(Otro) Nuevo proyecto

Alabama, 1856, en las inmediaciones de lo que más tarde sería Birmingham

Richard Holyfield adoraba Alabama con cada partícula de su ser. Adoraba el cielo, azul, limpio, rara vez tormentoso y a la vez benigno con las cosechas; adoraba aquella tierra fértil, la mejor dentro de las mejores en aquella la mejor nación del mundo; y adoraba todo lo que había entre aquel cielo y aquella tierra, donde podía verse la eterna bondad de Dios, que había hecho América a semejanza del Cielo y que, de tener que elegir una nacionalidad, seguro que se declararía estadounidense. Hasta el calor sofocante de los veranos sureños le parecían una bendición, sobre todo cuando oía historias de los pobres neoyorquinos y sus nevadas de varios metros. Él no había visto nunca la nieve, pero se la imaginaba como barro blanco y la sola idea de estar cubierto de fango hasta la rodilla durante dos o tres meses al año le daba repelús. ¿Cómo araban las tierras por allí? ¿Podía crecer algo dentro de la nieve? Holyfield nunca pensaba en aquellos misterios más de lo necesario, porque cuando lo hacía le dolía la cabeza. La gente decía que el viento del sur le daba jaquecas. Paparruchas. A él se las provocaban los yanquis.

(...)

1 comentario:

Crizagloss dijo...

Uno de yanquis! Estoy deseando saber más.