Carlos va a trabajar en bicicleta. No tiene coche, ni lo quiere, total para qué; la bicicleta le obliga a hacer ejercicio y, si llueve, coge el autobús. A veces lleva el MP4 que le regalaron sus sobrinos, cansados de verle pasear el walkman de quince años que cargaba antes. Escucha a Van Morrison y los Rolling Stones, a veces a Mecano, pero poco, porque no le gusta entender lo que dicen las canciones, menos aún cuando incluyen estribillos como "y tú contestastes que no". Los Beatles le cansaron hace ya unos años, aunque no le molesta encontrarlos en la radio. Hace tiempo compró un disco de Pink Floyd. Lo escuchó una vez antes de regalarlo.
Carlos tiene cincuenta años, aparenta cuarenta y algunos días se siente centenario. Cree que sus alumnos de literatura son unos parásitos sociales que estarían mejor trabajando en algo útil en lugar de calentar una silla seis horas al día. Sus alumnos de literatura piensan más o menos lo mismo de él, solo que no le llaman parásito social, sino "el pesao del Carlos". A veces a Carlos le gustaría ser aparejador, o tornero, o minero, pero sabe que él solo vale para pensar, que no duraría dos días. A veces le cuesta levantarse de la cama. Pero la mayoría de los días, sobre todo en fin de semana, no.
A veces Carlos disfruta siendo él mismo. A veces.
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