Mi bisabuelo era jefe de estación, lo que significaba que la familia se movía siempre de un lado para otro. Eran tres hermanos, dos chicas y un chico, y la menor, mi tía abuela, tenía obsesión por los gatos. No valían de nada las protestas de su padre, las amenazas de su madre o las envidias de sus hermanos, siempre se las arreglaba para encontrar un gatito nuevo que llevarse a casa en cuanto llegaban a su nuevo hogar. Me pregunto qué haría con ellos cuando tuvieran que mudarse. Conociéndola, seguro que los dejaba en familias con muy buenas referencias.
Mi tía abuela fue funcionaria, franquista, extremadamente religiosa y soltera hasta su buen medio siglo. No tuvo hijos, pero quiso a sus sobrinos como si lo fueran y se convirtió en la tía molona que se los llevaba de veraneo y los presentaba en los círculos de gente bien que conocía. Nunca faltaron gatos en su casa, ni una criada (como ella las llamaba, porque no era muy dada a los eufemismos banales). Cuando cumplió cincuenta, se casó. Todos creyeron que lo hacía por no estar sola, por tener a alguien que cuidara de ella. Murió a los setenta y tantos; tres meses después se fue su marido. Quizás sí fuera amor, después de todo. El gato se lo quedó Anastasia, la criada de noventa años que había acompañado a mi tía los últimos veinte. Aunque ella insistía en llamarla criada, nosotros sabíamos que era más amiga que empleada. ¿Lo sabrían ellas también?
2 comentarios:
Me apasionan las historias de familia :)
Besos.
P.D.: Lo sabrían en silencio.
Qué buena eres en las distancias cortas, amiga.
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