Lecciones

Los niños ya se han ido de veraneo (o, como mucho, a las colonias de día que se organizan en los centros), pero las profesoras seguimos al pie del cañón hasta el viernes, día en el que se repartirán abrazos, adioses y hasta la vistas, y algún otro "anda y larga pa'llá que no quiero volver a verte el pelo mientras viva". Este curso de cambios me ha traído cosas buenas y malas, pero yo, que soy optimista por naturaleza, he decidido que solo me voy a quedar con las buenas (sin olvidar las malas, porque eso sería estupidez). Durante estos nueve meses he aprendido o certificado que:

  • Lo peor de mi trabajo son los padres (algunos, dejémoslo ahí), y lo mejor, con mucho, los niños y niñas. Por suerte, el noventa por ciento de mi tiempo lo paso con los y las peques, si no me volvería loca. 
  • Se puede coger manía a un niño o niña, igual que se les puede tener pelota a otros y otras. Es ley de vida, no se puede evitar. Lo importante es darse cuenta y saber compensar, y que los dos se vayan, cuando menos, con la misma nota y el mismo trato (a ser posible, que a veces no lo es).
  • Hay gente que debería trabajar un par de meses en la mina para darse cuenta de la suerte que tiene al ser profesor de primaria. Hay gente que debería quedarse muda una temporada y dejar de dar la murga. Hay gente que debería dedicarse a otra cosa en lugar de ser maestra. 
  • Ninguna maestra es perfecta, pero las hay buenas y malas. La única diferencia es que las buenas saben que no son perfectas y se esfuerzan en mejorar, y las malas, o bien se creen perfectas, o saben que no lo son pero les da igual y encima se sienten orgullosas de sus defectos. 
  • No hay cosa peor que una maestra racista. Bueno, sí, una maestra racista que encima alardea de ello y se lo deja ver a sus alumnos y alumnas (sobre todo a los y las inmigrantes). 
  • Guardar rencillas en el trabajo solo sirve para amargar el día al que las guarda. Aquel contra el que sientes enemistad seguro que no se entera de nada. 
  • Igual que una sola persona puede amargar el ambiente, una sola persona también puede mejorarlo. No siempre se puede ser esa persona, pero hay que intentarlo.
  • Sigo teniendo el mejor trabajo del mundo. Sigo siendo afortunada. Sigo queriendo ser maestra para el resto de mi vida (aunque haya días que reniegue de ello, como todo el mundo). 
  • La Rioja alavesa es mucho más bonita los fines de semana y en vacaciones que de lunes a viernes y por cuestión de trabajo. Esto es un hecho empíricamente comprobado.
Como dijo alguno por ahí, esto es así y no hay más. Quizás solo sea así para mí, pero ¿acaso importa lo que piensen los demás? En este caso, va a ser que no. 

Y sale el sol, y se atisba el buen tiempo, y quizás tengamos el julio cálido que nos ha sido negado en junio y en mayo...

Del trabajo más fácil del mundo o cómo dar a luz te convierte en jubilada.



Últimamente me siento muy identificada con los obreros de la construcción, y no precisamente por cómo levantan sacos, preparan cemento o ponen ladrillos con este calor, sino por el público especializado que les rodea y les dice todo lo que están haciendo mal. El otro día pasé junto a una obra y oí a uno de los jubilados gritarle al peón que hacía cemento que estaba echando demasiada arena y que no le iba a coger bien la masa. El currante, que sudaba la gota gorda, ni se giró, pero frunció la cara entera en un gesto de “me voy a callar, abuelo, por que si no el que termina dentro del tanque eres tú” que expresó más que mil palabras. Igual el abuelo fue peón en sus tiempos, igual era jefe de obra, igual era arquitecto, pero me da a mí que solo era uno de esos miles de jubilados que ha logrado el título de ingeniería a los sesenta y cinco, cuando los días son largos y no hay más que hacer que sacar fallos. 
Algo así me pasa a mí, o, más concretamente, a mis compañeras tutoras. Estos días de fin de curso se están reuniendo con los padres y madres para dar las últimas explicaciones sobre el curso, contarles cómo acaban sus angelitos y angelitas y qué pueden hacer para ayudarles durante el verano si es que necesitan un refuerzo. Conozco a profesoras que se han puesto enfermas y han venido a clase con pupas de fiebre por la presión que esto supone, y no estoy hablando de gente joven que lleve solo un par de años en esto. Una de ellas, después de hablar con una madre en concreto, se ha pasado tres días andando como Robocop por una contractura en la espalda que se ha convertido en una tortícolis bestiaja-animal. Sé de gente que apenas ha comido en una semana, y gente que te dice que necesita una manzanilla antes de entrar a la reunión. A alguien que no conozca el mundo de la educación, esto le puede parecer exagerado, pero os juro que no me invento nada. Las reuniones con los padres son lo más difícil de nuestro trabajo. Con diferencia. 
¿Pero acaso no jugáis todos para el mismo equipo?, os preguntaréis muchos y muchas. Sí, pero ay, nosotras no tenemos a sus hijos e hijas como los dioses que sus padres y madres creen que son. De hecho, nosotras debemos tener problemas de visión, porque en nuestras clases sus peques se convierten en la antítesis de lo que son en casa y cuando hablas con mamá y papá parece que estéis hablando de dos personas distintas. ¿Que mi hijo habla mucho? Imposible, si en casa no dice una palabra (normal, piensa la tutora, porque tú no callas y seguro que no le das tiempo). ¿Pegar? No, no, ni hablar, mi hijo no ha pegado en su vida, me hijo es un ángel. Sí, ya sé que no ha hecho los deberes, pero es que se le ha perdido el estuche y le he dicho que no los haga hasta que no aparezca (???, pero verdad como la vida misma). Dejaos de tanta pizarra digital y hablad más de la inteligencia emocional. ¿No veis que un niño que se porta mal es porque no se gusta a sí mismo? Inteligencia emocional, es la respuesta (menos para su hijo, debe ser). ¿Repetir? No, no, esperamos dos años más. ¿Que ya esperamos en segundo y sigue igual? Pero dos años no es mucho tiempo, ¿no?, total, ya que acabe primaria. Y si no, lo cambio de colegio. No, no tengo matrícula hecha en ningún otro sitio, pero no lo van a dejar en casa, digo yo.
Pelea tras pelea tras pelea. Dar clase en estos días es casi una liberación. Si siempre he creído que lo mejor de mi trabajo son los niños, estos días estoy más convencida que nunca; sobre todo cuando, para celebrar que es la última clase del año, saco los globos al patio y me paso cuarenta minutos corriendo con los niños de cuatro años sin importarnos cómo se dice salón en inglés o si estamos cumpliendo con alguna competencia que no sea la social. Porque esa también cuenta, sobre todo cuando los días son cálidos y el cielo no amenaza lluvia.