Ainhoa salió de casa a las ocho y cuarto de la mañana. A las ocho y veinticinco, tarde como siempre, lo hizo Eva. A las ocho y media se cruzaron camino de sus trabajos, Ainhoa a ritmo de paseo y Eva acelerada. Ninguna de las dos se fijó en la otra. No había motivo, no se conocían.
Ainhoa trabajaba en un colegio al sur de la ciudad; Eva, en uno del oeste. Ainhoa enseñaba gimnasia en el segundo ciclo y daba clases de apoyo de matemáticas en tercero de primaria. Eva era tutora de sexto y odiaba a sus alumnos. Ninguna de las dos fumaba, ambas preferían la cerveza al vino, Eva tomaba el café solo y sin azúcar y Ainhoa con leche de soja. Ainhoa tenía una relación formal con un hombre dos años mayor; Eva acababa de romper con su novia de diez años. Una era optimista, la otra no; una era feliz, la otra a veces; las dos se conformaban con lo que tenían porque qué otra cosa podían hacer.
Eva salió de trabajar cinco minutos antes aquel día. Su clase tenía gimnasia y prefirió escaparse antes de que sonara el timbre y la marabunta de niños amenazara con hacerla caer por las escaleras. Fue al supermercado a coger algo para cenar. Recordó que no debía comprar mucha comida porque ya no cocinaba para dos, y aceleró el paso para no pensar en ello. Todo en el supermercado estaba envasado por docenas. Se volvió loca buscando una bandeja de pescado que no alimentara a una familia de nueve miembros. Cuando fue a pagar, sólo encontró a dos personas en la fila, pero el primero protestaba por algo con la cajera y no daba la impresión de ir a terminar pronto. Genial. Justo su suerte. Por una puta bandeja de pescado iba a llegar tarde al gimnasio.
Ainhoa, delante de Eva en la fila, observaba al hombre con recelo. Su agresividad no parecía tener nada que ver con la devolución que pretendía hacer. Tenía los ojos tan abiertos que parecía que iban a salírsele de las órbitas. Las pupilas estaban más dilatadas de lo que deberían.
-Estaba así cuando lo compré ayer –decía, airado-. ¡Mire! La caja está abierta, las galletas están resecas.
-Pues tendría que habérmelo traído ayer, y con el ticket. ¿Cómo sé yo que no ha abierto usted la caja? Aquí faltan galletas.
-¡Deme mi puto dinero de una vez, joder! ¿Sabe cuánto cuestan esas galletas? Cinco euros el paquete. ¡Cinco euros por galletas rancias!
-Le digo que sin ticket no puedo hacer nada. Y no estoy muy segura de que pudiera con ticket tampoco.
Todo pasó tan rápido que nadie tuvo tiempo de reaccionar. El hombre se abalanzó sobre la cajera y la sujetó por el cuello con una mano mientras en la otra aparecía, quién sabe de dónde, una enorme navaja. La cajera dio un grito al ver el arma, y Ainhoa un paso atrás. Eva dejó escapar el aire en un gemido ahogado cuando vio la navaja y sintió el pisotón.
-Dame los putos cinco euros ahora mismo –dijo el hombre, su cara pegada a la de la cajera, la navaja a meros milímetros de su mejilla. La mujer empezó a tocar las teclas de la caja registradora sin mirar, incapaz de abrirla. Ainhoa y Eva recularon aún más. Ninguna de las dos echó a correr. Ninguna de las dos dejó su compra en el suelo y salió volando del lugar.
La cajera consiguió abrir la caja. El hombre echó mano del dinero –Ainhoa observó que cogía mucho más de cinco euros- y salió corriendo, navaja en mano. La cajera se echó a llorar. El guarda de seguridad, que no se había enterado de nada, reaccionó solo cuando vio correr al hombre y salió tras él. El resto de las cajeras no había visto nada. Ainhoa dejó su cesta en la cinta móvil y echó a andar hacia la puerta, sin mirar a su alrededor, las piernas temblorosas. Sólo quería llegar a casa y abrazar a Iker, tan fuerte que doliera. Eva se quedó ahí quieta, los dos filetes de lubina en las manos, tratando de recuperar la respiración. Sólo quería pagar su cena, ir al gimnasio y correr cinco kilómetros en la cinta para olvidarse de todo aquello. Quería tener agujetas. Muchas. Que doliera.
Al día siguiente, Ainhoa salió a las ocho y cuarto de casa. A las ocho y veinticinco se cruzó con Eva, que volaba porque llegaba tarde a la reunión del claustro. Ainhoa llegó cinco minutos pronto, Eva diez tarde.
Ninguna de las dos se acercó por el supermercado.
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