Mostrando entradas con la etiqueta humor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta humor. Mostrar todas las entradas

Dis is fútbol, sabes, de kiss is the pipol

Cualquiera que tenga contacto con niños y niñas pequeñas sabe bien que su reacción ante el cansancio puede ser muy diferente dependiendo de la criatura. Hay niños que se tiran al suelo y berrean, o se niegan a hacer nada en clase; otros pelean, pegan patadas, muerden; y hay algún loco o loca a quien le da por correr y comportarse de forma similar a la niña del exorcista en sus momentos álgidos, antes de caer rendidos en una silla o apoyar la cabeza en la mesa y, directamente, quedarse dormidos (más de uno y más de dos se han quedado dormidos en mi clase. Me da qué pensar). A veces estas actitudes nos engañan y nos hacen creer que son hiperactivos, o tienen problemas de adaptación, o vaya usted a saber. No, simplemente están agotados. Pero hay que saber interpretar las señales.

Yo, como trabajo con criaturitas de cuatro a doce años, he aprendido de todos ellos y he creado mi propia escalera de color a lo que a cansancio se refiere. Tengo dos extremos: o arranco la cabeza al primero que se me cruza, o encuentro graciosísimo tonterías que otras veces no me arrancarían una sonrisa y acabo llorando y con dolor de tripa. Hoy me he levantado más cansada de lo que me acosté; lo primero que he hecho al salir de la cama ha sido contar las horas que me quedaban para volver a acostarme, para que os hagáis una idea. He encendido el teléfono y me he encontrado un vídeo que me han mandado a las doce de la noche, cuando yo ya llevaba dos horas durmiendo. Ha sido verlo y empezar con la risa floja, y tal ha sido la gracia que me ha hecho que he terminado enseñándoselo a mis alumnos. Mañana, o cuando se me pase el cansancio, analizaré el hecho de que un entrenador de fútbol puede trabajar en Australia con ese nivel de inglés pero al resto de los mortales nos piden un B2 hasta para comprar el pan en Londres, pero hoy me he reído a gusto.


Después de dejar reír a la clase de sexto un rato, uno de ellos me ha pedido que les pusiera otro vídeo. Tal era mi agotamiento mental y físico que, aunque en otras circunstancias me habría hasta enfadado porque a alguien le hiciera gracia este vídeo, hoy he terminado literalmente doblada y llorando apoyada en una mesa mientras la clase se tiraba por el suelo. Menos mal que no ha pasado la inspectora por allí en ese momento. Vamos, menos mal que no ha pasado nadie, porque me quitan la plaza "en el ipso-facto", que diría alguno.


Y es que, cuando la semana se te echa encima con la rabia y las ganas con las que se me ha echado esta, no puedes luchar contra ella. Solo te queda rendirte ante el hecho de que no puedes con todo y reírte, que es la mejor medicina. Y si encima con eso consigues ser la profa guay por un día, pues mejor que mejor, ¿no?

Frases de niños/as (I)

Todo el mundo sabe que la sinceridad de los niños y niñas no conoce límites. Algunos desarrollan el sentido de la ironía y el sarcasmo desde jovencitos, otros aprenden a mentir con gran facilidad, pero lo normal es que te suelten lo primero que les pasa por la cabeza, y nunca es algo que diría un adulto. Si a esto le sumamos su peculiar visión del mundo y su percepción del tiempo, comprenderéis que raro es el día que no sonrío o peor, suelto una carcajada delante de toda la clase, lo que suele llevar al caos absoluto y a mi completa desesperación. 

Como soy muy consciente de que tengo uno de los mejores trabajos del mundo (por más que me queje constantemente), he pensado que sería buena idea abrir en el blog una sección con frases de niños y niñas, porque la verdad es que tengo para escribir un libro y, como no las apunte, se me van a olvidar. Luego si eso haré una sobre frases de padres y madres, que esas son también de mear y no echar gota.

Os dejo hoy con unas pocas perlas que he acumulado este año (estamos a trece de octubre, que no se os olvide). Como sigamos así, saco un libro antes de Navidad.

                                    

Primera clase de inglés en el aula de cuatro años. Les leo un cuento en inglés y cambio al euskera para explicarles que, a partir de ahora, siempre que me vean vamos a hacer inglés, y que después del cuento vamos a ir al rincón de plástica.
--Vamos a dibujar, a hacer manualidades, a pintar... Todo en inglés, porque cuando esté yo es en inglés. ¿De acuerdo?
Todos gritan de alegría y allá nos vamos, al rincón de plástica, donde el niño más formal de la clase coge un papel, coge las pinturas, se sienta y me mira, expectante. El resto se ha puesto ya a hacer un dibujo y él no se mueve.
--Txiki, ¿qué pasa? ¿No sabes qué dibujar?
--Es que yo no sé dibujar en inglés.
La madre, el tutor y yo nos llevamos riendo un mes.

                                    

Clase de plástica con los de cuarto. Dibujo libre. Un grupo discute sobre algo y me llaman para aclarar una duda.
--Ruth, tú que eres una mujer del pasado, ¿cómo se llaman esos coches que tienen una estrella?
--Eh... ¿Mercedes?
--Sí, eso, los coches antiguos esos.


                                   

Mismo niño de la anécdota anterior (es que es genial). Estoy con un grupo pequeño de niños y niñas comentando qué quieren ser de mayores, qué van a estudiar. Hablamos de ser psicólogo, de ser abogada, médica, etc. Él sacude la cabeza.
--Yo no me voy a complicar, que todo eso es muy difícil. Yo algo sencillo. Maestro o así, me gusta vivir tranquilo.
Pues vas dado, querido.


Y luego me sorprendo de tener arrugas en la cara. ¡Si son de reír!

Confesiones de una maestra seriéfila

Veo muchas series. Quizás no muchas en el sentido de mucha cantidad ("¿y qué otro sentido hay, Ruth, so lista de las narices?"), sino en que siempre ando viendo alguna serie. Algunas las he visto varias veces (Lost y Six Feet Under, media docena cada una). Hago maratones. Ahora mismo, por ejemplo, me ha dado por Castle, serie que no terminé de ver porque me empalagaba la pareja protagonista y que he empezado desde el principio (qué buenas son las primeras cuatro temporadas, cuando el rollito entre ellos todavía es creíble). Hay diálogos que me sé de memoria ("we have to go back, Kate!"), y a veces me doy cuenta de que los represento en clase. Por ejemplo, estos días, en los que ha coincidido que hemos llegado a la página siete del libro en varias clases.

--Open your books at page seven.
--¿Qué?
--Open your books at page seven.
--¿Qué página ha dicho?
--Seven. Page seven.
--One, two, three, four, five... Eso es ocho, ¿no?
--Seven --escribo el número en la pizarra--. Page seven. Seven.
--Five?
--Seven. SEVEN. ¡SEVEN! --Ruth levanta siete dedos y la clase, por fin, abre el libro.

Y entonces me echo a reír. La clase me mira raro, pero yo no puedo evitarlo. Y es que cada vez que les pido que hagan algo con el número siete, me acuerdo de esta escena y no puedo evitar la carcajada.


Sí, soy lo peor.


Vuelta al cole. Y van 20.


Sí, ya sé que todos y todas sabéis que mañana es uno de septiembre, que no soy yo la única que curra. Ya sé que no utilizáis este blog como calendario, porque si no mal andaríais, porque aquí solo se menciona la vuelta al cole, mi cumpleaños, Noche Vieja y el cumpleaños de Alan Rickman (bueno, y este año el 1 de octubre, fecha del lanzamiento de Armarios y fulares, que está en reserva y podéis adquirir cómodamente en el enlace de la barra de la derecha, o aquí si os da pereza buscarlo). Me imagino que este día estará grabado en la mente de muchos y muchas como el día más odiado del año, el de la vuelta al trabajo, y que todos y todas os levantaréis con las mismas ganas que yo de ir a currar (o sea, ninguna), haciendo ya planes para el verano que viene (ahora mismo Cancún suena que te cagas). Ay, esa lotería que tiene que tocar y no llega, cuánto se está haciendo de rogar.

Yo tengo la suerte de empezar solo a medias. Tengo que ir a trabajar, sí, pero como mi materia prima tiene vacaciones hasta el día siete y dar clase a pupitres vacíos no es tan emocionante como cuando están llenos (aunque en algunas clases no noto la diferencia, sobre todo los lunes a primera hora), dispongo de cuatro días para organizar un poco mi mente y decidir qué voy a hacer este curso para dejar a mis alumnos patidifusos y que aprendan, a poder ser, un poquito más que el año pasado. He empezado a hacerme una lista mental de las cosas que quiero hacer, que incluye cosas como estas:

  • Engalanar la clase de inglés para que les sea atractiva a los pitufos y pitufas y a mí no me dé sensación de estar trabajando en un sanatorio mental. 
  • Ordenar todos los materiales que no ordené en junio porque me vencieron las fuerzas.
  • Preparar un cuaderno de evaluación continua tan completo y sistemático que no me haga falta hacerles exámenes de gramática en todo el curso. Odio los exámenes más que ellos, pero no se lo digáis.
  • Buscar ideas para plástica, algo divertido y que al mismo tiempo me dé la oportunidad de enseñarles nuevas construcciones lingüísticas en inglés. 
  • Preparar libros y CDs con canciones y cuentos para infantil. 
  • Diseñar por lo menos una actividad en la pantalla digital para cada clase, algo que les enganche de tal manera que quieran aprender inglés hasta en el recreo. 
Y unas dos docenas más de cosas con las que no os voy a aburrir, porque he llegado a la conclusión de que mis ideas solo me emocionan a mí. O a otro maestro o  maestra de inglés pero, curiosamente, muy pocos visitan este blog. Oh, well. 

Esto, claro está, es la teoría, pero veinte años en el aula (sí, este septiembre hace veinte años que soy maestra, cómo pasa el tiempo) me han enseñado que cuatro días no dan para mucho más que para: 
  • Acudir a reuniones y recordar cosas que creías saber pero tenías olvidadas. 
  • Aprenderte los nombres de tus nuevas compañeras. Ayudarles a encontrar el baño y la sala de profesores, y explicarles bien la locura de horario de las primeras semanas. 
  • Pelearte con la jefa de estudios porque no te gusta tu horario y te niegas a dar tres horas de inglés a la misma clase el mismo día. Pero con buen rollito.
  • Esperar a que te pasen las listas con los alumnos y alumnas nuevos, para poder organizarte y saber cuántos alumnos/as tienes por aula. Llegar al día siete y no tenerla aún.
  • Vaciar las cajas de la mudanza que no vaciaste el año pasado porque te dio pereza. 
  • Pedir el material que necesitas para tu primera clase de plástica y darte cuenta de que, si realmente lo quieres para el día siete, vas a tener que ir a la tienda a comprarlo tú misma porque TODAS las escuelas de Vitoria están haciendo pedidos y no te lo van a mandar ni de coña. 
  • Poner nombre a los libros nuevos, si los tienes. Lo más seguro es que termines llamando a la editorial y tengas que esperar hasta octubre a que te lleguen.
  • Morirte de nervios porque ha llegado el día siete y tú no tienes ni pajolera idea de qué vas a hacer con los de la primera hora. ¡Se te ha olvidado programar la semana! 
Veinte años ya y todavía no he conseguido utilizar ese manojo de días para organizarme. Y es que, si os soy sincera, a mí lo de preparar cosas me gusta en teoría, porque es muy bonito eso de tener ideas e imaginarte la clase perfecta donde todos los niños y niñas se pelean por darte la respuesta correcta y corean tu nombre al unísono cuando entras por la puerta porque saben que se lo van a pasar bien. Pero en realidad lo que a mí me gusta es tenerlos delante y llevar a cabo la programación, sí, pero al son que ellos y ellas me marquen, no al que les marque yo. Lo divertido de mi trabajo es, precisamente, la materia prima, y sin ella no tiene mucho sentido preparar. Así que mañana empezaré relajada, contaré mis vacaciones, me tomaré un café y conoceré gente nueva, y con un poco de suerte arreglaré el aula, que falta le hace. ¿El resto? Ya irá cayendo. Que más sabe el diablo por viejo que por diablo y veinte años dan para mucho. Os lo dice una experta. 

No me voy a complicar la vida

El que sabe, enseña.
                       El que no, trabaja en algo más insignificante.                                    
Hoy, por ser viernes y porque ayer tuvimos examen, he dejado a los peques de tercero hacer un dibujo de la historia que hemos leído los últimos quince minutos de clase. Todos se han puesto a trabajar con más o menos tesón, pero al poco me ha venido un crío, muy ofendido, a quejarse de su vecino de mesa.

–A. me ha dicho que soy tonto porque he repetido curso –me ha dicho S., dolido.

Yo he llamado al susodicho A., que no es mal crío pero tiene la costumbre de decir todo lo que le pasa por la cabeza, y le he echado el discursito de siempre sobre no insultar, no decir a los demás lo que no quieres que te digan y, sobre todo, que repetir no es un pecado y que a veces viene bien. Mientras hablábamos, varios niños y niñas se han acercado a oír nuestra conversación.

–A veces hay que repetir porque no hemos entendido algo bien, o porque necesitamos más tiempo para aprender –les he dicho–. Y a veces tenemos algo dentro de nosotros que no nos deja concentrarnos en los estudios. Porque no estamos bien, porque nos preocupa algo, porque estamos tristes... Repetir no significa ser tonto. Mi hermano repitió tres veces antes de ir a la universidad, y luego sacó la carrera de psicología con matrícula de honor.

Que mi hermano repitió es cierto, pero creo que fueron dos veces, no tres, y lo de la matrícula de honor me lo he inventado porque la ocasión lo merecía, pero sí que es cierto que sacó la carrera con buenas notas. J., otro repetidor, se ha quedado boquiabierto.

–¿Psicología? ¡Si eso es super difícil!

–Ya lo sé. Es que mi hermano es muy listo. Como todos vosotros. Repetir no es de tontos.

–Ya, pero yo no me voy a complicar la vida –ha seguido J., todo seguro de sí mismo–. Yo voy a ser profesor o así. Algo sencillo, que no sea muy difícil.

En ese momento ha llegado la hora de recoger y me he quedado sin turno de réplica. Y menos mal, porque me ha dejado sin palabras.

De por qué febrero tenía que ser festivo, o lo mucho que me afecta el frío

Leo de pasada (más correcto sería decir "paso la vista sobre") un titular en un periódico online que pregunta si los humanos deberíamos hibernar. Antes de que mi cerebro registre lo que ha leído, yo ya estoy asistiendo con la cabeza como si del otro lado de la pantalla me viera alguien, o los gatos me fueran a discutir. Ha llegado el invierno con la furia de la que parecía iba a carecer este año, y yo me quiero esconder debajo de la manta, con el libro más gordo que pille por casa y un té calentito a mi lado. No me apetece salir a la calle. Me siento agotada. Ríase usted de la astenia primaveral, a mí lo que me destroza es el frío polar que acecha en cuanto abres la puerta de la calle en febrero. Mañana empiezo con las vitaminas.
Mírala, qué alegre va ella. Pedazo de sonrisa.

Todavía hay en el mundo algún escéptico que discute el hecho de que el clima de una determinada región afecta al carácter. Yo, he de reconocerlo, lo he hecho durante mucho tiempo, pero solo porque estoy harta de que digan que los vascos (y las vascas) somos unos sosos, secos y desaboríos. Durante años he defendido que no hay que dar palmas en la calle para demostrar lo alegre que es una, que un poco de seriedad de vez en cuando, sobre todo en el trabajo, no significa que no nos sepamos divertir, que no se ríe mejor quien ríe más alto. Hasta que, volviendo de una comida con amigos un domingo invernal, con viento, lluvia y frío y la mano que sujetaba el paraguas sin enguantar, vi el reflejo de mi cara en un escaparate y me asusté de mi misma. De normal ya suelo ir seria por la calle, pero es que en ese momento parecía que quería partirle la cara a alguien. Cabeza baja, ceño fruncido porque me estaba dando el viento en los ojos, paraguas abierto, hombros subidos, barbilla hundida dentro del abrigo... Igualito que la madrastra malvada o la bruja del bosque de cualquier cuento de hadas. Si en este instante me sacaran una foto y se la mandaran a alguien del sur, ¿cómo no iban a pensar que todos los vascos (y las vascas) gastamos de una mala leche del quince? Pero es que claro, hay que estar aquí para entender que sonreír con este frío es muy difícil, a no ser que te cuenten un chiste justo antes de salir de casa y se te congele la sonrisa según sales a la calle. Que no sería la primera vez que me pasa.

Desde aquí reivindico la festividad de febrero, por lo menos para la gente del norte, que a los del sur no les hace falta. Un mes en el que podamos hibernar, recuperar energías, cargar las pilas, para luego poder volver a ser todo lo efectivos que se dice que somos (unos y unas más que otros y otras, como en todas partes). O mejor aún, haría un trueque: como decreto de ley obligaría a cambiar de residencia un mes al año a alguien del sur con alguien del norte, para que unos descansen del frío y otros entiendan que, cuando la nieve te golpea las mejillas y el aire es tan fuerte que apenas puedes respirar, en lo último que piensas es en dar palmas o tomar un rebujito. En todo caso un carajillo o uno de esos vinos calientes que se toman en el norte de Europa (y en Vitoria en Nochebuena).

Resumiendo: que hace frío, que lo llevo muy mal, que prefiero el sol y los días rasos. Y que ya he empezado a buscar destinos en los que jubilarme, porque a dios pongo por testigo que cuando no necesite trabajar más no volveré a sufrir un febrero en Vitoria. Aunque me tenga que mudar a Tailandia. Con los gatos en la mochila.

De camino a Santiago


Este fin de semana, como en estos lares nos han dado dos días extras de fiesta por el día de San José tengas o no tengas padre, me he ido a hacer el camino de Santiago. Salí el jueves por la mañanita, con la ropa justa por eso del peso, que ya se sabe que una debe llevar solo un diez por ciento de su peso corporal (en mi caso da para llevar el equipaje de varias personas, pero en fin), y una bolsa con avituallamiento por si me daba una pájara por el camino. Dejé atrás un tiempo muy malo, frío polar y un cielo nublado que no auguraba nada bueno, pero según me fui acercando a mi destino vi salir el sol. Elegí el camino de la costa, porque me gusta lo verde y porque, no os voy a engañar, sé qué ciudad viene después de cada una y corría menos peligro de perderme (que no me hagan nunca un examen de geografía, por favor, porque no tengo ni idea de las ciudades castellanas que hay de aquí a Santiago). A eso de las siete de la tarde, agotada y casi deshidratada (y con unas ganas locas de mear), llegué por fin a Santiago. Aparqué el coche en un parking, cogí mi maleta con ruedas y tiré para el hotelillo que había reservado hasta el domingo. Que digo yo, habiendo las carreteras que hay, ¿cómo es que la gente va andando? ¿Están todos locos?
Llegué, digo, a un hotelillo con mucho encanto, en el que me dieron a elegir hasta la habitación. Ese mismo día salí a localizar la catedral para ir a verla el viernes, y cuál no sería mi sorpresa cuando, a eso de las ocho de la tarde, me di cuenta de que todavía era de día. Ya había oído hablar de que anochece más tarde por estar más al oeste, pero coño, ¿una hora? Yo, feliz, me di una vuelta por el casco viejo, comí una tapa de salpicón de marisco y luego terminé cenando con caldo gallego y tarta Santiago (que no falte; me he puesto morada). No os voy a aburrir con todo lo que he comido porque ha sido mucho, pero creo que hasta he perdido peso por todo lo que he andado y lo sano que era todo el pescado que me he metido entre pecho y espalda. Y es que el camino da un hambre…
Al día siguiente fui a ver la catedral. Tan concentrada estaba en lo que me decía la audio guía que no me di ni cuenta de que afuera la luna se estaba poniendo entre la tierra y el sol y todo el mundo andaba con gafas de sol en la plaza del Obradoiro viendo el eclipse. Yo estaba traumatizada viendo a la gente abrazando al santo, que a punto estuve de llamar al de seguridad para decirle que estaban tocando la escultura, hombreporfavoresqueestosnosabenqueesonosetoca, hasta que la audioguía, muy maja ella, me explicó que era tradición y que habían tenido que cambiar el manto de plata porque estaba desgastado de tanto abrazo (y digo yo, que mejor desgastado que no desaparecido, porque en cualquier otro sitio se lo hubieran llevado). Vi el botafumeiro colgando (que me disculpen los gallegos y gallegas si lo he escrito mal), pero no ondeando porque no fui a misa, y pasé de ver las reliquias del santo por porque una es atea y me parecía una blasfemia. Eso sí, fui al museo vi todas las piedras y me fijé en que la mayoría de las piezas más importantes no estaban allí porque habían sido cedidas a otro museo. Qué mala suerte, hombre. Ley de Murphy. 
De lo que sí he visto  mucho este fin de semana ha sido peregrinos. Gente con mochila que no tenía cara de cansancio, sino que paseaban por ahí como si lo más normal del mundo fuera llevar un palo con punta en la mano y una enorme mochila a la espalda. Varios me preguntaron que dónde estaba la catedral, y yo, que me pierdo en Vitoria, no intenté siquiera guiarlos en la dirección aproximada y les dije a todos que era de fuera (me creyeron, ¿será el acento?). Hubo un momento en el que me dieron envidia y me planteé en serio lo de hacer el camino andando, pero entonces me di cuenta de que llevaba ya una hora de paseo y me fui a descansar con una caña y una tapa. Me da a mí que yo para eso no valgo.
La vuelta la he hecho igual que fui, pero en sentido contrario. Si llego a hacer caso al GPS todavía estaba en Palencia, pero he sido aventurera y he tratado de llegar a Vitoria yo solita sin ayuda, ahí, a la aventura (bueno, un ratito sí que he puesto el cacharro, lo suficiente para pillar la autovía del cantábrico, que andaba despistada). Porque, después de todo, ¿qué es el camino a Santiago (que no “de Santiago”) sino una aventura? La próxima vez, quién sabe, lo mismo voy por León y os sorprendo a todos. Solo una preguntita: ¿a Santiago se va por León? Digo, por si me dejo el GPS. No la vayamos a liar. 

De multilingüismos y palabras que se pronuncian igual en distintas lenguas

A mis alumnos y alumnas les hablo en inglés la mayor parte del tiempo, menos cuando me enfado, que sale el genio de la lámpara y puedo hablar en cualquier idioma, hasta uno que yo no conozca. Les hablo con acento británico (o lo más parecido que yo puedo hacerlo), pero las expresiones que utilizo son más bien estadounidenses, porque siete años mandando callar en inglés a los críos de ese país han hecho estragos. Una que me gusta especialmente es "zip it", que significa, literalmente, cierra la cremallera, queriendo decir calla la boca. Cada vez que la usaba con los de sexto, los críos se reían y yo imaginaba que era por lo infantil de la expresión, porque hay que reconocer que eso de cerrar cremalleras está un poco antiguo, o quizás por el sonido silbante de la zeta, que a mí me gusta especialmente. Hasta que hoy, después de decir la dichosa palabrita y aguantar las risas, un crío me ha llamado aparte.
–¿Ya sabes lo que significa "zip" en árabe?
–No, claro.
–Pues es polla. Por eso nos reímos todos.
Toma ya. Y solo han esperado dos meses para decírmelo.
Lo que más gracia me ha hecho es que el niño que me lo ha dicho no es árabe, y parte de los que se reían en clase tampoco. Esto, como siempre, viene a probar mi teoría de que cada uno aprende lo que quiere y aquello que le interesa, porque estoy convencida de que ninguno de ellos sabe decir "Me llamo Ramón" en árabe.

Buenos propósitos


Dicen que el año nuevo empieza el uno de enero, pero yo estoy convencida de que no tardaremos mucho en empezar a celebrar la Noche Vieja el 31 de agosto. Ese es el día en el que los verdaderos propósitos de comienzo de año empiezan, incluidos el sempiterno “voy a dejar de fumar” y “este año me apunto al gimnasio”.
Yo no puedo dejar de fumar porque antes tendría que empezar, y casi que paso, pero lo del gimnasio lo he cumplido a rajatabla. El mismo uno de septiembre estaba en la instalación con mi bolsa de deporte, mis zapatillas ya gastadas y unas ganas locas de perder las dos arrobas que he ganado este año. En el gimnasio me saludaron como si me conocieran de toda la vida, algo normal teniendo en cuenta que he perdido ya la cuenta de los primeros de septiembre que he pasado en su seno, y me enseñaron la lista de clases dirigidas. Este año paso de máquinas y pesas, porque siempre termino aburriéndome y lo dejo a los dos meses. Quería ver si había alguna clase que me gustara a un horario que me viniera bien. El lunes había zumba, y me dije que debía probarlo. Y lo probé. 
¿Os acordáis de ese anuncio en el que salía una chica bailando muy bien y la voz en off decía algo como “así crees que bailas cuando estás bebida”, para luego mostrarla borracha y dando tumbos en la pista, con la voz en off diciendo “así bailas en realidad”? Pues esa fue mi experiencia el primer día. La monitora, una chica bajita y toda ella músculo, se movía como si no costara dar los pasos y las vueltas que daba en su pequeño podio, y yo intentaba seguirla con la misma gracia que un elefante con artrosis. La misma gracia, supongo, que tengo cuando bailo con mis amigas en un bar y creo que me estoy luciendo cosa mala con la música de Enrique Iglesias de fondo y una cerveza en la mano, pero esta vez con un espejo delante que me ha confirmado una terrible sospecha que acarreo desde la infancia: mi cadera está soldada al muslo y a la espalda. No hay otra explicación. Soy incapaz de mover el culo en los pasos de salsa. Y las raras veces que lo consigo pierdo el paso y a punto estoy de caerme, porque no puedo estar concentrada en dos partes del cuerpo al mismo tiempo. Me pasaba igual en aeróbic, que o movía los brazos o movía los pies, pero las dos cosas a un tiempo me era imposible. 
Pero no cejo en mi empeño. Mi objetivo de este año es conseguir seguir la coreografía de la monitora hasta el final, sin perderme. El viernes volví, tras una trágica experiencia con la clase de spinning (no pasó nada, solo que me dolía tanto el culo los días siguientes que he tenido problemas para sentarme toda la semana), y, aunque la cadera sigue bien sujeta, he de decir que fui capaz de imitar el paso con solo tres repeticiones, lo que para mí ya es un logro. Y un logro no menor es haber ido al gimnasio un viernes, me diréis que no. 
Así que al loro. Que igual termináis viéndome en el programa ese de baile con los famosos. Que le voy a coger el gustillo a esto de dar brincos en suelo de parqué con una botella de agua en lugar de un gintonic, para ir entrenando y dejar a la gente ojiplática la próxima vez que pongan una de Pitbull en el bar. Solo espero que el bar no tenga espejos. Y que la monitora no ande cerca, por eso de que las comparaciones son odiosas.

Modelitos para el trabajo

Esta semana tenía intención de ir de rebajas, a ver si lograba algún chollo de última hora con el que alegrar un poco mi armario, pero el último vistazo a mi cuenta corriente me ha desaconsejado cualquier aproximación a un escaparate. En lugar de ir de compras, por tanto, he revisado mis uniformes de trabajo y me he dado cuenta de que no necesito nada nuevo. Estoy servida para todo el año.

Tengo, por ejemplo, el modelito veraniego, azul como el cielo de Vitoria tres días al año, dos de ellos en septiembre (cuando ya no puedes disfrutarlos igual, porque claro, qué gracia tiene que haga bueno cuando no puedes ir a la piscina). Es el modelito que más nuevo tengo, por eso de que la ciudad tiene dos estaciones, la de invierno y la de trenes, pero ahí lo guardo, con la esperanza de usarlo un poco más cada año. Algunas compañeras usan tirantes en verano. Mi optimismo no llega a tanto. 
 Después viene mi modelito otoñal, en tonos rojizos por eso del cambio de color en las hojas. Este me lo calzo en octubre y me dura hasta Navidad, y cuando ya se tiene solo de la mierda que lleva cambio al de invierno. Es lo suficientemente grueso para recordarme que ya no es verano, pero no llega al agobio de la felpa que debería ponerme en invierno (pero no me pongo, soy de sangre templada por naturaleza, que una es vasca, leñe). Además, la gente dice que me sienta muy bien el rojo. No voy a dejar que las estaciones decidan por mí qué he de ponerme.
El modelo de invierno es, sin duda, el que más uso lleva. Hasta en la foto se puede ver lo desgastado que está ya, pero es como ese pantalón que te sigues poniendo aunque el dobladillo esté hecho un asco, no lo vas a tirar por un pequeño defecto. Este modelito tiene el cielo ganado por la paciencia y todas las manchas de pintura y bolígrafo que ha acarreado en sus años de trabajo. Fue el primero que me compré, hace ya una barbaridad de años, y como tengo la suerte de trabajar en algo que no entiende de modas, aún me lo pongo. Eso sí, lo reservo para los días de más frío, porque hay que ver cómo abriga el condenado.



Y por último llega el modelito de primavera, que es probablemente el que más me gusta porque últimamente me ha dado por el verde. Yo, optimista por naturaleza, lo calzo cuando El Corte Inglés da por empezada la primavera, que es allá por febrero, cuando caen las nevadas en la ciudad. Pero es que, igual que con el rojo, me puede el color, y aunque es, con creces, el modelo más fino que tengo, no me puedo resistir a pavonearme por el colegio con él, alardeando de cuerpo en proceso "operación bikini" bajo una capa que me tapa cualquier michelín. Ahora que lo pienso, creo que ninguno de mis alumnos y alumnas me ha visto nunca la cintura. No es a propósito, es por exigencias del trabajo.


Así que me he dicho que no necesito ir de compras. Voy sobrada con lo que tengo, no me hace falta más ropa. Igual que los hombres que trabajan en bancos y demás tienen tres o cuatro trajes para todo el año, yo tengo mis cuatro modelitos con los que me apaño muy bien. Para qué más. Si total, tengo la suerte de trabajar para el público menos exigente que hay: los niños. Aunque más de una vez me hayan preguntado dónde me he comprado las zapatillas y si tengo más pantalones que los tres que llevo siempre.


Cosas raras que me pasan: Lluvia de Estrellas



Suena el teléfono fijo de casa y yo doy un respingo antes de salir corriendo a contestar. No sé por qué corro, porque la mayoría de las veces es una compañía telefónica que intenta venderme lo que ya tengo o alguien haciendo encuestas para las que siempre buscan un rango de edad que yo no cumplo. Pero cuando suena el teléfono, y más si es el de casa, hay que correr, porque ese sonido tiene algo de urgente aunque sepas que no lo es. 
No miro ni el identificador de llamadas. Descuelgo, saludo y al otro lado de la línea me contesta el silencio. Un segundo después se oye el clic de quien ha conectado la llamada. Mierda, pienso, otra vez Vodafone. 
—Buenas tardes  —dice una voz al otro lado—. Soy Fulanito de Tal. 
Silencio. Yo estoy esperando a que me diga “y le llamo de Vodafone, Movistar, Euskaltel o Yoigo”, pero no dice más. Luego me di cuenta de que ese hueco era para permitir mi grito de emoción: tenía que haber reconocido el nombre. Supongo que era el presentador.
El hombre continúa. 
—Le llamo de Lluvia de Estrellas —me dice. Nuevo silencio para permitir un grito. Se oye el ruido de alguien que se aparta el auricular de la oreja. 
—¿Perdón? —digo yo. Tengo problemas de oído, es imposible que le haya entendido bien. 
—De Lluvia de Estrellas. Mandó usted un currículum para participar en nuestro programa, ¿no?
—¿Yo? No, no, creo que se ha equivocado de número. 
—¿No es usted la que canta como Paloma San Basilio?
—¡Ja, ja, ja! —Estoy convencida de que a este hombre nadie se le ha reído nunca la teléfono—. No, no, no, yo no soy, no. 
—Ay, perdone usted, ha sido cosa de los de producción. Le ruego me disculpe. Mil perdones, ¿eh?
—Tranquilo, no pasa nada —Yo sigo a lo mío, sin poder parar de reírme. 
Cuelgo y me falta tiempo para contárselo a quien tenga oídos u ojos para leer mensajes. Las respuestas son poco menos que unánimes: tenías que haber dicho que sí. Luego otra cosa sería pasar el casting y no hacer el ridículo una vez en el escenario, pero eso es lo de menos. La fama ha llamado a mi puerta y yo se la he cerrado en las narices. 
Ya me vale. 

Cosas que los anuncios de la tele me han enseñado


Dicen que la tele es una caja tonta, pero qué va, la tele enseña mucho, mucho, mucho. Y no hablo sólo de Pepa Pig o de Barrio Sésamo, que también, sino de esos pequeños documentales que nos muestran la vida tal y como es en cada pausa publicitaria: los anuncios. Teniendo en cuenta que al cabo del día una persona que ve la tele ve más anuncios que cualquier otro programa, los mensajes que nos dan en esos veinte minutos terminan quedándose en nuestro subconsciente más que cualquiera de los rollos que tienen los de Anatomía de Grey, así que me ha dado por hacer una pequeña lista de las cosas que he ido aprendiendo con los años: 
—Los hombres nunca se estriñen. Las únicas personas que compran yogures con fibra, cereales con fibra o cualquier cosa que les ayude a ir al baño son mujeres. Los hombres no. Tampoco sufren de hemorroides, por lo que parece.
–No existen los hombres gordos. Las mujeres gordas tampoco, pero ellas, por muy delgadas que estén, siempre quieren adelgazar. Ellos no, ellos nunca; ellos se limitan a verte pasar después de haber hecho una dieta a base de comer solo cereales y sonríen, pero adelgazar no, ellos nunca. 
—Si eres madre y tienes un hijo (un chico, se entiende), prepárate para que el nene te venga hasta las cejas de barro, sangre, pintura y sustancias sospechosas en la ropa. Para eliminarlas necesitarás de la ayuda de un extraño ser del futuro que vendrá con las cejas teñidas de blanco, o quizás el consejo de tu suegra. Si lo que tienes es una hija, tranquila: cuando llegues a casa, ella y su padre te habrán hecho la cena (de sobre, eso sí). O, en su defecto, ella jugará contigo en la cocina para hacer postres de Helly Kitty. Pero tranquila por las manchas de grasa, que las chicas ni ensucian ni se ensucian. 
—Las colonias para hombres convierten a las mujeres en objetos, a veces incluso las pintan de color dorado. Cuanto más cara sea la colonia en cuestión, más buenorra estará la tía que te pilles, que caerá rendida a tus pies en cuanto chasquees los dedos. Estará al lado del coche deportivo, busca bien. 


—La mayor preocupación de una mujer, muy por encima del bienestar de sus hijos, la crisis, su carrera o cualquier otro tema que agobia a los hombres, es que su familia vaya limpia y que sus hijos coman calcio. “Ellos se alimentan bien y yo estoy tranquila”. Porque, como todo el mundo sabe, las madres no comen. 
—Las lavadoras y los lavavajillas son máquinas tan complejas y misteriosas que ninguno de los hombres que salen de “atrezzo” en los anuncios saben usarlos. A no ser que el anuncio tenga por protagonista a un hombre soltero; entonces vendrá su madre a explicarle cómo funciona la lavadora y qué detergente usaba ella para quitarle las manchas esas con las que venía siempre cubierto.
—Las mujeres son incapaces de conducir un coche más grande que un Corsa. En caso de que el coche sea de una marca alemana de cierto tamaño, el único capaz de manejar semejante bestia es el hombre. Siempre y cuando no sea un monovolumen para llevar a los niños al colegio, porque entonces sí, entonces nosotras también podemos. 
—Eso de que la mujer trabaja fuera de casa es un bulo creado por machorras feministas. Si algo me han enseñado los anuncios es que todas las mujeres son amas de casa y están obsesionadas por cagar, limpiar la ropa de su familia y la casa, adelgazar y dejar en feo a su suegra (o a su nuera, esto depende del anuncio). Y, por lo que parece, tienen toda la intención de que sus hijas sigan el mismo camino que ellas. 
Jo, para que luego digan que la tele no instruye. Anda que no he aprendido yo en el cuarto de hora que he sacado boli y cuaderno para tomar apuntes con los que nutrir esta entrada...

De lingüistas que son filósofos y a la vez políticos, o Noam Chomsky y su p/$%& "X-bar Theory"



Siempre me he considerado "de izquierdas", lo que quiera que eso signifique y quién lo represente, pero con calma, sin "radicalismos", lo que quiera que eso signifique y quién lo represente. Con la que está cayendo, sin embargo, mi nivel de hartazgo está llegando a tales extremos que yo, teórica como soy, siento un deseo casi irrefrenable de salir a la calle con un palo y empezar a repartir hostias, quemar cajeros o tirar piedras, pero, como no tengo muy claro a quién he de pegar, no me atrevo. Por eso me centro en lo teórico, que es lo mío. No voy a salir ahora con que leo a Chomsky, no; está en mi lista de "cosas para leer antes de quedarme ciega", pero no he tenido el placer de sentarme y disfrutar de él. Lo más que ha caído ante mis ojos ha sido alguna cita suya, o algún comentario escuchado fuera de contexto, pero lo suficiente para que me haya picado la curiosidad sobre este hombre y haya llegado a la conclusión de que me encantaría conocerle y tomar un café con él. Hoy le he buscado en Internet y he terminado, cómo no, en la Wikipedia. Y oye, así, de golpe y porrazo, se me ha caído un mito. Que sí, que anarquista, que muy de izquierdas, que contrario a todo lo que hace su país, que crítico con Israel... Pero el muy cabrón es el responsable de la X-bar Theory (no confundir con The Big Bang Theory). Y solo por eso merece ser emparedado.

Como profa de lenguas que soy, conozco la parte lingüística de la carrera de Chomsky desde que empecé magisterio, allá por el pleistoceno, y, aunque en su momento me gustó mucho su teoría de la gramática generativa y la gramática universal (todos los idiomas tienen una base similar que los hace igual de fáciles de adquirir, aunque la distancia entre lenguas nos pueda parecer abismal), luego estudié a Hymes y compañía y destroné al bueno de Noam. La gramática es muy importante, pero la teoría de Chomsky se queda corta a la hora de explicar la diferencia entre "¿esto lo he escrito yo?" con ojos abiertos, boca abierta, sentimiento de ser la dueña del universo y deseos de gritar al mundo que amas la vida, y "¿esto lo he escrito yo?" con cara de espanto, náuseas en el estómago y un deseo casi insoportable de lanzar el ordenador por la ventana, meterte debajo de la manta y disolverte. No hay ninguna diferencia gramatical, pero Hymes explicaría más tarde lo distintas que son estas frases. Uno no existiría sin el otro, eso sí, y entiendo que ambos se complementan, pero Noam se dejó un trozo muy importante de la labor de un lenguaje.

Pero a lo que iba. Mirando hoy la wikipedia me he dado cuenta (hoy, tras tres meses de estudio, fijaos qué atención presto yo a lo que estudio) que el bueno de Chomsky es el responsable de la X-bar Theory (no confundir con The Big Bang Theory). ¿Y qué es eso?, preguntaréis algunos y algunas. Explicarlo me iba a llevar la vida, así que os dejo una imagen, que vale más que mil palabras:



¿Me entendéis ahora? ¿Me entendéis? ¿Eh? ¿Eh? ¿Me entendéis?

Y vaya por delante que a mí siempre se me ha dado bien lo de analizar frases, que tengo cierta habilidad para ver las conexiones, identificar elementos y ponerlos en árboles, casi sin estudiar. La habilidad me viene de lejos, lo que destrona mi teoría de que yo soy de letras porque no creo que haya nada más científico que un árbol sintáctico. Se me dan bien los idiomas, que se suele decir, analizarlos y destriparlos, pero esto de aquí arriba es inhumano. Insufrible. Infumable. Y todo por culpa de Chomsky, que no pudo dejar el típico predicado en su sitio y se tuvo que inventar toda una teoría nueva. Muy anarquista y muy lo que quieras, pero ya no lo ajunto. Nada.

(A los creadores de The Big Bang Theory se les olvidó meter un lingüista entre sus frikis. ¿Os imaginais a Sheldon haciendo esto? "Un XP' tiene que estar siempre compuesto de una cabeza X' y un PP', pero nunca de un X, aunque a veces acepte otro XP' por ser reiterante"*.  La iba a gozar.)


*La autora de este post no pretende afirmar que tenga ni pajolera idea de que esta regla sea cierta, tenga sentido o valga para algo, y no se hace responsable de los errores que pueda causar en los deberes de nadie. 

Diario de una novela, o confesiones de una escritora bipolar en ciernes




Día 0: Principios de octubre. Se me ocurre una idea para una novela. Es la mejor idea desde la invención de las persianas, va a revolucionar el mundo literario y toda la humanidad va a hablar de mí durante décadas. Empiezo a pensar en cómo me voy a quitar a las editoriales de encima. Quizás debería ir pensando en hacer el guión cinematográfico al mismo tiempo que la novela. Me hago una lista de actores buenorros para que la protagonicen.

Día 1: Empiezo a escribir. No he escrito ni guión ni diario de personajes, no he delineado la novela, no he hecho ningún trabajo previo. Solo escribo. Me levanto una hora y media antes de ir a trabajar y me juro a mí misma que éste va a ser mi horario de escritura, pase lo que pase, y que no lo voy a usar para nada más. Tengo sueño. 

Día 5: Empiezo a pensar en mí misma como escritora porque he escrito todos los días. Me imagino yendo a conferencias y participando en tertulias sobre cuyos temas no tengo ni idea, pero a las que me invitan por mi condición de escritora. Empiezo a andar más erguida por la calle. Miro a los demás con superioridad porque soy escritora y ellos no, ja, ja, ja. Me doy cuenta de que escribir por la mañana me pone de mejor humor y voy a trabajar más contenta. Si antes la historia me parecía buena, ahora es cojonuda.

Día 17: La hora y media de escritura por la mañana se ha reducido un pelín. La culpa es del despertador, que le das y vuelve a sonar a los diez minutos. La historia va, pero más bien psé. Empiezo a tener dudas.

Día 31: La historia es una mierda, yo no valgo para esto, no sé en qué estaba pensando, mejor estaba durmiendo. Pero no duermo. Mi cuerpo se ha habituado al horario y me tengo que levantar, y ya que estoy levantada, pues escribo. Mi dosis de café diaria ha subido de cuatro a siete tazas. Leo un estudio que dice que el café es bueno. Menos mal.

Día 45: Odio mi vida. Odio mi ordenador. Odio mi idea. Odio a los personajes. Todo es una mierda. A ver si el mundo explota ya de una bendita vez y no tengo que terminar el churro que a pesar de todo insisto en seguir escribiendo. 

Día 62: Me pregunto qué hacía yo antes de ponerme a escribir esta historia. Me pregunto qué hace por las mañanas la gente que no escribe. Me pregunto qué es eso que llaman dormir. Mi hora y media de las mañanas se ha convertido en una hora, pero ahí sigue. Vuelve a engancharme la idea, al menos la mayor parte del tiempo.

Día 84: Estoy terminando el primer borrador. Estoy tan emocionada que mi hora de escritura al día se ha vuelto a convertir en hora y media por las mañanas y otros cuarenta minutos a la hora de comer. Los personajes han tomado vida en mi cabeza y el mundo de fuera me parece banal y aburrido. Empiezo a pensar que tengo una úlcera por comer tan rápido y beber tanto café.

Día 95: He terminado el primer borrador. Lo leo y no quiero saltar por la ventana ni liarme a martillazos con el ordenador. Paso una semana retocándolo y tomando apuntes de cosas que quiero cambiar. Hago tres copias de seguridad. Decido que es lo mejor que he escrito nunca, aunque eso no signifique mucho porque mi tolerancia es muy baja. Salto un poco por casa. Quizás haya bailado a ritmo de Britney Spears, pero no hay testigos y nunca podréis probarlo.

Día 102: Empiezo a escribir otro proyecto y dejo el anterior macerando, a ver si en el disco duro coge solera. Decido que esta nueva novela va a ser mucho, pero que mucho mejor que la anterior. No veo película, veo serie. De hecho, no voy a poder escribir un solo libro, calculo por lo menos tres o cuatro. Es la mejor idea desde la última buena idea que tuvo nadie. Soy genial. Soy maravillosa. Soy la hostia.

Día 112: Reservo un montón de libros sobre el tema que estoy tratando en Amazon, pero no le doy a comprar.

Día 130: Empiezo a sospechar que esta historia es mucho para mí.

Día 153: Decido mandar el nuevo proyecto a la porra y volver con el antiguo. Echo de menos a los personajes. Releo el primer borrador y vuelvo a pensar que qué bello es vivir.

Día 175: Fin de curso y exámenes de la UNED. Mi agotamiento y mi ánimo son inversamente proporcionales. La historia es una mierda que no hay quien salve. Me rindo. No valgo para esto. La hora de escritura ahora son treinta minutos que empleo en leer los periódicos digitales antes de ir a trabajar. 



Día 210: Vuelvo de un curso en el extranjero con las pilas cargadas. Retomo la historia poco a poco. Escribo una precuela, saco una historia corta de ella. Releo mis notas y decido que los cambios no son para tanto.

Día 230: Primeros de agosto. Termino el segundo borrador. Lo releo y cambio un par de detalles. Decido que es una obra maestra, que va a vender millones y que tengo el Planeta en el bolsillo (y con eso me refiero tanto al premio como a la Tierra). Empiezo a pensar en actores que interpreten a los personajes. Me pregunto si el señor de la foto tendrá libre el calendario del próximo año y cuánto cobrará, por si puedo pagarle de mis emolumentos como escritora de grandes ventas. Decido que igual le mando un mensaje vía twitter; total, ya debe pensar que estoy loca de atar después de todos los que le he enviado.

Esta es la cara que veo cuando me imagino
a uno de mis personajes. Ya, sí,  la motivación
tiene que venir de la historia, bla, bla, bla.
Y una leche. 

Día 230, dos horas más tarde: Me tiro de los pelos y decido que he escrito un churro, que no valgo para esto, que mejor le doy a borrar y empezamos de nuevo. Mando otro tuit al chato de la foto y le digo que mejor lo dejamos.

Día 230, por la noche: Vuelvo a estar convencida de que el dinero y la fama están a punto de llamar a mi puerta, pero que ya puede ir llegando que tengo que pagar el coche nuevo. Decido dejar el borrador macerando y darle un repaso dentro de uno o dos meses. La idea de dejar que alguien lo lea me produce dolor de tripa, aunque quizás sea la úlcera. Cambio de nombre en twitter, no vaya a ser que conteste el otro.

Día 231: Empiezo un nuevo proyecto. Este sí que va a dejar a todo el mundo con la boca abierta. Pienso en el diseño de la portada y en que quizás Sandra Bullock quiera protagonizar la película. Será cuestión de ir buscando el teléfono de su agente para ver qué fechas le vienen bien.

De trabajos ideales y porque soñar es gratis

Con eso de los recortes y lo de que cuando veas las barbas de tu vecino cortar (nunca mejor dicho) pongas las tuyas a remojar, y a pesar de que -en teoría- tengo el trabajo asegurado para el resto de mi vida, estos días me he puesto a pensar en qué me gustaría ser si por cualquier cosa no pudiera ser profesora. Y, ya puestos a pedir, me he puesto a pensar en qué línea de trabajo de esos que se gana un porrón y medio me gustaría especializarme.


Por ejemplo, podría ser abogada. Pero no de esas de oficio ni de las que defienden a las aseguradoras de coches, sino una de esas que gana una pasta gansa, como los de Suits, que me puse a ver la serie porque salía Zöe Washburne, digooooo, Gina Torres, y resulta que ahora quiero ser parte del mundillo de los abogados de alta gama. No sé si será porque todos los abogados están buenos, porque la jefa mola un huevo (para eso era la segunda de a bordo de Serenity, no te jode) o porque hablan de fianzas de millones de dólares y se apuestan diez mil dólares a ver quién se come antes un perrito caliente con la misma facilidad que yo apuesto media pela en situaciones arriesgadas. Pero luego me he puesto a pensar que qué pereza, empezar una carrera de cero (y tendría que ser en Harvard, que no vas a hacerla por la UNED si tienes intención de ganar millones, con el frío que hace por allí, quita, quita), y qué coñazo, lo de "protesto, señoría", todo el rato buscando antecedentes, con tacón y minifalda y quitándote a los moscones de encima... No sé, no termina de convencerme, aunque tengo que reconocer que el pisito de Harvey mola mazo.


Si no quiero volver a la universidad a empezar de cero, siempre puedo subir un peldaño en lo mío. Por ejemplo, meterme consultora, como Don Cheadle y mi queridísima Kristen Bell en House of Lies. La rama iba a ser distinta, porque trabajaría en educación (haberlos haylos, los he visto, existen, "consultan" en colegios para intentar mejorar los resultados de los chavales) y, aunque no es lo mismo, también ganan una pasta queloséyo. Pero luego me he acordado de cómo odiábamos a los nuestros en King City y de cómo los poníamos a parir por la espalda, y qué queréis que os diga, yo quiero un trabajo donde al menos una parte no me odie. Así que fuera, consultora tampoco.

¿Y escritora? Algunos escritores son millonarios, ¿no? Mira Castle, o mejor, mira a los escritores invitados que han llevado a Castle. Porrochocientos millones gana el Patterson, creo que se llama, o puede que me esté confundiendo. Dejémoslo en King. J.K. Rowling. Qué coño, me conformo con ser Elizabeth George, que millonaria no sé si será pero lleva casi treinta años en esto, así que mal no le irá. Y esa era profesora antes de ser escritora. Pero me da a mí que convertirme en un King o en una Rowling iba a ser casi más difícil que colarse en Harvard a los treinta y seis y conseguir trabajo en una firma de alcurnia.

Siempre puedo seguir con filología inglesa, que ya la tengo casi hecha, y hacer algún máster en adquisición de lenguas, o un doctorado, o un postgrado. Eso te tiene que hacer millonaria fijo, como a ese que... Cómo se llama... El que salía en aquella que... No, ese no era, uno que... O no, su hermano. Bueno, da igual. Que me quedo de maestra, vaya.

Anglicismos o de cómo no entenderse cuando hablamos en inglés.


Hablaba un día con unas amigas de cosas de chicas, ya sabéis, cómo cambiar una rueda del coche, dónde guardar la llave inglesa para que el marido no la encuentre y la use de martillo, esas cosas, y en una de estas empezamos a comparar reproductores de MP3 y a comentar dudas informáticas sobre los programas que usábamos para pasar los archivos. Una de ellas me preguntó algo sobre un programa que yo no conocía.

 -Yo es que uso iTunes -le dije, pronunciándolo /aitiuns/.

 -¿Lo qué? -dijo ella.

 -iTunes, ya sabes, lo de los Mac, lo de Apple -pronunciado /apol/, por supuesto.

 -¡Ah, el Itunes, lo de los Ápel! Joder, tía, es que con esa pronunsieision cualquiera te entiende... 

Vale. Captado.

Unas semanas más tarde, conversación similar en el trabajo. Escarmentada, y para ahorrarme malentendidos, le hablé a mi compañera del Itunes (/itunes/), y uno me soltó una carcajada.

 -¡Joder con la profa de inglés, vaya acento! Será iTunes, ¿no?

 Bien. Vale. Bueno.

La última ha sido hace poco, cuando el foniatra que nos da el curso para proteger la voz nos recomendó que compráramos un "Respirator" para hacer vahos, palabro que él pronunció como el anuncio de "Rastreator". Yo, obediente, fui a la farmacia y pedí un Respirator (/respireitor/).

 -¿Un qué?

 Suspiro.

 -Un cacharro de esos de plástico para hacer vahos de manzanilla.

 -Ah, sí, el Respirator -contesta el farmacéutico, poniendo mucha énfasis en la pronunciación del cacharro como /respirator/.

Cogí el chisme y salí de allí pensando en que tenía la forma perfecta para metérsela por el /ashoul/.

De revisiones y hábitos que no hacen al monje

He releído el primer borrador de la novela [aplausos, algún "hurra", algún "bieeeeen"] y, por primera vez en mi vida, no he querido esconderme de mí misma bajo el sofá, ni bajo la mesa, ni abrir la ventana y saltar [al andamio de enfrente], ni quemarme a lo bonzo, lo que ya de por sí es un gran avance. He sido capaz de identificar los fallos yo solita, pero a la vez que veía los fallos era capaz de ver la solución. He borrado párrafos enteros, pero también he subrayado muchas líneas que no me puedo creer que haya escrito yo. Y he encontrado un montón de clichés que no me había dado cuenta de que usaba y me han hecho reír a carcajadas (lo cual demuestra que me estoy tomando esto como lo que es: una aventura, un juego, una manera de aprender y pasármelo bien). Supongo que son malos hábitos que he ido cogiendo a lo largo de los años y que nunca he eliminado por la sencilla razón de que nunca he hecho una revisión. He aquí algunos:
  • Todos mis personajes hacen mohínes. Curioso, porque hace como tres siglos que no oigo ni leo esa palabra, pero he escrito "hizo un mohín" varias veces en cada escena. En una línea aparecía dos veces. Para el mismo personaje.
  • Otro personaje se muerde el labio inferior cuando está nervioso, o cuando sabe que no puede decir lo que piensa, incluso cuando algo le gusta mucho (me parece un gesto muy sexy, lo de morderse el labio inferior, ¿no os parece?). Lo que no sería malo si no se lo mordiera cada tres líneas. Cuando está hablando. Cuando ya se estaba mordiendo el labio inferior en la línea anterior. Incluso cuando le están dando un muerdo, él insiste en morderse su propio labio inferior.
  • Yo sé que no todos mis personajes tienen los ojos azules, pero debo tener algún trauma con ellos porque solo describo los ojos de aquellos que los tienen azules. Si no menciono los ojos, es que son marrones. O verdes. Pero no azules.
  • A un personaje le chispean los ojos. Para todo. Lo único que soy capaz de decir de su expresión es "sus ojos chispearon con malicia", "le chispeaban los ojos de alegría", "le miró con ojos chispeantes". Por supuesto, sus ojos son azules. Qué os creíais.
  • Todos, TODOS los personajes alzan las cejas, o suben las cejas, o elevan las cejas, para cualquier tipo de emoción. Sorpresa, odio, resentimiento... "Alzó las cejas y la miró con desdén", "sus cejas se elevaron casi hasta la raíz del pelo", "las cejas se perdieron bajo su flequillo"...
  • Mis protas siempre sonríen con una comisura. Nunca enseñan todos los dientes, solo sonríen con una comisura. Todo el rato.
  • Una cosa es que haya pretendido escribir una comedia y otra es que en todas las escenas alguien termine "riéndose a carcajadas", o "emitiendo un sonido que podía ser una risa ahogada". Hasta llorando ríen. Y, por supuesto, siempre acompaño la palabra "carcajada" con el adjetivo "sonora". Porque como todo el mundo sabe, las carcajadas son más bien silenciosas.
  • He estado a punto de contar cuántos ceños fruncidos había en la historia, pero mejor no. De esto culpo a "Los Hollister" y todo lo que me hicieron leer de pequeña. Y que la expresión tiene un sonido que me gusta mucho; probad a decirla en voz alta, "fruncir el ceño". Las ces y las erres me encantan.
  • Un personaje siempre lleva un "impoluto traje gris y una inmaculada camisa azul". Menos cuando va en "vaqueros y camiseta", así, sin más.
  • Cuanto mejor me cae un personaje, más alto es. Desde la primera escena a la última, Alan ha crecido veinte centímetros. Y viceversa, cuanto más asqueroso quiero hacer a un personaje, más bajo es. Teniendo en cuenta que yo soy un tapón, no sé qué dice esto de mí.
Ruth, sentada frente al ordenador en vaqueros y camiseta, leyó lo escrito con el ceño fruncido e hizo un mohín. "No sé si darle a guardar o a publicar", se dijo, y sonrió con una comisura. "A quién pretendo engañar..." Se mordió el labio inferior y pulsó "publicar entrada" con ojos chispeantes. Cuando el ordenador le devolvió un mensaje de "error", alzó las cejas y soltó una sonora carcajada.

De la belleza en bote, o cómo confundir azul con morado

Yo nunca he sido mucho de darme cremitas, más que nada porque me falta constancia y siempre se me olvida. Una vez, comentando con una compañera de trabajo el hecho de que no me daba nada, la mujer -que ronda los sesenta- me miró con espanto. "¿Ni una hidratante? ¿Ni una de noche? Mira que lo más importante es prevenir, porque una vez que salen los defectos ya no se pueden borrar". La mujer me lo dijo con tal seriedad y en un tono de tal autoridad, que aquel mismo día fui a If y me gasté una buena parte del sueldo en tres cremas distintas para distintos momentos del día. Y oye, que las he usado. No sé si funcionan o sirven para algo, pero yo confío en el efecto placebo. Además, huelen muy bien.

Y las he usado tanto que dos de ellas se me han acabado, así que ayer fui a comprar otro par de frascos nada más salir del trabajo. Había pensado en coger los frascos vacíos y llevarlos conmigo para decir "quiero ésta", porque ya se sabe que esto de las cremas necesita un máster por lo menos, pero fui así, a pelo, toda valiente yo. Entré en la tienda y me acerqué a una amable dependienta a quien no creo que nadie consiguiera reconocer sin maquillaje. Le expliqué lo que buscaba.



-Se me ha acabado la crema de noche. Es de Esteé Lauder.

-¿Y para qué es?

-Para... la... ¿cara?

-No, no, me refiero a qué hace.

-El... bote... es... ¿morado?

La mujer sonrió con los labios más gruesos y más rojos que yo había visto en mi vida y empezó a hablarme muy despacio.

-¿Qué tipo de tratamiento es? Hidratación, primeros signos de la edad, reparadora...

-Huele a lavanda.

Ella, toda campeona, me lleva a la sección de Estée Lauder y empieza a enseñarme botes. Los hay lilas, los hay azul clarito, los hay con tapa dorada... Pero ninguno tiene la tapa blanca.

-Creo que la que tú dices es de esta línea pero la de tratamiento hidratante, que no me queda. ¿Te la apunto?

-No, deja -digo yo, porque todos los botes tienen la tapa dorada y eso me mosquea un poco; empiezo a sospechar que me estoy equivocando-, ya buscaré.

-De todas formas, no sé si a ti te conviene esta crema, con esos granitos que tienes. ¿Con qué te lavas la cara?

Me da vergüenza decirle "con el agua de la ducha", así que le menciono un jabón de farmacia que uso cuando me acuerdo.

-¿Y qué tónico usas?

-Eh... No.

-¿No usas tónico? -Los ojos, negros, más grandes aún que la boca, están a punto de saltársele de las órbitas. Mientras habla, está llenando un botecito de muestra con una crema que cuesta casi cien euros. La mujer me explica que el tónico es necesario para hidratar la piel y que luego absorba mejor la crema, bla, bla, bla, y que igual esa que tiene ella entre manos me va mejor porque bla, bla, bla-. Te lleno el tarro para que la uses de día y de noche, ya me dirás -Traducido: te lleno el tarro para que te la des con la espátula de escayola, que vaya cara traes. Pero le doy las gracias igualmente.

-También quería un contorno de ojos, de Clinique.

-¿Qué hace?

Suspiro.

-El bote es pequeño. Yo qué sé. Es así -Junto los dedos para mostrar un bote, eso, pequeño. Ella me mira con resignación y me lleva al estante de Clinique. Y ahí me doy cuenta-. Uy, que no, que el contorno no es de Clinique, es como la crema de noche. Pero... Oye, espera, ¿no hay otra marca que empiece por E? Y el bote no es morado, es azul. Sí, azul con tapa blanca.

La chica me mira sin sonreír. No sé si piensa que le estoy tomando el pelo, que hay una cámara oculta o que soy gilipollas. Yo quiero desaparecer. Al rato reacciona: no quería matarme, estaba pensando.

-¿Te refieres a Elizabeth Arden?


-¡Sí! ¡Sí! ¡Elizabeth Arden, sí!

-Ay, pues ya lo siento, esa aquí no la trabajamos. Tienes que ir a (me dice dos establecimientos de la misma casa que están en la otra punta de Vitoria).

-Ah, vale, pues muchas gracias, y ya siento haberte vuelto loca.

-Nada, mujer, tranquila.

Tranquila se queda ella cuando me ve salir por la puerta. Esta tarde voy a meter los frascos en el bolso y ya, leñe.

(Me avegüenza mucho decir que esta escena es verídica al cien por cien. Os juro que no me he inventado nada: soy así de torda sin condimentos.)

Examen de historia

Este año tengo como asignatura la historia del Reino Unido e Irlanda en el primer cuatrimestre y de la República de los Estados Unidos en el segundo. Como veo que voy a andar justa de tiempo y que no voy poder memorizar fechas, nombres y datos, he decidido aprenderme unos cuantos conceptos y palabras claves y cruzar los dedos para que el profesor en cuestión esté de buen humor cuando corrija el examen. Por ejemplo:

Prehistoria en las islas británicas: Primero hacía frío y no vivía nadie, luego fueron unos hasta que refrescó y se volvieron a marchar, y así un par de veces más hasta que se desheló el Canal de la Mancha y ya no pudieron volver. Ah, sí, y hierro, y bronce, y eso. Y Stonehedge.

Romanos: Vini, vidi, vincit. Un señor que se llamaba Severus, que no sé qué hacía pero me he quedado con el nombre (¿por qué será?). Civilizaron a los celtas (¡je!). Sabían latín. La vida de Brian. Nacieron los Monty Python.

Hasta el año 1066, más o menos: Primero llegaron los alemanes, luego se fueron y llegaron los vikingos, luego volvieron los alemanes. La gente hablaba por señas porque no había manera de entenderse. Los irlandeses inventaron el día de San Patricio. No sé qué de un dragón. Los reyes tenían nombres raros, sonaban al ruido que una hace cuando se aguanta un estornudo.



1066 - 1400: Normandos. La batalla de Hastings. Reyes que se llamaban Edward, Henry o Richard que siempre se peleaban con un rey francés que se llamaba Louis pero nunca era el mismo. Guerra de los Cien Años que parece que duró cuatrocientos, que bien mirado lo hizo. Cuatro siglos peleándose unos con otros, por favor, qué agotamiento. Nacimiento de algo que ya parece el idioma inglés, aunque no mucho. Mecagüen Chaucer.



Siglos XV a XVII, más o menos: Retahíla interminable de reyes que se llamaban Henry. Aparece la Iglesia Anglicana para que Enrique VIII tenga libertad de divorciarse, aunque luego se da cuenta de que cortar cabezas es más fácil. Isabel I, madre de la actual Isabel II. Shakespeare. El hijo puta de Cromwell. Genocidio irlandés. El inglés ya se entiende (más o menos).



Siglos XVIII - XIX: Revolución industrial. Revolución agraria. Reformas. Tren. Reina Victoria. Imperio británico mundial. Sufragio cuasi-universal masculino. Todo el mundo se va de vacaciones a la playa. Los irlandeses empiezan a dar por culo en serio (que ya era hora).

Siglo XX: Todavía no lo he estudiado, pero ya me lo sé: Margaret Thacher. Downton Abbey. Doctor Who. Michael Collins. Alan Rickman.

Yo creo que voy a bordar el examen, oye.

De alumnos nuevos y el mejor trabajo del mundo

¿Os he dicho alguna vez que me encanta mi trabajo?

Esta semana nos ha llegado un niño nuevo a la clase de cuatro años. El peque, F., es un terremoto nigeriano que no habla ni papa de castellano (ni mucho menos euskera) pero que, por suerte, tiene el inglés como lengua materna. Ayer entré en su clase y traté de saludarle; él, presa no sé si de los nervios, de la falta de escolarización o, simplemente, porque llevaba dos días sin entender a nadie, empezó a corretear por toda la clase sin hacerme ni puñetero caso. Yo le ignoré; mi lema es que, mientras no les dé por pegar, un niño bajo la presión de ser nuevo en un centro puede desfogarse como le dé la gana cuando lo necesite. Empecé a contar un cuento sobre un pollito que busca a su madre, y el peque, viendo que por primera vez en dos días entendía de qué iba el asunto, se fue calmando y empezó a observarnos desde la distancia. Terminó sentado en el corro, participando del juego que vino después y obedeciendo perfectamente todo lo que yo le pedía que hiciera. Cuando empezamos a hablar de la familia, al niño se le soltó la lengua y yo la gocé como una enana.

-I've got one brother -me dijo, en su perfecto inglés con su precioso acento nigeriano-. He's older than me, he's ten years old, I think. His name is [nombre indescifrable para mis orejas que soy incapaz de deletrear, obviamente].

-I'm sorry? What's his name again?

Y entonces, el niño que se sentaba a su lado (vitoriano de los de toda la vida, rubio, ojos azules, igualito que F., vaya) me miró con expresión de "profa, tú eres tonta", levantó las manos en un gesto de exasperación y me explicó, en un cuidado y muy lento castellano para asegurarse de que le entendía:

-Te está diciendo que tiene un hermano mayor que él. ¿Es que no le entiendes?

Y me pagan por esto, señoras y señores.