Finlandia: ¿un espejismo inalcanzable? Va a ser que sí



Últimamente me está dando por pensar que la dichosa globalización solo nos ha traído cosas malas (a excepción de, quizás, estar más comunicados, aunque solo con gente que se nos parece o a quien nos queremos parecer). Doy una vuelta por mi ciudad y me cuesta horrores encontrar una tienda de lo que sea (ropa, zapatos, complementos, comida, muñecos) que no venda lo mismo que se vende en cualquier tienda de cualquier ciudad de cualquier país occidental. Las tiendas bohemias de toda la vida, el mismo mercado de Candem, tan vintage en su época, se han convertido en una amalgama de tiendas donde todo es "made in China" y es imposible encontrar algo realmente original que traer de recuerdo. Las cadenas de restaurantes son las mismas en Canadá y en Madrid, el Zara de Santa Mónica en California tiene hasta las mismas luces y la misma ambientación que el de Vitoria, y el día que encuentre en una tienda o un puesto callejero una manualidad realmente hecha a mano voy a llorar de alegría. Es como si todo estuviera hecho con un mismo molde que alguien ha mandado fabricar, no vaya a ser que alguien se individualice y se salga de madre y tengamos una revolución cultural o algo, válgame dios, porque qué haríamos hoy en día con tanto hippie.

Y lo mismo que pasa con los artículos y los objetos pasa con las ideas. Alguien dice algo que parece tener un poco de fondo (aunque luego arañes la superficie y te des cuenta de que tampoco mucho) y todo el mundo se pone a repetir esa idea, a ampliarla, a darle vueltas hasta marearla, sin preocuparse siquiera por pararse a pensar por sí mismos. "Si lo ha dicho Fulanito o Fulanita, que tanto saben de esto, será cierto", pensamos, y lo damos por bueno. Cuando llega la ocasión de lucirnos, soltamos ese pensamiento que ya está tan manido que ha perdido el sentido y a nuestro alrededor todo el mundo asiente, sí, ya te digo, a qué está llegando el mundo. Después lo hilamos con otra barrabasada que hemos oído o leído o imaginado oír o leer, y ya tenemos conversación en la que todos y todas estamos de acuerdo. O no, que siempre hay algún disidente que lleva la contraria porque sí, sin saber de qué habla, solo porque se aburre.

Una de esas ideas es Finlandia. Finlandia como concepto, Finlandia como término genérico que engloba todo lo que anhelamos y con el que nos comparamos constantemente, sobre todo en términos educativos. Esta semana se me han abierto las carnes con el puñado de artículos cuyo título he ojeado en las redes y que no he querido ni abrir porque ya sentía la presión de la sangre detrás de los ojos y temía que se me saltaran. Según los titulares, el sistema educativo de Finlandia es mucho mejor que el nuestro por dos simples motivos: no hay deberes y no hay reválidas. Fíjate. Tanto rompernos la cabeza y resulta que, con no mandar deberes a casa y no hacer reválidas, ya está. La simplificación del problema en su grado máximo.

Yo, que si algo no soy es simple, no he podido resistirme a hacer un análisis más profundo de las diferencias entre Finlandia y el resto del mundo (que ya no es solo por la LOMCE, en Estados Unidos se comen las tripas con el país del norte también). No pretende ser científico, y tampoco es muy profundo y seguro que mucha gente me puede acusar de simplista, pero os aseguro que va a tener mucho más fundamento que muchas de las cosas que leáis por ahí, aunque por supuesto me puedo equivocar y os permito que me tiréis alguna piedra (de cartón, por favor) si lo hago. Vayamos por partes. (Aclaro que estoy hablando de la educación primaria y secundaria, no la universitaria.)

En Finlandia llevan con la misma ley educativa más de veinte años. 

Algo impensable en un país como el nuestro donde cada vez que cambiamos gobierno se cambia la ley de educación. Antes de que empecemos a ver los frutos que está dando, ya nos la han cambiado (de arriba abajo), sin darnos opción a arreglar lo que no está bien del todo y fortalecer lo que funciona. La educación no es un ordenador o un móvil, donde el modelo nuevo siempre es mejor; hablamos de niños y niñas, no de chips y procesadores. En Finlandia lo tienen en cuenta, y gobierne quien gobierne llegan a consensos por el bien de todos y todas.

El gasto en educación va subiendo todos los años. 

En Finlandia, en lugar de recortar, todos los años amplían el prepuesto de educación. Los profesores tienen un sueldo más que digno, están muy bien preparados, reciben formación que sirve de algo y están muy bien considerados en la sociedad. Todas las escuelas son públicas, no existen las privadas (y mucho menos las concertadas) y ninguna familia se pelea por entrar en una escuela o en otra porque todas son igual de buenas. No hay colegios con mal nombre porque todo el alumnado y el profesorado es idéntico en unos y otros. 
También tienen auroras boreales. Igual ese
es el secreto de su éxito.

El inglés es la segunda lengua y todo el mundo es bilingüe. 

Como me decía una chica rusa con la que hice un curso una vez, "en Finlandia se pasan con el inglés y van a terminar perdiendo su idioma" (no llegará la sangre al río, pensé yo), lo que hace que entendamos por qué les cuesta tan poco aprenderlo (y junto con él, dos o tres más). Cuando los críos llegan al colegio (por lo que tengo entendido, por más que no lo encuentro y no puedo probarlo, empiezan en primero, sin escuela infantil), ya saben inglés y ya saben leer y escribir, no empiezan de cero ni vienen de familias donde la frase más oída es "o veo la película o leo los subtítulos", que es lo que pasa en el noventa por ciento de las casas que conozco. Tampoco se doblan las películas, por ejemplo, y hay costumbre de estudiar un año fuera, como mínimo. Los intercambios en el instituto son muy comunes, algo que aquí solo hacen los niños de papá (y mamá).

Apenas hay inmigración.

Y no seré yo quien eche la culpa del estado de la educación a la inmigración, porque ya estaba jodida antes de la explosión migratoria de los últimos años, solo digo que es más fácil dar clase con un grupo cerrado donde todo el mundo habla el idioma a que te vengan niños y niñas a mitad de curso que no pueden comunicarse contigo (y a veces no han estado escolarizados en toda su vida). Ciertas zonas de las grandes ciudades tienen tendencia a atraer este tipo de alumnado, que a su vez convierte el colegio de la zona en uno con un gran número de inmigrantes, lo que suele gustar a las familias locales, que buscan subterfugios para no llevar a sus peques a esa escuela. Y el estado, en vez de echar una mano a estos colegios donde hay más necesidad, termina convirtiéndolos en ghettos, sus alumnos y alumnas no se integran y salen a la sociedad sin tener un solo amigo o amiga local. Luego nos sorprendemos cuando hay problemas de racismo y pensamos que qué estamos haciendo mal. Lógico.

La renta per capita es mucho más alta que en España. 

La inteligencia no va de la mano del dinero, pero las experiencias que reciben los niños y niñas sí. Si tú tienes un alto poder adquisitivo, vas a poder llevar a tu familia de vacaciones al extranjero, les vas a comprar más libros, podrás ir al cine con ellos, les vas a poder dar la ayuda que necesitan en términos de profesores particulares, etc. El nivel sociocultural y socioeconómico está muy relacionado con los resultados académicos; en un país en el que el grueso de la clase trabajadora no llega a fin de mes, las posibilidades de enriquecimiento cultural son mucho menores. Y encima, en lugar de ayudar a esas familias y aumentar el número de becas, aquí se recortan y se da prioridad a los que ya tienen ayudas para conseguir las mejores notas. Súper lógico todo. 

Finlandia tiene la tasa de suicidios más alta de Europa. 

Así que quizás no queramos parecernos tanto a ellos, al menos no en todo. Digo yo. 


Ojalá fuera tan fácil como quitar los deberes o librarnos de las reválidas. Ojalá en lugar de copiar modelos educativos que no funcionan (como el británico o el americano) copiáramos a los que lo hacen bien. Pero siempre es más fácil echar la culpa al otro, al que pone los deberes, al que hace las leyes. Porque claro, educar es una tontería que puede hacer cualquiera, basta con una carrera universitaria y algo de paciencia. No es algo que tengamos que hacer a nivel social, con cambios significativos, con una revolución a nivel básico. No, solo hace falta quitar los deberes. 

Os dejo con un extracto de la nueva película de Michael Moore donde se explican algunas de las cosas que he escrito yo, y muchas otras que me dejo. La crisis en educación es global. Todos los países copiaron el mismo modelo y ahora todos están fracasando. Menos Finlandia, que supo salir del bache. Ya es hora de que en el resto del mundo nos pongamos las pilas, pero vale ya de ser simplistas y mentir directamente. Los deberes no tienen la culpa del fracaso escolar, y las reválidas tampoco (más que nada porque todavía no han empezado).


De reinvenciones, ensayos y errores.

No sé qué tienen los lunes este año que me dejan literalmente para el arrastre. Quizás sean las cinco horas de clase, o las dos horas de formación que vienen después, o las compras que suelo tener que hacer siempre nada más salir del colegio porque nunca aprenderé a hacer la previsión de mi despensa bien y siempre me quedaré sin algo en casa antes del miércoles, que es cuando suelo hacer la compra tranquila. No lo sé; solo sé que este curso los lunes llego a casa sobre las siete y lo único que me mantiene despierta y en posición vertical es la promesa de una cena rica y quizás un par de capítulos del libro que me esté leyendo en ese momento. El año pasado, según salía de trabajar, llegaba a casa, cogía una manzana y los libros y me iba a una hora de alemán. Os juro que no me reconozco.
Esta soy yo con la pila de libros que
debería estar leyendo.

Y es que empiezo a pensar que estoy haciendo algo mal, que estoy desaprendiendo lo que una vez supe, que no he adquirido ni una sola habilidad didáctica en los últimos veinte años, porque no es normal que mi lista de deseos de Amazon tenga más libros sobre educación que de ficción. Me estoy haciendo una interminable lista titulada "libros que leer antes de jubilarme para que me sirvan de algo" (no confundir con "libros que leer antes de quedarme ciega", que tiene mucho que ver con "libros que leer cuando empiece con el Alzheimer" y que probablemente, y al paso que vamos con lo de la jubilación, serán listas bastante parejas en el tiempo) que empieza a tomar proporciones bíblicas. Los libros que quiero leerme abarcan temas relacionados con (pero no limitados a):

  • La inteligencia emocional.
  • La creatividad en el aula.
  • La adquisición de lenguas en un entorno comunicativo.
  • El uso de las tecnologías en el aula. 
  • El juego didáctico y su uso en el aula de Lengua Extranjera. 
  • Cómo ser maestra y no morir en el intento.
Viendo la lista de títulos, no puedo evitar una profunda reflexión: ¿qué cojones aprendí yo en magisterio si a estas alturas de la película estoy así? La respuesta es inmediata: aprendí a hacer unidades didácticas, habilidad que solo me ha servido una vez en mi vida (aunque fue para aprobar unas oposiciones, no está mal) porque ya vienen hechas en el libro de inglés/lengua/conocimiento del medio/matemáticas/etc. Vale, sí, bien, me digo, pero llevas veinte años dando clase, la experiencia es un grado, que se dice siempre. ¿Qué he aprendido yo en veinte años soltando la chapa delante de una pizarra? Veamos:
  • Sé hacer fotocopias con prácticamente cualquier fotocopiadora del mercado (hoy me han puesto una nueva y me he lucido). 
  • Sé plastificar y buscar imágenes en Google. 
  • Consigo, más o menos, que ningún niño o niña se fugue de clase mientras están bajo mi tutela.
  • He aprendido a ser severa sin que mis alumnos y alumnas me odien (que no es moco de pavo). 
  • Por fin he conseguido controlar mi mala leche (jajajajaja, no, esta es coña).
De todo lo demás empiezo a pensar que no tengo ni idea. Cada día que pasa, en lugar de sentirme más segura en mi trabajo, me surgen más dudas. No porque yo vea que mis alumnos y alumnas no aprenden (lo hacen a pesar del docente, como decía una compañera); no porque no vengan a clase motivados/as y con ganas de hacer lo que les digo; no porque el día a día con ellos y ellas me diga que me estoy equivocando. Dentro del aula soy la persona más segura de sí misma que existe. Tengo el don de atraer la atención de veinte niños y niñas de cuatro años, y de no perder en ensoñaciones a niños y niñas de doce. Puedo hacer que una cría que no habla ni inglés, ni castellano, ni euskera se interese por lo que estoy diciendo, y conseguir que una niña que no había dado inglés hasta cuarto alcance a sus compañeros y compañeras de clase (y supere a muchos) para cuando llegue a sexto. Pero ¡ay!, no sé nada de gamificación. No tengo blog de aula, no utilizo las TIC a todas horas, soy severa con ellos y ellas y exijo resultados; pongo malas notas a los que se las merecen (pero no mando deberes, así que los críos me adoran), levanto la voz en clase y pongo negativos si no entregan los trabajos a tiempo. "¡¿Qué dices, insensata?! ¿No has oído hablar de que no hay que frustrar a los niños? ¿No te ha dicho nadie que hay que dejarles escoger la tarea que ellos y ellas quieran hacer en cualquier momento? ¡Y no usas pizarra digital! ¡Y les "obligas" a hablar en inglés! ¡Y sigues un libro de texto! ¡Anatema! ¡Excomunión! ¡De vuelta a las trincheras, y que las dinosaurias como tú desaparezcan!"
He aquí las ruedas que pretendemos usar a veces
para conducir el Formula 1 que debería ser
la educación. 

Me pregunto si nuestros profesores y profesoras tenían las mismas preocupaciones cuando nosotras éramos crías. Yo estudié en una escuela bilingüe en euskera en una época en la que el único ejemplo de bilingüismo venía de Quebec, pero no recuerdo que nadie experimentara conmigo. Ahora, sin embargo, tengo la sensación de que todo es ensayo y error, todo es deprisa y corriendo, todo es "deja de hacer eso y prueba esto otro, que seguro que sale mejor". No digo yo que tengamos que cerrarnos a las nuevas metodologías (estoy deseando trabajar por proyectos, dar al alumnado la opción de aprender a su propio ritmo, sin tener que estar todo el día sentados y escuchando a la chapas de turno), pero tampoco podemos pretender reinventar la rueda cada mes. Ya he perdido la cuenta de cuántas horas he metido en casa intentado empaparme de nuevas tecnologías que me sirvan en el aula (cuando ni siquiera tengo pizarra digital en la clase de inglés), de trucos y maneras de dar plástica en inglés, de cómo conseguir que mis alumnos y alumnas amplíen su vocabulario sin necesidad de mandarles deberes (no porque esté de moda no mandarlos, sino porque en muchas casas son inútiles y solo provocan discusiones). Y estamos en octubre, señoras y señores. Que como siga a este ritmo, yo no llego a Navidad. Y eso que me gusta mi trabajo y no me importa hacerlo gratis (si me pagaran las horas que meto en casa, sería millonaria), pero una tiene sus límites. Y sus obligaciones fuera del aula. Que más de un día me he ido de casa sin dar de comer a los pobres gatos por estar pensando en todas cosas, y los pobres mininos no tienen culpa de nada. Si hasta de alemán me he tenido que borrar porque no me da la vida, oigan. 

Y claro, a todo esto, la casa sin barrer. ¿Qué voy a cenar hoy?

Dis is fútbol, sabes, de kiss is the pipol

Cualquiera que tenga contacto con niños y niñas pequeñas sabe bien que su reacción ante el cansancio puede ser muy diferente dependiendo de la criatura. Hay niños que se tiran al suelo y berrean, o se niegan a hacer nada en clase; otros pelean, pegan patadas, muerden; y hay algún loco o loca a quien le da por correr y comportarse de forma similar a la niña del exorcista en sus momentos álgidos, antes de caer rendidos en una silla o apoyar la cabeza en la mesa y, directamente, quedarse dormidos (más de uno y más de dos se han quedado dormidos en mi clase. Me da qué pensar). A veces estas actitudes nos engañan y nos hacen creer que son hiperactivos, o tienen problemas de adaptación, o vaya usted a saber. No, simplemente están agotados. Pero hay que saber interpretar las señales.

Yo, como trabajo con criaturitas de cuatro a doce años, he aprendido de todos ellos y he creado mi propia escalera de color a lo que a cansancio se refiere. Tengo dos extremos: o arranco la cabeza al primero que se me cruza, o encuentro graciosísimo tonterías que otras veces no me arrancarían una sonrisa y acabo llorando y con dolor de tripa. Hoy me he levantado más cansada de lo que me acosté; lo primero que he hecho al salir de la cama ha sido contar las horas que me quedaban para volver a acostarme, para que os hagáis una idea. He encendido el teléfono y me he encontrado un vídeo que me han mandado a las doce de la noche, cuando yo ya llevaba dos horas durmiendo. Ha sido verlo y empezar con la risa floja, y tal ha sido la gracia que me ha hecho que he terminado enseñándoselo a mis alumnos. Mañana, o cuando se me pase el cansancio, analizaré el hecho de que un entrenador de fútbol puede trabajar en Australia con ese nivel de inglés pero al resto de los mortales nos piden un B2 hasta para comprar el pan en Londres, pero hoy me he reído a gusto.


Después de dejar reír a la clase de sexto un rato, uno de ellos me ha pedido que les pusiera otro vídeo. Tal era mi agotamiento mental y físico que, aunque en otras circunstancias me habría hasta enfadado porque a alguien le hiciera gracia este vídeo, hoy he terminado literalmente doblada y llorando apoyada en una mesa mientras la clase se tiraba por el suelo. Menos mal que no ha pasado la inspectora por allí en ese momento. Vamos, menos mal que no ha pasado nadie, porque me quitan la plaza "en el ipso-facto", que diría alguno.


Y es que, cuando la semana se te echa encima con la rabia y las ganas con las que se me ha echado esta, no puedes luchar contra ella. Solo te queda rendirte ante el hecho de que no puedes con todo y reírte, que es la mejor medicina. Y si encima con eso consigues ser la profa guay por un día, pues mejor que mejor, ¿no?

17 de octubre, día de las escritoras



Ayer fue diecisiete de octubre, día de las escritoras, que no sé si es algo nuevo este año o es que yo no me había enterado. También, por lo que parece ser, octubre es el mes en el que la gente está leyendo a autoras con la intención de darles más visibilidad. Como siempre que a alguien se le ocurre reservar un día o un mes para algo, les ha faltado tiempo a algunos para salir diciendo que vaya tontería, que no hace falta, que las mujeres tienen su hueco en la literatura desde siempre y que para qué darles más bombo cuando copan el mercado y todo parece estar escrito para ellas, ¿pues no acaba Dolores Redondo de ganar el Planeta? (El premio literario, se entiende, no La Tierra. Es que no sería la primera vez que esta frase se me malinterpreta.) Sí, las mujeres leemos más que los hombres según la estadística, pero ¿hay más mujeres que hombres publicadas? Eso ya no está tan claro.

A mí la iniciativa me pareció simpática, pero desde el principio pensé que yo no iba a entrar en ella porque no me hacía falta. Sus defensores dicen que es una buena manera de darnos cuenta de hasta qué punto las autoras están relegadas a ciertos géneros y qué difícil es encontrar nombres femeninos en según qué secciones. Normalmente no nos fijamos en quién escribe lo que leemos, así que no estaba de más fijarnos durante un mes. Pero yo no, me dije, porque yo sí que me fijo, y trato de intercalar hombres y mujeres, igual que combino lecturas en castellano, euskera e inglés, o ir variando los géneros. Yo no necesito leer a mujeres en octubre porque la mayoría de mis lecturas están escritas por mujeres. Creo. Me parece. Juraría que.
Sí, a esta la conoce todo el mundo,
pero no es suficiente.

Por suerte, soy de esas personas que guarda un registro de todo lo que lee, y no me ha sido difícil comprobarlo. En lo que va de año, he leído 27 libros, y de ellos solo 10 han sido escritos por mujeres. Diez. Ni la mitad. Yo, convencida de que leía más a mujeres que a hombres, me he llevado un zasca en toda la boca que me ha dejado patitiesa. "Será solo este año, yo estoy convencida de que las leo más a ellas". Veamos el registro. 2015: 34 libros leídos, 15 autoras; 2014: 33 libros leídos, 12 autoras;  2013: 36 libros leídos, 16 autoras. En ningún año me acerco siquiera a la mitad. Es más, si me fijo en los nombres veo autoras que se repiten todos los años: Zadie Smith, JK Rowling (y su versión masculina, Robert Galbraith, que he contado como mujer), Alice Munro, Virginia Wolf. Solo ellas suman tres cuartas partes de las autoras que leo, y muchos de sus libros los he leído varias veces (y apuntado cada vez). ¿Dónde está la superioridad numérica esa de la que tanto nos hablan? ¿No dicen que publican más mujeres que hombres? Sin embargo, si hacemos un pequeño análisis de lo que hay en venta en las librerías, como hizo ayer Iria G. Parente, nos damos cuenta de que no es verdad: de 782 libros que llegó a contar Iria (con un análisis detallado de cada género, como veréis en su hilo de Twitter), solo 251 estaban escritos por mujeres. A mí, cuando menos, me ha llamado la atención: me habían hecho creer algo muy distinto, y a la vista está que no es cierto.

Pensar que Zadie Smith tiene mi edad me deprime
lo que no está escrito.
¡¿QUÉ ESTOY HACIENDO CON MI VIDA?!
El día de ayer me paré también a pensar en un detalle, y es que la mayoría de las autoras que son conocidas a nivel de calle (no todo el mundo conoce a Zadie Smith, aunque no entiendo por qué, debía ser lectura obligatoria para ser persona) son escritoras de literatura de género. Sí, Dolores Redondo, Patricia Highsmith, JK Rowling son conocidas, pero son de un género concreto y poca gente es capaz de nombrar escritoras que poner a la altura de un Julian Barnes o un García Marquez, por mentar a alguien en castellano (y no, Isabel Allende NO). A mí ahora, sin pensar demasiado y con el rabillo del ojo en mi biblioteca, se me ocurren Alice Munro, Toni Morrison, Margaret Atwood y Zadie Smith (SÍ, SMITH TAMBIÉN). ¿Joyce Carol Oates, quizás? (No he leído nada suyo, no la conozco.) ¿Y en español? ¿Ana María Matute? (No es una pregunta retórica: os agradecería la ayuda, porque siempre ando buscando autoras en español de un nivel un poco alto y solo encuentro históricas.)

A mí, de entrada, el 17 de octubre me ha servido para hacer una reflexión. Si, como he leído por ahí, las editoriales aún ponen pegas a libros firmados con nombre de mujer, será que quizás las cosas no son tan bonitas como nos las han hecho creer. Si nosotras leemos más, ¿no es de cajón pensar que también escribimos más? ¿Dónde están las mujeres? En mi biblioteca, desde luego, aún hay huecos libres.

Frases de niños/as (I)

Todo el mundo sabe que la sinceridad de los niños y niñas no conoce límites. Algunos desarrollan el sentido de la ironía y el sarcasmo desde jovencitos, otros aprenden a mentir con gran facilidad, pero lo normal es que te suelten lo primero que les pasa por la cabeza, y nunca es algo que diría un adulto. Si a esto le sumamos su peculiar visión del mundo y su percepción del tiempo, comprenderéis que raro es el día que no sonrío o peor, suelto una carcajada delante de toda la clase, lo que suele llevar al caos absoluto y a mi completa desesperación. 

Como soy muy consciente de que tengo uno de los mejores trabajos del mundo (por más que me queje constantemente), he pensado que sería buena idea abrir en el blog una sección con frases de niños y niñas, porque la verdad es que tengo para escribir un libro y, como no las apunte, se me van a olvidar. Luego si eso haré una sobre frases de padres y madres, que esas son también de mear y no echar gota.

Os dejo hoy con unas pocas perlas que he acumulado este año (estamos a trece de octubre, que no se os olvide). Como sigamos así, saco un libro antes de Navidad.

                                    

Primera clase de inglés en el aula de cuatro años. Les leo un cuento en inglés y cambio al euskera para explicarles que, a partir de ahora, siempre que me vean vamos a hacer inglés, y que después del cuento vamos a ir al rincón de plástica.
--Vamos a dibujar, a hacer manualidades, a pintar... Todo en inglés, porque cuando esté yo es en inglés. ¿De acuerdo?
Todos gritan de alegría y allá nos vamos, al rincón de plástica, donde el niño más formal de la clase coge un papel, coge las pinturas, se sienta y me mira, expectante. El resto se ha puesto ya a hacer un dibujo y él no se mueve.
--Txiki, ¿qué pasa? ¿No sabes qué dibujar?
--Es que yo no sé dibujar en inglés.
La madre, el tutor y yo nos llevamos riendo un mes.

                                    

Clase de plástica con los de cuarto. Dibujo libre. Un grupo discute sobre algo y me llaman para aclarar una duda.
--Ruth, tú que eres una mujer del pasado, ¿cómo se llaman esos coches que tienen una estrella?
--Eh... ¿Mercedes?
--Sí, eso, los coches antiguos esos.


                                   

Mismo niño de la anécdota anterior (es que es genial). Estoy con un grupo pequeño de niños y niñas comentando qué quieren ser de mayores, qué van a estudiar. Hablamos de ser psicólogo, de ser abogada, médica, etc. Él sacude la cabeza.
--Yo no me voy a complicar, que todo eso es muy difícil. Yo algo sencillo. Maestro o así, me gusta vivir tranquilo.
Pues vas dado, querido.


Y luego me sorprendo de tener arrugas en la cara. ¡Si son de reír!

Confesiones de una maestra seriéfila

Veo muchas series. Quizás no muchas en el sentido de mucha cantidad ("¿y qué otro sentido hay, Ruth, so lista de las narices?"), sino en que siempre ando viendo alguna serie. Algunas las he visto varias veces (Lost y Six Feet Under, media docena cada una). Hago maratones. Ahora mismo, por ejemplo, me ha dado por Castle, serie que no terminé de ver porque me empalagaba la pareja protagonista y que he empezado desde el principio (qué buenas son las primeras cuatro temporadas, cuando el rollito entre ellos todavía es creíble). Hay diálogos que me sé de memoria ("we have to go back, Kate!"), y a veces me doy cuenta de que los represento en clase. Por ejemplo, estos días, en los que ha coincidido que hemos llegado a la página siete del libro en varias clases.

--Open your books at page seven.
--¿Qué?
--Open your books at page seven.
--¿Qué página ha dicho?
--Seven. Page seven.
--One, two, three, four, five... Eso es ocho, ¿no?
--Seven --escribo el número en la pizarra--. Page seven. Seven.
--Five?
--Seven. SEVEN. ¡SEVEN! --Ruth levanta siete dedos y la clase, por fin, abre el libro.

Y entonces me echo a reír. La clase me mira raro, pero yo no puedo evitarlo. Y es que cada vez que les pido que hagan algo con el número siete, me acuerdo de esta escena y no puedo evitar la carcajada.


Sí, soy lo peor.


Ya es homofobia en El Corte Inglés



Escribo esta entrada con recelo, porque cuanto más leo sobre lo que ha pasado estos últimos días con la campaña publicitaria de El Corte Inglés y la petición del grupo Hazte Oír de retirarla, más a chamusquina me huele este asunto. Y es que hay que ser muy gilipollas para hacer un anuncio donde una familia con dos padres forra los libros del chiquillo tan plácidamente y anularla a las primeras de cambio porque 20.000 orangutanes retrógrados se han sentido ofendidos. En los tiempos que corren, estas cosas solo se hacen para llamar la atención, y la verdad es que la propaganda que le estamos haciendo entre todos a la cadena del triangulito verde no se paga con dinero. Bien es cierto que es propaganda de la mala, de la que les pone a parir, de la que amenaza con boicots, pero ya decía aquel que no hay propaganda mala, y que mejor quince minutos en el candelero por algo malo que cincuenta años en la sombra con tus buenas obras. Organizar una campaña lleva tiempo y dinero, y cancelarla de la noche a la mañana digo yo que supondrá una pasta. ¿No se olían que no a todo el mundo le iba a gustar? Cuando haces algo así, ¿qué otra razón tienes si no pisar callos y juanetes y destacarte como "progre" y "moderno"? ¿Y lo cancelas por cuatro tontos del haba? Aquí huele a mierda, señores.

Lo peor es que no se me ocurre cuál ha podido ser la intención de la marca para hacer caso a lo más rancio del populacho. Popularidad no es que se esté llevando, porque la gran mayoría hemos amenazado con no comprar allí. Hacerse oír, sí (vaya ironía, ¿no?), pero ¿les sale a cuenta? Quizás hayan querido posicionarse entre las familias "de toda la vida" con "valores tradicionales" (o sea, a los votantes de VOX y La Falange, porque ya ni en el PP, que Alfonso Alonso se casó con Rajoy de invitado), pero no sé, me da a mí que por ganar cuatro están perdiendo cuatrocientos. ¿Puede ser que los dirigentes hayan puesto sus creencias homófobas por encima del suculento beneficio que hubiera supuesto ser gay friendly? ¿Se pueden tener "valores" tan férreos cuando te arriesgas a perder millones? No lo sé. No entiendo nada. Solo sé que me choca muchísimo que una megaempresa como El Corte Inglés la haya cagado de semejante manera. Algo hay detrás.

Yo, de momento, he firmado la petición para la que vuelva la campaña, aunque dudo mucho que sirva de algo. Me da a mí que es como hacer un Change.org para que la COPE eche a Los Santos. También me he propuesto no volver a comprar nada allí, y mira que me jode, porque lo tengo bien cerca de casa y me es muy cómodo tenerlo todo en el mismo sitio, pero me creo que les va a joder más que una funcionaria soltera y sin cargas familiares con poder adquisitivo por encima de la media deje de ser su cliente que una triste firma electrónica. Aunque llevo años boicoteando a Nestlé y no se han enterado, así que supongo que algo debo estar haciendo mal. No será por no intentarlo.

La maravilla de Internet


Llevo muchos años con un blog abierto (creo que este hace diez este año, o los ha hecho ya, vamos) y bastantes en las redes sociales, aunque no fui de las primeras en meterme en ninguna de las dos cosas. Estos días me estoy dando cuenta de que he tenido una suerte tremenda, porque rara vez me he encontrado con un troll o un anónimo de esos que te machacan la cuenta de Twitter o te inundan el blog con comentarios negativos; creo que una vez tuve uno, que no llegaba ni a troll, a quien espanté poniendo el control de los comentarios en marcha. Si alguien me toca las narices en Twitter, lo bloqueo o dejo de seguir, porque no me gusta crear polémica con tonterías. Insisto, rara vez me ha pasado. He tenido suerte.

Yo creo que es porque mi interacción en la red es la que espero de los demás, o sea, una relación de beneficio mutuo. Si lo que escribes me interesa y me parece que añade valor a mi vida y a la de los demás, voy a compartirlo siempre que pueda; si puedo hacerte un favor con un solo clic, cómo decirte que no. Eso de que "siembra y recogerás" se percibe también en las redes sociales o en los blogs, donde prestas más atención a esa persona que, sin conocerte de nada, ha compartido algo que tú has dicho, o ha comentado, o ha indicado que era interesante de alguna manera. No es favor por favor, o al menos yo no lo entiendo así. No es un "me sigues y te sigo", es un "te sigo porque me interesas y quizás yo también te interese, porque tenemos formas de pensar muy parecidas". Y así vas haciendo una pequeña familia, y llega un momento en el que te das cuenta de lo maravilloso que es tener esa pequeña familia en Internet.

Ese momento ha llegado para mí estos últimos días. El viernes, la estupendísima Dsdmona, a quien "conozco" virtualmente desde que abrí el blog, tuvo a bien escribir una reseña sobre Armarios y fulares en su blog. Me hizo una ilusión especial porque tenemos unos gustos muy parecidos en lo que a libros se refiere y coincidimos en muchos otros temas (ergo, nos seguimos mutuamente, claro). Además era la primera vez que alguien compartía su opinión del libro en la web, y no tuve que correr a esconderme bajo ninguna piedra. No estoy acostumbrada a que la gente me diga lo que piensa de mis escritos, pero con Dsdmona la experiencia fue genial. Cómo no quererla.

Y el lunes (el día que escribo esta entrada) llegó la reseña de Hedwig Kudo para Bloggerizados, un blog de reseñas que os recomiendo si estáis buscando nuevas lecturas (igual que el de Dsdmona, claro). Les escribí pidiéndoles el favor de reseñar la novela sin que me conocieran de nada, ni nos seguíamos ni habíamos intercambiado nunca ningún mensaje (aunque yo ya tenía fichado el blog desde hacía meses), y Hedwig me hizo el favor no solo de leerse el libro y darme su opinión (algo muy valioso cuando no has tenido una editorial que te diga que sí, que tu libro tiene calidad suficiente para ser publicado), sino de publicarla en el blog. Y encima es una señora reseña que me ha hecho una ilusión tremenda, porque, al igual que Dsdmona, ha captado cosas que yo ni siquiera era consciente de estar escribiendo.

Por supuesto, la gente que me conoce personalmente también me está dando su opinión, igualmente válida aunque no sea pública porque lo que yo busco ahora es saber si he hecho las cosas bien, pero el hecho de que gente que no me conoce, que no me debe nada, que no sabe de mí más que mi nombre haya hecho un esfuerzo por ayudarme significa mucho para mí. Y desde aquí quiero mandarles un beso a las dos, y a todas aquellas personas (como la compañera de trabajo esta mañana, que me ha hecho subir las escaleras a saltitos) que me está diciendo lo mucho que les gusta y lo están disfrutando. De verdad, no os hacéis una idea de la ilusión que me hace.

Eskerrik asko guztioi! ¡Gracias! Thank you! Gràcies!