El jitanbón

Estamos en clase de patchwork. La profesora, una mujer que en su otra vida debió de ser profesora de educación infantil porque es capaz de estar en todo y no se altera por nada, evalúa mi trabajo.

-Vaya, veo que has adelantado con la bolsa. Mira, ahora sólo te falta coserle una tira de color aquí para luego cosérsela al forro. Preséntalo con alfileres y te lo paso por la máquina en un momento.

Lo hago. Ella, presta y rápida como una bala, me cose la tira al cuerpo de la bolsa.

-Vale. Ahora cosemos los bolsillos al forro -los cose ella, yo no sé coser a máquina- y ahora le vas a poner aquí con alfileres... No, mejor punto cruzado... No, mejor puntada de lado... Ah, no, ya sé. Vamos a ponerle un trozo de jitanbón, que da más cuerpo y queda muy recto.

Me enseña a poner un trozo de papel sobre la tela, con pegamento a un lado. Le pasa la plancha por encima, quita el papel y pega otro trozo de tela por la parte de atrás del pegamento. Pienso que es un invento cojonudo para no tener que volver a subirme un bajo en la vida. Me fijo en el nombre del invento, me pregunto si se escribirá con g y de dónde vendrá un nombre tan curioso. Y entonces leo.

Heat and bond.

Vaya con el jitanbón.

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