Estamos dando historia en sociales. Hemos empezado el libro por detrás para que nos dé tiempo a dar los temas que suelen ser un poco más rollo, y no dejarlos para el final del curso. Estos días hemos mencionado mucho la dictadura, Franco y demás historias. Yo les he comentado a los chavales que nací el mismo año que murió Franco, una semana antes, para ser exactos. Les he asegurado que si recuerdan que en 1975 se acabó la dictadura y nació la mejor profesora del mundo mundial, les subo la nota en el examen.
Hoy estábamos haciendo una línea temporal de repaso. Yo soltaba la chapa en la pizarra y los niños coreaban, con más o menos acierto, las respuestas.
-A ver, ¿qué hubo en 1931?
-La repúúúúública.
-¿Y en 1936?
-La guerra civiiiiiiiil.
-¿Y en el 39?
-La dictaduuuuura.
-¿Y qué llegó en el 75?
Yo esperaba que todos contestaran "la democracia", pero la clase ha gritado:
-¡Ruth!
Del ataque de risa que me ha dado, no he podido seguir con la clase. Eso les pasa por escucharme.
Se acerca...
¡Ay, qué ganas tengo de ver esta peli, madre! Aunque la hayan retrasado, aunque no se parezca en nada al libro, parece que han mantenido la única, ÚNICA escena que yo considero fundamental...
Ahora solo espero que el "fight back, you coward!" se lo esté diciendo a Snape, porque sino va a ir a ver la peli Rita la Cantaora...
Ahora solo espero que el "fight back, you coward!" se lo esté diciendo a Snape, porque sino va a ir a ver la peli Rita la Cantaora...
¿Crisis? ¿Qué crisis?
El que deja de hacer cosas por falta de dinero, es porque quiere.
Tengo dos amigos (llamémoslos Elvis y Priscilla, por respeto a su anonimato) cuyo sueño ha sido siempre casarse en Las Vegas. Pero claro, la gracia de una boda en Las Vegas es poder llevarte a tus amigos para que lo celebren contigo, y estando las cosas como están eso era poco menos que imposible. Parecía que la unión pecaminosa y libidinosa que habían mantenido durante los último diez años iba a continuar por lo menos otros diez; la crisis, el dólar, el euribor y la santa madre iglesia no hacían más que poner trabas. El viaje a Las Vegas era imposible. ¿Cuál podía ser la solución?
Por supuesto, traer Las Vegas a Vitoria. Más exactamente, al salón de su propia casa.

Así que ahí tenéis a la feliz pareja, rodeados de sus más allegados en una íntima ceremonia en la que aquí la menda (atea a ultranza) se plantó el alzacuellos para casarles como dios manda, en inglés y con subtítulos, que tampoco era cuestión de perder a los invitados. Como en cualquier boda que se precie, hubo banquete, champán, lanzamiento de ramo e intercambio de pelucas, y sobre todo ciego impresionante y resaca de campeonato al día siguiente (dos kilos perdí, ¡dos!). Pero el objetivo está cumplido: Elvis y Priscilla son marido y mujer ante los ojos de su gato y en nombre de La Pasionaria. Ya no van al infierno. Ya pueden pedir pensión de viudedad. Ya pueden lucir el anillo (uno lo lleva en el dedo índice y la otra en el corazón, no hay manera) y decir que es una alianza símbolo de su amor eterno.
Que ya están casados, vamos.
Tengo dos amigos (llamémoslos Elvis y Priscilla, por respeto a su anonimato) cuyo sueño ha sido siempre casarse en Las Vegas. Pero claro, la gracia de una boda en Las Vegas es poder llevarte a tus amigos para que lo celebren contigo, y estando las cosas como están eso era poco menos que imposible. Parecía que la unión pecaminosa y libidinosa que habían mantenido durante los último diez años iba a continuar por lo menos otros diez; la crisis, el dólar, el euribor y la santa madre iglesia no hacían más que poner trabas. El viaje a Las Vegas era imposible. ¿Cuál podía ser la solución?
Por supuesto, traer Las Vegas a Vitoria. Más exactamente, al salón de su propia casa.

Así que ahí tenéis a la feliz pareja, rodeados de sus más allegados en una íntima ceremonia en la que aquí la menda (atea a ultranza) se plantó el alzacuellos para casarles como dios manda, en inglés y con subtítulos, que tampoco era cuestión de perder a los invitados. Como en cualquier boda que se precie, hubo banquete, champán, lanzamiento de ramo e intercambio de pelucas, y sobre todo ciego impresionante y resaca de campeonato al día siguiente (dos kilos perdí, ¡dos!). Pero el objetivo está cumplido: Elvis y Priscilla son marido y mujer ante los ojos de su gato y en nombre de La Pasionaria. Ya no van al infierno. Ya pueden pedir pensión de viudedad. Ya pueden lucir el anillo (uno lo lleva en el dedo índice y la otra en el corazón, no hay manera) y decir que es una alianza símbolo de su amor eterno.
Que ya están casados, vamos.
Best sellers
La literatura que más se vende parece llevar siempre el sanbenito de mala. Todo aquel libro que venda más de X copias es acusado de seguir un patrón, un "one size fits all" que a muchos les parece denigrante y nocivo para la literatura. Se acusa a la mayoría de la gente de no tener gusto leyendo, de elegir libros facilones, libros que yo llamo de "encefalograma plano". Pero, ¿hasta qué punto tiene la culpa el consumidor?
Para empezar, los libros no son baratos. Cuando una persona con presupuesto ajustado va a comprar un libro, se basa en las experiencias de otros que hayan leído ese libro, porque no se va a lanzar a la aventura y gastarse veinte eurazos en un completo desconocido. Si hay mucha gente que lo ha comprado y de esa gente un pequeño porcentaje le da buenas críticas, adquirir ese libro parece una inversión segura. Quizás no sea una obra de arte, pero con que no nos obligue a cerrarlo por la mitad nos conformamos; es como ir al cine y quedarte dormido viendo una película muda japonesa con la que te atreves por probar algo nuevo (aquí la menda, que se las da de friki pero no lo es tanto), en lugar de tragarte una comedia romántica que no te convierte en un lumbrera pero te entretiene un rato. Porque para eso leemos (o, al menos, para eso leo yo), para entretenernos, aunque supongo que alguno habrá que lea para poder decir que ha descubierto a tal o cual autor, al que conocen solo en su pueblo a la hora de comer pero que nos hace quedar muy bien.
Y luego está la distribución de esos libros. Yo, lo confieso, me dejo llevar por las portadas, los títulos y la síntesis de las contraportadas, pero sobre todo me llama la atención la colocación del libro. Si tengo que girar el cuello para buscar un título en una estantería repleta de volúmenes tan ajustados que es difícil sacar uno sin tirar tres, seguramente no lo compre. Si me lo presentan en una mesa, con un cartel bien grande que llame mi atención, sin envoltura que valga y con una pegatina que proclama "20% de descuento" (aunque sea mentira), hay más posibilidades de que lo adquiera. Qué le vamos a hacer, me gusta ojear en las librerías, pero ando justa de tiempo y no me gusta cansarme. Soy vaga. Me va lo fácil. Y como yo, cientos de miles de personas.
Las editoriales con poder adquisitivo colocan sus libros en las mesas y las que no lo tienen, en las estanterías. El rico se hace más rico y el pobre se queda como estaba. Los bestsellers venden más porque se ven más, no necesariamente porque la gente no sepa distinguir entre lo bueno y lo malo. La distribución lo es todo. Saber vender lo es todo. Y yo, lo siento mucho, seguiré leyendo bestsellers y colando algún experimento -que, por cierto, suelen salirme rana-, porque si el próximo libro que me compro se parece lo más mínimo a Mil Soles espléndidos o Middlesex, me merecerá la pena. Que alguno hay también que se escapa y nos alegra el día a los lectores más remolones.
Para empezar, los libros no son baratos. Cuando una persona con presupuesto ajustado va a comprar un libro, se basa en las experiencias de otros que hayan leído ese libro, porque no se va a lanzar a la aventura y gastarse veinte eurazos en un completo desconocido. Si hay mucha gente que lo ha comprado y de esa gente un pequeño porcentaje le da buenas críticas, adquirir ese libro parece una inversión segura. Quizás no sea una obra de arte, pero con que no nos obligue a cerrarlo por la mitad nos conformamos; es como ir al cine y quedarte dormido viendo una película muda japonesa con la que te atreves por probar algo nuevo (aquí la menda, que se las da de friki pero no lo es tanto), en lugar de tragarte una comedia romántica que no te convierte en un lumbrera pero te entretiene un rato. Porque para eso leemos (o, al menos, para eso leo yo), para entretenernos, aunque supongo que alguno habrá que lea para poder decir que ha descubierto a tal o cual autor, al que conocen solo en su pueblo a la hora de comer pero que nos hace quedar muy bien.
Y luego está la distribución de esos libros. Yo, lo confieso, me dejo llevar por las portadas, los títulos y la síntesis de las contraportadas, pero sobre todo me llama la atención la colocación del libro. Si tengo que girar el cuello para buscar un título en una estantería repleta de volúmenes tan ajustados que es difícil sacar uno sin tirar tres, seguramente no lo compre. Si me lo presentan en una mesa, con un cartel bien grande que llame mi atención, sin envoltura que valga y con una pegatina que proclama "20% de descuento" (aunque sea mentira), hay más posibilidades de que lo adquiera. Qué le vamos a hacer, me gusta ojear en las librerías, pero ando justa de tiempo y no me gusta cansarme. Soy vaga. Me va lo fácil. Y como yo, cientos de miles de personas.
Las editoriales con poder adquisitivo colocan sus libros en las mesas y las que no lo tienen, en las estanterías. El rico se hace más rico y el pobre se queda como estaba. Los bestsellers venden más porque se ven más, no necesariamente porque la gente no sepa distinguir entre lo bueno y lo malo. La distribución lo es todo. Saber vender lo es todo. Y yo, lo siento mucho, seguiré leyendo bestsellers y colando algún experimento -que, por cierto, suelen salirme rana-, porque si el próximo libro que me compro se parece lo más mínimo a Mil Soles espléndidos o Middlesex, me merecerá la pena. Que alguno hay también que se escapa y nos alegra el día a los lectores más remolones.
Chupópteros
¿Hay algo más desalentador que una compañera de trabajo a la que no le guste su trabajo? ¿Hay algo peor que llevar treinta años haciendo algo que elegiste sólo porque tus amigas estudiaban esa carrera y decidiste que no querías estudiar sola? ¿Hay algo que chupe más energías que hablar con una persona que todo lo ve negro, para lo que todo es negativo y que no quiere aventurarse en nada nuevo porque ya ve la jubilación cerca?
Odio los chupópteros. Me dejan sin energías.
Odio los chupópteros. Me dejan sin energías.
Memorias
Mi bisabuelo era jefe de estación, lo que significaba que la familia se movía siempre de un lado para otro. Eran tres hermanos, dos chicas y un chico, y la menor, mi tía abuela, tenía obsesión por los gatos. No valían de nada las protestas de su padre, las amenazas de su madre o las envidias de sus hermanos, siempre se las arreglaba para encontrar un gatito nuevo que llevarse a casa en cuanto llegaban a su nuevo hogar. Me pregunto qué haría con ellos cuando tuvieran que mudarse. Conociéndola, seguro que los dejaba en familias con muy buenas referencias.
Mi tía abuela fue funcionaria, franquista, extremadamente religiosa y soltera hasta su buen medio siglo. No tuvo hijos, pero quiso a sus sobrinos como si lo fueran y se convirtió en la tía molona que se los llevaba de veraneo y los presentaba en los círculos de gente bien que conocía. Nunca faltaron gatos en su casa, ni una criada (como ella las llamaba, porque no era muy dada a los eufemismos banales). Cuando cumplió cincuenta, se casó. Todos creyeron que lo hacía por no estar sola, por tener a alguien que cuidara de ella. Murió a los setenta y tantos; tres meses después se fue su marido. Quizás sí fuera amor, después de todo. El gato se lo quedó Anastasia, la criada de noventa años que había acompañado a mi tía los últimos veinte. Aunque ella insistía en llamarla criada, nosotros sabíamos que era más amiga que empleada. ¿Lo sabrían ellas también?
Mi tía abuela fue funcionaria, franquista, extremadamente religiosa y soltera hasta su buen medio siglo. No tuvo hijos, pero quiso a sus sobrinos como si lo fueran y se convirtió en la tía molona que se los llevaba de veraneo y los presentaba en los círculos de gente bien que conocía. Nunca faltaron gatos en su casa, ni una criada (como ella las llamaba, porque no era muy dada a los eufemismos banales). Cuando cumplió cincuenta, se casó. Todos creyeron que lo hacía por no estar sola, por tener a alguien que cuidara de ella. Murió a los setenta y tantos; tres meses después se fue su marido. Quizás sí fuera amor, después de todo. El gato se lo quedó Anastasia, la criada de noventa años que había acompañado a mi tía los últimos veinte. Aunque ella insistía en llamarla criada, nosotros sabíamos que era más amiga que empleada. ¿Lo sabrían ellas también?
Teoría de la literatura
Mi única asignatura en castellano este año es Teoría de la Literatura, y es, paradójicamente, la más incomprensible de las cinco que he cogido este curso. Los libros son dificilísimos de entender, utilizan un metalenguaje muy por encima de mis posibilidades y me cuesta una barbaridad leer y entender cada página del libro. Aún así, cuando por fin consigo entender lo que se me intenta explicar, me gusta.
El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?
Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.
¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?
El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?
Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.
¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?
Baja preventiva
No he leído mi horóscopo estos días, pero seguro que debe poner algo como "serás propensa a los accidentes, guarda una tirita en el bolsillo por si acaso". El lunes me caí por las escaleras y me golpeé la espalda con seis peldaños. Ayer fui a cortar un trozo de chocolate negro y casi me cerceno el dedo. Esta mañana, al venir andando a trabajar con mis botas nuevas con un poquito de tacón, me he torcido el tobillo en una grieta de la acera.
No sé si ir pidiéndome la baja ya, para adelantar los trámites.
No sé si ir pidiéndome la baja ya, para adelantar los trámites.
Tiempo

Últimamente ando metida en un millón de cosas, y como siempre que esto pasa me da la sensación de que no llego a nada. Aún no es estrés, pero sí noto que lo será pronto a este ritmo. La cabeza me bulle con ideas que quiero poner en práctica y, por una vez, no estoy saboteándome a mí misma diciéndome que no voy a ser capaz, con lo que las pocas horas libres que tenía (ese ratito de después de cenar) se han convertido en momentos productivos, por no hablar del camino al trabajo o el momento antes de dormirme. Cuando no hago, pienso en hacer y después lo hago. Es un buen cambio, pero no voy a llegar a diciembre si sigo así.
Ayer, saliendo de clase de dibujo (esa clase a la que voy para relajarme, que este año me está estresando más que nunca porque estamos haciendo técnicas de agua y no me sale nada bien), me patiné en las escaleras y bajé media docena de peldaños de culo. Tengo el orgullo por los suelos y los riñones amoratados, aparte de unas décimas de fiebre que no tienen nada que ver con la caída pero que me vienen siempre en esta época del año. Mañana iré al médico, con lo que perderé ¿qué?, sí, tiempo, un tiempo precioso que podría dedicar a leer el libro que me toca en literatura inglesa o a estudiar alemán, que ya se me ha olvidado lo poco que sabía del tiempo que hace que no lo toco. Y después iré a dibujo, y saldré asqueada con mi acuarela, y me sentaré delante de la tele y terminaré yéndome a la cama pronto porque no hay nada que ver, qué asco madre.
Debería escribir, así me desahogaría. Pero no tengo tiempo. No, miento, no tengo ganas. Porque si quisiera haría tiempo, como he hecho siempre. Pero aquí la menda siempre echa mano de excusas vacuas para sabotearse en algún campo...
Migraña, o esa grandísima putada

Sufro de migrañas, y las odio. Hoy he tenido una que no ha sido de las peores, menos mal, pero que me ha impedido tener un día normal y me ha librado del trabajo (creedme, trabajaría una semana gratis a cambio de eliminar una sola migraña). Ni siquiera es el dolor de cabeza, ese dolor insistente que parece que quiere taladrarte de lado a lado, que te obliga a no moverte durante horas y que convierte el simple hecho de darte la vuelta en la cama en una verdadera tortura. Es la suma de todos sus componentes, como las chiribitas que te bailan ante los ojos y te avisan de que algo no va bien, o la imposibilidad de hablar y mucho menos escribir (intentad decir en el trabajo que tenéis que iros a casa cuando no podéis emitir una palabra con sentido, cuando no sois capaces ni de balbucear "migraña"; una vez, para decírselo a mi madre, intenté buscar la palabra en el diccionario y me di cuenta de que no sabía con qué letra empezaba). Son los vómitos, y la presión extra que ellos ejercen en la cabeza, con lo que lo único que quieres es que alguien te pegue un palazo en la cabeza que te deje sin sentido. Es el mal cuerpo, las horas perdidas tirada en la cama, o en el sofá, muy quietecita porque el menor movimiento te hace ver las estrellas.
No sé si, como dice el dibujo, es una disfunción de los vasos sanguíneos o, simplemente, una grandísima putada que nos toca a algunas (y utilizo el femenino porque la mayoría de las sufridoras somos mujeres), pero me sorprende muchísimo que todavía se trate esta enfermedad como si fuera un simple dolor de cabeza y que no haya una pastilla mágica que corte los síntomas de cuajo.
Horrible, vaya.
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