Me hace gracia de la gente que habla de años "buenos" y años "malos" así, en general, como quien mira el horóscopo y dice "uy, año del tigre, qué chungo, caca para todos". Digo yo que el 2010 habrá sido malo para aquel a quien le hayan pasado malas cosas y bueno para aquel a quien le hayan pasado cosas buenas (mechones de pelo se me han caído tras tamaña conclusión, no os digo más). Pero, ¿y para los que ni fu ni fa? ¿Eso es bueno o es malo? ¿Cómo comparas los años si no hay cambios entre unos y otros?
Supongo que hay que saber conformarse, pero ahí también hay una gama tan alta que es difícil definir el "buen conformar". Aquellos que en el 2009 se embolsaron varios ciento de miles de millones y este año sólo se han embolsado uno o dos cientos, probablemente no estén conformes. Los ciudadanos de Méjico que han conseguido terminar el año vivos, sin embargo, estarán más contentos que unas pascuas. Hoy en día, el que tenga trabajo se puede estar dando con un canto en los dientes, y si encima acompaña la salud, es que ha sido, no ya un buen año, sino un año cojonudo.
Las malas lenguas dicen que en el 2011 no saldremos de la crisis. A mí me parece un caso de "self-fulfilling profecy", que le dicen los ingleses: como dicen que hay crisis, no te contrato por si acaso, y tú, que no tienes trabajo, no puedes comprar mi producto, entonces yo me arruino; ergo, hay crisis. Yo voto porque todos vivamos como si el mundo fuera a acabarse en el 2012, como dicen los mayas (que los mayas son muy listos, hombre) y hagamos de éste el mejor año de nuestra vida. Tengamos o no trabajo, tengamos o no dinero, debamos lo que le debamos al banco, amemos, pasémoslo bien, riamos, cojámonos de la mano y apaguemos la televisión camino a la "rave" de la lonja de abajo. Basta ya de gilipolleces, que la vida son dos días y ya ha pasado uno entero, y nadie nos puede asegurar que haya un mañana, y [añada aquí el cliché carpe diem que mejor se ajuste a su estado de ánimo], hombre ya. Todos a la calle, a mojarse con el agua de lluvia contaminada, a soltar piropos a los tíos buenos que pasan debajo de la obra llena de obreras en bikini en pleno diciembre. Basta ya, digo, BASTA YA de negatividad y malos rollos y aprovechemos que hoy somos más jóvenes de lo que vamos a ser nunca y que mañana... Mañana es nochevieja y es el último día en el que podrá fumarse en los bares. A dios gracias.
Desvarío.
(Y yo solo pasaba por aquí para desearos un muy feliz año nuevo, con el ferviente convencimiento de que el 2011 va a ser bueno para todos y todas.)
Navidad y libros
(Vaya por delante el feliz Navidad, feliz viernes, feliz Hannukah, feliz lo que quiera que celebréis o no celebréis. Que el Olentzero, Papá Noel y toda esa tribu se porte bien esta noche.)
He aquí la lista de mis libros leídos este año. No son tantos como me gustaría, porque no leo muy rápido y he tenido periodos en los que me era imposible coger un libro (como ahora), pero son unos cuantos. A ver si alguna/o coincide conmigo y me da su opinión.
He aquí la lista de mis libros leídos este año. No son tantos como me gustaría, porque no leo muy rápido y he tenido periodos en los que me era imposible coger un libro (como ahora), pero son unos cuantos. A ver si alguna/o coincide conmigo y me da su opinión.
- El mapa del tiempo, Félix J. Palma: Para gustos los colores. A mí no me gustó, pero sé de gente a quien le encantó. Para mí, uno de los peores libros que he leído nunca.
- Pero sigo siendo el rey, Carlos Sálem: Entretenido, divertido y ameno. Siempre es gracioso ver al rey de personaje. Sin más, para pasar el rato.
- Camino de ida, Carlos Salem: Como el anterior. Sin pretensiones.
- Great expectations, Charles Dickens: Fuera espinita clavada, ya he leído a Dickens. Muy denso, para días en los que tienes la cabeza en el libro, no en las lentejas.
- Mrs Dalloway, Virginia Woolf: Maravilloso, fantástico, estupendo... Todo aprecio es poco. Leído por obligación y disfrutado porque me dio la gana. Tengo que volver a hincarle el diente a esta joya.
- A Room of One's Own, Virginia Woolf: Me lo he leído tres veces, y no importa cuántas veces lo haga, siempre encuentro algo nuevo. Todo lo bueno que se pueda decir de esta autora y su obra es poco.
- A Portrait of the Artist as a Young Man, James Joyce: No me gusta James Joyce. Con eso lo digo todo.
- Por los pelos, Marian Keyes: Literatura de entretenimiento, encefalograma plano, carbohidratos. Lo necesito de vez en cuando. Suficientemente entretenido como para acabarlo, sin más.
- Animal Farm, George Orwell: Maravillosa. Debería ser lectura obligatoria en el último curso de bachillerato.
- El asombroso viaje de Pomponio Flato, Eduardo Mendoza: Sé que me gustó, pero ahora mismo no recuerdo ni de qué iba. De esos libros amenos que no dejan huella.
- This Body of Death, Elizabeth George: Mi querida George va perdiendo facultades. No es su mejor libro, aunque recupera a Barbara Havers. Aún así, mereció la pena leerlo.
- On the Road, Jack Kerouac: Me resultó pesado. Me da a mí que la beat generation no es para mí.
- Moab is my Washpot, Stephen Fry: Me reí mucho con este primer volumen de su autobiografía. Habrá que pedir el segundo tomo para reyes.
- El diablo viste de Prada, Lauren Weisberger: Malo hasta dentro de su género. Pero me lo acabé porque no podía ser más fuerte que yo.
- Asesinos sin rostro, Henning Mankell: No me gusta Henning Mankell.
- Mi vida como hombre, Philip Roth: No entrará dentro de mis favoritos. Ni siquiera recuerdo de qué iba.
- Cemetery Dance, L. Child & D. Preston: Pasar un poco de miedito nunca viene mal.
- Fever Dream, L. Child & D. Preston: Porque no podía dejar de leerlo tras acabar el anterior.
- El Club de los Viernes, Kate Jackobs: A veces viene bien leer algo ñoño que ataque tu lágrima fácil. No pienso ver la película.
- The New York Trilogy, Paul Auster: Me he empachado de este hombre. No me gustó. Creo que se lo ha creído demasiado.
- Más allá, a la derecha, Fred Vargas: Grande la Vargas. Personajes inolvidables y sensaciones encontradas. El descubrimiento del año.
- Revancha, Willy Uribe: Extraño. No puedo decir que me gustara.
- El humo en la botella, Juan Ramón Biedma: Más extraño aún que el anterior. Pero este me gustó un poco más.
- Drácula, Bram Stoker: Por fin un libro de vampiros como dios manda. Meyer, lee un poco antes de ponerte a escribir.
- White Teeth, Zadie Smith: El mejor libro de este año. Si tuviera que quedarme sólo con uno, me quedaría con ella. Veintitrés añitos tenía la niña cuando escribió esta joya. Es de mi edad. La envidio un poco, la verdad.
- The Remains of the Day, Kazuo Ishiguro: Maravillosa. Segundo mejor libro de mi lista de este año. De obligada lectura.
- Possession, A.S. Byatt: Me costó un mes terminar este libro, y sólo lo hice porque era lectura de la carrera. El final merece la pena, pero llegar hasta él no tanto. Un poco coñazo, la verdad.
- Hamlet, Shakespeare: Lo que entendí, me gustó. Es curioso ver cuánto ha tomado prestado la gente de esta obra.
- Macbeth, Shakespeare: Leer entrada anterior.
Este ha sido mi año. Ahora descansan sobre mi mesilla de noche dos libros de poesía y uno de Simone de Beavuoir que me está costando la vida terminar. En la sala descansan veinticinco libros que esperan ser leídos, más los que -seguro- caerán estas navidades en forma de regalos (aunque he pedido explícitamente que no me regalen libros; estoy empachada). Al año que viene le pido buena lectura, salud y... Qué leches, que me quede como estoy, que este año no ha sido tan malo. A ver si la nieve el día de Nochebuena es un símbolo de buena suerte (si es así, va a ser el mejor año de mi vida, porque qué manera de nevar, madre).
¿Algún libro que compartir?
¿Fin?
Estoy pensando en cerrar el blog. Ya no escribo, que fue la chispa que me incitó a abrirlo, ya no estoy en ese mundillo que compartía con tantos y tantas que os pasáis por aquí. No tengo tiempo (miento, no hago tiempo) para colgar entradas que me puedan parecer interesantes, algo que pueda compartir con vosotros. No sé si es la rutina o que mi infame frase de "trabajo mejor bajo presión" me ha llevado a estar a punto de estallar (en lo que a tiempo se refiere, nada más). No lo sé. Antes era una vía de escape, ahora he encontrado otras. Puede que sea el frío. Puede que sea yo. Pero lo que sí sé es que no me gusta ver este blog tan parado como lo ha estado estas últimas semanas.
Seguiré aquí de momento, aunque no sé por cuánto tiempo. Espero volver a la sana costumbre de sentarme a escribir, aunque solo sea media hora al día, para poder contaros lo que se me pasa por la cabeza. Quizás esta sea la entrada que me lance a escribir todos los días. Quién sabe.
No me esperéis.
Seguiré aquí de momento, aunque no sé por cuánto tiempo. Espero volver a la sana costumbre de sentarme a escribir, aunque solo sea media hora al día, para poder contaros lo que se me pasa por la cabeza. Quizás esta sea la entrada que me lance a escribir todos los días. Quién sabe.
No me esperéis.
Viernes con sabor a sábado.
Hoy mi ikastola celebra el día del maestro (que debería llamarse "de la maestra", dado que el noventa por ciento somos mujeres) y yo tengo fiesta. Había planeado mil cosas para hacer en uno de esos días en los que para mí es festivo y para los demás no, pero al final me ha vencido el sueño y todos mis planes se van al garete. Soy persona de mañana (traducción literal de "a morning person", ya me vale), las tardes me gustan para sentarme a leer y ver no-nevar por la ventana. Los recados, antes de comer. La tarde, descanso del descanso.
Sueño con el día en que todos mis días tengan sabor a sábado. El día que me toque la lotería, por ejemplo -pero un euromillones, porque con la de Navidad no vamos lejos-, o el día que me jubile, aunque queda lejos. Por un lado estoy deseando no volver a tener que madrugar; por otro, el trabajo nos hace ¿libres?, ¿humanos?, ¿útiles?, y ¿dignifica?, no me imagino de vacaciones eternas. Buscaría quehaceres. Me dedicaría a estudiar, o al voluntariado, y entonces volvería a madrugar y a protestar porque no me gusta madrugar. Pero me gusta hacer cosas. No soy patata de sofá (otro anglicismo, permitídmelo, por favor), no soy persona que se contente con estar sentada todo el día. Quiero aprovechar mi tiempo y trabajo mejor bajo presión. Aunque es cierto que ando escasa de tiempo y me gustaría que el día tuviera veinticuatro horas a partir de que me despierto, no contando las de sueño.
Estoy más tranquila últimamente. Me he convencido de que todavía soy joven, que tengo mucha vida por delante y que no hay nada, NADA, que me impida llevar a cabo mis sueños, excepto yo misma, claro. Me resigno a mis bajones -porque soy persona de bajones, aunque de naturaleza optimista-, pero voy buscando armas para luchar contra ellos. Ahora solo queda encontrar esos sueños. Saber hacia dónde me dirijo y qué es lo que quiero. Y hacer lo posible por llegar.
Viernes con sabor a sábado. Fin de semana largo. Harry Potter en cines. Y función de teatro. Todo está a mi favor. Ahora solo falta saber aprovecharlo.
Sueño con el día en que todos mis días tengan sabor a sábado. El día que me toque la lotería, por ejemplo -pero un euromillones, porque con la de Navidad no vamos lejos-, o el día que me jubile, aunque queda lejos. Por un lado estoy deseando no volver a tener que madrugar; por otro, el trabajo nos hace ¿libres?, ¿humanos?, ¿útiles?, y ¿dignifica?, no me imagino de vacaciones eternas. Buscaría quehaceres. Me dedicaría a estudiar, o al voluntariado, y entonces volvería a madrugar y a protestar porque no me gusta madrugar. Pero me gusta hacer cosas. No soy patata de sofá (otro anglicismo, permitídmelo, por favor), no soy persona que se contente con estar sentada todo el día. Quiero aprovechar mi tiempo y trabajo mejor bajo presión. Aunque es cierto que ando escasa de tiempo y me gustaría que el día tuviera veinticuatro horas a partir de que me despierto, no contando las de sueño.
Estoy más tranquila últimamente. Me he convencido de que todavía soy joven, que tengo mucha vida por delante y que no hay nada, NADA, que me impida llevar a cabo mis sueños, excepto yo misma, claro. Me resigno a mis bajones -porque soy persona de bajones, aunque de naturaleza optimista-, pero voy buscando armas para luchar contra ellos. Ahora solo queda encontrar esos sueños. Saber hacia dónde me dirijo y qué es lo que quiero. Y hacer lo posible por llegar.
Viernes con sabor a sábado. Fin de semana largo. Harry Potter en cines. Y función de teatro. Todo está a mi favor. Ahora solo falta saber aprovecharlo.
Risa
La risa adelgaza. ¿La risa adelgaza? No me refiero a esa medio sonrisa y ese sonido indefinido que nos sale de vez en cuando, sino a esas carcajadas que te doblan por la mitad, te hacen llorar y te dejan el cuerpo dolorido un par de días. Ese dolor son agujetas, ¿no? Por tanto la risa es el equivalente natural de hacer abdominales. No sé cuántas calorías se gastan por cada treinta segundos de risa, pero desde luego te dejan más cansada que media hora corriendo. Quizás no tanto como cuarenta abdominales, pero no sé, por ahí andará.
A ver si alguien lo descubre de una maldita vez y consigue un método para perder peso basado en la carcajada. Estaría todo el mundo más delgado que un pirulí.
A ver si alguien lo descubre de una maldita vez y consigue un método para perder peso basado en la carcajada. Estaría todo el mundo más delgado que un pirulí.
13 de noviembre
Hoy cumplo treinta y cinco años. Mi plan para hoy era levantarme pronto -las nueve, o así- para alargar MI día. Pero han llegado las nueve, y las diez, y las diez y media, y a mí no me ha dado la gana de levantarme. Por fin, a las once y después de muchas horas de sueño, he sacado los pies de la cama. El día ahí fuera es precioso, ni una nube. Dicen que hoy vamos a tener hasta veinte grados, pero no quiero ilusionarme. Llevaré el abrigo de invierno, ya me lo quitaré si calienta.
El plan del día empezaba con limpiar la casa, pero como me he levantado tarde me ha dado pereza y he pensado que mejor mañana. La casa es un desastre, no podré invitar a nadie a pastas hoy. Luego pasaré por Goya y cogeré una tarta pequeña para mí y para mi madre, porque mi hermano no está. Mi madre es diabética, así que la tarta tendrá que ser muy pequeña si no quiero ponerme del tamaño de un cachalote. Pero antes debería ponerme a escribir.
Y ahí está el problema.
No sé si es porque estoy en un momento extraño en mi vida (me están pesando mucho los treinta y cinco, y eso que no llevo ni una hora despierta con ellos), porque ya había perdido la costumbre de escribir o porque la presión de escribir porque sí ya no me gusta y prefiero tomarme mi tiempo para hacerlo "bien". No sé qué es, pero sé que le estoy cogiendo manía a mi historia, y no es mala -no necesariamente-, pero yo sí. Ya lo he dicho. No valgo para escribir esta historia. No valgo, porque a todos los personajes les pasan cosas, y a mí no me pasa nada. Me lo puedo inventar, sí, pero nunca sabré cómo se siente una mujer maltratada (que encima no sabe que lo es), o una divorciada que ha perdido un hijo y ahora se enfrenta a un cáncer de útero, o un homosexual que no ha salido del armario ni para sí mismo. No digamos ya lo de mostrar cómo se relacionan entre ellos, o explicar de mala manera por qué cada uno es como es. He apuntado demasiado alto y demasiado amplio. Debería centrarme en uno solo de esos personajes. Pero no, porque lo que quiero mostrar es una familia aparentemente perfecta donde todos están completamente destrozados por dentro. Y todo por culpa del padre. Sociedad patriarcal llevada al extremo.
He desvelado demasiado, pero me da igual. Total, guardar el secreto de la obra nunca me ha servido para terminarla. Esta irá al cajón virtual de lo no acabado con su diez mil escasas palabras. Y qué. El mundo no necesita otra novela, necesita paz mundial. Y la autodeterminación del Sahara, pero otra novela no.
Treinta y cinco. Qué mal me han caído, por dios.
El plan del día empezaba con limpiar la casa, pero como me he levantado tarde me ha dado pereza y he pensado que mejor mañana. La casa es un desastre, no podré invitar a nadie a pastas hoy. Luego pasaré por Goya y cogeré una tarta pequeña para mí y para mi madre, porque mi hermano no está. Mi madre es diabética, así que la tarta tendrá que ser muy pequeña si no quiero ponerme del tamaño de un cachalote. Pero antes debería ponerme a escribir.
Y ahí está el problema.
No sé si es porque estoy en un momento extraño en mi vida (me están pesando mucho los treinta y cinco, y eso que no llevo ni una hora despierta con ellos), porque ya había perdido la costumbre de escribir o porque la presión de escribir porque sí ya no me gusta y prefiero tomarme mi tiempo para hacerlo "bien". No sé qué es, pero sé que le estoy cogiendo manía a mi historia, y no es mala -no necesariamente-, pero yo sí. Ya lo he dicho. No valgo para escribir esta historia. No valgo, porque a todos los personajes les pasan cosas, y a mí no me pasa nada. Me lo puedo inventar, sí, pero nunca sabré cómo se siente una mujer maltratada (que encima no sabe que lo es), o una divorciada que ha perdido un hijo y ahora se enfrenta a un cáncer de útero, o un homosexual que no ha salido del armario ni para sí mismo. No digamos ya lo de mostrar cómo se relacionan entre ellos, o explicar de mala manera por qué cada uno es como es. He apuntado demasiado alto y demasiado amplio. Debería centrarme en uno solo de esos personajes. Pero no, porque lo que quiero mostrar es una familia aparentemente perfecta donde todos están completamente destrozados por dentro. Y todo por culpa del padre. Sociedad patriarcal llevada al extremo.
He desvelado demasiado, pero me da igual. Total, guardar el secreto de la obra nunca me ha servido para terminarla. Esta irá al cajón virtual de lo no acabado con su diez mil escasas palabras. Y qué. El mundo no necesita otra novela, necesita paz mundial. Y la autodeterminación del Sahara, pero otra novela no.
Treinta y cinco. Qué mal me han caído, por dios.
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Diario
Es domingo. Me encantan los domingos. Me encierro en mi casa y solo hago lo que yo quiero. No salgo, no veo a nadie, no me mandan horarios externos, solo los míos. Yo, mi, me, conmigo. Ojalá todos los días fueran domingo.
El viernes tuve un enfrentamiento con un niño de siete años. Me alegro mucho de que no dejen pegar a los maestros, porque si se me llega a escapar la mano, él está en el hospital y yo en la cárcel. Tuve que repetir varias veces "aquí mando yo". Su respuesta: tú a mí no me mandas. Y sé que tiene razón.
Ayer fui a ver una serie de performances de teatro experimental. No entendí absolutamente nada, pero me encantaron. Creo que, cuando se trata de teatro experimental, no es cuestión de entender, sino de sentir. Sentí arcadas -todavía hoy, cuando recuerdo cierta escena-, sentí miedo, sentí tensión. También indiferencia, pero alguien que iba conmigo se entusiasmó, así que no era necesariamente malo. Eso es el arte, supongo, que cada uno lo entienda de manera diferente.
Queda una semana para mi cumpleaños. Cumplo treinta y cinco. Estoy pasando una crisis, pero no sé si es la de los treinta tardía o los cuarenta temprana. Espero que esto signifique que me salto una crisis, porque si dentro de cinco años tengo que pasar por otra voy a hacer rica a mi psicóloga. Qué cosas, oye. Crisis. La palabra maldita.
Cambian las reglas ortográficas, pero yo a la "y" la voy a seguir llamando y griega, porque me gusta. Ye. Soy la chica y y. Je, je. En fin. Es domingo. He dormido demasiado. Ya no se tilda la o. Jon, ¿me oyes? Ya no se tilda la o. Nunca. Jamás.
Sigo escribiendo, y, aunque es malo, sé que tiene arreglo. Estoy creando tanto personaje despreciable que empiezo a pensar que hay algo de ellos dentro de mí, no es normal que salga tanta mierda de un sitio limpio. Uno de ellos tenía que dar pena; en lugar de eso, da asco. No sé si están tomando vida propia o es que no sé controlarlos. Un poco de todo, supongo.
Domingo. Hace frío en casa. La calefacción a tope y el gato en el radiador...
El viernes tuve un enfrentamiento con un niño de siete años. Me alegro mucho de que no dejen pegar a los maestros, porque si se me llega a escapar la mano, él está en el hospital y yo en la cárcel. Tuve que repetir varias veces "aquí mando yo". Su respuesta: tú a mí no me mandas. Y sé que tiene razón.
Ayer fui a ver una serie de performances de teatro experimental. No entendí absolutamente nada, pero me encantaron. Creo que, cuando se trata de teatro experimental, no es cuestión de entender, sino de sentir. Sentí arcadas -todavía hoy, cuando recuerdo cierta escena-, sentí miedo, sentí tensión. También indiferencia, pero alguien que iba conmigo se entusiasmó, así que no era necesariamente malo. Eso es el arte, supongo, que cada uno lo entienda de manera diferente.
Queda una semana para mi cumpleaños. Cumplo treinta y cinco. Estoy pasando una crisis, pero no sé si es la de los treinta tardía o los cuarenta temprana. Espero que esto signifique que me salto una crisis, porque si dentro de cinco años tengo que pasar por otra voy a hacer rica a mi psicóloga. Qué cosas, oye. Crisis. La palabra maldita.
Cambian las reglas ortográficas, pero yo a la "y" la voy a seguir llamando y griega, porque me gusta. Ye. Soy la chica y y. Je, je. En fin. Es domingo. He dormido demasiado. Ya no se tilda la o. Jon, ¿me oyes? Ya no se tilda la o. Nunca. Jamás.
Sigo escribiendo, y, aunque es malo, sé que tiene arreglo. Estoy creando tanto personaje despreciable que empiezo a pensar que hay algo de ellos dentro de mí, no es normal que salga tanta mierda de un sitio limpio. Uno de ellos tenía que dar pena; en lugar de eso, da asco. No sé si están tomando vida propia o es que no sé controlarlos. Un poco de todo, supongo.
Domingo. Hace frío en casa. La calefacción a tope y el gato en el radiador...
Cuenta atrás

El NaNoWriMo empieza mañana, pero seamos sinceras, yo ya he empezado. Lo de menos este año es conseguir las cincuenta mil palabras; lo de más, volver a la rutina de escribir en cada momento libre y tener una historia y unos personajes rondándome por la cabeza. No sé si será bueno, no sé si será "leíble". Será mío, como todo lo que escribo, y espero que algún día la constancia dé sus frutos y lo que escriba sea también de los demás.
De momento, llevo mil y pico palabras, cinco personajes bien definidos y un montón de perrerías que han de ocurrir. Qué malo es el mundo para algunas personas, madre.
Diario
Vitoria ha sido elegida como Capital Verde Europea de 2012. No sé lo que eso significa, porque Vitoria siempre ha sido capital, siempre ha sido verde y siempre ha sido europea, pero está bien que nos lo reconozcan, aunque no sea hasta el 2012. Los de la ETB parecen no haberse enterado, o les parece menos importante que el adoquín suelto junto al Gugenheim (es un decir; quien dice adoquín dice grava).
Un alcalde elegido democráticamente por hombres y mujeres, que encima es ginecólogo, se burla de manera soez de una mujer que ostenta un cargo de poder por encima del suyo y se va de rositas. Porque sí, le están poniendo a parir en todos los medios, pero sigue siendo alcalde y sigue siendo ginecólogo. Cosa que no me sorprende, no ahora, no en este país. Es un país machista, y me da igual que haya el mismo número de ministras que de ministros. Sigue siendo un país de pandereta.
El jueves me dijeron que era "digna". El contexto era muy específico y me sonó a piropo. Cuanto más pienso en esa palabra, más me la cuestiono. Me recuerda a "Lo que queda del día" y el concepto de dignidad que tiene el mayordomo protagonista. Es curioso, cómo todo en la vida está relacionado.
Hoy es sábado y esta es mi hora de escritura. Se supone que debería estar tecleando ideas para la historia que quiero escribir. Me he apuntado al NaNo, pero no tengo muy claro que lo vaya a seguir. Me limitaré a escribir a mi ritmo y leer los "pep-talks" que mandan una vez a la semana. Mi mente trabaja -poco, pero trabaja- aunque no escriba, y van surgiendo ideas. Tengo el principio y el final, y creo que tengo un posible momento climático que desencadena el final. Todo lo demás está por decidir. Debería ponerme en serio. Debería.
El gato, en mi regazo, me observa escribir. Creo que el movimiento de mis dedos sobre el teclado le acuna.
Un alcalde elegido democráticamente por hombres y mujeres, que encima es ginecólogo, se burla de manera soez de una mujer que ostenta un cargo de poder por encima del suyo y se va de rositas. Porque sí, le están poniendo a parir en todos los medios, pero sigue siendo alcalde y sigue siendo ginecólogo. Cosa que no me sorprende, no ahora, no en este país. Es un país machista, y me da igual que haya el mismo número de ministras que de ministros. Sigue siendo un país de pandereta.
El jueves me dijeron que era "digna". El contexto era muy específico y me sonó a piropo. Cuanto más pienso en esa palabra, más me la cuestiono. Me recuerda a "Lo que queda del día" y el concepto de dignidad que tiene el mayordomo protagonista. Es curioso, cómo todo en la vida está relacionado.
Hoy es sábado y esta es mi hora de escritura. Se supone que debería estar tecleando ideas para la historia que quiero escribir. Me he apuntado al NaNo, pero no tengo muy claro que lo vaya a seguir. Me limitaré a escribir a mi ritmo y leer los "pep-talks" que mandan una vez a la semana. Mi mente trabaja -poco, pero trabaja- aunque no escriba, y van surgiendo ideas. Tengo el principio y el final, y creo que tengo un posible momento climático que desencadena el final. Todo lo demás está por decidir. Debería ponerme en serio. Debería.
El gato, en mi regazo, me observa escribir. Creo que el movimiento de mis dedos sobre el teclado le acuna.
La SuperProfa

Voy a inventar un cacharro como lleva el VanDisel este para mi profesión. Me va a convertir en una SuperProfa, y, lo que más mola, en multimillonaria de la noche a la mañana, porque todas las profas van a querer ser SuperProfas. Sobre todo las de infantil.
Mi invento (el SuperProfa Maker, de momento -SPM para abreviar, no confundir con Su Puta Madre, o Síndrome Pre-Menstrual, aunque bien pensado también mola-) constaría, primero, de un cinturón similar al de la foto. Pero no llevaría biberones ni ositos de peluche, sino diferentes utensilios que esta semana he echado en falta cuando daba clase a los de cuatro y cinco años. A saber:
- Pañuelos de papel en cantidades industriales, o, en su defecto, rollos de papel de los de Scotex, por eso de que son más suaves para sus naricillas.
- Toallitas húmedas marca Eroski, que no estamos para derroches, para limpiar esos mocos que, a pesar de los pañuelos antes mencionados, tienen tendencia a quitarse con el dorso de la mano.
- Jabón desinfectante del que no necesita agua. No, no es para ellos, esto es para mí. Para todos aquellos que te cogen de la mano después de haberse quitado los mocos de la manera arriba mencionada.
- Caramelitos contra la tos. O, en su defecto, una mascarilla (de nuevo, para mí).
- Silbato llama-bedeles, para esos momentos en los que un niño te pota en clase y tu estómago amenaza con seguir el ejemplo si no lo limpian pronto.
Mola, ¿eh? Pero muchas estaréis diciendo, "vaya kit de los cojones, si eso es lo que llevo yo en el bolso desde que nació mi primer hijo, con eso no te forras ni ná". Claro. Pero es que en esto he pensado hoy cuando me he dado cuenta de que entre toses y estornudos, me han dejado ronca y con un catarro del quince. Mi SPM empieza ahora:
- Marioneta de fácil manejo con una sola mano que se pueda ajustar al cuerpo sin asfixiarte, y que hable inglés con el mismo acento que Hugh Grant.
- Dosel para apoyar el libro grande de Petete que siempre llevo conmigo y que es muy difícil manejar cuando con la otra mano estás manejando la marioneta antes mencionada. Anótese que la SuperProfa es itinerante, vamos, que no tiene clase propia y se lleva los cacharros de punta a punta de la ikastola (que, para más inri, consta de dos edificios separados por toda una manzana de casas y dos cruces que te cagas).
- Mano extra y extralarga para, según sujeta la marioneta y cuenta el cuento apuntando a cada personaje en el libro, poder poner el CD con la canción que viene a la mitad del cuento, teniendo en cuenta que el reproductor está en la otra punta de la clase porque al lado de la SuperProfa no hay enchufe.
- Dos pares de ojos de más -no, gafas no valen, ya lo he probado- para vigilar que todos los niños y niñas hagan la ficha, en lugar de dedicarse a pintarse la cara con las pinturas de dedo.
- Poderes mentales para detectar en qué momento determinado niño va a decidir que pinchar el dedo del compañero es mucho más divertido que terminar de cortar el círculo con el punzón.
Todo esto y mucho más iría en el SPM, pero, como comprenderéis, no lo voy a explicar todo porque algo tengo que guardarme para mí y que no me robéis el copyright. Cuando tenga el prototipo, me pondré en contacto con todas las profesoras de preescolar que visiten esta página interesadas en probarlo, a ver si he acertado con todas las necesidades que le puedan surgir a la profa moderna. Hasta entonces, seguiré trabajando en el proyecto.
Con mucho cariño, se despide de ustedes
La SuperProfa Maker Maker.
Diario
Empieza semana nueva. El lunes, por ser lunes, duro. Y si le añadimos domingo de resaca, más todavía.
Estamos dando los colores en clase de cinco años. Yo digo "touch something black", y el niño se levanta para tocarle la cabeza al niño de al lado, que es negro. Me reí, claro. A ningún adulto se le hubiera ocurrido hacerlo. Pero al mismo tiempo me pregunté quién le habría dicho que su compañero era negro, porque ellos lo ven marrón. Que es lo que es.
Escribo, pero poco. Esto es como ir al gimnasio, poco a poco. Intento buscar momentos sueltos en el día, pero no tengo. Quince minutos aquí, diez allá, en la ducha, de paseo. Porque todavía estoy en la fase de idealización de la historia, todavía no he escrito ni una palabra. Ya llegará. Si llega.
Aunque lea todos los minutos que me quedan libres el resto de mi vida, nunca conseguiré leer todo lo que quiero. Cada día aparece algo nuevo que añadir a la lista. Ya no tengo sitio en casa. Bueno, sitio siempre se puede hacer, pero no tengo fondos. Económicos, me refiero. Ni de armario.
Me he apuntado a teatro -porque siete asignaturas de filología inglesa no son suficientes-. Tenemos que aprendernos una poesía cortita. He elegido una de García Lorca que todavía no he memorizado. No quiero viciarla. Es bonita. Simple, sencilla, pero bonita. A ver qué nos mandan hacer con ella. Prefiero no preguntarme para qué es el corcho que nos han pedido que llevemos.
Hace frío. Dicen que hoy va a helar.
Estamos dando los colores en clase de cinco años. Yo digo "touch something black", y el niño se levanta para tocarle la cabeza al niño de al lado, que es negro. Me reí, claro. A ningún adulto se le hubiera ocurrido hacerlo. Pero al mismo tiempo me pregunté quién le habría dicho que su compañero era negro, porque ellos lo ven marrón. Que es lo que es.
Escribo, pero poco. Esto es como ir al gimnasio, poco a poco. Intento buscar momentos sueltos en el día, pero no tengo. Quince minutos aquí, diez allá, en la ducha, de paseo. Porque todavía estoy en la fase de idealización de la historia, todavía no he escrito ni una palabra. Ya llegará. Si llega.
Aunque lea todos los minutos que me quedan libres el resto de mi vida, nunca conseguiré leer todo lo que quiero. Cada día aparece algo nuevo que añadir a la lista. Ya no tengo sitio en casa. Bueno, sitio siempre se puede hacer, pero no tengo fondos. Económicos, me refiero. Ni de armario.
Me he apuntado a teatro -porque siete asignaturas de filología inglesa no son suficientes-. Tenemos que aprendernos una poesía cortita. He elegido una de García Lorca que todavía no he memorizado. No quiero viciarla. Es bonita. Simple, sencilla, pero bonita. A ver qué nos mandan hacer con ella. Prefiero no preguntarme para qué es el corcho que nos han pedido que llevemos.
Hace frío. Dicen que hoy va a helar.
¿Hora de volver?
Leo, leo, leo y leo. Me pierdo entre libros. Leo por placer a veces, por "obligación" otras y una mezcla de ambas de vez en cuando. Mi último descubrimiento ha sido White Teeth, de Zadie Smith, una autora nacida el mismo año que yo que escribió una obra de arte hace diez años. Y digo obra de arte, sí, no gran libro, no "algo entretenido", no una buena lectura. Una obra de arte que te hace reír, llorar (no tanto, solo si lees entre líneas) y sorprenderte a cada página. Uno de esos libros que lo cuenta todo sin aparentemente decir nada. Y es lectura obligatoria en una de mis asignaturas. Estoy agradecidísima a los profesores.
Octubre avanza, y noviembre se acerca. No iba a participar en el NaNoWriMo de este año, porque llevo casi diez meses sin escribir, pero estos días estoy notando que me falta algo. Me doy cuenta sobre todo los fines de semana, cuando me encuentro con horas y horas de tiempo libre que antes no tenía y me pregunto qué demonios hacía yo antes para estar siempre ocupada. Durante unas semanas las he llenado con el patchwork, pero no es lo mío, no es lo que siento que debería estar haciendo. El ordenador me sirve de pantalla de televisión, pero no lo uso para lo que debería; por favor, si ni siquiera actualizo el blog, y eso que me puse el escribir como excusa para hacer la inversión de un ordenador nuevo.
Debería volver a escribir. Debería. Sé por qué lo dejé, y no es un buen motivo. Si soy sincera conmigo misma, puedo encontrar el momento exacto. Alguien me dijo que escribir era un hobby bonito, pero claro, si no se tiene el talento innato que hace falta para ser escritor, el acto es baldío. Y como era una persona que tiene mucha influencia en mí (aunque nunca ha leído nada mío), me hizo pensar que tenía razón y que yo de talento, nada. Y dejé de escribir.
Soy débil. Escribir es lo único que me ha gustado desde que tengo memoria, pero me apoquino a la menor dificultad. No es justo. Se me da "bien". Lo suficientemente bien para sorprenderme a mí misma cuando leo algo escrito por mí al cabo de un tiempo. Y es una estupenda forma de escapismo, que es lo que necesito últimamente. Eso, o que me toque la lotería y poder cambiar de vida. Porque lo de echarle valor a la vida es más difícil.
Creo que lo he decidido. Voy a volver a escribir. El NaNo es la excusa perfecta, aunque no logre las cincuenta mil palabras, como el año pasado. Y este puente es tan bueno como cualquier otro momento para empezar.
Octubre avanza, y noviembre se acerca. No iba a participar en el NaNoWriMo de este año, porque llevo casi diez meses sin escribir, pero estos días estoy notando que me falta algo. Me doy cuenta sobre todo los fines de semana, cuando me encuentro con horas y horas de tiempo libre que antes no tenía y me pregunto qué demonios hacía yo antes para estar siempre ocupada. Durante unas semanas las he llenado con el patchwork, pero no es lo mío, no es lo que siento que debería estar haciendo. El ordenador me sirve de pantalla de televisión, pero no lo uso para lo que debería; por favor, si ni siquiera actualizo el blog, y eso que me puse el escribir como excusa para hacer la inversión de un ordenador nuevo.
Debería volver a escribir. Debería. Sé por qué lo dejé, y no es un buen motivo. Si soy sincera conmigo misma, puedo encontrar el momento exacto. Alguien me dijo que escribir era un hobby bonito, pero claro, si no se tiene el talento innato que hace falta para ser escritor, el acto es baldío. Y como era una persona que tiene mucha influencia en mí (aunque nunca ha leído nada mío), me hizo pensar que tenía razón y que yo de talento, nada. Y dejé de escribir.
Soy débil. Escribir es lo único que me ha gustado desde que tengo memoria, pero me apoquino a la menor dificultad. No es justo. Se me da "bien". Lo suficientemente bien para sorprenderme a mí misma cuando leo algo escrito por mí al cabo de un tiempo. Y es una estupenda forma de escapismo, que es lo que necesito últimamente. Eso, o que me toque la lotería y poder cambiar de vida. Porque lo de echarle valor a la vida es más difícil.
Creo que lo he decidido. Voy a volver a escribir. El NaNo es la excusa perfecta, aunque no logre las cincuenta mil palabras, como el año pasado. Y este puente es tan bueno como cualquier otro momento para empezar.
Otoño
Ya hace frío por las mañanas, ya veo mi respiración otra vez. Las hojas apenan han empezado a caer, pero alguna puede distinguirse en el suelo. Pronto los árboles cambiarán de color, mi paleta favorita: verdes, rojos, marrones, amarillos, naranjas. Mi casa está pintada con esos colores. Es mi estación. Té calentito por las tardes, manta en el sofá. Leer, acariciar al gato, ver anochecer a las siete de la tarde. Vitaminas para el cansancio, pensar en puentes en el calendario. Y en cumpleaños, algunos tristes y otros alegres. Nací en noviembre, soy de otoño. Chaquetas de lana y pijama de felpa. El cuello del jersey bien subido hasta la barbilla.
Y respirar.
Y respirar.
Ni que una estuviera depre, oye
He estado echando un vistazo a post pasados y me he deprimido. Yo sola. Leyendo lo que yo misma había escrito. Que no, leches, que no estoy deprimida, ni cerca de estarlo, sino muy llena de vida y con muchas ganas de enfrentarme a lo que venga. Lo que pasa es que, últimamente, siempre que me pongo a escribir es un poco desahogo, porque no escribo para nada más. No sé si es permanente o solo una fase, pero de momento no encuentro la necesidad de escribir. Ni siquiera en este blog. Y mira que os tengo aprecio, ¿eh?, pero es que no tengo nada que contar.
Podría contaros mi vida, pero se resumiría en un "hoy he ido a trabajar, he comido, he vuelto a trabajar y me he ido a casa". Ya tá. No me pasa nada emocionante. Lo que no tiene porque ser necesariamente malo, porque el año pasado por estas fechas estaba la mar de ajetreada y no era nada bueno. Así que virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
Podría hablaros de mis niños, pero me da la sensación de que estáis hasta el moño de ellos porque no hablo de otra cosa (y eso que no soy madre; ay si fuera madre). Podría hablaros de J., mi niña con síndrome de Down, la más guapa y la más lista de su clase, que me da la mano para ir a la clase de inglés porque su psicomotricidad no es muy buena y le cuesta subir a escaleras. Podría hablaros de mis gemelos de cuatro años, que cantan y recitan en inglés como si llevaran haciéndolo toda la vida, cuando han empezado este año. Podría hablaros de mis monstruos del año pasado, que me saludan con un "hello, how are you" cuando me ven por los pasillos y me hacen sonreír. Podría hablaros de tantos niños que acabaríais hasta el moño de mí.
O podría comentar los libros que leo. Podríamos hacer unas lecturas dialógicas la mar de entretenidas (por fin, algo en educación con lo que comulgo, qué ganas tenía de ir a una charla que me llenara la cabeza de ideas). Ahora mismo es White Teeth, de Zadie Smith, y me está gustando tanto que no sé a cuánta gente le he recomendado el libro. Lo único que me deprime un poco es que la autora tiene mi edad y ya está dentro del currículum de filología inglesa. Pero si no lo estoy yo es porque no me da la gana. Y, seamos sinceros, porque ni en un millón de años podría escribir como ella.
Tantas y tantas cosas... No, si al final va a resultar que no voy a tener hueco en el blog para hablar de todo lo que quiero. Ahora solo hace falta encontrar las ganas. Y el tiempo. Y un momento del día que dedicarle al digno arte de dar a la tecla.
Pero que por aquí todo bien, ¿eh? Por aquí, todo perfecto.
Podría contaros mi vida, pero se resumiría en un "hoy he ido a trabajar, he comido, he vuelto a trabajar y me he ido a casa". Ya tá. No me pasa nada emocionante. Lo que no tiene porque ser necesariamente malo, porque el año pasado por estas fechas estaba la mar de ajetreada y no era nada bueno. Así que virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
Podría hablaros de mis niños, pero me da la sensación de que estáis hasta el moño de ellos porque no hablo de otra cosa (y eso que no soy madre; ay si fuera madre). Podría hablaros de J., mi niña con síndrome de Down, la más guapa y la más lista de su clase, que me da la mano para ir a la clase de inglés porque su psicomotricidad no es muy buena y le cuesta subir a escaleras. Podría hablaros de mis gemelos de cuatro años, que cantan y recitan en inglés como si llevaran haciéndolo toda la vida, cuando han empezado este año. Podría hablaros de mis monstruos del año pasado, que me saludan con un "hello, how are you" cuando me ven por los pasillos y me hacen sonreír. Podría hablaros de tantos niños que acabaríais hasta el moño de mí.
O podría comentar los libros que leo. Podríamos hacer unas lecturas dialógicas la mar de entretenidas (por fin, algo en educación con lo que comulgo, qué ganas tenía de ir a una charla que me llenara la cabeza de ideas). Ahora mismo es White Teeth, de Zadie Smith, y me está gustando tanto que no sé a cuánta gente le he recomendado el libro. Lo único que me deprime un poco es que la autora tiene mi edad y ya está dentro del currículum de filología inglesa. Pero si no lo estoy yo es porque no me da la gana. Y, seamos sinceros, porque ni en un millón de años podría escribir como ella.
Tantas y tantas cosas... No, si al final va a resultar que no voy a tener hueco en el blog para hablar de todo lo que quiero. Ahora solo hace falta encontrar las ganas. Y el tiempo. Y un momento del día que dedicarle al digno arte de dar a la tecla.
Pero que por aquí todo bien, ¿eh? Por aquí, todo perfecto.
Diario
Este curso que empieza, los niños de cuatro años son mucho más formales que los de cinco, y los de primero son unos benditos. Los de segundo también, pero esos no cuentan, a mí me ha tocado la clase buena. Voy a tener un buen año académico, pero voy a terminar muy cansada. Muchas horas -para una maestra, nada comparado a un minero- y muchas responsabilidades -para una maestra, nada comparado con una alcaldesa. O quizás sí-.
He ido a la delegación de educación para rellenar el Anexo I. Nadie sabe qué es eso, por mucho que me llamaran ellos por teléfono el quince de julio y yo oyera el mensaje este lunes. Mañana me llamarán al móvil. Espero. Si no, me quedo sin trienios.
De camino a casa, he oído a un chaval de unos diez años tratar de explicar a su abuela lo que era una peonza. La señora le ha cortado de cuajo: "Sí, sí, pero ¿quién era ese chico con el que estabas jugando?" Amistades peligrosas. Todo lo que se puede hacer con una peonza, madre.
Ya estoy estudiando. Tenía ganas de empezar, aunque las asignaturas de este año no son tan fantásticas como me esperaba. Novela inglesa contemporánea es mi asignatura favorita (de momento). Shakespeare está bien. Traducción, también. Literatura irlandesa en castellano con examen en inglés, no tiene sentido. Y mi libro de "Computer Assisted Language Learning" fue publicado en el '97. Creo que está un poco obsoleto. Me da a mí.
Y mañana dicen que empeora el tiempo, y yo sin ropa de temporada...
He ido a la delegación de educación para rellenar el Anexo I. Nadie sabe qué es eso, por mucho que me llamaran ellos por teléfono el quince de julio y yo oyera el mensaje este lunes. Mañana me llamarán al móvil. Espero. Si no, me quedo sin trienios.
De camino a casa, he oído a un chaval de unos diez años tratar de explicar a su abuela lo que era una peonza. La señora le ha cortado de cuajo: "Sí, sí, pero ¿quién era ese chico con el que estabas jugando?" Amistades peligrosas. Todo lo que se puede hacer con una peonza, madre.
Ya estoy estudiando. Tenía ganas de empezar, aunque las asignaturas de este año no son tan fantásticas como me esperaba. Novela inglesa contemporánea es mi asignatura favorita (de momento). Shakespeare está bien. Traducción, también. Literatura irlandesa en castellano con examen en inglés, no tiene sentido. Y mi libro de "Computer Assisted Language Learning" fue publicado en el '97. Creo que está un poco obsoleto. Me da a mí.
Y mañana dicen que empeora el tiempo, y yo sin ropa de temporada...
Septiembre
Llega septiembre, y con él el comienzo de todo. Empieza el curso, empiezan los nuevos propósitos, empieza la vorágine. Tengo ganas. Este verano he cargado pilas. Las vacaciones son necesarias.
Mi año escolar no empieza de verdad hasta la semana que viene, pero esta que entra ya viene cargada. Luego llegarán los libros de filología, con mis siete asignaturas -tres de ellas de literatura-, y tendré que empezar a plantearme lo de las oposiciones. Y teatro. Y patchwork, que no lo dejo. Para diciembre estaré agotada, pero con la conciencia tranquila de no estar derrochando ni un minuto en juegos tontos de ordenador. Trabajo mejor bajo presión. No quiero derrochar mi tiempo.
He empezado a leer poesía. Poco, un poema al día. Empecé con Auden, una cucharadita todos los días, cuando estaba leyendo el tostón de Oricalco, pero ahora estoy con Drácula y ese libro me chupa más que la sangre, no tengo energía para nada más. En los Estados Juntitos me compré varios libros de poesía. De momento estoy con una de esas antologías para tontos, un libro con un poema para cada día de autores muy distintos entre sí, y he encontrado alguna joya. Os dejo una. Quizás, quién sabe, termine siendo lectora de poesía, y quizás, quién sabe, empiece algún día a leerlas en castellano. Qué cosas, no saber apreciar algo en tu lengua materna. Qué cosas, no saber saborear la música.
Mi año escolar no empieza de verdad hasta la semana que viene, pero esta que entra ya viene cargada. Luego llegarán los libros de filología, con mis siete asignaturas -tres de ellas de literatura-, y tendré que empezar a plantearme lo de las oposiciones. Y teatro. Y patchwork, que no lo dejo. Para diciembre estaré agotada, pero con la conciencia tranquila de no estar derrochando ni un minuto en juegos tontos de ordenador. Trabajo mejor bajo presión. No quiero derrochar mi tiempo.
He empezado a leer poesía. Poco, un poema al día. Empecé con Auden, una cucharadita todos los días, cuando estaba leyendo el tostón de Oricalco, pero ahora estoy con Drácula y ese libro me chupa más que la sangre, no tengo energía para nada más. En los Estados Juntitos me compré varios libros de poesía. De momento estoy con una de esas antologías para tontos, un libro con un poema para cada día de autores muy distintos entre sí, y he encontrado alguna joya. Os dejo una. Quizás, quién sabe, termine siendo lectora de poesía, y quizás, quién sabe, empiece algún día a leerlas en castellano. Qué cosas, no saber apreciar algo en tu lengua materna. Qué cosas, no saber saborear la música.
FALL
So it's today, and in the chokecherry this year:
the first leaves turn ochre, there, by the open gate.
I grab the sweater you left on a chair, wrap it
around my shoulders, and -as I did for days last year
until I couldn't keep with the season- I pick
every single rusting leaf, each fading flower
and hide them in my apron pocket: their crush
clandestine against my belly. It's a simple gift
for you -for us- such an easy thing to do
for a few more days of summer.
Laure-Anne Bosselaar
Primer día
Aún no he dado inglés. Para un año que tengo ganas de empezar, el comienzo se dilata hasta el infinito. No sé a quién engaño, la verdad es que todos los años tengo ganas de empezar. Este igual un poco más. No sé por qué. Llevo dos días ayudando en las clases de preescolar y estoy deseando empezar con los míos.
Diez de la mañana del martes, 7 de septiembre. Padres y madres agolpados en la puerta con los niños y niñas de tres años en distintos estados de emoción. Avistamos las primeras cámaras de televisión. Hay fotógrafos. Las profesoras empezamos a coger a los niños, de uno en uno o de dos en dos, y a llevarlos a sus clases. Cuando ven que papá y mamá no les siguen, empiezan a llorar. Algunos berrean. Otros simplemente sollozan y se dejan acompañar. La mayoría dejará de llorar en breve; unos pocos se pasarán toda la mañana en un mar de lágrimas.
Hoy voy a la ikastola y me doy cuenta de que no tengo dinero suelto para el café. Me paro en un kiosco para comprar algo y cambiar, y de paso ojeo los periódicos. Mi vista se detiene en El Diario de Noticias de Álava, porque viene una foto de la ikastola en primer plano. Llego a clase. Alguien ha comprado El Correo (edición Álava, por supuesto), y me encuentro con una bata que me suena mucho en la portada, junto a un niño desconsolado. No hay duda, la andereño que da la mano soy yo. Aunque no salga mi cabeza.
Hoy he sido portada en el periódico. Por desgracia, sólo lo sabemos yo y mis compañeras.
Diez de la mañana del martes, 7 de septiembre. Padres y madres agolpados en la puerta con los niños y niñas de tres años en distintos estados de emoción. Avistamos las primeras cámaras de televisión. Hay fotógrafos. Las profesoras empezamos a coger a los niños, de uno en uno o de dos en dos, y a llevarlos a sus clases. Cuando ven que papá y mamá no les siguen, empiezan a llorar. Algunos berrean. Otros simplemente sollozan y se dejan acompañar. La mayoría dejará de llorar en breve; unos pocos se pasarán toda la mañana en un mar de lágrimas.
Hoy voy a la ikastola y me doy cuenta de que no tengo dinero suelto para el café. Me paro en un kiosco para comprar algo y cambiar, y de paso ojeo los periódicos. Mi vista se detiene en El Diario de Noticias de Álava, porque viene una foto de la ikastola en primer plano. Llego a clase. Alguien ha comprado El Correo (edición Álava, por supuesto), y me encuentro con una bata que me suena mucho en la portada, junto a un niño desconsolado. No hay duda, la andereño que da la mano soy yo. Aunque no salga mi cabeza.
Hoy he sido portada en el periódico. Por desgracia, sólo lo sabemos yo y mis compañeras.
3 de septiembre
Ayer fue tres de septiembre.
Ayer debería haber escrito una entrada, pero sencillamente, no me dio la gana. No me gusta que el calendario me diga cómo he de sentirme.
Ayer hizo un año que murió mi padre. No fui a visitarle al cementerio. Celebraré el día de su cumpleaños, no el de su muerte. Le llevaré flores. Le gustaban las flores.
Dicen que el tiempo lo cura todo. Aún no he conseguido que nadie me diga cuánto tiempo, exactamente, hace falta para recuperarse de la muerte de un padre. Yo creo que, en vez de curarse, la herida se abre un poco más cada día, porque cada día ocurren cosas que no puedo compartir con él. Como cuando La Roja ganó el mundial. Qué feliz hubiera sido mi padre, con lo que le gustaba el deporte, ese día. Me lo imagino hablando sin cesar de los goles de Villa, y de lo grande que es ese chaval, con la cara de padre orgulloso que se le ponía cuando hablaba de un deportista joven -en cualquier deporte- que apuntara maneras. O cuando el Baskonia ganó la liga, un tres cero contra el Barcelona que nadie se esperaba. O, simplemente, las fotos de las vacaciones, que ya tiene más que vistas pero que siempre comentaba como si fuera la primera vez que las veía. Todo. Todo lo que me rodea quiero hablarlo con él, porque era de esas personas que se sentían felices con la felicidad de otros, y era fácil contagiarle lo que sentías.
Me emociono. Se me están llenando los ojos de lágrimas, y eso que he empezado esta entrada la mar de tranquila. Apenas hablo de mi padre. Hablo de su enfermedad, o lo menciono de pasada en alguna anécdota en la que participó, pero nunca hablo de él, de cómo era, porque todavía duele. Creo que dolerá siempre. No merecía morir, no tan joven. El mes que viene hubiera cumplido 68 años. No es justo.
Me he enterado de que Michael Douglas tiene cáncer de garganta. Está en estadio IV, pero sin metástasis. No han especificado en qué parte de la garganta lo tiene. Me recuerda mucho al cáncer de mi padre, sólo que al actor le están dando quimio para acabar con el cáncer y a mi padre se la dieron para alargarle un poco la vida que se le iba. Nunca lucharon por él, pero esto lo supimos luego, cuando ya era tarde y la oncóloga nos dijo que la quimio había sido paliativa. Mi padre no quería quimio paliativa. Hubiera luchado lo que hiciera falta. Si Michael Douglas se salva, le voy a odiar toda la vida. Ya sé que no es culpa suya, pero sí lo es. No merece vivir más de lo que lo merecía mi padre. Y punto.
La vida sigue. Empieza un nuevo curso, más tranquilo que el año pasado porque no estamos encerrados en hospitales, ni preparando funerales, pero es un poco extraño. Supongo que a partir de ahora todos los comienzos de curso serán extraños. Es lo que tiene, septiembre.
Y afuera el verano sigue.
Ayer debería haber escrito una entrada, pero sencillamente, no me dio la gana. No me gusta que el calendario me diga cómo he de sentirme.
Ayer hizo un año que murió mi padre. No fui a visitarle al cementerio. Celebraré el día de su cumpleaños, no el de su muerte. Le llevaré flores. Le gustaban las flores.
Dicen que el tiempo lo cura todo. Aún no he conseguido que nadie me diga cuánto tiempo, exactamente, hace falta para recuperarse de la muerte de un padre. Yo creo que, en vez de curarse, la herida se abre un poco más cada día, porque cada día ocurren cosas que no puedo compartir con él. Como cuando La Roja ganó el mundial. Qué feliz hubiera sido mi padre, con lo que le gustaba el deporte, ese día. Me lo imagino hablando sin cesar de los goles de Villa, y de lo grande que es ese chaval, con la cara de padre orgulloso que se le ponía cuando hablaba de un deportista joven -en cualquier deporte- que apuntara maneras. O cuando el Baskonia ganó la liga, un tres cero contra el Barcelona que nadie se esperaba. O, simplemente, las fotos de las vacaciones, que ya tiene más que vistas pero que siempre comentaba como si fuera la primera vez que las veía. Todo. Todo lo que me rodea quiero hablarlo con él, porque era de esas personas que se sentían felices con la felicidad de otros, y era fácil contagiarle lo que sentías.
Me emociono. Se me están llenando los ojos de lágrimas, y eso que he empezado esta entrada la mar de tranquila. Apenas hablo de mi padre. Hablo de su enfermedad, o lo menciono de pasada en alguna anécdota en la que participó, pero nunca hablo de él, de cómo era, porque todavía duele. Creo que dolerá siempre. No merecía morir, no tan joven. El mes que viene hubiera cumplido 68 años. No es justo.
Me he enterado de que Michael Douglas tiene cáncer de garganta. Está en estadio IV, pero sin metástasis. No han especificado en qué parte de la garganta lo tiene. Me recuerda mucho al cáncer de mi padre, sólo que al actor le están dando quimio para acabar con el cáncer y a mi padre se la dieron para alargarle un poco la vida que se le iba. Nunca lucharon por él, pero esto lo supimos luego, cuando ya era tarde y la oncóloga nos dijo que la quimio había sido paliativa. Mi padre no quería quimio paliativa. Hubiera luchado lo que hiciera falta. Si Michael Douglas se salva, le voy a odiar toda la vida. Ya sé que no es culpa suya, pero sí lo es. No merece vivir más de lo que lo merecía mi padre. Y punto.
La vida sigue. Empieza un nuevo curso, más tranquilo que el año pasado porque no estamos encerrados en hospitales, ni preparando funerales, pero es un poco extraño. Supongo que a partir de ahora todos los comienzos de curso serán extraños. Es lo que tiene, septiembre.
Y afuera el verano sigue.
Resumiendo
Mi intención al volver del viaje era poner algunas fotos para enseñaros por dónde hemos estado (y, para qué engañarnos, daros envidia), pero el verano ha sido largo, la vuelta al cole dura y no me apetece ná, pero que ná de ná, haceros una descripción detallada. Así que os voy a poner los momentos estelares de las vacaciones, que, aunque han sido muchos y variados, se resumen en una palabra (bueno, dos): Las Vegas.

Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.

Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.

Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.

Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.
Y jet lag. Pero esa es otra historia.
Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.
Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.
Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.
Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.
Y jet lag. Pero esa es otra historia.
San Francisco
Mark Twain tenía más razón que un santo.
Llegamos a Frisco y nos tuvimos que poner los pantalones largos, los calcetines, el jersey, la cazadora y la bufanda, y aún así hacía frío, porque por mucho que te abrigues la humedad del Pacífico te entra en los huesos y la niebla te nubla el termostato. Tratamos de encontrar un sitio donde cenar ligero después de las mini raciones del avión y terminamos sentados delante de un plato de rost beef bien cortado, con su puré de patatas y su acompañamiento de salsa grasosa, como mandan los cánones. Aquella noche dormimos como reyes en una cama que no desmerecía a la de un hotel de cinco estrellas, aunque estoy convencida de que habríamos dormido igual en una tabla rasa.

Pero, ¡horror!, a las cinco del día siguiente ya estábamos despiertos, y a falta de tiendas abiertas hicimos lo siguiente mejor: irnos a desayunar un desayuno típicamente americano. Que nos pasáramos las vacaciones metiéndonos tremendos desayunos de este pelo puede que explique el hecho de que no me valga la ropa que dejé en Vitoria, pero eso es harina de otro costal y no vale la pena elucubrar.

Y luego llegó el barrio chino, y el italiano, y el Golden Gate a lo lejos, y el Bay Bridge, que es aún más bonito que el primero pero no tan famoso, aunque no sé por qué. Y, por si hubiera hambre, nos fuimos a comer a un indio-irlandés donde las pintas estaban a seis dólares y pico y el plato de curry a cinco, para equilibrar la cuenta. El resto de la tarde la pasamos haciendo la digestión. Y paseando. Y pensando en lo cansados que estábamos a pesar de ser las siete de la tarde.

Pero qué bien se duerme en el Kensington Park, madre.
Llegamos a Frisco y nos tuvimos que poner los pantalones largos, los calcetines, el jersey, la cazadora y la bufanda, y aún así hacía frío, porque por mucho que te abrigues la humedad del Pacífico te entra en los huesos y la niebla te nubla el termostato. Tratamos de encontrar un sitio donde cenar ligero después de las mini raciones del avión y terminamos sentados delante de un plato de rost beef bien cortado, con su puré de patatas y su acompañamiento de salsa grasosa, como mandan los cánones. Aquella noche dormimos como reyes en una cama que no desmerecía a la de un hotel de cinco estrellas, aunque estoy convencida de que habríamos dormido igual en una tabla rasa.
Pero, ¡horror!, a las cinco del día siguiente ya estábamos despiertos, y a falta de tiendas abiertas hicimos lo siguiente mejor: irnos a desayunar un desayuno típicamente americano. Que nos pasáramos las vacaciones metiéndonos tremendos desayunos de este pelo puede que explique el hecho de que no me valga la ropa que dejé en Vitoria, pero eso es harina de otro costal y no vale la pena elucubrar.
Y luego llegó el barrio chino, y el italiano, y el Golden Gate a lo lejos, y el Bay Bridge, que es aún más bonito que el primero pero no tan famoso, aunque no sé por qué. Y, por si hubiera hambre, nos fuimos a comer a un indio-irlandés donde las pintas estaban a seis dólares y pico y el plato de curry a cinco, para equilibrar la cuenta. El resto de la tarde la pasamos haciendo la digestión. Y paseando. Y pensando en lo cansados que estábamos a pesar de ser las siete de la tarde.
Pero qué bien se duerme en el Kensington Park, madre.
Aduana
Y es que pasar la aduana de Estados Unidos no es nada fácil, al menos para los hombres, y si ya eres un poco moreno, ni te cuento. Hace tres años sufrimos un ataque de ansiedad por culpa de una tía torda que nos dio una tarjeta de embarque hecha a mano, con la que no nos dejaban pasar en Philadelphia. Este año, un nombre y apellidos demasiado comunes nos dieron lata en San Francisco.
-¿Ha estado usted alguna vez en Estados Unidos?
-No.
-¿Ha pedido alguna vez un visado para trabajar aquí?
-No.
-¿Ha venido usted antes a este país?
-No.
-Tendrá que pasar por inspección secundaria. Seguro que es un error, pero me sale alguien con su mismo nombre que ha pedido visado.
Fueron amables, y nosotros íbamos tranquilos porque sabíamos que no habíamos hecho nada y ellos sabían que era un error. "There must be a lot of tocayos out there", nos dijo el hispano que no hablaba español en la inspección secundaria. Y así fue. Después de preguntar lo mismo media docena de veces, media hora eterna tras un vuelo de doce horas, nos dejaron salir con un "enjoy your trip" al frío de San Francisco. Nos acordamos de la frase de Mark Twain: "El invierno más frío que pasé fue un verano en San Francisco". La madre que parió al pacífico y su brisa.
-¿Ha estado usted alguna vez en Estados Unidos?
-No.
-¿Ha pedido alguna vez un visado para trabajar aquí?
-No.
-¿Ha venido usted antes a este país?
-No.
-Tendrá que pasar por inspección secundaria. Seguro que es un error, pero me sale alguien con su mismo nombre que ha pedido visado.
Fueron amables, y nosotros íbamos tranquilos porque sabíamos que no habíamos hecho nada y ellos sabían que era un error. "There must be a lot of tocayos out there", nos dijo el hispano que no hablaba español en la inspección secundaria. Y así fue. Después de preguntar lo mismo media docena de veces, media hora eterna tras un vuelo de doce horas, nos dejaron salir con un "enjoy your trip" al frío de San Francisco. Nos acordamos de la frase de Mark Twain: "El invierno más frío que pasé fue un verano en San Francisco". La madre que parió al pacífico y su brisa.
Regreso
¿Cómo puede una volver sin haber dicho antes que se iba? Pues sí, así soy yo, una "malqueda", que decía alguien de mi pasado (no recuerdo quién). Me he ido quince días a repetir las vacaciones de hace tres años, a ver a viejos amigos y a asistir a una boda oficiada por Elvis (que sigue vivo). Fotos y comentarios en próximos posts.
Los viajes largos te recuerdan, por si te habías olvidado, que los años no pasan en balde. Antes hacía este viaje tres veces al año, y tan tranquila, oiga. Hoy me he levantado a las dos de la tarde -tras 23 horas de viaje y llegar a casa a las cinco de la mañana- y todavía no sé si debo desayunar, comer, merendar o meterme otra vez a la cama. Aparte de que tengo los tobillos como botas y me duele hasta respirar. Qué duro es hacerse mayor.
El gato bien, gracias.
Los viajes largos te recuerdan, por si te habías olvidado, que los años no pasan en balde. Antes hacía este viaje tres veces al año, y tan tranquila, oiga. Hoy me he levantado a las dos de la tarde -tras 23 horas de viaje y llegar a casa a las cinco de la mañana- y todavía no sé si debo desayunar, comer, merendar o meterme otra vez a la cama. Aparte de que tengo los tobillos como botas y me duele hasta respirar. Qué duro es hacerse mayor.
El gato bien, gracias.
Nuevo feminismo
El feminismo, como todo, ha ido evolucionando a través de la historia. Al principio, el objetivo primordial de las mujeres era salir de la cárcel en la que se hallaban y colarse en el mundo masculino. Para ello pidieron para sí los roles que se les había asignado siempre a los hombres: poder trabajar, llevar dinero a casa, soportar la carga económica de una familia, llevar pantalones. Pasaron del ámbito privado al público, de un mundo "femenino" (permitid que use las comillas cuando un término no sea literal o no se ajuste del todo a lo que quiero decir) a un mundo "masculino". Adoptaron maneras de hombres: fumar en público, beber, andar en bicicleta... Y poco a poco la mujer se fue colando en rincones que antes les estaban vetados. Todo lo que antes se denominaba "femenino" (coser, cuidar de los hijos, atender la casa) fue menospreciado y minusvalorado. Las feministas se negaban a encadenarse en casa como sus madres y sus abuelas, y la lucha con el resto de mujeres empezó. Los hombres se sintieron amenazados. Se extendió la imagen de la feminista "machorra", lesbiana o asexual, que odiaba a los hombres y que soñaba con tener pene. La mujer tomó el terreno del hombre, pero el que hasta entonces había sido el terreno de la mujer quedó vacío.
Luego llegó una nueva tendencia. Las feministas reivindicaron su derecho a ser mujer desde lo femenino. Querían tener los mismos derechos que los hombres, pero también querían quedarse en casa con sus hijos. Querían que cuidar de los demás fuera visto como algo tan importante como traer dinero a casa, que parir fuera enaltecido como el trabajo más importante de la sociedad. Esas mujeres miraban (miran) mal a las que deciden no tener hijos, a las que no quieren quedarse en casa, a las que prefieren trabajar fuera a cuidar de los suyos. Huelga decir que entre el primer y el segundo grupo surgieron tiranteces. A todas se las llama feministas, pero no creo que existan dos grupos de mujeres más enfrentados en la historia.
Yo abogo, aquí como en todo, por el camino del medio. Mi feminismo viene guiado por la teoría de género, y va dirigido tanto a hombres como mujeres. Según mi hermano, soy lo que algunas de las mujeres y muchos hombres llaman "feminazi"; como él mismo ha dicho, me siento halagada cada vez que se dirigen a mí con este epíteto porque siento que algo estoy haciendo bien. Mi feminismo no diferencia hombre de mujer, femenino o masculino. Me gustaría vivir en una sociedad en la que el hecho de mear de pie o sentada no marcara tu destino. Un mundo en el que los hombres puedan tocarse, abrazarse y besarse como hacemos las mujeres sin que se les tache de maricones (y no digamos un mundo en el que la palabra maricón desaparezca). Un mundo en el que no se trate de distinta manera a una niña o a un niño, en el que los niños, si les da la gana, puedan ponerse un vestido rosa para ir a clase y nadie piense nada raro. Luchamos contra el racismo, y somos conscientes de que juzgar a alguien por el color de su piel está mal, pero aún seguimos juzgando todo a nuestro alrededor dependiendo de lo que cuelga o no entre las piernas, como si eso importara lo más mínimo.
En mi mundo ideal, los hombres se quedan en casa cuidando a sus hijos (o no) y el resto del mundo no les llama mantenido, vividor o aprovechado. Las mujeres tienen la opción de ser madre o no dependiendo de sus gustos y sus circunstancias. Aquellas a las que les guste quedarse en casa no reciben miradas acusatorias de sus compañeras, y las niñas que son hábiles y fuertes no van vestidas con vestiditos blancos llenos de florecitas con sus madres gritando que no se manchen. Los niños son delicados (o no), las mujeres son fuertes (o no), y todos y todas hacemos y somos lo que nos da la gana porque somos distintos y es imposible ser iguales, seamos hombres o mujeres. Lo único que podemos hacer las mujeres que a los hombres les está vetado es quedarnos embarazadas. En el resto de cosas, deberíamos tener todas las puertas abiertas.
Os dejo un vídeo precioso que nos pusieron en un curso de coeducación. Si tenéis un cuarto de hora, disfrutarlo, merece la pena. Ya me diréis que os parece. Y si no podéis verlo ahora y queréis buscarlo en youtube, poned "vestido nuevo" e ignorad el comentario que dice que habla de la homosexualidad en el colegio.
Luego llegó una nueva tendencia. Las feministas reivindicaron su derecho a ser mujer desde lo femenino. Querían tener los mismos derechos que los hombres, pero también querían quedarse en casa con sus hijos. Querían que cuidar de los demás fuera visto como algo tan importante como traer dinero a casa, que parir fuera enaltecido como el trabajo más importante de la sociedad. Esas mujeres miraban (miran) mal a las que deciden no tener hijos, a las que no quieren quedarse en casa, a las que prefieren trabajar fuera a cuidar de los suyos. Huelga decir que entre el primer y el segundo grupo surgieron tiranteces. A todas se las llama feministas, pero no creo que existan dos grupos de mujeres más enfrentados en la historia.
Yo abogo, aquí como en todo, por el camino del medio. Mi feminismo viene guiado por la teoría de género, y va dirigido tanto a hombres como mujeres. Según mi hermano, soy lo que algunas de las mujeres y muchos hombres llaman "feminazi"; como él mismo ha dicho, me siento halagada cada vez que se dirigen a mí con este epíteto porque siento que algo estoy haciendo bien. Mi feminismo no diferencia hombre de mujer, femenino o masculino. Me gustaría vivir en una sociedad en la que el hecho de mear de pie o sentada no marcara tu destino. Un mundo en el que los hombres puedan tocarse, abrazarse y besarse como hacemos las mujeres sin que se les tache de maricones (y no digamos un mundo en el que la palabra maricón desaparezca). Un mundo en el que no se trate de distinta manera a una niña o a un niño, en el que los niños, si les da la gana, puedan ponerse un vestido rosa para ir a clase y nadie piense nada raro. Luchamos contra el racismo, y somos conscientes de que juzgar a alguien por el color de su piel está mal, pero aún seguimos juzgando todo a nuestro alrededor dependiendo de lo que cuelga o no entre las piernas, como si eso importara lo más mínimo.
En mi mundo ideal, los hombres se quedan en casa cuidando a sus hijos (o no) y el resto del mundo no les llama mantenido, vividor o aprovechado. Las mujeres tienen la opción de ser madre o no dependiendo de sus gustos y sus circunstancias. Aquellas a las que les guste quedarse en casa no reciben miradas acusatorias de sus compañeras, y las niñas que son hábiles y fuertes no van vestidas con vestiditos blancos llenos de florecitas con sus madres gritando que no se manchen. Los niños son delicados (o no), las mujeres son fuertes (o no), y todos y todas hacemos y somos lo que nos da la gana porque somos distintos y es imposible ser iguales, seamos hombres o mujeres. Lo único que podemos hacer las mujeres que a los hombres les está vetado es quedarnos embarazadas. En el resto de cosas, deberíamos tener todas las puertas abiertas.
Os dejo un vídeo precioso que nos pusieron en un curso de coeducación. Si tenéis un cuarto de hora, disfrutarlo, merece la pena. Ya me diréis que os parece. Y si no podéis verlo ahora y queréis buscarlo en youtube, poned "vestido nuevo" e ignorad el comentario que dice que habla de la homosexualidad en el colegio.
Semana Negra de Gijón 2010
¡Qué bonito que ye Asturias, madre!
Ya estoy de vuelta. Ah, que no sabíais que me había ido. Pues sí, me fui y ya volví. Cuatro días de viaje, pero doce horas de tren entre la ida y la vuelta, así que en realidad solo fueron dos días enteros, que saben a poco pero te dejan con ganas de volver el año siguiente, que de eso se trata. Curioso, llevé el diario de viaje que llevo siempre conmigo y, al leer la entrada de Gijón del año pasado, me encontré casi con esas mismas palabras: el año que viene tengo que venir más días. Pero no he hecho caso a mi yo del pasado. La cosa es no escuchar a mis mayores.
Este año he estado entre Gijón y Oviedo, visitando a los que fueron mis roommates en los USA antes de que se vuelvan para allá. Durante el día, playa (qué frío, madre), paseo, comida abundante y grata compañía. Y por la tarde, poco antes de la puesta de sol, Semana Negra. Ay. Suspiro. Qué gozada, madre.
He andado entre libros, libreros, autores y admiradores (y gente a la que las carpas de los escritores parecían molestarles, porque no era un tío vivo en el que montarse). En uno de los puestos de libros, el de la librería Negra y Criminal, se me ocurrió pedirle al librero que me recomendara algo para leer. "Con una condición", me dijo, "que no te sientas obligada a comprar nada de lo que te diga". Pero cómo no comprarlos, con la pasión con la que hablaba. Por dios, si se pasó media hora recomendándome libros que ni siquiera tenía; vamos, que no lo hacía por vender. Tuve la sensación de haber muerto y estar en el cielo, y aquel hombre era mi dios. Yo, que no creo en nada, encontré el paraíso en la Tierra, y se llama Negra y Criminal. Los que vivís en Barcelona, no sabéis lo afortunados que sois. Seis libros le compré a aquel librero tan majo del que no sé el nombre. Casi me pidió perdón.
También atendí a un par de presentaciones, y me perdí otras tantas que me hubiera gustado escuchar. Juan Ramón Biedma se llevó el premio del director y me firmó su libro, El humo en la botella, que tiene una pinta estupenda, y a Julio Murillo tuve que comprarle dos ejemplares de su thriller histórico Oricalco, porque me gustó tanto la presentación que hizo y el artículo suyo que leí que, aunque huele a Código DaVinci o similar (pero con más rigor histórico, seguro), tuve que comprar uno para mí y otro para una amiga. También compré uno de Willy Uribe, que andaba por la feria, pero no tuve paciencia para buscarlo y hacer que me lo firmara. El año que viene, que ese es un fijo.
Y lo mejor: igual que me ocurrió el año pasado, he vuelto con unas ganas locas de escribir. Hoy he madrugado (¡en vacaciones!) y me he pasado dos horas delante del ordenador, escribiendo. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que no encontraba ni las letras. Sigo divirtiéndome con un proyecto que no verá la luz pero espero lean algunos, y sobre todo voy entrenando el músculo. Vuelvo a ser yo. Qué ganas, madre.
Necesito ferias de novela (negra, blanca o amarilla). Necesito el ambiente que allí se respira. Necesito libros. Aparte de los veintidós que tengo en casa aún por leer.
Ya estoy de vuelta. Ah, que no sabíais que me había ido. Pues sí, me fui y ya volví. Cuatro días de viaje, pero doce horas de tren entre la ida y la vuelta, así que en realidad solo fueron dos días enteros, que saben a poco pero te dejan con ganas de volver el año siguiente, que de eso se trata. Curioso, llevé el diario de viaje que llevo siempre conmigo y, al leer la entrada de Gijón del año pasado, me encontré casi con esas mismas palabras: el año que viene tengo que venir más días. Pero no he hecho caso a mi yo del pasado. La cosa es no escuchar a mis mayores.
Este año he estado entre Gijón y Oviedo, visitando a los que fueron mis roommates en los USA antes de que se vuelvan para allá. Durante el día, playa (qué frío, madre), paseo, comida abundante y grata compañía. Y por la tarde, poco antes de la puesta de sol, Semana Negra. Ay. Suspiro. Qué gozada, madre.
He andado entre libros, libreros, autores y admiradores (y gente a la que las carpas de los escritores parecían molestarles, porque no era un tío vivo en el que montarse). En uno de los puestos de libros, el de la librería Negra y Criminal, se me ocurrió pedirle al librero que me recomendara algo para leer. "Con una condición", me dijo, "que no te sientas obligada a comprar nada de lo que te diga". Pero cómo no comprarlos, con la pasión con la que hablaba. Por dios, si se pasó media hora recomendándome libros que ni siquiera tenía; vamos, que no lo hacía por vender. Tuve la sensación de haber muerto y estar en el cielo, y aquel hombre era mi dios. Yo, que no creo en nada, encontré el paraíso en la Tierra, y se llama Negra y Criminal. Los que vivís en Barcelona, no sabéis lo afortunados que sois. Seis libros le compré a aquel librero tan majo del que no sé el nombre. Casi me pidió perdón.
También atendí a un par de presentaciones, y me perdí otras tantas que me hubiera gustado escuchar. Juan Ramón Biedma se llevó el premio del director y me firmó su libro, El humo en la botella, que tiene una pinta estupenda, y a Julio Murillo tuve que comprarle dos ejemplares de su thriller histórico Oricalco, porque me gustó tanto la presentación que hizo y el artículo suyo que leí que, aunque huele a Código DaVinci o similar (pero con más rigor histórico, seguro), tuve que comprar uno para mí y otro para una amiga. También compré uno de Willy Uribe, que andaba por la feria, pero no tuve paciencia para buscarlo y hacer que me lo firmara. El año que viene, que ese es un fijo.
Y lo mejor: igual que me ocurrió el año pasado, he vuelto con unas ganas locas de escribir. Hoy he madrugado (¡en vacaciones!) y me he pasado dos horas delante del ordenador, escribiendo. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que no encontraba ni las letras. Sigo divirtiéndome con un proyecto que no verá la luz pero espero lean algunos, y sobre todo voy entrenando el músculo. Vuelvo a ser yo. Qué ganas, madre.
Necesito ferias de novela (negra, blanca o amarilla). Necesito el ambiente que allí se respira. Necesito libros. Aparte de los veintidós que tengo en casa aún por leer.
Diario
Todas las decisiones que tomamos afectan a los demás. Todas. Algunas veces nos damos cuenta; otras, no somos conscientes. Cada vez que nos movemos en una dirección, cambiamos el curso de otra vida. No vivimos en una burbuja. Hoy, donde antes había muerte, hay vida. Antes había dolor, hoy hay esperanza. Sólo una mujer puede ser el centro del universo. Todo a su debido tiempo. Yo no lo seré. No lo soy. Quizás lo sea. Más bien no. El mundo no gira a mi alrededor. Lo prefiero así.
El chantaje emocional es la más peligrosa de las armas. Usada debidamente, puede destruir decenas de vidas a lo largo del tiempo. Hay que ser muy hábil para esquivar las balas. Aprenderé alguna vez. Tengo que hacerlo, porque me están volviendo loca. Dice una amiga que acaba de descubrir su poder para cambiar las cosas que están mal en su vida. El problema viene cuando lo que está mal en tu vida son las personas. A ellas no se las puede cambiar si ellas no quieren. Tendré que cambiar yo.
Hace calor y siento que todos los poros de mi cuerpo sudan...
El chantaje emocional es la más peligrosa de las armas. Usada debidamente, puede destruir decenas de vidas a lo largo del tiempo. Hay que ser muy hábil para esquivar las balas. Aprenderé alguna vez. Tengo que hacerlo, porque me están volviendo loca. Dice una amiga que acaba de descubrir su poder para cambiar las cosas que están mal en su vida. El problema viene cuando lo que está mal en tu vida son las personas. A ellas no se las puede cambiar si ellas no quieren. Tendré que cambiar yo.
Hace calor y siento que todos los poros de mi cuerpo sudan...
4 de julio
Hoy es cuatro de julio en Estados Unidos. Sí, ya sé que es cuatro de julio en todo el mundo, pero aquí nos la trae al pairo, a no ser que sea el día que te coges las vacaciones (que no creo, siendo domingo), tu cumpleaños o el de tus hijos. Fíjate, que después de siete años allende los mares debería habérseme quedado algo de orgullo patrio en este día, pero no. Claro que tampoco celebro el doce de octubre, ni ese día que ha elegido Patxi como día de todos los vascos, que no sé ni en qué mes cae, cómo lo voy a celebrar. Pero en los USA es 4 de julio, y desde aquí les saludo. Un poquito, al menos.
No recuerdo ningún cuatro de julio especial. Un motivo para ello es que, en los primeros años, para esas fechas yo ya estaba de vacaciones en Vitoria. Cuando empecé a trabajar en el calendario circular (tres meses de trabajo y uno de vacaciones, en lugar de todas las vacaciones al mismo tiempo), sí que me tocó estar allí durante las celebraciones. Pero aún así, no hay ninguna imagen que me asalte, que relacione con este día. Hacíamos barbacoas, sí. Y había fuegos artificiales. Pero como al día siguiente había que trabajar, tampoco se podían hacer estragos.
Aún así, este es el día que elegí para volver, para no olvidar nunca la fecha de mi regreso. Hoy hace cuatro años que dije adiós a esas tierras. Bueno, mejor dicho un hasta luego, porque no fueron en absoluto malos ratos y King City se convirtió en mi segunda casa. Soy un poco americana, me temo (un poco; solo un poco), y mal que me pese, siempre me importará lo que pase al otro lado del océano. Por eso hoy me acuerdo de ellos. No hondeo banderas, no soy de esas, pero me encantaría tener una pequeña barbacoa que llevarme a la boca, con ese sol californiano calentándome la cara y sabiendo que ahí al lado tengo la piscina para cuando me acalore demasiado. Las cosas buenas se echan de menos.
No recuerdo ningún cuatro de julio especial. Un motivo para ello es que, en los primeros años, para esas fechas yo ya estaba de vacaciones en Vitoria. Cuando empecé a trabajar en el calendario circular (tres meses de trabajo y uno de vacaciones, en lugar de todas las vacaciones al mismo tiempo), sí que me tocó estar allí durante las celebraciones. Pero aún así, no hay ninguna imagen que me asalte, que relacione con este día. Hacíamos barbacoas, sí. Y había fuegos artificiales. Pero como al día siguiente había que trabajar, tampoco se podían hacer estragos.
Aún así, este es el día que elegí para volver, para no olvidar nunca la fecha de mi regreso. Hoy hace cuatro años que dije adiós a esas tierras. Bueno, mejor dicho un hasta luego, porque no fueron en absoluto malos ratos y King City se convirtió en mi segunda casa. Soy un poco americana, me temo (un poco; solo un poco), y mal que me pese, siempre me importará lo que pase al otro lado del océano. Por eso hoy me acuerdo de ellos. No hondeo banderas, no soy de esas, pero me encantaría tener una pequeña barbacoa que llevarme a la boca, con ese sol californiano calentándome la cara y sabiendo que ahí al lado tengo la piscina para cuando me acalore demasiado. Las cosas buenas se echan de menos.
To the States
To the States or any one of them, or any city of the States,
Resist much, obey little,
Once unquestioning obedience, once fully enslaved,
Once fully enslaved, no nation, state, city of this earth, ever
afterward resumes its liberty.
Aquí sigo
El sol brilla con fuerza hoy, a diferencia de días pasados. Anochecerá tarde, aunque cada vez antes a este lado del día de San Juan. La luz no se cuela por mi ventana, no ahora, no por la tarde. Pero fuera hace calor y en casa se nota.
El gato persigue moscas, yo persigo fantasmas. Demasiado tiempo libre (¿demasiado?, ¡eso nunca!), muchas horas para pensar. No escribo. ¿Por qué no escribo? Porque no escribo. No es bloqueo. ¿Desidia? Quizás. Rendición, le llamo yo.
La gente pasa y se va. Algunos se quedan un rato, pero al final marchan. Yo también. Como decía algún poeta, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Tengo que leer más poesía. No la entiendo. No sé disfrutarla. Una pena. Recomendadme algún poeta, anda.
Y aquí sigo, y, a pesar de lo que pueda parecer por el tono de la entrada, estoy feliz, o algo así. La felicidad va a ratos, pasa y se va, como la gente, como las cosas. Mis rutinas son fiables. No me puedo quejar.
Si algún día consiguiera volver a escribir -pero escribir de verdad, no esto-, sería feliz de verdad.
El gato persigue moscas, yo persigo fantasmas. Demasiado tiempo libre (¿demasiado?, ¡eso nunca!), muchas horas para pensar. No escribo. ¿Por qué no escribo? Porque no escribo. No es bloqueo. ¿Desidia? Quizás. Rendición, le llamo yo.
La gente pasa y se va. Algunos se quedan un rato, pero al final marchan. Yo también. Como decía algún poeta, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Tengo que leer más poesía. No la entiendo. No sé disfrutarla. Una pena. Recomendadme algún poeta, anda.
Y aquí sigo, y, a pesar de lo que pueda parecer por el tono de la entrada, estoy feliz, o algo así. La felicidad va a ratos, pasa y se va, como la gente, como las cosas. Mis rutinas son fiables. No me puedo quejar.
Si algún día consiguiera volver a escribir -pero escribir de verdad, no esto-, sería feliz de verdad.
Necesidades
Antes escribir era una necesidad. O quizás no. Quizás yo quería creer que necesitaba escribir, cuando en realidad era sólo una manera de evadirme. Que también es una necesidad. Pero no es lo mismo.
Ya no siento esa necesidad. Ya no siento ese impulso, ese motor que me obliga a sentarme en el ordenador y escribir, lo que sea, como sea, pero escribir. No sé si es porque he pretendido tomármelo más en serio, y entonces ha dejado de ser divertido. No sé si es que estoy cansada. No sé por qué, pero ya no necesito escribir. Leer, sí. De momento, esa necesidad existe. Me da miedo agotarla y que de repente me encuentre sin necesidades, con un verano eterno ante mí y sin nada que me impulse a levantarme por las mañanas cuando el tiempo no acompañe. Será la falta de cosas que hacer. Será que he desacelerado tan de golpe que me he parado. No lo sé.
Espero que no sea que ya no lo necesito.
Ya no siento esa necesidad. Ya no siento ese impulso, ese motor que me obliga a sentarme en el ordenador y escribir, lo que sea, como sea, pero escribir. No sé si es porque he pretendido tomármelo más en serio, y entonces ha dejado de ser divertido. No sé si es que estoy cansada. No sé por qué, pero ya no necesito escribir. Leer, sí. De momento, esa necesidad existe. Me da miedo agotarla y que de repente me encuentre sin necesidades, con un verano eterno ante mí y sin nada que me impulse a levantarme por las mañanas cuando el tiempo no acompañe. Será la falta de cosas que hacer. Será que he desacelerado tan de golpe que me he parado. No lo sé.
Espero que no sea que ya no lo necesito.
Ñoñerías de un domingo por la mañana
-Cásate conmigo –dice él, y ya es la octava vez que se lo pide-. Mañana mismo. Esta noche. Ahora.
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.
Nuestros genios
Me da la sensación de que en épocas pasadas hubo más genios en literatura que en la época que nos ocupa. O puede que sea que sufro de vista cansada y soy de esas que no puede ver el genio más que cuando se aleja, ya sea en el tiempo o la distancia. Pienso en el por qué, y se me ocurre una opción que va a sonar escandalosa: la universalización de la educación.
Antes sólo sabían escribir unos pocos, y esos pocos, además, solían tener los medios para dedicarse a ello sin preocuparse de poner comida en el plato. También nacían rodeados de libros y de gente culta con conversaciones inteligentes y filosóficas que nunca arreglarían los males del mundo, pero tampoco les hacía falta. Había genios en las clases bajas, claro que sí, pero sin esos medios se disolvían y desaparecían y nadie volvía a saber de ellos. Hoy nos queda Keats y algún alma desdichada más, pero son los menos. La literatura, desgraciadamente, entiende de clases. Menos, quizás, en nuestros días. Pero me cuesta pensar un nombre que equiparar al de Keats, o a Calderón de la Barca.
Hoy todo el mundo escribe. Quien más quien menos lleva un diario. Algunos escriben cuentos, o cartas que luego queman. Todos hemos escrito poemas a los quince años. La escritura -que no la literatura- abunda, pero los genios escasean. ¿Será porque ahora lo tenemos demasiado fácil y no hay que luchar tanto por ello? ¿O será porque la educación que recibimos es la peor que se puede recibir para crear genios?
La educación gratuita y obligatoria ha conseguido que el analfabetismo se reduzca a números simbólicos. Ha conseguido que niños y niñas con pocas posibilidades de aprender nada por sí solos -por condiciones socioeconómicas, por problemas cognitivos, por un millón de razones- lleguen, cuando menos, a un mínimo. Pero también coarta el genio. La educación es una talla única, donde todos los niños y niñas tienen que estar en una zona determinada, con suerte no por debajo de ella, y por desgracia, tampoco por encima. Porque a veces no distinguimos el genio del descaro, el experimentar con el ser descuidado.
Ayer, unas niñas de cinco años decidieron pintar el dibujo que les había dado poniendo plana la pintura y pasándola por todo el dibujo; luego delinearon el contorno del oso que estaban coloreando y me lo enseñaron, orgullosas. Yo, sin pensar, les dije que era una chapuza -no con esas palabras, claro-, que se habían salido de la línea, que así no se pinta. Y ellas corrieron a borrar lo que habían hecho y a utilizar las pinturas como todos los demás. Me di cuenta demasiado tarde de que acababa de hacer lo que, como estudiante de magisterio, me juré que nunca haría. Pinta por dentro de la línea. Vamos, hombre, ¿de dónde ha salido eso? ¿Cuándo me he convertido en una de esas profesoras?
Es difícil ver el genio. Supongo que hay que estar al loro, que hay que estar buscándolo todo el rato: en las palabras sueltas que escribe una niña de cinco años, en las redacciones de una de doce, en los dibujos que parecen mal hechos pero en realidad son una forma de experimentación... Me gustaría decir que soy de esas profesoras que estimulan la creatividad, pero los hechos prueban que no lo soy. Prometo mejorar. No sé si de mis aulas saldrá alguna vez un genio, pero los pienso buscar con avidez. Todo se andará.
Antes sólo sabían escribir unos pocos, y esos pocos, además, solían tener los medios para dedicarse a ello sin preocuparse de poner comida en el plato. También nacían rodeados de libros y de gente culta con conversaciones inteligentes y filosóficas que nunca arreglarían los males del mundo, pero tampoco les hacía falta. Había genios en las clases bajas, claro que sí, pero sin esos medios se disolvían y desaparecían y nadie volvía a saber de ellos. Hoy nos queda Keats y algún alma desdichada más, pero son los menos. La literatura, desgraciadamente, entiende de clases. Menos, quizás, en nuestros días. Pero me cuesta pensar un nombre que equiparar al de Keats, o a Calderón de la Barca.
Hoy todo el mundo escribe. Quien más quien menos lleva un diario. Algunos escriben cuentos, o cartas que luego queman. Todos hemos escrito poemas a los quince años. La escritura -que no la literatura- abunda, pero los genios escasean. ¿Será porque ahora lo tenemos demasiado fácil y no hay que luchar tanto por ello? ¿O será porque la educación que recibimos es la peor que se puede recibir para crear genios?
La educación gratuita y obligatoria ha conseguido que el analfabetismo se reduzca a números simbólicos. Ha conseguido que niños y niñas con pocas posibilidades de aprender nada por sí solos -por condiciones socioeconómicas, por problemas cognitivos, por un millón de razones- lleguen, cuando menos, a un mínimo. Pero también coarta el genio. La educación es una talla única, donde todos los niños y niñas tienen que estar en una zona determinada, con suerte no por debajo de ella, y por desgracia, tampoco por encima. Porque a veces no distinguimos el genio del descaro, el experimentar con el ser descuidado.
Ayer, unas niñas de cinco años decidieron pintar el dibujo que les había dado poniendo plana la pintura y pasándola por todo el dibujo; luego delinearon el contorno del oso que estaban coloreando y me lo enseñaron, orgullosas. Yo, sin pensar, les dije que era una chapuza -no con esas palabras, claro-, que se habían salido de la línea, que así no se pinta. Y ellas corrieron a borrar lo que habían hecho y a utilizar las pinturas como todos los demás. Me di cuenta demasiado tarde de que acababa de hacer lo que, como estudiante de magisterio, me juré que nunca haría. Pinta por dentro de la línea. Vamos, hombre, ¿de dónde ha salido eso? ¿Cuándo me he convertido en una de esas profesoras?
Es difícil ver el genio. Supongo que hay que estar al loro, que hay que estar buscándolo todo el rato: en las palabras sueltas que escribe una niña de cinco años, en las redacciones de una de doce, en los dibujos que parecen mal hechos pero en realidad son una forma de experimentación... Me gustaría decir que soy de esas profesoras que estimulan la creatividad, pero los hechos prueban que no lo soy. Prometo mejorar. No sé si de mis aulas saldrá alguna vez un genio, pero los pienso buscar con avidez. Todo se andará.
Androginia
Acabados los exámenes, estos días me da tiempo hasta para pensar. Pienso en quién es el vecino cabrón que me ha abierto la nómina y la ha vuelto a dejar, abierta, en mi buzón (que tiene la cerradura rota). Pienso en cuándo voy a pedir el presupuesto de las ventanas nuevas que quiero que me pongan antes de que suba el IVA. Pienso en qué fruta veraniega voy a comer hoy y en cuántas calorías tiene un kiwi. Y pienso también, por qué no, en literatura.
Estoy leyendo a Henning Mankell (sí, ese "perverso terrorista musulmán" que ahora está en la cárcel en Israel), autor que me recomendó una amiga que disfruta tanto de la novela negra como yo. He empezado con ganas de descubrir a un nuevo autor, a poder ser alguien a quien meter en mi lista de "favoritos", pero me estoy dando cuenta de que no me engancha. Al principio no tenía muy claro por qué era, pero creo que he encontrado el problema: es demasiado masculino.
("Ya está aquí la feminazi dando el coñazo otra vez. Anda, enchufa el "reader" y vámonos a otra parte.")
El problema es que no sé cómo definir esa forma de escribir, ni si estoy dando realmente en el clavo con esa palabra. Tengo que ser sincera y admitir que, cuando leo una novela negra, lo último que suele importarme es el misterio y si acierto o no con el asesino. Lo que a mí me gusta del género es su forma de retratar a la sociedad, de cómo se relacionan los personajes, de qué ocurre en la vida de cada una de las víctimas. Mankell no me deja con las ganas en ese aspecto, no me oculta datos. Pero lo único que me da es eso, datos. Me pinta un cuadro detallado, pero en blanco y negro. Y yo, ávida lectora de Elizabeth George y demás artistas del género, quiero colorines. No me vale con saber que el muerto tenía una amante: quiero saber lo que la amante siente y si el hombre la quería más a ella que a su mujer, y si todo eso me lo dices en una escena en la que el hijo de ambos llora en la lejanía, mejor que mejor.
Virginia Woolf hablaba de androginia en un escritor, y yo estoy completamente de acuerdo con ella. Para que un libro me llene, tiene que describir la realidad (¿pero qué es la realidad?, eso da para una tesis) desde un punto de vista que a mí me llegue, y yo, siendo mujer, me identifico más con el punto de vista de una mujer. Pero no exclusivamente. Middlesex y Al este del Edén siguen siendo mis libros favoritos, esos que esperan en mi estantería ser leídos otra vez, y Cien años de soledad me dejó incapaz de leer nada durante meses para no quitarme el regusto. No me hace falta que sea una mujer la que escribe, pero sí necesito alguien que describa las cosas de manera que a mí me guste. Y creo que me gusta un lado femenino, lo que quiera que eso signifique.
¿Qué pensáis vosotros y vosotras? ¿Os ha pasado eso alguna vez? ¿Me estoy pasando en mi análisis gafapastil? Por dios, sacadme de dudas, que me van a bajar el sueldo y no me llega para el terapeuta.
Estoy leyendo a Henning Mankell (sí, ese "perverso terrorista musulmán" que ahora está en la cárcel en Israel), autor que me recomendó una amiga que disfruta tanto de la novela negra como yo. He empezado con ganas de descubrir a un nuevo autor, a poder ser alguien a quien meter en mi lista de "favoritos", pero me estoy dando cuenta de que no me engancha. Al principio no tenía muy claro por qué era, pero creo que he encontrado el problema: es demasiado masculino.
("Ya está aquí la feminazi dando el coñazo otra vez. Anda, enchufa el "reader" y vámonos a otra parte.")
El problema es que no sé cómo definir esa forma de escribir, ni si estoy dando realmente en el clavo con esa palabra. Tengo que ser sincera y admitir que, cuando leo una novela negra, lo último que suele importarme es el misterio y si acierto o no con el asesino. Lo que a mí me gusta del género es su forma de retratar a la sociedad, de cómo se relacionan los personajes, de qué ocurre en la vida de cada una de las víctimas. Mankell no me deja con las ganas en ese aspecto, no me oculta datos. Pero lo único que me da es eso, datos. Me pinta un cuadro detallado, pero en blanco y negro. Y yo, ávida lectora de Elizabeth George y demás artistas del género, quiero colorines. No me vale con saber que el muerto tenía una amante: quiero saber lo que la amante siente y si el hombre la quería más a ella que a su mujer, y si todo eso me lo dices en una escena en la que el hijo de ambos llora en la lejanía, mejor que mejor.
Virginia Woolf hablaba de androginia en un escritor, y yo estoy completamente de acuerdo con ella. Para que un libro me llene, tiene que describir la realidad (¿pero qué es la realidad?, eso da para una tesis) desde un punto de vista que a mí me llegue, y yo, siendo mujer, me identifico más con el punto de vista de una mujer. Pero no exclusivamente. Middlesex y Al este del Edén siguen siendo mis libros favoritos, esos que esperan en mi estantería ser leídos otra vez, y Cien años de soledad me dejó incapaz de leer nada durante meses para no quitarme el regusto. No me hace falta que sea una mujer la que escribe, pero sí necesito alguien que describa las cosas de manera que a mí me guste. Y creo que me gusta un lado femenino, lo que quiera que eso signifique.
¿Qué pensáis vosotros y vosotras? ¿Os ha pasado eso alguna vez? ¿Me estoy pasando en mi análisis gafapastil? Por dios, sacadme de dudas, que me van a bajar el sueldo y no me llega para el terapeuta.
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La voz
Cuando digo por ahí que me gusta escribir, lo primero que te preguntan siempre es "¿y qué escribes?" Me resulta una pregunta muy difícil de contestar, porque depende del día, del mes y del ánimo con el que me encuentre, por no hablar del tiempo disponible. Lo mismo es un misterio que un bildungsroman que una comedia romántica. Yo no soy de las que tienen un género y sólo se mueven en ese. Será porque todavía no he encontrado la voz. No estoy hablando de LA voz, esa es la de Alan Rickman, sino de mi voz. Eso tan difícil de conseguir y que sólo alguien que ha intentado escribir alguna vez sabe lo mucho que cuesta encontrar.
Durante toda mi vida adulta he buscado una voz literaria con la que me sintiera cómoda. He dado por sentado que yo no tenía voz propia, que debía formarla y educarla, y tratar de crear una voz grandiosa, válida para contar historias épicas. La novela cuyo primer borrador terminé el año pasado era uno de esos proyectos épicos que no quería afrontar porque todavía no había encontrado mi voz. Era una historia contada en masculino, desde el punto de vista de varios hombres, en los que las mujeres solo aparecían a través de los ojos de los hombres. Tenía que ser así porque así lo marcaba la historia, pero ese fue mi primer error. No puedo contar una historia a través de ojos masculinos, porque no soy hombre. Y sí, se puede hacer, por supuesto que se puede, pero creo que es mucho más difícil y es más fácil aprender a gatear que a correr maratones. Así que, después de entregarme en cuerpo y alma a terminar el borrador, releerlo y odiarlo de principio a fin, decidí jugar un poco con algo más "sencillo".
Y me puse a escribir algo que entraría en la categoría de chic lit y que durante meses he tenido aparcado porque "yo valgo más que eso, por dios, qué vergüenza, si alguien supiera...". Ya sabéis el tipo de historia: treintañera soltera, con un trabajo estupendo pero muy exigente, que se ve envuelta en un proyecto que incluye a... -puntos suspensivos porque es un personaje famoso y no quiero desvelar más-. No hay historias de faldas, no hay lío romántico, pero sí se habla de tacones, y de maquillaje, y de problemas para entenderse en un entorno no familiar, y de complicaciones entre amigas, y de cosas de las que una mujer se da cuenta pero un hombre no. Escribí algo más de veinte páginas en abril y no he vuelto a tocarlo hasta esta mañana, cuando lo he releído. ¿Y sabéis qué? Me he encontrado. Me he reído. Me he imaginado todas las situaciones que describo sin recordar siquiera que las había escrito yo. Me he visto en las palabras, en las frases. He encontrado mi voz.
Y quizás no valga dos duros, ni me permita reescribir la novela que quiero arreglar -porque sí, me gusta mucho la idea original que tuve, pero es tan difícil...-, pero al menos me permite arrancar de un parón muy largo. Hoy he escrito más de mil palabras que espero no volver a releer en un mes, porque necesito la perspectiva que da el tiempo. Me he encontrado a gusto, lo he disfrutado, he desenquilosado los músculos -cerebrales y manuales- que llevaban enquistados varios meses. Y supongo que de eso se trata. Porque, pase lo que pase, si escribo tiene que ser para divertirme, para leerlo yo y que me guste, y luego ya vendrán los demás. Pero si no soy sincera conmigo misma, nadie me creerá nunca. Y la voz, a la hora de escribir, es lo que marca a una escritora. Y si no, que se lo pregunten a Virginia Woolf.
Durante toda mi vida adulta he buscado una voz literaria con la que me sintiera cómoda. He dado por sentado que yo no tenía voz propia, que debía formarla y educarla, y tratar de crear una voz grandiosa, válida para contar historias épicas. La novela cuyo primer borrador terminé el año pasado era uno de esos proyectos épicos que no quería afrontar porque todavía no había encontrado mi voz. Era una historia contada en masculino, desde el punto de vista de varios hombres, en los que las mujeres solo aparecían a través de los ojos de los hombres. Tenía que ser así porque así lo marcaba la historia, pero ese fue mi primer error. No puedo contar una historia a través de ojos masculinos, porque no soy hombre. Y sí, se puede hacer, por supuesto que se puede, pero creo que es mucho más difícil y es más fácil aprender a gatear que a correr maratones. Así que, después de entregarme en cuerpo y alma a terminar el borrador, releerlo y odiarlo de principio a fin, decidí jugar un poco con algo más "sencillo".
Y me puse a escribir algo que entraría en la categoría de chic lit y que durante meses he tenido aparcado porque "yo valgo más que eso, por dios, qué vergüenza, si alguien supiera...". Ya sabéis el tipo de historia: treintañera soltera, con un trabajo estupendo pero muy exigente, que se ve envuelta en un proyecto que incluye a... -puntos suspensivos porque es un personaje famoso y no quiero desvelar más-. No hay historias de faldas, no hay lío romántico, pero sí se habla de tacones, y de maquillaje, y de problemas para entenderse en un entorno no familiar, y de complicaciones entre amigas, y de cosas de las que una mujer se da cuenta pero un hombre no. Escribí algo más de veinte páginas en abril y no he vuelto a tocarlo hasta esta mañana, cuando lo he releído. ¿Y sabéis qué? Me he encontrado. Me he reído. Me he imaginado todas las situaciones que describo sin recordar siquiera que las había escrito yo. Me he visto en las palabras, en las frases. He encontrado mi voz.
Y quizás no valga dos duros, ni me permita reescribir la novela que quiero arreglar -porque sí, me gusta mucho la idea original que tuve, pero es tan difícil...-, pero al menos me permite arrancar de un parón muy largo. Hoy he escrito más de mil palabras que espero no volver a releer en un mes, porque necesito la perspectiva que da el tiempo. Me he encontrado a gusto, lo he disfrutado, he desenquilosado los músculos -cerebrales y manuales- que llevaban enquistados varios meses. Y supongo que de eso se trata. Porque, pase lo que pase, si escribo tiene que ser para divertirme, para leerlo yo y que me guste, y luego ya vendrán los demás. Pero si no soy sincera conmigo misma, nadie me creerá nunca. Y la voz, a la hora de escribir, es lo que marca a una escritora. Y si no, que se lo pregunten a Virginia Woolf.
Lo que me hace feliz
Promesas
Prometo actualizar el blog más a menudo a partir de ahora y, por lo menos, hasta septiembre.
Prometo intentar cubrir temas que os puedan interesar, pero sobre todo prometo que me interesarán a mí.
Prometo hacer todo lo que me he prometido hacer estas últimas semanas y no he hecho por la excusa de estudiar.
Prometo retomar la novela que dejé acabada en formato borrador y tratar de arreglar algo.
Prometo hacer de la escritura parte de mi rutina diaria.
Prometo no obsesionarme con nada hasta el punto de abandonar todo lo demás.
Lo prometo. Y en vuestras manos queda llamarme al orden si no lo cumplo.
(Os dejo con una canción de esas de cantar en la ducha, que me ha acompañado esta semana.)
Prometo intentar cubrir temas que os puedan interesar, pero sobre todo prometo que me interesarán a mí.
Prometo hacer todo lo que me he prometido hacer estas últimas semanas y no he hecho por la excusa de estudiar.
Prometo retomar la novela que dejé acabada en formato borrador y tratar de arreglar algo.
Prometo hacer de la escritura parte de mi rutina diaria.
Prometo no obsesionarme con nada hasta el punto de abandonar todo lo demás.
Lo prometo. Y en vuestras manos queda llamarme al orden si no lo cumplo.
(Os dejo con una canción de esas de cantar en la ducha, que me ha acompañado esta semana.)
Debilidad
Sí.
Lo admito.
Soy débil.
Tengo personalidad adictiva.
Cuando era adolescente, me dio por el baloncesto. Unos años más tarde, por Harry Potter.
(Sí, el mundo al revés, lo sé.)
Ahora me da por otras cosas. Pero no un poquito, sino mucho.
No puedo dejar las cosas a medias. Tengo que acabarlas. Sea un libro, una serie, o una colcha.
(Fíjate tú, que puedo dejar de escribir a la mitad de una novela. Eso, maldita sea, es lo único que puedo dejar a medias.)
Mañana por la mañana, me levantaré a las seis de la mañana. Dormida y con un café en la mano, encenderé el televisor. Y luego me iré a estudiar y a hacer un examen.
Estoy perdida.
Están Perdidos.
Lo admito.
Soy débil.
Tengo personalidad adictiva.
Cuando era adolescente, me dio por el baloncesto. Unos años más tarde, por Harry Potter.
(Sí, el mundo al revés, lo sé.)
Ahora me da por otras cosas. Pero no un poquito, sino mucho.
No puedo dejar las cosas a medias. Tengo que acabarlas. Sea un libro, una serie, o una colcha.
(Fíjate tú, que puedo dejar de escribir a la mitad de una novela. Eso, maldita sea, es lo único que puedo dejar a medias.)
Mañana por la mañana, me levantaré a las seis de la mañana. Dormida y con un café en la mano, encenderé el televisor. Y luego me iré a estudiar y a hacer un examen.
Estoy perdida.
Están Perdidos.
Desvaríos varios de un viernes tardío.
W.H. Auden
Con qué joyitas se encuentra una de vez en cuando, madre.
Estaba yo buscando algo más de información sobre W.H. Auden, a quien me tengo que estudiar para el examen del día veintisiete, cuando me he encontrado con un vídeo de Youtube. Y hete aquí que, sin quererlo, me han resuelto una duda que hubiera resuelto de haber escuchado atentamente la película, pero que me ha hecho más ilusión encontrar así: el autor del poema que leen en el funeral de Cuatro bodas y un funeral, que siempre me ha encantado y nunca me había molestado en buscar.
Lo peor ha sido que, salvando las distancias (dado que es un poema romántico), ha reflejado muy bien lo que sentí el día que murió mi padre y se me ha hecho un agujero en la boca del estómago. Qué tendrá la pena que tiene que empeorar antes de mejorar.
STOP ALL THE CLOCKS
Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with the juicy bone.
Silence the pianos and, with muffled drum,
Bring out the coffin. Let the mourners come.
Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling in the sky the message: “He is dead!”
Put crepe bows around the white necks of the public doves.
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.
He was my north, my south, my east and west,
My working week and Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song.
I thought that love would last forever; I was wrong.
The stars are not wanted now; put out every one.
Pack up the moon and dismantle the sun.
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can come to any good.
Estaba yo buscando algo más de información sobre W.H. Auden, a quien me tengo que estudiar para el examen del día veintisiete, cuando me he encontrado con un vídeo de Youtube. Y hete aquí que, sin quererlo, me han resuelto una duda que hubiera resuelto de haber escuchado atentamente la película, pero que me ha hecho más ilusión encontrar así: el autor del poema que leen en el funeral de Cuatro bodas y un funeral, que siempre me ha encantado y nunca me había molestado en buscar.
Lo peor ha sido que, salvando las distancias (dado que es un poema romántico), ha reflejado muy bien lo que sentí el día que murió mi padre y se me ha hecho un agujero en la boca del estómago. Qué tendrá la pena que tiene que empeorar antes de mejorar.
STOP ALL THE CLOCKS
Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with the juicy bone.
Silence the pianos and, with muffled drum,
Bring out the coffin. Let the mourners come.
Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling in the sky the message: “He is dead!”
Put crepe bows around the white necks of the public doves.
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.
He was my north, my south, my east and west,
My working week and Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song.
I thought that love would last forever; I was wrong.
The stars are not wanted now; put out every one.
Pack up the moon and dismantle the sun.
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can come to any good.
No es país para zurdos.
Llevo un tiempo fijándome en los alumnos zurdos que tengo en mis clases, que son bastantes. No tengo datos fiables, sólo memoria y muy mala, pero me da la sensación de que ahora hay más niños zurdos que antes. En la época de nuestros padres se les obligaba a escribir con la derecha, pero ya hace tiempo que no se ve nada malo en ser zurdo. Simplemente, son distintos. Y más que en la manera de escribir.
Estas semanas he distinguido dos tipos de zurdos, y ya digo que no dispongo de datos empíricos, sino de simples impresiones. Los primeros son los niños con problemas escolares. En una determinada clase, todos los alumnos y alumnas con serios problemas son zurdos. No estoy diciendo que sean más cortos que los demás -nunca, jamás se oirá de mi boca semejante barbaridad-, pero es bien sabido que la mano que utilizamos para escribir -y usar las tijeras, que no veáis lo difícil que es para un zurdo de seis años cortar con tijeras de diestro- tiene efecto sobre un hemisferio cerebral concreto: la mano derecha sobre el izquierdo, la izquierda sobre el derecho. El hemisferio izquierdo es el del lenguaje, las matemáticas, las reglas en general. El derecho, el del arte, la creatividad, la imaginación. La música y la literatura surgen de una mezcla de ambos. ¿No sería posible que la escuela estuviera enfocada a las características del hemisferio izquierdo y dejara de lado las del derecho? Estos niños y niñas son hiperactivos y tienen un serio déficit de atención. También tienen compañeros diestros con estos problemas, pero los zurdos son mayoría. Repito, me baso en la observación no científica de una profesora con doscientos y pico alumnos, no tengo datos empíricos.
El otro grupo de zurdos es justo lo contrario. Metódicos, perfeccionistas, tienen la mejor letra de toda la clase, buenos dibujantes, formales, obedientes... Obviamente, estos me desestabilizan la teoría. No sé cuál de los dos grupos es el "normal", aunque en la ikastola se dan más de los del primer grupo que de los del segundo. Me ha parecido curioso.
¿Algún zurdo/a por ahí que quiera compartir experiencias? ¿A que no he acertado en nada?
Estas semanas he distinguido dos tipos de zurdos, y ya digo que no dispongo de datos empíricos, sino de simples impresiones. Los primeros son los niños con problemas escolares. En una determinada clase, todos los alumnos y alumnas con serios problemas son zurdos. No estoy diciendo que sean más cortos que los demás -nunca, jamás se oirá de mi boca semejante barbaridad-, pero es bien sabido que la mano que utilizamos para escribir -y usar las tijeras, que no veáis lo difícil que es para un zurdo de seis años cortar con tijeras de diestro- tiene efecto sobre un hemisferio cerebral concreto: la mano derecha sobre el izquierdo, la izquierda sobre el derecho. El hemisferio izquierdo es el del lenguaje, las matemáticas, las reglas en general. El derecho, el del arte, la creatividad, la imaginación. La música y la literatura surgen de una mezcla de ambos. ¿No sería posible que la escuela estuviera enfocada a las características del hemisferio izquierdo y dejara de lado las del derecho? Estos niños y niñas son hiperactivos y tienen un serio déficit de atención. También tienen compañeros diestros con estos problemas, pero los zurdos son mayoría. Repito, me baso en la observación no científica de una profesora con doscientos y pico alumnos, no tengo datos empíricos.
El otro grupo de zurdos es justo lo contrario. Metódicos, perfeccionistas, tienen la mejor letra de toda la clase, buenos dibujantes, formales, obedientes... Obviamente, estos me desestabilizan la teoría. No sé cuál de los dos grupos es el "normal", aunque en la ikastola se dan más de los del primer grupo que de los del segundo. Me ha parecido curioso.
¿Algún zurdo/a por ahí que quiera compartir experiencias? ¿A que no he acertado en nada?
Cuando otros lo dicen mejor que tú.
Vengo del blog de Maritormes y, como muchas otras veces, me he quedado sin palabras. Hoy, quizás, de una manera más especial aún, porque me ha presentado a alguien que no conocía y que no me perdono no conocer. ¿Quién? Ah. Id y ved. No saldréis decepcionadas.
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Necesidad de ficción
Me quedan dos semanas para los exámenes. Dos semanas que deberían estar dedicadas exclusivamente al estudio -sobre todo de vocabulario de alemán- y en las que no debería pensar en otra cosa que en George Orwell, James Joyce y Virginia Woolf. Por supuesto, estoy haciendo de todo menos estudiar. Bueno, estudiar también, pero sólo la mitad de las horas que podría dedicarle. Mi excusa es que estoy cansada y aunque me ponga con los libros, no me aprovecha. Yo sé que la verdad es otra.
Me he enganchado a una serie de la que no puedo ver sólo un episodio y meterme a la cama (Flashforward, ríete tú de Perdidos, que también sigo). Y me he leído dos libros en una semana. Dos libros gordos, de los que no puedes llevar en el bolso porque pesan. En una semana. Una. Semana. También es cierto que estaba de vacaciones, pero eso no es excusa. Y no leo rápido. Es más, creo que soy bastante lenta (pero mi comprensión es perfecta, ¡ja!).
Y creo que sé por qué es. Necesito ficción a mi alrededor. Mi vida es demasiado anodina, demasiado rutinaria para llenar mi mente. Si me pasaran cosas excitantes todos los días (si trabajara en la NASA, vaya, o en el FBI, porque ya me dirás tú quién tiene movimiento todos los días), me encantaría llegar a casa y ponerme a leer un montón de datos sobre lexicografía y la confección de diccionarios. Si viviera al máximo mi tiempo, buscaría un remanso de paz en los libros. Pero, como mi vida es lo más soso que se ha descrito jamás, lo que busco es acción. En los libros, en la televisión, hasta en los periódicos. Vida. Otra que no sea la mía.
Ahora estoy con la biografía de Stephen Fry. Después llegará alguna novela negra, o quizás algo de chic lit para descansar la mente. Me esperan Paul Auster y una larga lista de clásicos que ahora no tengo cuerpo para leer. Luego... Luego llegará el verano, y las excursiones a la librería serán diarias. Que me conozco. Qué miedo me doy.
Dicen que leer es bueno y todo eso, pero creo que todo en exceso es malo. No sé cómo se mide el exceso, no sé cuántos libros representan haber leído "demasiado". Supongo que cuando dejas de hacer otras cosas para leer, es que se ha convertido en adicción. Yo todavía no he llegado a eso. Pero todo se andará.
Me he enganchado a una serie de la que no puedo ver sólo un episodio y meterme a la cama (Flashforward, ríete tú de Perdidos, que también sigo). Y me he leído dos libros en una semana. Dos libros gordos, de los que no puedes llevar en el bolso porque pesan. En una semana. Una. Semana. También es cierto que estaba de vacaciones, pero eso no es excusa. Y no leo rápido. Es más, creo que soy bastante lenta (pero mi comprensión es perfecta, ¡ja!).
Y creo que sé por qué es. Necesito ficción a mi alrededor. Mi vida es demasiado anodina, demasiado rutinaria para llenar mi mente. Si me pasaran cosas excitantes todos los días (si trabajara en la NASA, vaya, o en el FBI, porque ya me dirás tú quién tiene movimiento todos los días), me encantaría llegar a casa y ponerme a leer un montón de datos sobre lexicografía y la confección de diccionarios. Si viviera al máximo mi tiempo, buscaría un remanso de paz en los libros. Pero, como mi vida es lo más soso que se ha descrito jamás, lo que busco es acción. En los libros, en la televisión, hasta en los periódicos. Vida. Otra que no sea la mía.
Ahora estoy con la biografía de Stephen Fry. Después llegará alguna novela negra, o quizás algo de chic lit para descansar la mente. Me esperan Paul Auster y una larga lista de clásicos que ahora no tengo cuerpo para leer. Luego... Luego llegará el verano, y las excursiones a la librería serán diarias. Que me conozco. Qué miedo me doy.
Dicen que leer es bueno y todo eso, pero creo que todo en exceso es malo. No sé cómo se mide el exceso, no sé cuántos libros representan haber leído "demasiado". Supongo que cuando dejas de hacer otras cosas para leer, es que se ha convertido en adicción. Yo todavía no he llegado a eso. Pero todo se andará.
Sensaciones o sexto sentido
¿Por qué esa sensación extraña de "ahora llega"? ¿Por qué ese latido extraño, como que presagia algo -no sé si bueno o malo-, pero algo que no termina de llegar? ¿Por qué tendría que llegar? ¿Qué tendría que llegar?
Ridículo, creer que el universo me debe algo. Ridículo, creer que las cosas van a cambiar por arte de magia. No he hecho nada para merecerlo. Ni siquiera lo deseo. Bueno, eso igual sí. No sé. Quizás.
Joder, qué momento más extraño estoy pasando.
Ridículo, creer que el universo me debe algo. Ridículo, creer que las cosas van a cambiar por arte de magia. No he hecho nada para merecerlo. Ni siquiera lo deseo. Bueno, eso igual sí. No sé. Quizás.
Joder, qué momento más extraño estoy pasando.
El retonno
He vuelto.
Regreso a la rutina, al estudio, al trabajo, al gato.
Regreso a esa sensación de que yo pertenezco a otro lugar. Y a otro tiempo. Y a otro cuerpo.
Regreso, pero aún tengo la cabeza en las nubes. En lugar de refrescarme, este viaje me ha confundido más.
Pero estoy de vuelta. Al menos físicamente.
Regreso a la rutina, al estudio, al trabajo, al gato.
Regreso a esa sensación de que yo pertenezco a otro lugar. Y a otro tiempo. Y a otro cuerpo.
Regreso, pero aún tengo la cabeza en las nubes. En lugar de refrescarme, este viaje me ha confundido más.
Pero estoy de vuelta. Al menos físicamente.
A vueltas con el runrún

Mi cabeza trabaja sin descanso (runrún, runrún, runrún), sopesando posibilidades, planeando pasos que dar. Tengo decisiones que tomar: seguir como hasta ahora o cambio radical. Tirarme a la piscina. Empezar de cero. Muchas cosas que hacer, mucho que pensar (runrún, runrún, runrún), ni siquiera duermo bien. No puedo echar la siesta y no es por el café, es porque tengo que decidirme. Sé que ya me he decidido, pero ahora, ¿qué? ¿Cuál es el siguiente paso? Mucho que hacer, poco tiempo, ¿saldrá bien? ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Por qué siempre me pongo en lo peor? Mira que soy. Qué le vamos a hacer, esa soy yo.
Runrún, runrún, runrún, cerebro a toda máquina. Vacaciones. Cinco días en Londres para seguir pensando. Cinco días que sólo van a servir para convencerme aún más.
En Vitoria hay vida (va a ser que en Marte también)

Eduardo Mendoza dio ayer una charla en Vitoria, y por supuesto, hambrienta de eventos culturales que está una, allí que me fui con mi amiga Kina. No es que yo sea incondicional de Mendoza, ni mucho menos (nada comparable con Kina, que se ha leído todos sus libros); creo que me leí "El laberinto de las aceitunas" cuando vivía en King City y, aunque me gustó, no ha sido hasta varios años después que le he redescubierto con "El asombroso viaje de Pomponio Flato". Pero era Eduardo Mendoza, EDUARDO MENDOZA, en Vitoria, aquí, a cuatro pasos de casa, y tenía que ir. Tenía que ver a un escritor de verdad con mis propios ojos. Salí de casa con tanta prisa que hasta me dejé la cámara en casa, lo que al final creo que no importó porque no vi que nadie sacara fotos.
Y lo vi, vaya que si lo vi, y le oí, y le escuché, atentamente, como se debe escuchar a alguien que sabe y no sabe que sabe. Empezó advirtiéndonos de que no iba a hablar de literatura porque él no sabía nada de literatura, que iba a hablar de "su" literatura... para acto seguido colarnos nombres como Proust, o Samuel Beckett, o Jonathan Swift. Porque él, que nunca ha estudiado literatura de manera formal, ha aprendido literatura como se debe aprender: leyendo. Yendo al teatro. Disfrutando con las palabras en todas sus formas. Nada de escuchar lo que te cuentan otros, llega a tus propias conclusiones.
Nos habló de sus comienzos, de cómo aprendió a leer con cuatro años ("y luego ya no aprendí nada más"), de la memoria, de que lo mal observador que era ("como todos los escritores", dijo, y yo respiré aliviada porque entonces quizás tenga alguna esperanza), de sus años como intérprete en las Naciones Unidas, de que hay que saber lo justo sobre escritura, saber casi nada, pero lo poco que se sabe saberlo muy bien. "He visto a muchas personas con talento echarse a perder porque sabían demasiado sobre escritura". (Con esas palabras, algo en mi cerebro hizo "clic". Pero esa es materia para otro post, no es el momento.)
Lo que más impresionada me dejó fue su teoría sobre la utilidad de la literatura. "La literatura te enseña a sentir. No es cierto que la vida te lo enseñe, la vida te hace pasar por ello y punto, pero la literatura te lo enseña". Me dejó de piedra. Una verdad tan sencilla y tan difícil de alcanzar. Una definición que he estado buscando años. Y estaba delante de mis narices. Solo que yo no soy Eduardo Mendoza, ni hablo un porrón de idiomas, ni he leído a Proust. Ni tengo su talento, claro está.
Dijo muchas más cosas. Habló de que tiene muy pocos libros en casa, que se deshace de ellos, que los libros deberían ser objetos de usar y tirar, como los periódicos. Dijo que está impaciente porque el mercado de libros digitales emerja de una vez, que no saca fotos cuando va de viaje porque ya se encargará la memoria de guardar lo que necesite y borrar lo supérfluo. Habló de cajas de vino vacías llenas de libros, de guardamuebles en Nueva York llenos de libros, de los siete libros diarios que las editoriales le mandan por si alguno le gusta y le hace publicidad... Y las docenas de personas que abarrotábamos la sala escuchábamos, en silencio, riendo de vez en cuando, sin que sonara un solo móvil en la hora y media que estuvimos allí reunidos.
Al final de la charla, varias personas se acercaron a que les firmara un libro. Yo me había traído el mío, pero estaba tan impresionada con sus palabras y su presencia que no me apetecía quedarme el cuarto de hora que, por lo menos, tendría que esperar, para una firma. Como él bien dijo, no necesito "fotos" que recuerden este momento, porque no creo que lo olvide nunca. Aunque quizás ahora me arrepienta un poco porque me encantaría tener un libro dedicado de Eduardo Mendoza.
Estoy viva
Estoy viva, sigo aquí, no me he ido de vacaciones (están planeadas, pero mecagüen el volcán, a ver si salen) y no he cerrado el blog. Pero no estoy inspirada. No se me ocurre nada. Busco, como diría James Joyce, un momento de epifanía, un instante de verdad absoluta, de decir "así que en esto se resume la vida", y no lo encuentro. Pero Joyce era un pringao ininteligible, como bien sabemos Fer y yo. Las epifanías existen, lo sé porque he vivido alguna, pero ahora mismo no aparecen. Algún día.
Hasta entonces, os dejo con Die Printzen, para que os desintoxiquéis de tanta canción en inglés y sepáis que en algunos sitios, besar está prohibido (o eso dicen ellos). Cuidadme el chiringuito y quitad las malas hierbas que puedan salir si a mí se me escapan, please.
Hasta entonces, os dejo con Die Printzen, para que os desintoxiquéis de tanta canción en inglés y sepáis que en algunos sitios, besar está prohibido (o eso dicen ellos). Cuidadme el chiringuito y quitad las malas hierbas que puedan salir si a mí se me escapan, please.
Confesión
-Buenos días, padre.
-Buenos días, hija, pero se dice Ave María Purísima.
-Ah, bueno, perdón. Ave María Purísima. Hace mucho que no me confieso.
-¿Cuánto?
-Treinta y cuatro años.
-Coño... Perdón. Virgen santa. ¿Y qué te trae hasta aquí hoy, hija?
-Pues es que tenía algo en mente y me he dicho "tira para la iglesia, que sale más barato que el psicólogo". Y aquí estoy.
-¿Y qué es eso que tienes en mente, hija?
-Oiga, no irá a meterme mano, ¿verdad?
-No, hija, no, me gustan más jóvenes.
-Coño, padre, mire que es usted guarro.
-Era una broma.
-Sí, claro. Pues verá, padre, es que creo que soy adicta.
-¿Adicta? ¿A qué? Coca, hachís, heroína...
-No, nada de eso. A los libros, me temo.
-¿Perdón?
-Soy adicta a los libros.
-Pero eso no es una adicción. Eso es... bueno, diría yo.
-Leer es bueno, padre, comprar libros compulsivamente no.
-Entonces eres adicta a las compras, no a los libros.
-No. Soy adicta a los libros. Me gusta su tacto, su olor, me gusta que sean míos, me gusta que se queden en mi casa una vez que los he leído. Soy adicta a los libros.
-Sigo sin ver el problema.
-El problema, padre, es que tengo unos diez libros en casa por leer, pero llevo semanas luchando contra la necesidad imperiosa de atacar una librería y comprar todo lo que pille en edición de bolsillo (que no está la economía para bromas). Y lo peor no es eso...
-Vale, voy a picar. ¿Qué es lo peor?
-El tipo de libros que quiero comprar.
-¿Eróticos? ¿Pornográficos?
-Siempre pensando en lo mismo, ¿eh, padre? No, lo mío es más grave. Quiero comprar libros de Christopher Moore y Marian Keyes, o semejantes. Quiero comprar libros de encefalograma plano, de esos que puedes leer pensando en lo que vas a comer al día siguiente. Verá, yo es que soy un poco gafapasta, y este súbito arrebato supone un problema para mi reputación.
-¿Qué sueles leer normalmente? ¿Qué libros tienes ahora en casa?
-La trilogía de Nueva York, La soledad de los números primos, The Road, On the road, alguno de Dickens... Esos en inglés. Y luego tengo alguno de novela negra en castellano, y El diario de Ana Frank, y alguno más que ahora no recuerdo.
-Claro. Ese es tu problema.
-¿Cuál?
-Que el cuerpo te está pidiendo carbohidratos.
-Perdone, padre, pero estamos hablando de libros.
-Ya. Pero eres como una vegetariana estricta, que sólo lee lo que se supone que hay que leer. Te hace falta un poco de diversión, un buen trozo de pan con chocolate, un batido de fresas con nata. Aligera la cabeza, mujer.
-¿Qué diría James Joyce de todo esto?
-No lo sé, pero seguro que no le entenderíamos.
-También es verdad. O sea, ¿que lo mío no es pecado?
-No hay ningún mandamiento en contra de la gula literaria. Creo que estás a salvo del fuego del infierno.
-Bah, tampoco es que me importe mucho, porque yo soy atea.
-Jodía, digo... blasfema. Voy a empezar a cobrar por dar la confesión.
-Pues se iba a quedar usted solo, padre. ¿Ha visto cómo está la iglesia? Si hay eco.
-¿No habrás visto a ningún niño de ocho a once años por ahí?
-¡Padre!
-Es broma. Reza diez avemarías y un padre nuestro.
-Pero si me ha dicho que no era pecado...
-Perdona, hija, la costumbre. Puedes ir en paz.
-Buenos días, hija, pero se dice Ave María Purísima.
-Ah, bueno, perdón. Ave María Purísima. Hace mucho que no me confieso.
-¿Cuánto?
-Treinta y cuatro años.
-Coño... Perdón. Virgen santa. ¿Y qué te trae hasta aquí hoy, hija?
-Pues es que tenía algo en mente y me he dicho "tira para la iglesia, que sale más barato que el psicólogo". Y aquí estoy.
-¿Y qué es eso que tienes en mente, hija?
-Oiga, no irá a meterme mano, ¿verdad?
-No, hija, no, me gustan más jóvenes.
-Coño, padre, mire que es usted guarro.
-Era una broma.
-Sí, claro. Pues verá, padre, es que creo que soy adicta.
-¿Adicta? ¿A qué? Coca, hachís, heroína...
-No, nada de eso. A los libros, me temo.
-¿Perdón?
-Soy adicta a los libros.
-Pero eso no es una adicción. Eso es... bueno, diría yo.
-Leer es bueno, padre, comprar libros compulsivamente no.
-Entonces eres adicta a las compras, no a los libros.
-No. Soy adicta a los libros. Me gusta su tacto, su olor, me gusta que sean míos, me gusta que se queden en mi casa una vez que los he leído. Soy adicta a los libros.
-Sigo sin ver el problema.
-El problema, padre, es que tengo unos diez libros en casa por leer, pero llevo semanas luchando contra la necesidad imperiosa de atacar una librería y comprar todo lo que pille en edición de bolsillo (que no está la economía para bromas). Y lo peor no es eso...
-Vale, voy a picar. ¿Qué es lo peor?
-El tipo de libros que quiero comprar.
-¿Eróticos? ¿Pornográficos?
-Siempre pensando en lo mismo, ¿eh, padre? No, lo mío es más grave. Quiero comprar libros de Christopher Moore y Marian Keyes, o semejantes. Quiero comprar libros de encefalograma plano, de esos que puedes leer pensando en lo que vas a comer al día siguiente. Verá, yo es que soy un poco gafapasta, y este súbito arrebato supone un problema para mi reputación.
-¿Qué sueles leer normalmente? ¿Qué libros tienes ahora en casa?
-La trilogía de Nueva York, La soledad de los números primos, The Road, On the road, alguno de Dickens... Esos en inglés. Y luego tengo alguno de novela negra en castellano, y El diario de Ana Frank, y alguno más que ahora no recuerdo.
-Claro. Ese es tu problema.
-¿Cuál?
-Que el cuerpo te está pidiendo carbohidratos.
-Perdone, padre, pero estamos hablando de libros.
-Ya. Pero eres como una vegetariana estricta, que sólo lee lo que se supone que hay que leer. Te hace falta un poco de diversión, un buen trozo de pan con chocolate, un batido de fresas con nata. Aligera la cabeza, mujer.
-¿Qué diría James Joyce de todo esto?
-No lo sé, pero seguro que no le entenderíamos.
-También es verdad. O sea, ¿que lo mío no es pecado?
-No hay ningún mandamiento en contra de la gula literaria. Creo que estás a salvo del fuego del infierno.
-Bah, tampoco es que me importe mucho, porque yo soy atea.
-Jodía, digo... blasfema. Voy a empezar a cobrar por dar la confesión.
-Pues se iba a quedar usted solo, padre. ¿Ha visto cómo está la iglesia? Si hay eco.
-¿No habrás visto a ningún niño de ocho a once años por ahí?
-¡Padre!
-Es broma. Reza diez avemarías y un padre nuestro.
-Pero si me ha dicho que no era pecado...
-Perdona, hija, la costumbre. Puedes ir en paz.
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