Debería haber aprovechado el verano para meterle algo de caña al blog, pero me ha dado pereza. Todos los días, a eso de las cuatro y media de la tarde, la modorrilla de la siesta me trae mil ideas a la cabeza que podía haber convertido en entradas más o menos entretenidas, pero al despertar se han ido o han perdido su interés. Estoy cambiando; antes escribía guiada por las musas, por momentos de inspiración. Ahora sólo escribo tras meditar bien lo que voy a escribir, con el culo bien pegado a la silla delante del ordenador y el reloj marcándome los minutos que tengo que estar -por narices, porque lo digo yo- "trabajando". No sé si es mejor o peor. Más productivo sí que es, desde luego, porque no he conocido cosa más inestable que la inspiración.
Ayer abrí la caja donde guardo varios primeros borradores de cuentos que en su momento me parecieron una auténtica porquería y me he encontrado con que, oh milagro, algunos de ellos han pasado de ser carbón a ser diamante. Es verdad lo que todo el mundo dice -incluso yo a mis alumnos-, que hay que dejar macerar las obras un tiempo para poder verlas luego desde la distancia, como si las hubiera escrito otro, y poder juzgarlas más objetivamente. Hoy le voy a dar un premio al Monstruo, encerrado en su oscura mazmorra desde que empezó el verano, y voy a pedirle que use un boli rojo para tallar esos diamantes brutos. Con un poco de suerte, antes de que acabe el verano habré participado en alguno de los cientos de concursos literarios que abundan por ahí.
También encontré, oh terror, el comienzo de dos novelas que en su momento dejé por poco originales, porque no se me ocurría cómo seguir o porque la vida se me echó encima y recortó mi tiempo de escritura. Y ahora me da una rabia tremenda haberlas dejado a medias, porque me gustan esas primeras veinte o treinta páginas que escribí, y me enfurezco conmigo misma por no haber sido constante. Eso sí he aprendido este verano: constancia. Todos los días a la misma hora y durante cada vez más tiempo delante del ordenador para acabar lo que empiezo. Este verano me he sentido escritora.
El uno de septiembre vuelvo a la realidad a lo bestia y sin anestesia. El mismo uno empiezo a trabajar, la universidad y un cursillo de traducción por Internet. En octubre le sumaré las clases de dibujo. Mi vida ataca de nuevo, y mi yo escritora se va a ver relegada a las noches en las que no echen House, Anatomía de Grey, o Medium en la tele. Por eso quiero aprovechar al máximo el tiempo que tengo, por eso me gustaría tener la fuerza mental suficiente para pasarme cuatro o cinco horas escribiendo todos los días. Pero me tengo que conformar con dos -y gracias-, y con un Monstruo dormido.
Me siento toda una profesional. Aunque no publique una sola letra en toda mi vida, este verano he sido escritora. Y me ha encantado la sensación.
4 comentarios:
Y esa agradable sensación no te la va a quitar nadie, di que sí. Un beso.
(Joder, ¿ya me he cepillado la mitad de mis vacaciones?... ¡argh!)
Siempre es bueno sentirse orgullosa de lo que una hace. A mi también me gustaría disfrutar de cinco o seis horas para poder escribir pero lamentablemente hay muchas otras cosas que requiere nuestra atención y sólo puedo dedicarle una horita al día.... enhorabuena por el esfuerzo, espero poder ver algún día el resultado.
D.
Suerte con el Monstruo, Ruth. Me ha encantado este post, me siente totalmente identificada con él.
Voy a ver si me peleo un poco yo también con el mío, que es cabezón pero vago ;-)
Saludos.
Ole por ti, Ruth!! Eso de la constancia -reconozco avergonzada- lo tengo en asignatura pendiente. Y todos esos planes, seguir aprendiendo...
Arrorró neniño... (Nana para el monstruo, que está muy bien tal cual: dormido)
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