Fragmento VII: Mike y Alan

(No he podido resistirme. Es ñoño, está sin revisar, probablemente termine en la basura, pero me hace mucha gracia.)

Alan bostezó de tal manera que le crujió la mandíbula.

Con los ojos a medio cerrar, se levantó y se sirvió el tercer café de la mañana, las migajas de las tostadas en un plato frente a él. Hojeó el periódico que habían dejado en la puerta, buscando la sección de cultura. Había una exposición en la Casa de Steinbeck aquel fin de semana. Alan resopló y sacudió la cabeza.

-Joder con Steinbeck. No tienen otro -murmuró.

Se oyeron los pasos de Mike bajando las escaleras con paso ágil y Alan miró hacia la puerta. Su marido entró silbando, el pelo castaño aún húmedo tras la ducha, toda su concentración puesta en los puños de su camisa azul. Alan sonrió.

-Qué bueno estás, cabrón.

-Guapo -Mike le besó de camino a la cafetera. Su marido no le quitaba la vista de encima. Cuando vio que llenaba un termo de viaje, frunció el ceño.

-¿No desayunas?

-Ya comeré algo allí, quiero llegar un poco antes. Nuestro querido Todd quiere que le detallemos la campaña como si no supiéramos lo que estamos haciendo. Lo quiere controlar todo, el cabrón de él.

-Hasta que os conozca y os dé cuartelillo.

-Eso espero, porque si no nos va a dar algo. Menos mal que tengo una foto tuya en el despacho, casi no te he visto esta semana.

-Hombre, si tomas lo de "ver" al pie de la letra, vernos no nos hemos visto, más bien tanteado -Alan dejó la taza y el plato sucios en el fregadero; Mike aprovechó para darle una palmada en el trasero-. Salgo contigo y así preparo la clase.

-Sí, sí, la clase, dice. Tú lo que quieres es que esté en el jardín.

-Sabes que me alegra el día.

Cinco minutos después, los dos salían por la puerta, Mike en su impoluto traje gris y Alan con atuendo desgarbado. En el jardín de al lado, la señora Wordsworth regaba sus rosales como todas las mañanas. Al verlos, frunció el ceño, como todas las mañanas. Y, como todas las mañanas, Alan y Mike se besaron delante de ella, un beso largo e intenso que incluía todo tipo de gruñidos y magreos. Ella gruñó, dejó la regadera y entró en la casa. Mike y Alan ni siquiera se dieron cuenta y siguieron a lo suyo unos segundos más.

-Pasa un buen día -murmuró Mike cuando por fin se separaron.

-Y tú. Llámame cuando tengas un rato.

Cada uno se montó en su coche y los dos salieron en direcciones opuestas. Solo cuando estuvo segura de que se habían ido, la señora Wordsworth volvió a sus rosales, rezongando por lo bajo.

1 comentario:

dsdmona dijo...

jajajaja... me encanta... a veces tan real...

D.