Carnavales

Ayer celebramos los carnavales en la ikastola. Como hacía un tiempo de perros, hicimos el desfile en el gimnasio, para disgusto de padres y hermanos mayores que no podían entrar por limitación de aforo -aunque luego se colaron, que son peores que los niños-. Tuvimos de todo; los peques se disfrazaron con bolsas de basura de colorines y fueron vampiros, indios, músicos y piratas. Los de quinto y sexto lo elaboraron un poco más y tuvimos un precioso baile de Grease, un encierro que ni en San Fermines, desfile de famosos y una extraña pelea en las rebajas de El Corte Inglés, entre otros. Y, por primer año, los profesores decidimos que también saldríamos en el desfile: llevamos nuestro propio paso de Semana Santa.

El paso llevaba su cruz, sí, pero acompañada no de un santo, sino de una pobre pizarra verde de las de toda la vida (hecha de cartón, no os vayáis a pensar) y un libro gigante, ambos "muertos" tras la llegada de la pizarra digital y los ordenadores portátiles a las aulas. Una profesora se vistió con toquilla y gafas de Martirio y nos cantó en playback una saeta que previamente habíamos grabado en la sala de profesores. Después, a ritmo de samba, desaparecimos en el almacén donde se guarda el equipo deportivo entre aplausos y abucheos del público. Nos lo pasamos como enanos.

Ninguno de los niños se enteró de lo que habíamos hecho. Ninguno lo entendió. Cuando volvimos a clase, varios críos de segundo se acercaron a preguntarme de qué habíamos ido. "De paso de Semana Santa", les dije. "¿Y eso qué es?" "Pues... Los que desfilan en Semana Santa". Me niego a explicarle a un niño lo que es la Semana Santa y lo que representa, porque ni yo misma lo entiendo. Que le pregunten al de religión.

Por suerte, ningún padre protestó. Temía que alguno nos acusara de falta de respeto, porque vaya usted a saber con lo que le pueden sorprender a una los padres de una escuela laica en carnavales. Pero no lo hicieron. Y nos lo pasamos en grande.

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