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De lecturas que te llevan a otras, o cómo he acabado yo aquí

Que leer un libro te lleva a otro es algo que toda buena lectora y todo buen lector saben desde hace mucho. Hay por ahí una frase del tipo "leer a Cortazar te hace querer leer a Poe" (o viceversa, soy terrible para las citas) que creo que resume muy bien esa ansiedad que sientes cuando terminas de leer un libro que hace referencia a otro, o cuando investigas un poco sobre un autor o autora y descubres qué lecturas les influenciaron (o, sin más, porque te gusta el tema y quieres profundizar más en él). Cuando leí a Munro sentí curiosidad por Atwood solo porque eran amigas; después de 1984 vino, irremediablemente, Fahrenheit 451. Toni Morrison me hizo sentir curiosidad por la América negra, e Isabel Allende me llevó a Gabriel García Márquez (ahora Allende me da urticaria, pero reconozco que mi adolescencia no hubiera sido la misma sin ella). Incluso El código DaVinci me hizo sentir curiosidad por la teología, no os digo más. Las redes que pueden surgir de un solo libro son infinitas, y el agobio que siento cuando pienso en todo lo que quiero leer y seguramente nunca conseguiré es indescriptible.

Ayer me metí en una librería sin ánimo de comprar nada, solo por ver si había algo que me llamara la atención (para no comprarlo; sí, muy lógico todo), porque últimamente solo veo los bestsellers de siempre y empiezo a hartarme. Por variar mi ruta de todos los fines de semana, me colé un momento en la sección de filosofía y recordé por un instante que me había propuesto leer al menos un libro de no ficción al mes que tuviera que ver con filosofía, pedagogía, educación o cualquier otro tema del millón que me interesan. Me costó treinta segundos desesperarme al ver los títulos y autores de muchos de los libros, no os digo ya nada al ver su precio (ninguno bajaba de veinte eurazos, y me niego a que los herederos de Nietzsche y compañía se lleven mi dinero); calculé que me haría falta otra vida y una lotería de las gordas para conseguir siquiera un mínimo conocimiento sobre filosofía, por no hablar de pedagogía y demás. Y entonces, en la mesa de novedades, vi este libro. Y, por supuesto, no me pude resistir.


Creo que los que os pasáis por aquí con cierta asiduidad ya sabéis que soy capaz de gastarme un dineral en cualquier cosa que lleve el nombre de Harry Potter en el título, pero es que lo que tuve con este libro fue un flechazo descomunal. Ahí estaba yo, buscando una especie de guía de iniciación a la filosofía, cuando de repente me encuentro con una colección de artículos que tratan temas filosóficos desde las páginas de la saga. Acabo de empezarlo y ya tengo una idea muy general sobre las distintas visiones del alma que se han dado a través de la historia de la filosofía (¿qué se llevan los dementores cuando se llevan el alma?, ¿tus recuerdos, tu forma de ser, tu personalidad, tu energía vital?) y me he tragado un artículo muy interesante sobre la dualidad cuerpo/mente de Descartes basándose en la figura de Sirius/Padfoot (me niego a decir Canuto, ¿a quién se le ocurrió traducir Padfoot como Canuto?). No es la lectura más amena que he tenido entre las manos, pero desde luego es una buena manera de sumergirme en los libros de no ficción y leer algo con relativa consistencia para variar (que no digo yo que leer a Julian Barnes no lo sea, pero creo que me he empachado de ficción y necesito un cambio). Mientras tanto, voy haciendo una lista en el móvil de libros que buscar en librerías de viejo y en las secciones baratas de librerías varias, pero creo que he acertado con el punto de partida. Ahora a ver si soy capaz de terminarlo y digerirlo, sobre todo el capítulo dedicado a la redención de Snape, que sabéis que voy a devorar con ansia. 

Un libro lleva a otro, una lectura te anima a querer seguir leyendo. Las conexiones entre ellas a veces son incomprensibles, y tan variadas como las personas que las leen. Por eso me resulta tan crucial y tan importante leer: nunca sabes a qué nuevo puerto te va a llevar. Y este viaje, al igual que los físicos en barco y avión, es lo que nos convierte realmente en humanos y en máquinas de aprender. 

Libros de lectura obligatoria para ser persona

Me había propuesto firmemente escribir una reseña cada viernes (no en este blog, sino en este otro blog de reseñas al que últimamente le estoy dando algo más de vida), pero entre que no leo rápido y que ahora mismo estoy con una colección de cuentos de Chéjòv que no es que sean lectura fácil precisamente, esta semana tampoco llego a la cita (y para mañana dudo mucho que consiga terminarme el libro). Para no dejaros con las ganas a los tres o cuatro pobres incautos que llegáis al blog de casualidad, os voy a regalar un pequeño listado de libros que considero de lectura obligatoria para cualquiera que se considere un ser humano. Son ese tipo de libros que, aparte de su calidad literaria, te incitan a ser mejor persona y cuando los terminas te entran ganas de arreglar el mundo. No suelo encontrarlos y cuando lo hago tiendo a releerlos como loca.

El guardián entre el centeno, J.D. Salinger

Por cierto: qué maravilloso
resulta leerlo en su versión
original. 
Ser adolescente es difícil, muy difícil. Lo es si eres un niño o niña normal, con una familia estable en un entorno comprensivo, así que si eres un chaval conflictivo al que sus padres han mandado a un internado tras la muerte del hermano pequeño porque ya no te pueden controlar, imagínate hasta qué punto puede llegar a ser tu adolescencia una mierda. El que no empatice con el protagonista de este libro es que no tiene corazón; el que no se emocione cuando Holden Caulfield recuerda a su hermano muerto o dice aquello de "aunque supiera explicarlo, no lo haría" es de piedra o tiene su propia adolescencia tan bloqueada que lo que necesita no es un libro, sino un psicólogo. A mí me afectó tanto que tuve que colarlo en la única obra de ficción que he publicado nunca, porque creo que cualquier adulto que trabaje con adolescentes tiene que saberse este libro como mi madre se sabía el catecismo (y Alan no iba a ser menos).

Matar a un ruiseñor, Harper Lee


La gran mayoría de las veces, hacer lo que una cree que es correcto es mucho más difícil que hacer algo que sabes que está mal pero está aceptado por el resto del mundo. Atticus Finch es un héroe que se juega la vida y pone en peligro a su familia por algo que cree justo, aunque desde el principio sabe que tiene las de perder y que no va a poder luchar contra el mundo. Su heroísmo se nos muestra a través de los ojos de su hija, que, imaginamos, aprenderá lo que significa la valentía gracias a su ejemplo. Y sí, la película mola y Gregory Peck es el Atticus Finch perfecto, pero cualquier buen/a lector/a sabe que el libro siempre, SIEMPRE, es mejor. (La segunda parte, que no es segunda parte sino el primer borrador de la primera, no refleja ni con mucho la grandeza de Atticus, ni el amor y el orgullo que su hija siente por él. Si no la habéis leído, ni os molestéis; yo me lleve un chasco de impresión y hasta le cogí un poco de manía a Atticus, lo que me dio mucha rabia.)

Muerte de un viajante, Arthur Miller


Si os digo que este libro me cambió la vida igual me quedo corta. Esta obra de teatro nos habla de esperanzas, de esperar a un futuro mejor que nunca termina de llegar, de soñar con lo que se tendrá dentro de unos años, cuando me jubile, cuando los niños sean mayores, cuando ahorremos, cuando las cosas vayan mejor... Pero ese futuro, a veces, no llega nunca, y cuando nos damos cuenta de ello ya es demasiado tarde y nos hemos pasado la vida viviéndola con la vista puesta en ese "cuando..." que cada vez se aleja más. Aunque sigue en mi estantería y no saldrá de ahí nunca, no creo que pueda ser capaz de leerlo otra vez, no al menos en breve; me emocionó de tal manera que, incluso escribiendo esto, se me pone la piel de gallina solo de recordarlo. No es que sea difícil hacerme llorar con un libro bien escrito, pero la congoja que me provocó este me dijo bien a las claras que había tocado una fibra muy, muy sensible. 


Los libros tienen el poder de hacernos soñar, de ayudarnos a olvidar o trasladarnos a otros lugares, pero algunos pocos también tienen el poder de cambiarnos. No me quiero ni imaginar qué grado de genialidad tiene que haber detrás de la pluma que escribe estos textos para conseguir producir ese deseo de cambio, ese impulso que te haga querer ser mejor persona, o al menos mejorar tu propia vida. Espero que siga naciendo gente capaz de hacerme sentir así a través de las palabras, porque creo que de eso trata la literatura. Sí, también la necesitamos para pasar el tiempo, pero encontrarte de vez en cuando con algo que te llena de esta manera es casi místico. 

Los diez libros más sobados de mi biblioteca

Soy de las que relee libros. No todos, por supuesto, pero sí los que más me han gustado, los que más cosas me han dicho. Hay libros que necesitan ser releídos para captar todo lo que nos están diciendo, porque no se puede pillar todo a la primera, no siempre al menos, no cuando un libro dice mucho. Otras veces es simplemente que me gusta la historia y quiero volver a sumergirme en ella, aun a riesgo de darme cuenta de que ya no me gusta tanto. Por lo general, en cuanto termino un libro tengo muy claro si alguna vez lo volveré a leer o no. En caso afirmativo lo guardo; si no, lo regalo o intento donarlo (pero como la mayoría de mis lecturas son en inglés, me es dificilísimo encontrar a alguien que los quiera y así está mi casa, llena de libros no tan buenos).

Creo sinceramente que los clásicos aguantan mejor una relectura que los bestsellers, aunque, si la historia es buena, a veces también lo merecen, sobre todo si hace ya tiempo que lo leíste y solo recuerdas que te gustó, pero no la trama. Esta es mi lista de libros más sobados; el orden es aleatorio, pero una se suele acordar sobre todo de los que más le gustaron, así que creo que me ha podido el subconsciente al hacer la lista:

1. Harry Potter (la serie entera), JK Rowling


No podía faltar, por supuesto. No sé cuántas veces me los he leído, pero debe andar por la docena. La razón es que, cada vez que salía libro nuevo, quería acordarme de todo lo que había pasado anteriormente, así que me leía todos los libros que habían salido hasta entonces. Aunque leer, lo que se dice leer, no hacía mucho: aproveché para comprarme las cintas (¡sí!, ¡cintas de cassette!) y las escuchaba por la noche. Eso sí: el sexto y séptimo libro me los leí tan rápido (un fin de semana cada uno) que, en cuanto los acabé, volví a releerlos para saborear cada escena y fijarme bien en qué demonios había pasado para llegar al final al que llegaron, porque del ansia no me había enterado de la mitad.

2. La Regenta, Leopoldo Alas Clarín 


La primera vez que lo leí fue por obligación, más o menos. Nuestra profesora de literatura en el instituto nos dio a elegir las lecturas del trimestre; era una mujer enfadada con el mundo que odiaba a sus alumnos (o esa sensación daba, aunque era una gran profesora), y cuando llegó a La Regenta nos soltó un "ya sé que nadie va a elegir este libro porque es el más largo y el más difícil, pero bueno, os lo tengo que dar también". Yo lo escogí sin dudar, y se convirtió en mi libro favorito durante décadas. Ese año me lo leí unas cuatro veces (cada vez que mi madre entraba en la habitación y me veía leyéndolo otra vez se desesperaba, no entiendo por qué. Ni que me hubiera pillado con una revista pornográfica o algo); cada poco tiempo lo rescato, y me alegra decir que no ha perdido ni un ápice de su encanto. Ahora me doy cuenta de que a los quince años no fui capaz de entender la mayoría de las cosas que se explican en el libro, pero lo poco que me llegó me hipnotizó. Sigue siendo uno de mis libros favoritos. 

3. Beloved, Toni Morrison


¿Cómo no querer este libro? Lo descubrí por el club de lectura en euskera al que asisto una vez al mes, con lo que la primera vez que lo leí fue en euskera, no en su idioma original. Poco me costó encontrar el ebook y devorarlo otra vez en inglés (y con él toda la bibliografía de Morrison, que por desgracia no es muy extensa). Este verano me voy a regalar la copia en papel del libro, porque merece ser leído, marcado y machacado. Aparte de mi obsesión por el tema de la esclavitud en Estados Unidos, es un maravilloso libro que debería ser de obligada lectura para todos los amantes de la literatura. 

4. El guardián entre el centeno, JD Salinger


Curiosamente, cuando lo leí de adolescente no me quedé con gran cosa. Quizás porque yo tuve una adolescencia muy tardía (creo que todavía no la he superado del todo), quizás porque es un libro muy americano y no conseguí identificarme con el protagonista; quizás porque es la historia de un chico, muy distinta a la que sería la historia de una chica. Hace unos años lo volví a leer, esta vez en inglés, y me enamoré del libro. Han caído dos lecturas más, y creo que caerán otras cuantas en breve. Me encantaría tener a un adolescente en mi círculo cercano para poder recomendarle este libro que tanto me emociona. 

5. Al este del Edén, John Steinbeck


Es pensar en este libro y emocionarme. Ya no solo por la historia que cuenta (que es bestial, universal, eterna, maravillosa), sino porque el libro ocurre en la zona de California que fue mi hogar durante siete años. Cada vez que veo el nombre de King City en la página se me nublan los ojos (lo cual no deja de ser irónico, porque cuando vivía allí me parecía un agujero en el mapa, y ahora mismo es el lugar más peligroso de toda California); cuando mencionan Greenfield, Salinas, Lompock, yo salto un poco en el sofá y le digo a la página ¡ahí he estado yo!, ¡ahí se nos paró el coche!, ¡ahí me invitaron a  una fiesta!, como si alguien pudiera oírme. Es el libro que retomo cuando me siento melancólica, y el libro al que recurro después de haber leído algo muy malo, como quien se quita el mal sabor de una almendra amarga con un trago de buen café. Está tan marcado que reconocería mi copia en cualquier lugar del mundo si me la robaran. Es el libro que nunca, nunca saldrá de mi casa (a no ser para ir a un parque y leer tranquilamente a la sombra de un árbol una tarde de verano). Por cierto: qué mala es la película. De lo peor que he visto.

6. Las uvas de la ira, John Steinbeck


A diferencia del anterior, este libro me produce tal desazón que tengo que tener mucho cuidado con cuándo lo leo, porque me afecta mucho. La última vez que lo releí lo tuve que dejar a medias en la mesa, casi a mitad de una frase, durante un par de días, porque sabía lo que venía y no tenía fuerzas para leerlo. Es crudo, es gráfico, es bestial, y lo peor de todo, está basado en hechos reales. Parece mentira que un libro escrito a principios del siglo veinte sea tan actual como este. A más de uno se lo daría yo a leer. 

7. Middlesex, Jeffrey Eugenides



Este libro me lo regaló una amiga y estuvo en mi pila de libros por leer durante años. Cuando al final me animé a leerlo, no podía creerme que algo tan maravilloso hubiera estado delante de mis narices tanto tiempo y que yo no lo hubiera visto. Me encanta Eugenides y su arte de contar una historia desde el final hacia el principio, yendo atrás en el tiempo para explicar por qué el protagonista de la historia es como es. Maravilloso. De hecho, creo que le voy a echar otro vistazo antes de que acabe agosto. También digno de mención es Las vírgenes suicidas, que solo he leído una vez pero que me dejó helada por su manera de manejar un punto de vista múltiple. 

8. Dientes blancos, Zadie Smith


Mi amor por esta mujer no tiene límites, y mi envidia tampoco. Con veintipocos años escribió una de las obras más importantes de la literatura contemporánea británica, y se ha convertido en una de las voces más escuchadas, ya sea en literatura, política o encaje de bolillos. He leído todos los libros que ha publicado, incluso uno de no ficción, y espero con ansia que siga escribiendo. Dientes blancos es, para mí, lo mejor que ha escrito, aunque cualquier cosa de esta mujer hace que me derrita de gusto.

9. Ana Karenina, Lev N. Tolstói


Incluyo este libro que me he leído varias veces, aunque estoy convencida de que no volveré a releerlo jamás. Cayó en mis manos cuando era una cría porque estaba entre la colección de premios Nobel que mis padres tenían en el salón. Mi profesor de octavo de EGB se quedó de piedra cuando le dije que lo estaba leyendo, y le dijo a mi madre que estaba bien que leyera cosas de esas, pero que no iba a entender nada. Efectivamente, tenía razón. Hace unos meses volví a leerlo y aprecié la grandeza de Tolstói, pero también me di cuenta de que no me gustan los realistas rusos. Si a esto le añadimos que me he leído Guerra y Paz también este año, apaga y vámonos. 

10. On Writing, Stephen King


No había leído nada de King hasta que leí este libro, mitad autobiografía mitad manual de escritura.  A partir de ahí le cogí cierto cariño y empecé a respetarle mucho más. Lo he leído un par de veces, y la verdad es que guarda unas pequeñas joyas en su interior que merecen la pena ser leídas de vez en cuando. Ahí lo guardo, para cuando me dé el bajón y necesite que alguien me anime. O para reírme un rato, que también ayuda. 


No son los mejores libros que existen, pero a mí me dicen algo. Son importantes para mí por un motivo u otro (menos Ana Karenina, claro), y sé que volverán a mis manos más pronto que tarde. De hecho, escribiendo esta lista he descubierto alguna que otra joya en mi estantería que lleva años sin ser leída. Si sumamos a estas relecturas la lista de libros que me estoy haciendo este verano y la que caerá en cuanto eche un vistazo a las novedades de 2017, creo que tengo lecturas para rato. Y feliz, oye. 

Manías literarias, o por qué en verano me cuesta encontrar lo que busco.



Ay, qué problema más gordo tengo este julio en el que el tiempo vitoriano, siempre tan amable, me regala esos días nublados en los que de playa ni hablar que terminan con un chaparrón justo a la hora en la que saldrías a tomar una cervecita para liberar la cabeza. Días en los que no te queda otra que abrir la ventana tras la lluvia para aprovechar el fresco y tirarte a la bartola  en el sofá con un libro en la mano y un gato en el regazo. Fijaos que he dicho "un libro", y no "un buen libro", porque no sé qué pasa últimamente que no encuentro ninguno que entre en esa categoría.

Aclaro que en verano no leo igual que durante el resto del año. En verano estoy cansada, no tengo la cabeza para grandes obras, y me da por leer literatura facilona, o al menos no tan densa como la que leo en otros momentos. Me encantan los clásicos ingleses, por ejemplo, o las novelas estadounidenses de principios del siglo veinte, pero en verano me decanto por bestsellers y novela negra, que de vez en cuando viene bien comer "chuches". Mi regla siempre es la misma: tienen que ser libros de bolsillo que cuesten menos de diez euros. Creedme cuando os digo que no es nada fácil encontrar libros "decentes" a ese precio, a no ser que sean de segunda mano (y soy un poco escrupulosa y no, gracias).
Que sí, que sí, que algunos libros
son una verdadera m... caca.

O igual no son los libros, igual soy yo. Me he dado cuenta de que leo igual que escribo, algo que no es fácil de explicar. No es que me gusten los libros que se parecen a mi estilo, sino que me gustan aquellos de los que puedo aprender algo. Y, después de tanta clase de escritura, de tanto revisar, de tanto blog de escritura que visito a diario, tengo muy claro qué cosas quiero aprender de la gente y qué no. No me refiero a aprender cosas sólo de los genios de la literatura, que de los bestsellers también se aprende mucho. Por poner un ejemplo, de Stephen King copiaría hasta las comas (no es tontería: me fijo mucho en las comas, soy muy maniática, y King y Steinbeck puntúan como a mí me gusta. Sí, vaya comparación acabo de hacer, clavaditos los dos), pero Karl Ove Knausgård, que se supone que es un genio de la literatura, me ataca los nervios con sus detalladas descripciones, a pesar de que, lo reconozco, el tío escribe que te cagas (pero no es mi estilo). Si pudiera me reencarnaría en Toni Morrison, pero tal y como están las cosas voy bien dada si alguien llega a ponerme a la misma altura que Fred Vargas, a pesar de lo distintas que son nuestras temáticas. (Anda que no aspiro alto ni nada. Se nota que no tengo abuela.)

Estos días estoy leyendo un libro que, en mi humilde opinión, es pésimo con avaricia. Sí, ya sé que tengo un punto de masoquista, que nadie me obliga a leer algo que no me gusta, que por qué sigo con él si es tan malo. Pero aquí entra otra vez Stephen King y su libro On Writing, en el que viene a decirnos que hasta de los libros malos se aprende. Y yo de éste estoy aprendiendo un montón. Por ejemplo:
No lo iba a poner, pero no he
podido resistirme. ¿"Para
leer en el sofá en días de lluvia"?
¡¡Ja, ja, ja, ja, ja!!

  • No soporto a las Mary Janes. Sí, ese personaje femenino que es perfecto, que todo lo hace bien, que no ha roto un plato en su vida. En el libro que me estoy leyendo hay dos, y a las dos quiero darles de bofetadas (por no decir otra cosa) en cada página. Aparte de que son unas ñoñas, y no soporto los personajes femeninos ñoños.
  • Me pone muy malita cuando el autor o autora vierte en el libro todo lo que él o ella ha aprendido en la investigación previa. Estoy leyendo una novela que no me han vendido como histórica ni de viajes; sin embargo, no hago más que leer citas de autores alemanes de principios del siglo veinte y finales del diecinueve, y explicaciones sobre la flora y fauna del ártico. De verdad, me importa un bledo cómo se aparean los eideres. De hecho, ni siquiera sabía que "eider" fuera una palabra en castellano; hasta hace unos años pensaba que era euskera y hace poco me enteré que venía del inglés, pero no sabía que existía en castellano. ¿Veis como de todo se aprende?
  • Esas frases en las que, para explicar un sentimiento, dan más vueltas que un tiovivo. De verdad, con "estaba muy enfadada" me vale, no hace falta que te pases las siguientes diez líneas diciéndome lo mismo de distintas maneras. 
  • ¿Realmente hace falta que me cuentes la vida y milagros de todos los personajes? ¿Necesito saber que tuvo una infancia difícil si ahora es la persona más feliz del mundo y sus problemas no parecen afectarle lo más mínimo? Esto igual es cosa mía, que me gusta dejar a la gente con las ganas de conocer más al personaje (he leído Juego de Tronos, como comprenderéis me gusta la intriga. ¿Y Snape? ¿Qué me decís de no contarlo todo?); pero lo cierto es que me he saltado párrafos enteros de "backstory" que no me interesaban lo más mínimo. No creo que a la autora le hiciera mucha gracia saberlo.
  • Los diálogos forzados. ¡Ay! La historia pide una pelea entre madre e hija y, nada más verse en el aeropuerto, se pelean sin venir a cuento. ¿En serio? ¿Tanta prisa tienes? O esos diálogos espectaculares del tipo "como bien tú sabes, llevo cinco años divorciada", que dan pie a contar su vida A ALGUIEN QUE YA SE LA SABE. De verdad. Insufrible. 
Puede que sea maniática (qué porras, sí, lo soy), pero cada vez me cuesta más encontrar libros de autores contemporáneos que no me defrauden. Al final siempre termino yendo a los mismos: cada vez que Zadie Smith o Jeffrey Eugenides sacan libro, salto de alegría, por no hablar de mi querido (ji, ji) Robert Galbraith o la gran Elizabeth George. No son obras inmensas, no son Literatura con mayúsculas, pero son pasatiempos bien escritos, de gente que sabe cómo manejar una historia y que no comenten errores de principiante. Y si no, siempre me queda Stephen King, que al ritmo que escribe da para estar entretenida muchos, muchos veranos. Solo con lo que ya tiene, me da para otros veinte. 

A la novela negra




No sé cuándo leí mi primera novela negra, pero tuvo que ser de muy pequeña porque siempre me recuerdo con una cerca. Supongo que una puede contar las aventuras de Los Hollister o Los Cinco como libros de misterio, y entonces tengo que irme a antes de los diez años. Más tarde llegaría Agatha Christie y ese tipo de clásicos, y también llegó el cabrón de mi hermano pequeño a destriparme los libros que tenía en la mesilla. Al enano, a quien llevo cinco años, le hacía gracia leerse las últimas páginas del libro en cuestión y luego perseguirme por toda la casa diciéndome quién era el asesino a voz en grito, de forma que aprendí a guardar los libros que me estaba leyendo en ese momento bajo llave (junto a la cinta de Laura Pausini, que me mangaba para prestarla a sus amigas). Empecé por los clásicos y luego me fui adentrando en los autores contemporáneos, siempre pensando en lo que leía como en literatura de descanso, facilona, algo que leer entre libros “serios”. Han tenido que pasar muchos años para darme cuenta de que hay novelas negras con la misma calidad literaria que las que no lo son tanto (negras, digo); de hecho, me atrevería a decir que la mayoría de los buenos libros esconden un misterio, lo que no las hace negras de por sí pero sí les da un toque oscuro que hace la pena leerlas. Porque, ¿quién puede negar que Harry Potter, ese milagro superventas, tiene un punto de novela negra? Ya sé que es de aventuras, ya sé que es para un público adolescente (bueno, ejém), pero es la lucha del bien contra el mal (el “detective”, representación del bien, cazando al malo malísimo), de un misterio no resuelto (¿por qué tiene Harry esa conexión con Voldermort?, ¿por qué no pudo matarlo de niño?), de personajes que son mucho más de lo que aparentan a primera vista (Snape, mi pobre y adorado Snape, ¡y qué me decís de Dumbledore!), de elecciones morales muy difíciles para un adulto y no digamos ya para un niño. 
Vivimos en una época en la que las distinciones literarias son cada vez más difusas, y es raro encontrar una novela que encaje con pureza dentro de un género, ya sea negro, azul o amarillo. Lo negro viste, lo negro sienta bien y combina con todo, y está ahí para quedarse. Es uno de los géneros que mejor aguanta las modas, el que evoluciona pero no desaparece y sigue estando ahí a pesar de modas y cambios de gustos. Sirve para denunciar injusticias, para llamar la atención sobre cambios sociales y para mostrarnos una cara de la sociedad que los consumidores de novela negra (clase media, acomodada) no solemos conocer. Con esas características, sería injusto decir que la novela negra es fácil o solo de asueto. Por mucho que una servidora las lea en verano como premio por buen comportamiento durante el curso. 

Catarsis

Creo que fue Aristóteles el primero en mencionar la catarsis en literatura, aunque él se refería más al drama y las epopeyas que a las novelas (que no existían como tales en aquel entonces, claro) o la poesía. Me parece recordar que, según él, el teatro tenía que sacar los más bajos instintos de una persona para, de alguna forma, librarle de ellos, salir del teatro renovado y limpio de pecados, por así decirlo. Seguro que es mucho más complejo que todo eso, pero ese es el concepto que a mí se me quedó de su larga perorata, aunque no sé si es el correcto. Da igual. A mí me vale.

La catarsis en literatura se puede dar de dos maneras: como lectora o como escritora. Todos y todas conocemos lo que se siente al ponerte en el pellejo del protagonista de una novela (o del antagonista, que también pasa), ver el mundo a través de sus ojos y perderte en otra vida que no es la tuya durante horas. Creo que es por eso por lo que empecé a leer y estoy convencida de que es por eso por lo que he seguido leyendo. Con los años pierdes un poco la inocencia, ya no basta con que te cuenten una buena historia, necesitas que además esté bien contada, pero básicamente es lo mismo: gran parte del placer de una lectura consiste en la evasión, la catarsis, el vivir otras vidas y "conocer" otras realidades. Es bueno para el alma, entendiendo el alma como aquello que va más allá del cuerpo y la mente, no en un sentido religioso.

Y luego está la catarsis de las escritoras y escritores. Dar salida a tus impulsos más básicos, o, simplemente, poner en boca de un personaje eso que no te atreves a decir tú. Crear un mundo ideal -que no perfecto-, con tus normas y tus condiciones. Hacer, sobre la página, lo que no te atreves a hacer en persona. Las escritoras y escritores suelen ser gente tímida, algo extraños a ojos de los demás, solitarios a veces. No importa; sobre la página son súper héroes, o sufridas amas de casa que terminan dando un sartenazo al marido por coñazo, o empleados de un hombre insoportable a quien le cantan las cuarenta. Todas tenemos mundos imaginarios en la cabeza, pero solo la gente que escribe los hace más cercanos a la realidad. Y no porque sepamos cómo hacerlo, sino porque necesitamos vivir ese mundo, y acaso compartirlo. "Entiéndeme, esto es lo que en realidad quiero ser yo", o al contrario, "he aquí lo que más odio en este mundo y jamás he revelado a nadie".

La literatura es catarsis, liberación, aprendizaje, qué sé yo. De momento, es diversión. Si alguna vez esa diversión desaparece, habré perdido un poco de mí. Espero que nunca llegue ese momento, ni para mí ni para vosotras y vosotros.

De inseguridades y consejos

Soy la persona más insegura sobre la faz de la Tierra (y la más exagerada también, me temo). No sé de dónde viene ese sentimiento, y aunque lo supiera tampoco lo iba a contar aquí, pero la cosa es que, desde siempre, me cuesta mucho creer que yo hago las cosas bien, por más que me esfuerce en conseguirlo. Últimamente, a base de ayuda, tiempo, paciencia y una caña (¿para qué querré yo una caña?, en fin), he mejorado un poco en ese aspecto y ya no me flagelo tanto cuando algo no me sale a la perfección, o lo que yo considero que es perfección. Pero fijaos que he dicho "no me flagelo tanto". Porque el látigo siempre está a mano.

El área de mi vida que más insegura me ha hecho sentir siempre ha sido la escritura. Yo leía y leía, y luego me ponía a escribir, y no había manera de que lo que yo escribiera sonara siquiera parecido a lo que yo leía (aquí la menda leía los clásicos, o como poco a Gabo, así que no, claro que no había manera). Entonces empecé a comprar libros sobre cómo escribir, a buscar consejos en internet sobre técnicas de escritura, a tratar de calcar las rutinas de mis escritores y escritoras favoritas. Me compré el libro que mi queridísima Elizabeth George había escrito para ayudar a escritores noveles y traté de calcar su proceso (no una, sino varias veces; y cuando digo varias, quizás quiera decir docenas). Ella tiene muy claro lo que va a escribir antes de empezar su novela. Lo tiene tan claro que, durante meses, crea una sinopsis, la vida detallada de cada personaje, un resumen de cada capítulo, la línea temporal... Lo tiene todo tan claro que su primer borrador es perfecto, y apenas le hacen falta un par de retoques antes de enviarlo a su editor. Yo intenté imitarla, como digo, varias veces; lo único que conseguí fue crear un montón de personajes ajenos a mí, fuera de una historia que aún no tenía clara porque no había escrito, y tramas muy completas que no quise desarrollar porque... Coño, porque ya estaban sobre papel.Isabel Allende recomienda escribir una página buena al día, lo que quiera que eso signifique, y así, al final del año, tienes una novela más que decente. ¿Y si no escribes una página buena, sino dos mediocres? ¿Y si no escribes un día? ¿Y quién es el valiente que decide qué es bueno y qué no?

Me sentía inútil. Completamente idiota. ¿Por qué no puedo escribir una maldita novela?


Luego leí un libro de Stephen King en el que decía exactamente lo contrario. "Ponte al ordenador, escribe todo lo que puedas lo más rápido que puedas y deja los detalles para la revisión de después". Y ahí mi yo elitista (y un poco gilipollas, la verdad) decía "ya, pero es Stephen King, mira qué mierda de libros escribe este tío" (debería aclarar que entonces nunca había leído nada suyo). Me sonaba a consigna del NaNoWriMo y no me apetecía hacerle caso a un superventas. Sí, vale, Elizabeth George también lo es, y no es que Isabel Allende sea muy "indie", pero es distinto. O eso me decía yo.

Yo seguía escribiendo, siguiendo todos los consejos que leía sin darme cuenta de que ninguno de ellos funcionaba para mí. "Escribe lo que te gusta leer", decían, y yo trataba de escribir una novela negra, pero no había manera, porque me gusta leerlas, pero no necesariamente escribirlas. "Analiza los mercados, escribe algo que puedas vender", pero me negaba a escribir sobre vampiros adolescentes, que una tiene su orgullo y su tolerancia a la náusea muy baja. "Escribe para publicar", y yo lo hacía, y nada de lo que escribía me parecía suficientemente bueno ni para dárselo a leer a una amiga, mucho menos poner en el blog, ya no digo nada de mandarlo a una editorial, qué vergüenza, madre.

Y entonces dejé de escribir.

Porque había perdido el gusto, porque me agobiaba, porque lo pasaba mal.

Hasta que, por una serie de circunstancias, vi la luz y me di cuenta de que nadie, absolutamente nadie, esperaba que yo me convirtiera en escritora. Nadie en el mundo está esperando que yo ponga palabra sobre página, no hay presión exterior. La única presión es la que yo me impongo a mí misma. Solo yo puedo controlar lo mucho o poco que me agobio.

Y empecé a escribir por gusto.

Me planté de golpe en el ordenador una mañana y empecé desde el principio, trasladando al papel una escena con la que había soñado, ni planificación ni leches. "Qué haces, desaboría, tú estás loca, no la vas a terminar en la vida", decía una voz en mi cabeza, pero la ignoré. Había una historia detrás de aquella escena. Había un par de personajes que me gustaban. La historia no era original, más bien todo lo contrario. "Nadie va a querer leer algo que no es original", decía la voz de mi cabeza, pero yo sabía que se equivocaba. YO quería leer esa historia. Con eso bastaba. El tono era ligero, sin pretensiones. "Lo de lectura de encefalograma plano se queda corto con esta historia, chata". Bien. Estupendo. Me lo llevaré a la playa en verano. Los personajes secundarios estaban tan estereotipados que eran caricaturas de personas, y me hacían reír a carcajadas a las siete de la mañana. "No tienen profundidad. No son creíbles. No son reales". De eso se trata. Esto es ficción.



Me lo estaba pasando en grande. "Ese no es el objetivo, el objetivo es publicar". Sí, claro, porque tú lo digas.

Mes y medio levantándome una hora antes para poder escribir (y así ir a trabajar habiendo hecho lo que más me gusta, pasara lo que pasara luego), más de ciento cincuenta páginas, dos personajes que adoro y una historia que me hace sonreír cada vez que pienso en ella. El primer borrador está acabado y, lo más importante, me encanta. Tiene tantos fallos que no es leíble, algunos a la vista, otros no tanto, pero da igual. Ya llegará el momento de corregirlos. He vuelto a encontrarme con la escritura, y eso no tiene precio.

La pregunta ahora es si hago caso a los consejos y la dejo reposar un par de semanas antes de meterme a corregirla o la ataco ya mismo. ¿Os he dicho alguna vez lo insegura que soy?

Domingo

Domingo. Todo cerrado. Fuera, un frío de mil demonios (pero sol, mucho sol). Lo único que hay hoy es tiempo. Horas y horas para mí sola. Me he pasado casi tres terminando los trabajos de literatura (Henry James, H.G. Wells, Oscar Wilde) y ahora voy a leer el libro que tengo que terminar para el siguiente tema. Una bolsa de pipas y A passage to India. Todavía queda mucho día.

Y he empezado la novela (que no era una historia corta lo que me daba miedo empezar, sino un pedazo de historia, un novelón, un dramón), aunque todavía con algo de susto en el cuerpo. Pero he hablado muy seriamente conmigo misma y me he dicho que basta de tonterías, que hay que seguir en la brecha, que cómo sabré si valgo si no me lanzo a la piscina. Así que hoy he madrugado y he escrito cuatro páginas. Ayer cayeron otras cuatro. Voy avanzando.

Gracias a todos por los ánimos. Me han venido de perlas, de verdad. Espero poder seguir trabajando un poco más en este día lleno de tiempo.

Regreso

Ya he vuelto. ¿A que no os ha dado tiempo ni a echarme de menos?

Ha sido una visita cortita, pero muy intensa. Vengo cambiada. Vengo enamorada de un festival. Tengo tres libros en la maleta que guardan la esperanza de hacerme enamorar de dos escritores (aunque uno de ellos me haya firmado el libro para Cruz, que ya no sé ni pronunciar mi nombre, leches). Vengo convencida de que ese es mi mundo, el mundo de las tertulias y las presentaciones de libros. Joder, cómo he querido ser escritora estos días.

Me he dado cuenta de que soy una completa analfabeta en términos de literatura negra contemporánea. No os podéis hacer una idea de los pedazo de artistas que han estado a menos de un metro de mí (lo sé ahora que los he "gugleado", pero ayer no tenía ni idea), hacia los que no he corrido cual fan posesa gritando "¡fírmame, fírmame un autógrafo, en la teta si hace falta, por dios!" Qué pena, tanta energía perdida en gritar desaforadamente a los actores que no tienen dos neuronas que llamar suyas, cuando hay tanto talento suelto por las calles. Porque no están buenos, que si no...

He visto a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro (los únicos que conocía por haber leído algo suyo, que no de vista), a Cristina Fallarás y Juan Bolea (cuyos libros, firmados, aguardan ser leídos), a Oscar Urra, Gillermo Saccomanno, Bruno Arpaia, Raúl Argemí, Francisco Haghenbeck, Jorge Moch, Alejandro M. Gallo, Fritz Glockner, Juan Bas, Willy Uribe, Carles Quílez, Andreu Martín, Víctor Andresco, Ernesto Mallo, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Luis García Montero y tantos y tantos otros con los que me he cruzado y no he reconocido. Mis estanterías no dan ya más de sí de todos los libros que esperan ser leídos. Mi cabeza bulle con información, con ganas de escribir, con la sensación de que, haga lo que haga, nunca podré llegarle a esta gente ni a la suela del zapato. Antes de ir me gustaba la novela negra; ahora la venero, me parece el género más completo y más difícil de escribir, el más merecedor de toda alabanza. Al menos en lo que respecta a las letras hispanas, que los anglosajones (Connelly and company) son otro cantar.

Quiero volver. El año que viene voy a irme a Gijón la semana entera. Playita por la mañana (si el tiempo acompaña, que lo dudo) y literatura por la tarde. Mucha lectura, mucha escritura, cero excusas.

Os haré saber si Cristina Fallarás y Juan Bolea seducen tanto en sus escritos como en sus presentaciones; espero mucho de ambos, sobre todo de Cristina, de la que ya hablaré en otro momento porque se merece un post ella solita. Cuando haya terminado Así murió el poeta Guadalupe, aunque estoy convencida de que me va a gustar porque voy predispuesta a ello.

¡Pero qué guapo que ye Gijón, madre!

Personajes

Una buena historia es la suma de un montón de factores. Cuanto más estudio, más imposible me parece ser capaz de juntar todos esos factores en un libro o en una película. Necesitas un buen guión, unos personajes elaborados, una cultura extensa para saber aprovecharte de lo que otros hicieron antes que tú (pero sin que lo parezca, para que luego no te acusen de plagio, sólo de "influencia"). Los grandes maestros (y maestras) de la literatura consiguieron unirlo todo, no sé si a un nivel inconsciente o consciente, pero la cosa es que lo hicieron. La psicología de George Eliot. La atmósfera de Emily Brontë. El Londres de Charles Dickens (¿se nota que estoy estudiando la época victoriana?). Todos ellos aportaron algo nuevo y se aprovecharon de todo lo anterior.

A lo largo de la historia, el énfasis de una narración se ha puesto en uno u otro aspecto. Aristóteles defendía que la fábula era lo más importante, la historia, el argumento. Los personajes tenían que ser consecuentes con el principio del relato y no mutar, llegar al final sólo con su suerte cambiada, no con su personalidad. Cervantes fue, probablemente, el primero en saltarse esa norma a la torera. Sus personajes mutan, aprenden, se adaptan a las circunstancias. A partir del siglo dieciocho, las novelas dan prioridad a los personajes y lo que importa es la suerte y la redención del protagonista. Si una no consigue emocionarse con las desventuras de Jane Eyre o Huckleberry Finn es que el libro no ha conseguido su objetivo: unirnos al personaje.

Hace unos meses, a un autor de thrillers le preguntaron qué era lo más importante para él en un libro, la historia o los personajes. Él dijo, sin dudarlo, que la historia; el personaje más fascinante del mundo dormiría a todo el mundo si estuviera sentado en una cafetería tomándose un café. Obviamente, para él, que escribe libros de acción, la novela que no tenga una persecución a cien kilómetros por hora en una autopista no merecerá la pena, pero yo no puedo estar más en desacuerdo con él. No creo que yo sea la única que alguna vez se haya fijado en una persona aparentemente corriente y se ha quedado prendada por alguna cualidad. Quien es interesante, lo es hasta durmiendo, y todo su ser modifica la acción.



Últimamente me ha dado por las series "Héroes" y "Las chicas Gilmore", y todo por el actor de la fotografía, que no dudo que será bueno en lo que hace, pero les debe todo a los guionistas. Jess, de "Las Chicas Gilmore", es el típico chaval problemático que nadie quiere tener cerca, que no va a clase, que roba lo que puede. Pero también es un chaval que devora libros, al que le encanta hablar de literatura y tiene una cultura que para sí la querrían muchos. Por supuesto, se lía con la prota, que resulta ser la mejor estudiante y la niña más formal, y así puede verse su lado dulce y esas ganas que tiene de ser querido. Jess no es sólo un chico malo, es algo más. Es un personaje que yo considero complejo, porque no se desvela en un sólo capítulo.

Siguiendo a mi querido Jess (mi último crush, para qué engañarnos), encontré a Peter Petrelli en la segunda serie. "Héroes" no tiene una historia que destaque por su originalidad, pero sí tiene un elenco de personajes que llaman la atención. El poder que pueda tener cada uno es lo de menos, es lo que hacen con ese poder lo que cuenta. El japonés perdido en una rutina asfixiante que quiere ser diferente y convertirse en un héroe. El hermano pequeño que quiere probar a su familia que él es especial. El policía inseguro que sólo quiere ayudar. Cada uno utiliza lo que tiene como puede, tratando de olvidarse de una vida que es todo menos perfecta para poder echar una mano o asesinar a todo el que se ponga por delante, según el caso. Desde el primer capítulo se nos demuestra que no es oro todo lo que reluce, y que no debemos fiarnos de lo que vemos a primera vista.

Los personajes hacen la historia. Un personaje es suficiente para contar su vida. Depende de la escritora, del guionista, que ese personaje atrape la atención de los lectores o los espectadores. Pero sin personajes no hay historia. Una persecución a cien por hora no es historia. Por mucho que sean los que más libros vendan y los que más taquilla hagan.

Euskaldun guztion aberria, Iban Zaldua


Ayer asistí a mi primera presentación de un libro. En Vitoria no hay muchas, y cuando las hay son de gente tan desconocida que hay que tener muchas ganas de conocer a autores noveles para ir; esta, sin embargo, era algo especial porque se trataba de un autor que ya había leído y encima era amigo de una amiga. Así que allí nos fuimos las dos, y tuve el gustazo de conocer a un escritor "de verdad" y cruzar un par de palabras con él.

Iban Zaldua es profesor de historia en la Universidad del País Vasco y compagina su trabajo como docente con una más que decente carrera literaria. Su especialidad son los cuentos, de los que tiene varias colecciones publicadas, y las novelas cortas tanto en euskera como en castellano. Ganador del Euskadi Saria en el 2006, Iban se define a sí mismo como un cuentista porque, según dijo ayer, "cualquiera puede escribir una novela, pero donde realmente se ve si un escritor vale algo es en el cuento". Para los que no habléis euskera, os recomiendo La isla de los antropólogos, Si Sabino viviría o Mentiras, mentiras, mentiras, todos ellos publicados con Lengua de Trapo, para que os hagáis una idea del humor punzante y sumamente inteligente de este autor.

Su última novela (o cuento largo, o novela corta, o lo que se os ocurra llamar a un libro de 120 hojas con letra grande) es, según sus propias palabras, un cuento que salió mal porque necesitaba ser novela. En castellano vendría a llamarse La nación de todos los vascos, y nos narra la vida de Joseba, un profesor de historia que, harto del tan traído y llevado conflicto vasco, decide irse a Alaska a dar unas clases de historia del País Vasco; una vez allí, ni corto ni perezoso, se inventa una historia vasca completamente nueva y describe el mundo que a él le hubiera gustado tener en lugar del que realmente existe.

Reconozco que aún no me he leído el libro, pero está entre los títulos que voy a leer en cuanto pueda pasarme un par de semanas sin estudiar. No sólo me gusta el tema, también me encantó el autor, que hizo una presentación divertidísima de su libro ante un escaso público repleto de caras conocidas por él. El hecho de que él sea historiador augura una lectura entretenida y, encima, de esas en las que puedes aprender algo (y encima saber que es verdad), y el conocerle añade un plus de interés a su lectura.

Estad al loro, que no tardará mucho en salir la traducción al castellano. Y como es el propio autor el que hace la traducción, podéis estar seguros de que la calidad será la misma que en euskera.

Para muestra, un botón.

Y para saber más sobre la presentación, pinchad aquí.

Teoría de la literatura

Mi única asignatura en castellano este año es Teoría de la Literatura, y es, paradójicamente, la más incomprensible de las cinco que he cogido este curso. Los libros son dificilísimos de entender, utilizan un metalenguaje muy por encima de mis posibilidades y me cuesta una barbaridad leer y entender cada página del libro. Aún así, cuando por fin consigo entender lo que se me intenta explicar, me gusta.

El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?

Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.

¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?

¿Que estoy haciendo con estos niños?

M. es una de mis alumnas favoritas, lo que es mucho decir porque tengo la clase llena de niños y niñas estupendos/as y es difícil elegir, pero ésta es especial. Tiene el toque justo de niña pizpireta, salada sin ser faltona, curiosa, respetuosa y atenta, y siempre tiene una sonrisa en los labios (tanto, que el día que no la tiene le pregunto si está bien; su respuesta es siempre: "hoy estoy un poco chof"). No es pelota, no quiere hacerse notar, no saca sobresaliente en todo -aunque es inteligentísima- y prefiere jugar a baloncesto con los chicos o bailar en la clase de música con el resto de las chicas que cuchichear en los rincones del patio. La niña que a mí me hubiera gustado ser, vamos.
A principio de curso cometí el "error" de decirle que me encantaba cómo se expresaba en general, ya fuera de forma escrita u oral, ya fuera en castellano o en euskera. En ese momento no noté yo que le hubiera causado un gran efecto -como buena prepúber, pasó de mí olímpicamente-, pero cuando le di las notas a su madre me dijo que había notado un gran cambio en su hija y que ahora se pasaba horas muertas leyendo y escribiendo historias que luego leía a su familia. Hoy me ha venido con tres libros en la mano para preguntarme mi opinión sobre ellos: uno era de Isabel Allende, el título infantil que nunca recuerdo ("lo acabo de empezar, pero de momento está muy bien") y el otro una colección de cuentos de Rudyard Kipling ("igual te parecen muy fáciles, pero dice mi madre que debería leérmelos"). Por supuesto, le he dicho que de esos dos autores se puede leer hasta su lista de la compra, si le apetece, y ella casi se mea de risa.
Y entonces me ha enseñado el último. Era una novela corta de Mark Twain, autor que les he nombrado en clase innumerables veces; sorprendida, le he preguntado si estaba planeando leérsela cuando terminara los otros dos (pedazo lista de deberes se impone la niña, oye), y me ha dicho que no, que ese era para mí. "Lo ha encontrado mi madre en su librería y dice que igual te gusta, porque cuando lo acabas te deja hecha polvo".
Y todo porque les dije que lloré con el último Harry Potter, que me emocioné con Mil Soles Espléndidos y que no puedo leer a Shakespeare sin que se me llenen los ojos de lágrimas... ¿Qué imagen de mí se están formando estos niños?

De buenos y malos profesores


Es curioso cómo una persona en la que no has pensado desde hace años te aborda de pronto y parece que todo a tu alrededor te recuerda a ella: la ves en un lugar inesperado, sale en una conversación sin venir a cuento, recuerdas alguna anécdota relacionada con ella...
Hablando hoy con mi hermano sobre profesores del instituto, los dos nos hemos acordado de Yolanda. Yolanda fue mi profesora de literatura en tercero de BUP. Era una mujer apasionada por su asignatura y con unos enormes conocimientos sobre ella, pero tenía el pequeño gran defecto de creer que ella era la única capaz de comprender la grandeza de la literatura que enseñaba. Sus clases, para alguien que adorara la asignatura, eran amenas; sabía mucho y sabía expresar su sabiduría, buscaba siempre los mejores ejemplos, te hacía disfrutar de un texto. Pero no lo hacía así porque fuera la mejor manera de que nosotros aprendiéramos, sino porque ella era así, teníamos la suerte de que se explicaba así. A nosotros, sus alumnos de letras que habíamos elegido estar allí porque nos gustaba la literatura y no porque no nos quedara otro remedio, nos dedicaba perlas como "aunque no sé para qué os cuento esto, porque no creo que estéis entendiendo una sola palabra", o "y luego en el examen me lo ponéis todo al revés, porque nunca escucháis", o "a vosotros no os importa, ya lo sé: si no tiene que ver con kalimotxo o el fin de semana, os da igual".
Pero no nos daba igual, o al menos a mí no. Yo absorbía todo lo que aquella mujer nos decía -hablando para el cuello de su camisa y muy rápido, como queriendo soltar lo que tenía que contar lo más rápido posible para salir de allí cuanto antes-, apuntaba hasta la última coma, quería saber tanto como sabía ella. Le escribía trabajos con los que me pasaba horas, quería que me dijera "muy bien", "lo vas pillando", "me alegra ver que alguien aprovecha lo que digo", o que simplemente no me llamara idiota a la cara. Todo fue en vano. Una vez le escribí una redacción de tres folios, tres, a mano y letra diminuta. No me puso nota (ni a mí ni a nadie) y la única marca de boli rojo que encontré como prueba de que lo había leído fue una "b". Sobre la palabra "oveja". Se me cayó un ídolo. Y no tuve huevos para ir a decirle que se había equivocado.
En la tercera evaluación, nos dio a elegir entre una selección de libros para que le hiciéramos un trabajo. No recuerdo cuáles eran (Fortunata y Jacinta y algún otro), pero recuerdo que La Regenta era, con mucho, el más largo. "Por supuesto, ya sé que nadie va a elegir La Regenta, aparte de una o dos personas (miradita al grupo que siempre contestaba bien a sus preguntas -yo no lo hacía porque me daba pavor equivocarme-); sois hijos del mínimo esfuerzo". Yo escogí La Regenta, claro, aún quería un "bien hecho, Ruth" que nunca llegó. Le hice un trabajo de sobresaliente. Me leí el libro dos veces. Pasé horas asegurándome que hasta la última coma estaba en su sitio. Ella corrigió los trabajos. "Algunos me habéis hecho una presentación de universidad (los cuatro que tenían ordenador, que eran también los que siempre contestaban bien) y otros habéis copiado la sinópsis de la cubierta del libro. Os debéis creer que soy tonta". Me dio mi trabajo. Me había puesto un bien, y en la sinópsis una gran nota en rojo: Copiado letra por letra de la contraportada.
Aunque ahora considero un priropo que creyera que lo había copiado, cuando salí de clase, lloré. Y no tuve narices de decirle que lo había escrito yo.
El otro día, en el sarao en el que le dieron el premio a mi hermano, estaba ella. A su hija (hija que tuvo cuando era mi profesora, se cogió la baja un viernes y dio a luz el sábado; hija a la que le di extraescolares mientras estudiaba magisterio, cosas tiene la vida) le habían dado un premio en la categoría de los pubertillos, como no podía ser de otra manera con semejante madre. Yolanda estaba a dos asientos de mi hermano, justo detrás de mí. Ni me planteé el darme la vuelta, sabía que no me iba a conocer. A Yolanda le encantaba la literatura, pero nosotros, no. Nosotros éramos, sin duda, lo peor de su trabajo.
Una pena. Podía haber recordado a Yolanda como la mejor profesora de literatura que he tenido, pero la recuerdo como lo que pudo ser y no fue. El título al mejor profe se lo llevó el del año siguiente, que sabía tanto como Yolanda y transmitía incluso mejor, pero que además sabía mi nombre, me paró en mitad de la calle para felicitarme por un premio que me habían dado y me puso el notable que merecía mi esfuerzo.
Una pena, ya digo. Con todo, al que me pregunta le digo que Yolanda era buena profesora. Si te gustaba la literatura, claro.

Shakespeare

Soy una pedante, no hay otra explicación. En vez de estar escribiendo sobre la moña de Nochevieja (no hubo tal, por primera vez en muchos años no me pasé el día de Año Nuevo pegada al baño), hago un post sobre Shakespeare. Necesito una vida. Urgentemente. Ya.
Acabo de descubrir a Shakespeare, cosa que no dice mucho de mí porque debería haberlo descubierto hace mucho, pero supongo que más vale tarde que nunca. No es que sea un completo desconocido para mí, claro; como todo el mundo, he leído las traducciones de sus obras de teatro, he visto adaptaciones suyas, he oído hablar de él. Pero nunca le había estudiado, nunca había mirado por debajo de su faldón y descubierto a Shakespeare el hombre, sus motivaciones -o lo que los estudiosos creen que eran sus motivaciones, porque apenas se sabe nada de su vida- y, sobre todo, sus sonetos. Me encanta que desafiara las costumbres de la época, que dedicara la gran mayoría de su obra poética a un hombre -no sabía yo que Shakespeare pudiera haber sido gay- y el resto a una mujer, no rubia y virginal como las que se llevaban entonces, sino morena y tan sexual y peligrosa que corrompe al hombre de sus sueños. Me gusta porque se ríe de sí mismo, porque cambió la historia de la literatura inglesa usando el soneto inglés que otros habían inventado pero que él hizo suyo; me gusta porque es sincero y llama a las cosas por su nombre, porque se deja de amores platónicos y habla de sexo y pasiones tan libremente como cualquiera hubiera podido en el siglo dieciséis. Me gusta, supongo, porque ya tengo edad y conocimientos suficientes para entenderle. Y me emociona que me guste.
Os dejo un par de sonetos que me han encantado. En el primero tenéis recitación incluída (cuando he visto mis dos pasiones unidas en una, casi me da un jamacuco). No los traduzco, lo siento, mis habilidades como traductora ofenderían a cualquier purista; creo que son suficientemente fáciles de entender para cualquiera con un inglés un poco decente.
Feliz año. Y perdón por la pedantería.

130

My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.
I have seen roses damasked, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.
I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound;
I grant I never saw a goddess go;
My mistress, when she walks, treads on the ground.
And yet, by heaven, I think my love as rare
As any she belied with false compare.





144

Two loves I have of comfort and despair,
Which like two spirits do suggest me still:
The better angel is a man of right fair,
The worse spirit a woman colored ill.
To win me soon to hell, my female evil
Tempteth my better angel from my side,
And would corrupt my saint to be a devil,
Wooing his purity with her foul pride.
And whether that my angel be turn fiend
Suspect I may, yet no directly tell;
But being both from me, both to each friend,
I guess one angel in another's hell.
Yet this shall I ne'er know, but live in doubt,
Till my bad angel fire my good one out.