El viernes que viene tengo fiesta (sí, venga, ahora empezad con lo de que los profesores vivimos de vicio, bla, bla, bla, pero es el primer día de fiesta desde que empecé el curso, así que no está mal). Como es el día del maestro, es uno de esos días en los que todo el mundo trabaja menos tú; todo está abierto, todas las oficinas funcionan a pleno rendimiento, y puedes aprovechar para hacer el papeleo que normalmente delegas en tu padre jubilado. Un día estupendo para hacer recados, vaya.
Yo voy a aprovechar para entregar en el ayuntamiento los cuentos que quiero que participen en un concurso local. Este fin de semana, por tanto, lo estoy dedicando a buscar en mi extensa carpeta de cuentos escritos y nunca más leídos algo que tenga arreglo y pueda entregar dentro de seis días. Cuál no habrá sido mi sorpresa cuando me he encontrado con un par de cosas que, no sólo no necesitan arreglos visibles (los miraré con lupa esta tarde, pero nada grita ¡arréglame!), sino que me han hecho descojonarme cuando los he releído (esa era la intención del texto, no penséis que me he reído de algo que pretendía ser un drama).
En su momento, ambos escritos me parecieron salados, pero sin más. Los dejé aparcados porque tenía la sensación de que les faltaba algo, de que no eran perfectos. Ya tienen un año. El ordenador ha debido cambiarlos, o quizás yo sea otra persona, porque ahora me parecen estupendos, y los que me leéis a menudo sabéis lo activo que es mi Monstruo y lo difícil que me resulta estar a gusto con algo que yo he escrito. Al ser textos cómicos, no creo que ganen ningún concurso (tengo la teoría de que a los jurados les va lo trascendental, lo morboso, lo doloroso), pero yo estoy segura de que son dos de las mejores piezas que he escrito nunca. Curiosamente, nunca las he mandado a concurso.
Siempre he leído que lo mejor cuando alguien termina de escribir un texto es dejarlo macerar. Cuando lo vuelves a leer, desde la distancia que da el tiempo, te das cuenta de los defectos y virtudes del texto desde la lejanía de alguien que ha olvidado todos sus entresijos. Es como dar algo a leer a otra persona, que termina encontrando cosas en las que tú ni siquiera te habías fijado, que no sabías ni que estaban ahí. Como cuando los pintores se alejan unos pasos de sus cuadros para ver el efecto total de ese detalle que acaban de pintar. Como dejar subir la masa del pan después de echarle la levadura. La escritura también "sube". Es imposible juzgar algo que acabas de terminar.
Lo que me lleva a la última conclusión. La mayor virtud de un escritor: la paciencia. Paciencia para escribir el primer borrador palabra por palabra, paciencia para dejarlo crecer, paciencia para arreglarlo y volverlo a arreglar, paciencia (y una piel muy dura) para recibir las críticas que siempre tardan en llegar, paciencia para que la gente que por fin te lee (si te lee alguien) opine.
Así que, si me lo permitís, voy a ir corriendo a mi rincón a ser paciente y a hilar una palabra con otra, para poder esperar más tarde.
4 comentarios:
Te deseo suerte, Ruth!! Y sí, lo del reposo parece importante. Debe ser como lo de dejar el bizcocho en el horno para que se quede tibio en vez de someterlo de golpe al exterior ^^ Alguna cosa que he escrito, leída pasado el tiempo, me parecía preciosa..., y llegaba a tener dudas de haberla escrito yo. Escribir con humor me parece dificilísimo. A mí no me sale pero me encanta cuando doy con un texto así, como los tuyos, que me arrancan una sonrisa -no me refiero a este pero alguno ha habido que me ha alegrado el día-.
Para cuando el fallo de tu concurso? ^^
Qué guapo ese bigotitos que tienes de gato.
kiero leerlos
kiero leerlos
kiero leeeeerrlooooosssss...
irakurri nahi diiiiittttuuuuuuttttt!!!!!!!
(pa luego fardar por ahi, no te kreas...)
kina
mounstra-nambertxu
El siguiente paso es dejar que otros lo lean.
Yo solo sugiero...
A por ellas (las palabras a pulir) que son pocas (o algunas, o muchas, pero da igual, tú puedes) y cobardes (porque temen al Mounstro que, ahora sí, has de sacar a flote)!!
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