Fragmento V, o Nadie es perfecto (ni siquiera Alan).

El despacho del orientador del instituto estaba en el mismo edificio que la secretaría, lo que significaba que las secretarias, el director, la subdirectora y todos los profesores y padres que necesitaban ir a arreglar algún asunto con el personal administrativo podían ver quién entraba y salía de él. Como resultado, los alumnos y alumnas evitaban ir a hablar con el orientador siempre que podían. Tom Martins se había convertido en el empleado del distrito escolar de (...) que menos trabajaba, y a su vez uno de los que más cobraba por antigüedad y titulación. Su puesto, sin embargo, era intocable por ley, y cuando había recortes de personal era el único que no temblaba. No era la persona más apreciada en la sala de profesores.

Alan llamó a la puerta y esperó a oír la voz de Martins dándole permiso para entrar. El orientador estaba trabajando en su ordenador, varias pilas de papeles rodeando todo el perímetro de su mesa. Llevaba las gafas apoyadas en la punta de la nariz, lo que le obligaba a echar hacia atrás la cabeza en un ángulo extraño para poder mirar a través de ellas, cosa que necesitaba porque apenas podía ver sin ellas. Entre eso y el pelo rizado que siempre llevaba como si acabara de levantarse de la cama, Martins parecía más un profesor de física alocado que un psicólogo con varios másters universitarios. Sonrió cuando vio a Alan.

-¡Alan! Justo el hombre en el que estaba pensando.

-Te lo he dicho muchas veces, Tom, estoy casado y pienso seguir estándolo, así que deja de pensar en mí cuando estés a solas, por favor.

Martins rió con ganas. Alan apartó un fajo de papeles de la única silla libre en el despacho y se sentó frente al escritorio. Miró a su alrededor con una sonrisa.

-¿Por qué está tu despacho siempre lleno de papeles?

-No me hables, anda, no me hables. La maldita burocracia se va a cargar el país. Por cada chaval que me mandan, tengo que rellenar el equivalente a cuatro árboles en papeleo.

-¿No puedes hacerlo en el ordenador?

-Piden dos copias, una digital y otra física. No me preguntes qué hacen con tanto informe.

-Unas fogatas de miedo, me temo.

Martins sacudió la cabeza y resopló, haciendo un gesto con la mano.

-No quiero ni pensarlo. Oye, me alegra verte, te tengo que pedir un favor.

-Y yo a ti otro.

El orientador le miró sorprendido.

-Ah, ¿sí? Pues tú primero, porque hace siglos que nadie me pide nada.

-No te hagas ilusiones, sigo enamorado de mi marido -Nueva carcajada-. Me gustaría que hablaras con una de mis alumnas, Jennifer Valdés, de la clase de apoyo. Me tiene algo preocupado.

-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Alan suspiró y se tomó unos segundos antes de contestar.

-Sospecho que es víctima de algún tipo de abuso.

Martins frunció el ceño.

-¿En qué te basas?

-En su comportamiento. Nunca ha sido la alegría de la huerta, pero últimamente está mucho más seria, más agresiva. Y reacciona muy mal ante insinuaciones de abuso.

Alan le contó lo que había ocurrido en clase. Martins le escuchaba con gesto de concentración. Al final de su relato, Martins suspiró y negó con la cabeza.

-No sé, Alan, puede que tengas razón, pero no sé. A veces esos cambios son propios de la adolescencia.

-Llevo quince años trabajando con adolescentes, creo que sé distinguir a una chavala hormonada de una que sufre abusos.

-Estoy seguro de ello, tú eres muy perceptivo con tus alumnos. Mira, si tan convencido estás, pon una denuncia por sospecha y partimos de ahí.

Alan hizo un mohín.

-Ya, esperaba que dijeras eso, y ahí entra lo del favor. ¿No podrías hablar con ella en plan informal, ver si a ti te chirría algo? Tú sabes qué buscar, yo no tengo más que una intuición.

Martins negó con la cabeza.

-Lo siento, Alan, sin una denuncia no puedo hacer nada. Se me caería el pelo.

-¿Por qué? Es solo charlar con una alumna.

-Una alumna a la que no conozco de nada. ¿Qué quieres, que vaya al comedor y me siente a tomar un sándwich con ella? Hola, Jennifer, soy el señor Martins, y me ha dicho un pajarito que puede que tengas problemas en casa. Se enteran sus padres de que ha corrido la voz de algo así y al distrito se le cae el pelo. Sin un informe con el que guardarme las espaldas, no puedo hacer nada.

Alan le miraba con los ojos abiertos como platos.

-No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Hasta ahí hemos llegado? ¿Ni hablar con ellos podemos ya?

-Y cosas mucho peores que no vienen al caso. Mira, Alan, si tan seguro estás, pon la denuncia -insistió Martins-. Lo investigamos y, si no pasa nada, se queda como está.

-Y esa cría queda marcada de por vida.

-Si está pasando algo, esa cría ya está marcada. Pon la denuncia, Alan.

Alan suspiró y asintió. Se echó hacia atrás en la silla y negó con la cabeza. Martins le miró en silencio.

-Lo sé. A veces tengo una mierda de trabajo -dijo al cabo de un rato.

-No es culpa tuya, es el puto sistema. Oye, ¿qué favor era ese que me querías pedir?

-Ah, sí -Martins rebuscó por su escritorio hasta encontrar una carpeta de colores. Alan levantó una ceja al ver el distintivo NOH8. Se sentó más derecho en la silla-. Se ha puesto en marcha una campaña a nivel nacional para tratar de evitar los acosos a los homosexuales en los institutos, y nos han mandado una programación que me ha parecido interesante. Quería pedir tu ayuda.

Alan alzó las cejas, pero no dijo nada. Martins siguió hablando.

-Proponen hacer grupos de apoyo, y la verdad, me parece muy interesante. Había pensado que podíamos juntarnos después de las clases, hacer un grupito con los chicos y chicas que quieran unirse y hacer mesas redondas, que cuenten sus experiencias. Y sería un puntazo que tú estuvieras ahí.

-¿Quieres que un grupo de adolescentes reconozca públicamente que son homosexuales y encima se queden después de clase? ¿Tú de qué guindo te has caído?

Martins ladeó la cabeza, pensativo.

-Ya. No había pensado en eso. También podemos hacer una reunión con todos los alumnos y explicarles que no pasa nada por ser homosexual. Los chavales te aprecian, si tú les hablaras de tu vida, de lo bien que te va…

Alan le hizo un gesto con las manos para detenerle.

-¿Todo el instituto? Creo que estás apuntando demasiado alto. Empieza por pequeñas campañas, yo que sé, carteles o eslogans, o un buzón con dudas, y a partir de ahí analiza qué necesidades tiene el centro. De hecho, ¿tú crees que es necesario hacer una campaña así en este instituto? ¿Ha habido algún caso de agresión a un homosexual?

Martins frunció el ceño.

-La intención no es solo corregir, también prevenir. ¿Por qué esperar a que pase?

-No tiene por qué pasar. Igual está normalizado. Igual los gays del instituto llevan una vida normal y no les apetece que nadie saque el tema. Yo sé que a mí no me gusta que me lo estén mencionando a diario.

-Ah. Vale. No me había dado cuenta. Tus alumnos no lo saben, ¿no?

Alan se puso tenso.

-Algunos lo sabrán, me imagino, no es un secreto, pero no hablo de mi vida privada en clase. Ningún otro profesor habla de su heterosexualidad, ¿por qué iba a hacerlo yo?

Martins asintió, pero seguía con el ceño fruncido. Alan, visiblemente incómodo, se levantó.

-Tengo clase en diez minutos y necesito unas fotocopias. Oye, gracias por lo de Jennifer. Voy a ver qué hago.

-Ya siento no poder hacer más. Pon la denuncia. No le hará daño.

-Ya. Sí. Hasta luego.

Alan salió del despacho en dos zancadas. Cuando hubo cerrado la puerta, sacudió la cabeza la cabeza de un lado a otro. Sonrió.

-Vaya ideas de bombero, Martins -murmuró para sí.

En el patio, los alumnos y alumnas disfrutaban de los últimos minutos del descanso para comer. Alan vio a David sentado a solas en un banco, apartado del grueso de los alumnos mientras comía una manzana y hojeaba un libro. Dos chicos de décimo pasaron junto a él; uno de ellos le dio un golpe en la mano que le tiró la manzana. Cuando David fue a recogerla, tratando de no mirarles, el otro dio una patada a la fruta que pilló también la mano. Desde donde estaba, Alan pudo oír cómo le decían “¿vas a llorar, mariquita?” antes de seguir su camino. David no había levantado la vista en ningún momento.

Alan dio media docena de pasos hacia los chavales, pero se detuvo enseguida. David había cerrado su libro y caminaba hacia su clase, la cabeza baja pero el paso firme. Los otros dos se habían perdido entre la marabunta de adolescentes. Alan miró a uno y otro lado. Nadie había visto la escena.

Se quedó unos segundos parado antes de enfilar sus pasos hacia su siguiente clase.

3 comentarios:

Crizagloss dijo...

¡Me has dejado muerta!
Eso si que no me lo esperaba, oye. Has matado mis fantasias sobre Alan ¡mala persona!
Al margen de eso, me ha encantado este fragmento. No sé si en la historia "completa" que estás escribiendo ya habías mencionado su homosexualidad, pero en aquí lo has introducido de una manera impactante y suavizada a la vez. Es de esas veces en que abres la boca todo lo que da de sí mientras lees, pero sin parar de leer.Y me encanta que un libro (bueno, un fragmento) me haga eso.
Sea como se, creo que soy la fan numero uno de Alan.

Ruth dijo...

¡Pero qué maja eres, madre! Que sepas que te has ganado el cielo por leer un trozo tan largo (pero es que no podía cortarlo, tenía que ir la escena entera).
Alan es abiertamente gay en la historia; de hecho, aunque aquí solo he puesto a su personaje, la historia es una comedia romántica, o algo así, solo que con dos hombres en lugar de una pareja heterosexual. No me preguntes por qué (qué sabré yo de parejas gays, y encima hombres), pero se me metió en la cabeza y tenía que escribirla. Y de momento va bien.
Muchas, muchas gracias, en serio.

dsdmona dijo...

Me ha gustado mucho la manera en que lo has presentado, sin aspavientos, con normalidad (que es lo que es vaya pero a veces se olvida), sólo un detalle más en la personalidad de Alan... y es que ya sea dos hombres, dos mujeres o un hombre y una mujer se quiere igual, se sufre igual y es todo exactamente igual... sólo algunos se niegan a reconocerlo.

D.

PD: Trozo larguito pero imposible dejarlo a mitad, muy bueno señora escritora!!!