Martes
Martes, sí, y no trece, sino quince. La fecha da igual, lo que importa es cómo estás. Yo estoy bien, creo, más o menos, lo normal, no voy a andar fardando ahora. He terminado los exámenes, de mala manera pero ya están hechos, y ahora la programación de oposiciones, que es lo que toca. Es martes, por si no os habíais dado cuenta. Martes. Que no es lunes, pero como si lo fuera. Cuando el despertador suena media hora antes de lo que debería y tú has dormido mal porque tienes catarro y no puedes respirar, un martes es casi tan malo como un lunes. O peor. No sé. Desde luego, no tan bueno como un viernes. Dios, lo que falta todavía para el viernes. Así me paso la vida, desechando cinco séptimos de mi semana porque sólo me interesan el sábado y el domingo; bueno, y el viernes a partir de las cinco de la tarde, que el zurito y el pinchito saben a gloria, y más ahora que no hay humo en los bares. Es martes, y llevo tres horas pegada al ordenador intentando poner por escrito lo que quiero que hagan mis niños de seis años en un mundo ficticio, porque jamás programaría quince unidades en un año. Es martes. ¿Martes ya, eh? Jo, cómo vuela el tiempo. Y cada día más viejos, oiga.
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