Desapego

Llevo casi dos años viviendo ininterrumpidamente en mi casa, más dos o tres meses discontinuos el año anterior, y todavía no les he visto la cara a todos mis vecinos. Conozco -de vista, no sé cómo se llaman- a los de abajo, los de al lado y los de arriba; tengo ojeadas un par de niñas que gritan como posesas por las escaleras todas las tardes sobre las siete y hay un vecino que tiene un perro del tamaño de un caballo en un piso de setenta metros cuadrados, pero el resto son sólo caras que me cruzo en la escalera y que pueden ser vecinos, amigos, novios o cobradores del gas. No sé cuándo entran, cuándo salen, en qué trabajan, a qué se dedican en su tiempo libre, a qué hora bajan la basura, a qué colegio llevan a sus hijos. Y ellos no tienen ni idea de quién soy yo. Si me pasara algo, se enterarían mis padres cuando al día siguiente no fuera a comer, pero mis vecinos no.
En el portal de mis padres, después de tantos años viviendo allí, conozco a todos por sus apellidos y por el piso en el que viven, pero cuando hablo de ellos me refiero a los vecinos en otros términos. Está el marino, el de la Telefónica, la del cuarto, el cristalero, la abuela de ese al que le di yo clase... Y, por supuesto, la cotilla. Todos los portales tienen una cotilla (menos el mío, parece ser, aunque sospecho de la de arriba). La de mis padres es la típica mujer que sabe perfectamente dónde fuiste ayer, a qué hora, por qué, con quién y, si me apuras, hasta si volverás. Es la primera persona a la que le preguntas si sabe dónde están tus llaves -porque seguro que lo sabe, aunque te las hayas dejado en casa-, la que sabe si el vecino del sexto estará en casa a las siete para hablarle de la mancha de humedad que ella ya sabe que te ha salido en el baño, la que sube corriendo a decirte que tu hermano está saliendo por televisión. Es la mujer que, si no sabe algo, te pregunta directamente. "Hace mucho que no veo a tu padre, ¿qué tal anda?", "tú ya has vuelto de las Américas, ¿no? Y a comer en casa de tus padres, ¿eh?" Vamos, es la memoria histórica de la escalera.
Hace unos meses, al vecino de al lado, un hombre ya mayor, le ingresaron en el hospital. Su mujer les comentó a mis padres que estaba bastante pachucho y que de momento no le dejaban volver a casa, que ella se pasaba el día en el hospital. Semanas más tarde, mi padre se la encontró en el ascensor y le preguntó por su marido. "Murió hace un mes". Ni nos habíamos enterado.
Estas Navidades, mi madre me comentó que le daba pena la vecina, que no tenía familia y no sabía con quién iba a pasar las fiestas. El día antes de Nochebuena, subí a casa de mis padres por la escalera para ir quemando lo que sabía que iba a engullir en los próximos días y vi a "la cotilla" hablando con su nieto en la puerta de su casa, que llevaba una bandeja con lo que parecían pastas. "Es la puerta de la derecha. Dile que mañana sobre las nueve, y le das un beso". El crío subió pitando y ella se quedó en la puerta escuchando la conversación.
Ahora, el marino sigue siendo el marino, el de la Telefónica trabajará allí toda su vida aunque se jubile o cambie de trabajo, y el cristalero no puede tener otro nombre. Pero "la cotilla" ya no existe. Ahora decimos la del cuarto o la llamamos por su nombre. Y no nos importa pararnos y contarle nuestra vida en verso.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Somos distintos. Ahora ya no hay vida vecinal...
Desde que vivimos en Vitoria, apenas nos cruzamos con algún vecino...
En Madrid, vivía en una casa con su cotilla, su vecino insoportable, su parejita de ancianos...
Tal y como lo has descrito. No sé si es desapego...

AdR dijo...

Qué historia tan maravillosa. En serio, has creado un pequeño mundo en varios párrafos. Me ha encantado, lo volveré a leer.

Besos

Javier Vizcaíno dijo...

Qué gozada de líneas has escrito. Cambia profesiones y motes y resulta que has contado, casi como Buero, la historia de una escalera... de todas las escaleras.

Anónimo dijo...

Yo cuando llegué a esta casa me propuse conocer a todos los vecinos... en ello estoy! jaja

Jon dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jon dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Ruth dijo...

Jon, cariño mío, ¿tú no has oído hablar del anonimato y de las licencias literarias? Te borro para que no se sepa de quién hablo, no porque te censure (je, je)

Tana dijo...

En mi antigua casa éramos 26 vecinos. De vista, durante estos últimos 18 años, los conocía a casi todos. Algunos fallecieron. En las reuniones siempre somos los mismos, hay mucha desidia... ahora había vecinos nuevos que ni sabría ubicar. Pero hay dos en concreto con los que se puede contar y precisamente de ellos he sido incapaz de despedirme al salir de allí. No sé cómo hacerlo. Me temo que se me dan muy mal las despedidas...
Me ha encantado lo que cuentas y cómo lo cuentas, como siempre, Ruth!!

Tana dijo...

Y conste que mi incapacidad para despedirme no tiene nada que ver con el desapego..., sino con el miedo a no ser capaz de contener las lágrimas. Qué poco me gusta que me vean llorar!!!