Nada nuevo que contar

No sé qué contar. Ni en el blog ni en mi vida diaria. Hace días que no escribo. Ayer, por primera vez en una semana, fui capaz de coger el boli y anotar a vuela pluma unas cuantas escenas (creo que estoy a punto de dar a luz un guión, aunque ya se verá). No se me ocurre nada nuevo. Todo es un refrito de cosas que he leído, que otros han dicho antes. Debo estar incubando algo. Espero que sea la semilla del genio.

Hoy debería escribir sobre la muerte de Delibes, pero no quiero ser una falsa. Lo cierto es que yo creía que estaba muerto, imaginaos lo que sé yo de literatos. Delibes me trae recuerdos de la ikastola, del instituto, de horas intempestivas leyendo por la noche porque simplemente no podía dejar Cinco horas con Mario. Recuerdo a mis compañeros de clase rezongando por lo coñazo que era el libro; yo volvía atrás y releía párrafos enteros, y saboreaba las palabras, porque sonaban reales, sonaban auténticas. ¿Y El camino? Tendría diez u once años cuando leía las fotocopias que nos daban en sexto o séptimo, con el Moñigo y el Mochuelo haciendo de las suyas, y creo que aún recuerdo pasajes de memoria, como lo de que las heridas saben a metal cuando te las has hecho con algo metálico, pero ninguno de los dos podía explicar por qué sabían también a metal cuando te rozabas la rodilla con la grava del camino. Delibes cambió mi manera de mirar la literatura. Desde que le leí a él quise lograr escribir con esa naturalidad que él lucía. Todavía sigo buscando una voz que se parezca a las suyas, frescas, ligeras, honradas. Reales. De momento, búsqueda infructuosa.

Ahora estoy leyendo a Virginia Woolf, y mi pobre y maltrecho ego está más de bajón que nunca. Después de leer Mrs Dalloway y A Room of One's Own, me pregunto a qué juego yo, qué pretendo hacer pasando horas delante del ordenador. Leer a los clásicos es lo que tiene. Me pasó también con Henry James, aunque quizás no tanto. Con Virginia me siento diminuta. Una pulga en un inmenso desierto. En mi mesilla de noche descansa una novela de Marian Keyes que apenas he sido capaz de empezar. Después de llevar semanas de comida de chef, no me apetece un MacDonalds. Creo que voy a ir directa a James Joyce y dejaré la "chic-lit" para verano.

Nada más en mi horizonte. Todo en calma. Calma chicha.

2 comentarios:

Max Estrella dijo...

que no es poco...eso necesito yo...un poco de calma y tiempo para escribir...
Tengo alguna idea pero no tengo tiempo para desarrollarlas...en fin...poca calma tampoco es buena...
En cuanto a lo de los clásicos a mi me pasa igual con casi todos...pero bueno...no hay que pretender emularlos,creo,sino crear,sentir algo parecido o similar,aceptando nuestras limitaciones como ellos supongo que aceptarían las suyas....
Sigue escribiendo...
Besos

Francisco Ortiz dijo...

Leyendo a los grandes uno tiene la sensación de ser pequeño, pero también tengo yo la sensación de que algo alumbra dentro de mí y me quedan algunas cosillas por decir y que más vale que no me quede con las ganas.