Como cambiar una bombilla y no morir en el intento

¿Habéis oído alguna vez el chiste ese de cuántos bilbainos se necesitan para cambiar una bombilla? (Depende del tamaño de los mismos, pero sobre cien: uno para que sujete la bombilla y los otros para que hagan girar la habitación.) Pues si cambiáis la palabra "bilbaino" por "Ruths", os haréis una idea aproximada de lo hábil que soy yo en estos menesteres.
Hace un mes me hicieron administradora de la escalera, cosa que me hizo mucha ilusión porque me hacía sentir la casa como algo más mío. El vecino que me pasó la administración me dijo que era un vecindario muy tranquilo, que no solía haber problemas -como prueba el hecho de que en tres años sólo haya habido dos reuniones de vecinos- y que de lo único que me iba a tener que preocupar era de cambiar las bombillas de la escalera.
-Si no quieres hacerlo, puedes contratar a alguien y se paga con el dinero de la comunidad -me dijo, muy serio. Yo, que todavía no le conozco como para saber si está de cachondeo o no, solté una carcajada que él no acompañó.
-Hombre, a cambiar bombillas ya llego -dije, un poco colorada. Él se encogió de hombros y puso gesto de "tú sabrás".
Qué sabio es el vecino.
Ayer por la noche me di cuenta de que la luz del primero estaba fundida. Pensé en cambiarla en ese mismo instante, pero algo me dijo que igual debería esperar a que hubiera luz natural, más que nada por no electrocutarme o matarme al caer de la escalera a las nueve de la noche. Esta mañana me he levantado y he cogido la bombilla que me había dejado el vecino como muestra de las que necesita la escalera. Por si acaso hacía falta más de una, he salido en busca de una tienda de electricidad, lo que me ha costado un rato porque nunca he comprado bombillas en mi barrio (compré de bajo consumo hace tres años y aún no he necesitado cambiarlas). Todo esto, por supuesto, aderezado con una lluvia insistente y unos zapatos que me acribillaban los pies.
Encuentro la tienda -al lado de casa, no sé cómo no me había dado cuenta antes-, me da las bombillas, le voy a pagar... Y no tengo un duro. Como son sólo tres euros, no me cobra con tarjeta, así que hala, a buscar una caja, sacar dinero y vuelta a la tienda. Insisto, todo cerca de casa, pero llovía -bastante- y me dolían los pies.
Ya tengo bombillas. Vuelvo a casa -os recuerdo que no tengo ascensor-, me cambio el calzado a unas zapatillas comodísimas y cojo la escalera. Coño, va a ser pequeña, no sé si va a llegar (casa vieja, techos altos, la lámpara a tomar por culo del suelo). Hago la prueba en mi piso y parece que sí, así que cargo con un par de bombillas, un destornillador -por si acaso- y la escalera, y bajo al primero. Y me subo.
¿He mencionado que tengo miedo a las alturas?
Por suerte, la escalera no se menea y puedo soltar la lámpara sin necesidad de destornillador. Pero en cuanto quito la bombilla me doy cuenta de que -¡horror!- no es como las que yo tengo. Jurando en vasco, como dice mi padre (cosa que no entiendo, porque en euskera los tacos son préstamos del castellano), vuelvo a casa, vuelvo a coger la cartera, vuelvo a bajar -en zapatillas, voy cómoda pero al instante tengo los pies empapados- y le llevo la bombilla a la señora.
-Uy, pero esta es de 125, yo de este voltaje no tengo. Prueba al final de esta calle que cruza...
Y allá que se va Ruth, en zapatillas, los pies empapados, una mala hostia que lo flipas, a buscar la condenada bombilla sorteando todas las obras que se están haciendo a quinientos metros a la redonda de mi casa (que son como siete). Barro, agua, obreros que pasean con trozos de andamio sobre los hombros y se creen que la calle es suya, coches aparcados en la acera porque no quiera dios que me moje la permanente andando cien metros... Por fin encuentro la tienda, me dan las bombilas -por supuesto, más caras que las anteriores, que devolveré en otro momento porque ahora no me apetece- y vuelvo a casa. Escalera, lámpara, bombilla y mala hostia y hala, para abajo primero y para arriba -de la escalera- después.
Y, de repente, me ha pasado como en el anuncio ese de las cosas buenas: he puesto la bombilla, he dado al botón de la luz y ¡¡¡ANDA!!!, ¡se enciende!
Menos mal.
Pero tenía razón el vecino: la próxima, contrato a un técnico.

8 comentarios:

jose.etxeberria dijo...

¿¡Ahora que ya sabes hacerlo vas a contratar un técnico!?
1Ahora es el momento de escribir un manual y forrarte chica! ;-)

¡Ah! ¡Las hermosas epopeyas domésticas!

Max Estrella dijo...

Es una cosa que he ido superando y ahora hasta he instalado las lámparas de casa,halógenos incluidos...
también sé cocinar..jejeje
besos
ánimo con la administración que se en lo que se puede convertir

Sebastián Puig dijo...

Chica, siento haberme reído tan a gusto con tu post. Un besazo.

Luis Vea dijo...

Suerte que no se trataba de fluorescentes... (jijiji)

Anónimo dijo...

¡Qué bueno tu post!. Yo también llevo mal los temas de la electricidad.
Inés

leo dijo...

Jajaja: me he reído con tu entrada. Y también con los comentarios. Si es que hay que tener ojito con el "amperio".

dsdmona dijo...

Jajaja... la verdad es que aprendes a hacer cosas que nunca jamás pensaste posible (poner halógenos, cambiar florescentes, bombillas, colgar cuadros y demás cosas de bricolaje).

D.

Anónimo dijo...

Oyeee toda una aventura agotada estoy de tanta excursión .Servidora hoyyy ha cambiado un cartucho de la impresora estoy más contenta,tenemos mucha maña y valemos mucho di que si.