Las bolitas

Ayer fuimos a cenar a casa de unos amigos que viven como a una hora en coche. En el camino fuimos hablando de todo un poco y, como me ha pasado a menudo, la conversación me dio mil ideas de historias que podía escribir. Marina, me recordó a las bolitas de la musa, no pude evitarlo.
Lo malo de tanta bolita, al menos para mí, es la falta de tiempo. Hoy no he madrugado tanto como me hubiera gustado y sólo he tenido tiempo para seguir con mi novela, que algún día terminaré, antes de que la rutina diaria me engullera. Pero he apuntado las ideas del coche y espero que algún día (esta misma semana, a poder ser) los pedacitos de nada que voy robando de la gente que me rodea se conviertan en relatos que merezcan la pena ser leídos. Espero que la bolsa de la musa no se me llene tanto que luego me dé pereza rebuscar en su interior para encontrar las bolitas adecuadas.

Vacaciones

Durante las próximas cuatro semanas voy a estar de vacaciones, lo que tiene por contrapartida que mi acceso a internet se verá restringido, así que no me veréis mucho por éste ni por otros blogs. Cuando me leáis este mes de mayo, pensad que estaré descansando plácidamente en mi casita californiana, espero que con sol y piscina a tutiplén. Ah, sí, y también intentaré escribir. Porque de eso se trataba, verdad? Es que una vez que me abandona el estrés de aguantar a mis veinte fieras de siete años, se me olvida hasta mi nombre. Que es Alicia. O Noemí. No, Judith. Tenía una hache por ahí, creo.
Un beso, nos vemos pronto (espero).

¡SOY LA MEJOR Y LA MAS GUAPA!

Y lo digo yo, no mi madre. Que sólo me ha costado un par de días averiguar qué código cambiar para poner mis propios links. Soy un monstruo, una artista, valgo para todo. Y modesta... Esa es mi mejor virtud.
Soy muy nula en informática y me hace mucha ilusión haberlo descubierto. Tenía que echarme flores. Me permitiréis el auto-adulamiento.
Prometo flagelarme en público cuando meta la pata.

Vuelta a la normalidad

Lunes con sabor a miércoles (me dan las vacaciones el miércoles a mediodía), me alegra haber vuelto a la normalidad después de un fin de semana de tres días. Cuando no tengo nada que hacer, me obsesiono. Me pongo a escribir por obligación, y me siento culpable si no escribo siete horas seguidas. Y normalmente no las escribo, porque si estoy de vacaciones hago menos que en un día normal. Y nada de lo que escribo me gusta. Demasiado tiempo para editar.
Pero esta semana tengo tres días de relativa normalidad, de escribir una horita, ir al gimnasio, educar a estos hijos de mejicanos que han tenido la mala suerte de nacer en Estados Unidos y soñar con qué haría si tuviera todo el dinero del mundo o mi hipoteca ya estuviera pagada. Nunca pensé que me alegraría de volver al trabajo. Qué cosas tiene la vida.
Para los que no sois de blogger, creo que he cambiado mis opciones para que cualquiera pueda hacer comentarios, pero como esto no es lo mío, no estoy segura.
Un besazo para todos, seáis o no de blogger.

Allá va

Pues ya que me lo he propuesto, y antes de que cambie de opinión, aquí va un mini cuento que escribí la semana pasada y que me pone los pelos de punta por lo desagradable que es. Ni siquiera tiene título. Es uno de esos proyectos que nunca verán la luz del día, pero sí la de un ordenador (espero). Voy a llamarlo El pájaro, aunque sea sólo por hoy.



María observaba a su hijo desde la casa. La primavera había llegado pronto aquel año y Alberto estaba jugando en el jardín, arrodillado de espaldas a ella y concentrado en algo que había colocado en el suelo. Podía pasarse horas jugando solo en el jardín. Alguien le había dicho que no era sano que pasara tantas horas solo, pero a María no le preocupaba. Alberto era un niño muy inteligente y no todo el mundo le comprendía. A veces era más fácil para él aislarse de los demás.

María estudió su espalda, tan estrecha y frágil como la de un niño varios años menor que él. Alberto nunca sería tan alto como su padre, había salido a la familia de ella. El pelo rubio y lacio rozándole los hombros de ella, los ojos azules con aquel brillo pícaro del abuelo, los rasgos suaves de la abuela, todo gritaba mamá. Era su niño, tan suyo que a veces no sabía donde terminaba Alberto y dónde empezaba María, tan suyo que le dolía su dolor y sentía sus lágrimas. Su marido decía que le tenía mimado. Pero era obvio para María que lo que su marido sentía eran celos porque su hijo nunca sería tan suyo como lo era de ella.

Alberto cambió de postura y se sentó en el suelo con las piernas abiertas, la cabeza baja y las manos ocupadas. Diez años ya. Diez años de maternidad que la habían cambiado tanto como sólo una madre puede cambiar. Había pasado de ser una mujer egoísta que sólo pensaba en sí misma a no poder pensar en otra cosa que no fuera su hijo. Sus prioridades estaban definidas por las de su hijo. Fiesta de cumpleaños. Partido de fútbol. Mal día en la escuela. Hora de comer, de cenar, de acostarse. Todo rondaba alrededor de Alberto, ella había dejado de existir. Su marido se lo recriminaba a veces, pero ella no le escuchaba. Necesitas una afición fuera de casa, le decía. Pero eso significaría no estar pendiente de Alberto las veinticuatro horas del día. Eso significaría tener otra cosa en la mente que no fuera Alberto. Y él era todo para él, no había más María sin Alberto, su vida era sólo su hijo. Alberto, Alberto, Alberto.

Sintió unas ganas terribles de abrazar a su hijo. Hacía más de media hora que no le tocaba, que no le acariciaba la cabeza o le daba un beso en la mejilla. Necesitaba sentir el calor de su hijo contra ella. Salió de la casa y se acercó a él. Le llamó de lejos, pero él no se volvió hacia ella. María sonrió. Debía estar construyendo una pequeña casa con palillos, o quizás estudiando un hormiguero. Se acercó más. Volvió a llamarle. Él siguió sin girarse.

Vio la sangre por encima de su hombro. No era mucha, pero la suficiente para que el pánico se apoderara de María. Se puso delante de su hijo, las manos en sus hombros y un grito en la garganta. Qué te has hecho, hijo, dónde te duele, qué ha pasado. Pero la sangre no era de Alberto. Cubría sus manos y salpicaba su cara, pero no era de Alberto.

El gorrión aún sacudía el ala que le quedaba y sus gemidos, que María había tomado por cantos, eran los gritos de auxilio de un ser vivo que había sido un pájaro antes de ser desplumado y perder un ala y las dos patas. Alberto tenía una expresión de éxtasis en su rostro. Las partes del animal que había arrancado estaban ordenadamente colocadas junto a su pierna: plumas en un pequeño montón, seis diminutos dígitos, dos patas, un ala. Levantó la cabeza y miró a su madre con una sonrisa. Volvió a bajar la vista y se dispuso a arrancar la segunda ala con sus propias manos.

María tuvo el tiempo justo para apartar la cabeza y evitar que el vómito salpicara a su hijo. Alberto no se inmutó. El pájaro dejó de piar.

Me siento inadecuada...

Sois impresionantes. Todos los que estáis ahí fuera y os tomáis esto en serio. Os admiro.
Marina, estoy contigo en lo de que lo más importante es escribir bien, pero creo que el paso más difícil para un escrito (al menos para mí) es perder el miedo a que los desconocidos nos lean, y vosotros, los escritores semi profesionales que he descubierto, no parecéis tener ese miedo, o si lo tenéis, lo disimuláis muy bien. A mí me aterra que alguien me lea. Sólo dejo que me lean los jurados de los escasísimos concursos a los que he escrito, y una vez, una sola vez, dejé a una amiga que me leyera. Y no he vuelto a enseñárselo a nadie.
Voy a ponerme una meta -aparte de la hora de escritura todos los días, aparte de mandar un cuento a concurso una vez al mes, aparte de darme un año para terminar una novela que nunca verá la luz del día pero será mi manera de probarme que puedo terminar una novela-: voy a "publicar" un cuento en este blog. Todavía no sé cuál, ni cuando, pero lo voy a hacer. En cuanto se me pase el furor de la novela y pueda concentrar mis energías en un cuento corto. En cuanto consiga una bolita que me permita hilar una historia.
Me inspira esto de "bloguear" (no confundir con vaguear). Tenía que haberlo hecho antes.

La lentitud de Internet

Llevo toda la mañana investigando formas de meterme en blogs ajenos, participar un poco de la vidilla informática de los escritores, tratar de ser parte de un mundo que sobrepase el entorno de mi habitación y mi ordenador, y resulta que me he metido en un espacio donde mis comentarios aparecen publicados una hora más tarde y mis nuevas entradas en el blog no aparecen. Estoy desesperada. Quiero escribir, y no me dejan. Quiero cambiar el aspecto de mi blog, y aquí no cambia nada. He escrito dos entradas nuevas hoy, pero como si nada. Aquí no aparece nada. Espero que los visitantes -si es que hay alguno- encuentren el camino a mis palabras, porque yo, desde luego, no lo he conseguido.

Grupos de escritura


Me viene rondando la cabeza una idea que quiero poner en práctica. Me gustaría empezar un club de escritura, pero me da algo de miedo. No sé como hacerlo. Me gustaría que fuera en persona, no enla red, y me gustaría que estuviera compuesto por gente a la que realmente le fascine escribir, no quinceañeras con historias de amores imposibles que se escriben en media hora y cinco minutos más tarde no gustan ni a la que la escribió. Había pensado en poner anuncios por la calle, reclutar a desonocidos si hiciera falta, pero me parece un riesgo. ¿Y si me quedo atascada con gente que no me gusta, cuyo estilo detesto, que sólo va al grupo para oír lo maravillosos que son pero no quieren dar su opinión? ¿Y si me encuentro rodeada de gente que descarga su mala leche en los demás, quiere ser el protagonista absoluto de la velada o peor, no participa en absoluto?
¿Hay alguien ahí fuera que haya sido miembro de un grupo de escritura, o que esté en la misma tesitura que yo? Esta es una afición muy solitaria, y compartirlo con alguien tiene que ayudar. Digo yo, ¿no? Empezar a endurecer la piel para que cuando los editores echen mano de nuestra obra -algún día...-, no nos sorprendan ni nos hieran sus malas críticas.
Si alguien tiene un consejo, por favor, que me lo diga. Estoy abierta a cualquier sugerencia.

Mi primer intento


No, no debería llamar a este mi primer intento, porque ya he tratado de crear un blog antes y ha sido un pequeño desastre. Como he leído en algún sitio, mi vida no es lo más interesante del mundo, así que experiencias personales pocas; me paso el día trabajando, voy del trabajo a casa y me pongo a escribir. Hago "pira" del gimnasio para poder meter una horita frente al ordenador y dedicarme a lo que de verdad me gusta y con lo que me gustaría ganarme la vida, a pesar de saber que es casi imposible abrirse hueco en el mundo de la escritura y que no me vendría mal perder un par de kilitos. Pero esta es una afición muy esclava.
Así que aquí estoy, en lo que debería denominar mi segundo intento, y a ver si esta vez me lee alguien más aparte de mis amigas (a quienes adoro y sin las cuales no tendría lectoras) y algún/a despistado/a que buscaba Galicia y se encontró en Sevilla.
Al ataque. Y a escribir.