Estoy hasta el gorro de sus excusas y sus teorías psicológicas, ese niño es un psicópata y aquí va a pasar algo gordo algún día. Si tanta pena le da, que lo trate él, yo no pienso cogerle más. ¿Pues no te jode, que me ha tirado el libro a la cabeza? Si no me agacho, me mata. Hala, él ahí, repantingadito en su mesa, haciendo que trabaja para no dar la cara, y luego va predicando vaya usted a saber qué chorradas sobre la paciencia y la comprensión y el cariño y no sé qué más soplapolleces. Hay niños a los que no se puede querer y punto. Y yo no quiero a Iker, ni quiero quererle, nunca. No le soporto. No aguanto más.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Suspirito, como todos los viernes. ¿Se creerá que así me va a callar? Belén, contrólate que te va a subir la tensión. Yo tenía que estar trabajando en un colegio, a poder ser privado, con niños normales y disciplinados, no con esta panda de cafres. ¡No lo soporto más!
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
No me ha hecho falta ver la expresión de Alfredo para saber que estaba detrás de mí, he sentido su presencia, esa energía destructiva que transmite por donde pasa. Mira qué sonrisa, si es que da miedo hasta mirarle a la cara. Cualquier día trae una pistola y nos mata a todos. Cualquier día, ya verás...


Ya está la vieja chocha quejándose de mí. Qué pena no haberle dado con el libro, con un poco de suerte la dejo tonta y se tiene que ir a una clínica y nos deja en paz de una puta vez. ¿A quién quiere engañar? "Confiad en mí, estoy aquí para ayudaros...". Y una mierda. Le gustaría vernos a todos ahogados, la muy perra.
Pero por lo menos ésta es sincera y no disimula. A ésta se le nota que preferiría estar en cualquier sitio menos con nosotros, que hace este trabajo porque ya es muy mayor para cambiar, aunque no tenga capacidad para querer ni a una mosca, mucho menos a nosotros, vieja amargada. Pero el otro... ¿De qué va Alfredo? A veces casi me creo su rollo, parece que va en serio con eso de que le importamos y que quiere ayudarnos. Pero será como todos los demás: te da la mano y, en cuanto te descuides, te suelta y el ostión es más grande porque no te lo esperabas. Como mi madre. Como mi padre. Como ese profesor tan majo al que le gustaba más mi polla que yo.
Y, sin embargo, hay algo en su mirada que parece leer mi mente...

1 comentario:

Leticia Zárate dijo...

¡Qué fuerte!
Me has hecho reflexionar en muchas de las actitudes que alguna vez han tenido mis alumnos. Nunca se sabe qué hay detrás de su comportamiento y muchas veces tampoco logra saber uno qué hacer por ellos...