Qué suerte tengo de tener mi trabajo. No hay día que no me ría, día que no descubra algo o escuche algún comentario que me haga pensar. Los niños son una máquina de ideas que no hay que encender ni preinstalar, vienen conectados de fábrica, y cualquier chispa les hace saltar.
Me asombra sobre todo la permeabilidad de algunos con los idiomas. Los peques de segundo disfrutan como los enanos que son con las clases de inglés y tratan de utilizar pequeñas expresiones que van aprendiendo. Algunos son incapaces de responder a "what's the weather like today?" mientras les señalo por la ventana (lo llevan escuchando desde los tres años, pero aún no lo entienden), y otros comprenden a la primera que "a river has got water" tiene algo que ver con un río y el agua que lleva, todo a partir de un dibujo esquemático en la pizarra. Impresionante.
Ayer les enseñé nuevo vocabulario. Les mostré el dibujo de una bufanda, perfectamente consciente de que ninguno sabía la palabra en inglés y esperando solo el reconocimiento de la prenda. Una cría me soltó un bufand! que me dejó de piedra. Ya entiende el mecanismo. Ya es capaz de crear palabras en inglés. Alguna vez terminará acertando.
Por no hablar de los colombianos que llegaron en septiembre y ya hablan euskera como si hubieran nacido aquí (bueno, vale, igual no tanto, pero de verdad que da miedo escucharles de lo bien que lo hablan). El otro día uno se me acercó y, muy serio, me dijo: "¿Usted eres de Estados Unidos?" Ya no es que tengan que lidiar con tres idiomas, sino que tienen que cambiar el registro del que ya conocían.
Tengo clarísimo que no quiero tener hijos. Sería una madre de esas que se pasan todo el día diciéndole al mundo lo maravilloso que es su niño y que no hay ninguno más listo, más guapo y más majo que él. Nunca sería como los padres de mi clase, a quienes les mandas una nota porque al niño se le han olvidado los deberes en casa y vienen a hablar contigo por si su rendimiento escolar está bajando, que ya estamos encima pero es que no hacemos carrera, si tenemos que castigarle nos dices, ya lloró ayer por la nota, ya... Hasta te hacen sentir culpable y te obligan a pasarte diez minutos asegurándoles que un despiste lo tiene cualquiera, que el chaval es fantástico y saca unas notas fenomenales, que sólo le he llamado la atención para que no se repita y porque lo hago con todos, porque él en realidad no se merecía un reproche. Y te quedas pensando en las historias que cuenta la gente de padres que no se preocupan por sus hijos y que no vienen a las reuniones con los maestros, y te preguntas si realmente existen, y entonces te acuerdas de ese chaval de tu clase que nunca trae las notas firmadas y lleva dos semanas con la misma camiseta y pega los mocos debajo de la mesa.
Me enrollo. Me pierdo. Estoy cansada y me duele la cabeza. Mañana vuelvo al tajo, a ver qué más descubro. De entrada, les he encargado buscarme refranes en euskera. Voy a aprender un montón.
Qué suerte tengo de que me guste mi trabajo. Y menos mal.
1 comentario:
Mil niños y mil historias.
Yo también pensé en no tenerlos. Hoy tienen 25 y 26 años, y son una maravilla que a mi compañera y a mí nos llenan la vida.
Y pienso que hemos tenido suerte cuando no creo en ella; en todo caso, lo que puede existir con los hijos es la mala suerte; la buena hay que trabajarla.
Curioso lo de los colombianos. Para uno que no es vasco se le hace difícil creer que puedan aprender un idioma tan distinto y tan rápido. Después siempre hay a quien le hace rabia que lo aprendan, igual que aquí con el catalán, con la excusa de la libertad.
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