Domingo, uno de marzo. Electoral, encima. Y el cumpleaños de mi madre. Día completito, vamos.
Volvemos a la rutina lentamente. Las mañanas de los fines de semana para escribir y las tardes para estudiar. Al mediodía, votamos y comemos. A la noche, leemos, porque odio la programación de la tele. Me pregunto por qué hablaré de mi misma en primera persona del plural. Vaya ego tenemos, afirmo.
Después de un mes de no escribir una palabra, la semana pasada se me ocurrió releer lo que había escrito antes de que empezara la vorágine de los exámenes. No debí haberlo hecho, o sí, quizás debería haberlo hecho antes: quise llorar. Y no era el Monstruo el que lloraba, sino mi crítica interior, la que me suele tratar bien. No lo reconocí como mío. Me negaba a admitir que yo pudiera escribir tan mal. Nunca, jamás, en la vida, me había gustado tan poco algo escrito anteriormente. Me ha pasado, como a muchos (espero), que algo que al principio me pareció maravilloso no me lo pareciera tanto al repasarlo, pero tanto como para querer dejarlo todo y dedicarme a hacer encaje de bolillos en lugar de escribir, nunca. Hasta la semana pasada.
Así que he empezado de cero, porque me he dado cuenta de que el problema está en los cimientos: no tiene. No sé de qué pie cojea cada personaje, qué le pica a cada uno en cada momento, qué relación van a tener en el futuro, en qué punto van a cambiar... Y me está pasando algo muy curioso, y es que, cuando pienso en los personajes interactuando, veo las escenas como quien ve una película. No veo el principio, y luego la siguiente escena, y luego la tercera, sino que son escenas sueltas, imágenes perfectas sobre la relación de los personajes. Así que creo que voy a probar una nueva técnica (nueva para mí, claro está) y tratar de escribir la historia mediante escenas sueltas que luego uniré, a ver si así no me odio tanto y puedo seguir haciendo lo que más me gusta.
Porque, la verdad, sería una gran putada no poder seguir escribiendo después de tantos años de hacerlo. Si lo pienso, no he parado de escribir desde que aprendí a poner lápiz sobre papel. Luego vinieron el boli, la máquina de escribir y por fin el bendito ordenador, pero yo siempre escribí, fuera como fuera. Y no quiero dejar de hacerlo. Pero dejaré de hacerlo si veo que no voy a ninguna parte, porque tampoco es cuestión de desperdiciar tiempo y esfuerzo en algo que nunca será bueno. Así que tiene que ser bueno. Tengo que hacerlo bueno.
Por narices.
2 comentarios:
Ole tus narices, sí señor. Y si las tuyas no son suficientes, te presto las mías.
No te preocupes, que a mí también me ha pasado lo mismo. Y decidí lo mismo, tenía escenas en mi cabeza perfectamente dibujadas, pero claro, lo de enmedio, pues no. Sabía, de alguna manera, cómo quería llegar a las escenas pero tenía la sensación de que si no las veía, de que si no las leía, no iba a saber eso del medio.
Y eso fue lo que hice, a partir de ahí fue como rellenar un puzzle del que ya tenía más idea que al principio.
Ánimo! ya nos contarás!
Hola!! Por lo -poco- que he leído te dedicas al duro oficio de escribir. No sabes como envidio a quienes saben reflejar en palabras escritas cualquier cosa con un mínipo de pulcritud y atractivo. Ánimo en los momentos de crisis...creativa.
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