Me levanto, pongo la cafetera, enchufo el tostador y me dispongo a prepararme el desayuno. Mientras el agua borbotea, unto la tostada con mantequilla y veo con el rabillo del ojo cómo el gato salta a la parte de arriba del armario que tengo sobre la encimera, como hace todas las mañanas. Yo sigo a lo mío, sabiendo que el ojo de Sauron me observa desde las alturas, hasta que oigo un ruido. Un ruido que conozco bien: el de "el gato ha perdido el equilibrio y está a punto de caerse del armario".
Cierro los ojos y me preparo para el golpe -porque no puedo hacer nada, no puedo detenerle cuando ya está en caída libre-, pensando que, como siempre, va a a esquivarme con ese arte imposible de explicarse de los gatos. Y, de repente, siento un peso en mis brazos, abro los ojos y me encuentro con una masa de pelo gris y blanco sobre mi tostada y el cuchillo con el que estaba untando la mantequilla. Por suerte, el cuchillo estaba sobre la tostada, plano, y aparte de pringarse de mantequilla, no le ha hecho nada.
El gato salta sobre la mesa, me mira con mirada inescrutable y empieza a lavarse con parsimonia de gato. Al rato, cuando hemos terminado yo de desayunar y él de acicalarse, se me acerca y me mira fijamente, relamiéndose. Parece estar diciéndome: "venga, hagámoslo otra vez, ha sido divertido".
Yo de mayor quiero ser gato.
1 comentario:
Genial gato... ajajajaja
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