Domingo


Seguro que si todos los días fueran de fiesta al final terminaría hasta el moño de vacaciones, pero ahora no puedo pensar en otra cosa que no sea "qué suerte tienen los jubilados, coño". Cómo me gustan los domingos. Cómo me gusta tener todo un día para hacer lo que a mí me dé la gana.

Pero va cayendo la tarde, y yo no tengo ganas de hacer nada. He intentado estudiar, pero después de pasarme media hora marcando las páginas que tengo que leer en literatura inglesa, me he agobiado y lo he dejado. Ahí están los libros, por si me apetece volver. Lo dudo. Van a coger polvo, los pobres.

Mil y una ideas me rondan la cabeza, pero no puedo escribirlas hasta que no termine el proyecto que tengo entre manos. Apunto frases rápidas en papeles aquí y allá, y los meto en el sobre de las ideas que cada día está más lleno. Me siento creativa, aunque solo escribo una hora al día. Pero el resto del tiempo lo paso pensando en lo que estoy haciendo, o en lo que haré más tarde, y cuando por fin me siento ante el ordenador, las palabras tienen más poder que el día anterior y fluyen con soltura. Acerté al cambiar mi aproximación a la escritura, quizás consiga terminar algo que no me haga querer vomitar. No cantemos victoria todavía. Pasito a paso.

Intentémoslo otra vez. Vuelvo con la universalidad e individualidad del tiempo y el espacio y su simbología cervantina. Media horita. Y luego quizás me permita escribir algo.

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