La profe me tiene manía



Sí. Lo reconozco. Me pasa.

Cojo manía a los niños.

No a todos, claro, y también cojo pelota a otros (no sé hasta qué punto esa expresión es correcta), pero lo hago. Hay niños que me caen mejor que otros y algunos, los menos, que me caen peor que la media. No lo puedo evitar. Y eso que lo intento.

No hay un motivo. No hay una fórmula mágica que me haga decir "uy, a este le voy a coger manía antes de octubre". Simplemente, ocurre. Como con las amistades entre los adultos, supongo. Algunas personas te caen mejor que otras, a algunos no los puedes ni ver. ¿Por qué? Tan subjetivo como intentar explicar por qué a algunos les gusta el color rojo y a otros no. O el azul, vaya, por eso de que nadie lo relacione con el color de la sangre.

Algunos de mis alumnos favoritos son buenos estudiantes, pero no todos, ni siquiera la mayoría. De hecho, me cargan un poco los marisabidillos que siempre tienen la respuesta lista y siempre tienen algo que comentar sobre cualquier -cualquier- tema que se mencione en clase. La virtud está en el punto medio, que decía Aristóteles. Estudia, sí, pero no lo restriegues, no seas pesado, cállate un ratito, guárdate el comentario sobre los artrópodos, que hasta hace un minuto ni sabías lo que eran. Espera tu turno al hablar, no creas que por levantar la mano ya tienes derecho a hacerlo, y sobre todo, sobre todo, no vengas a hacerme la pelota al final de clase, preguntándome por mi gato o qué tal el fin de semana. No creas que siempre tienes razón y aprende a callarte cuando te equivocas, no quieras tener siempre la última palabra. No seas pelma. Por favor, no seas pelma.

Se me ha ido el santo al cielo. Pelota. Manía.

Sí, también tengo pelota a ciertos niños. Tengo debilidad por los graciosillos. No los graciosillos que no dan un palo al agua, sino esos que saben dónde colocar un chiste sin resultar pesado y que entienden que hay un momento para hablar y otro para trabajar. Es difícil encontrarlos de ese pelo. Este año tengo un puñado, chicos y chicas. Me gustan. Trabajan como jabatos y me entretienen. Hacen que el día pase más rápido. Y le dicen al pesao que se calle, de vez en cuando. Yo no puedo, porque demostraría que le tengo manía. Me vienen muy bien, la verdad. Son alumnos cómodos, de los que se necesitan a puñados en una clase.

Lo curioso es que el pesao tiene unas notas excelentes. Es buen estudiante, sí, pero hay otro factor: cuando corrijo sus exámenes soy muy consciente de mi poca subjetividad, así que, por si acaso, le subo un poco la nota, porque estoy convencida de que inconscientemente se la he bajado. Tiene todo sobresalientes, el cabrón. No me extraña que sea un pesado. Lo mismo se piensa que me cae bien y todo. Menos mal que los majos también son buenos estudiantes, y que a esos no les bajo las notas por si subconscientemente se las he subido. ¿Qué mal hizo nunca que todos los alumnos de una clase sacaran sobresaliente en todo? Lo malo sería que suspendieran. Y menos estos, con la función que desempeñan haciendo callar al pesado.

Qué haría yo sin ellos.

Estrangular a alguien, seguro.

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