Hobbies

Estas últimas semanas me ha dado por añadir un hobby a mi armario de "cosas que hacer mientras veo la tele". Desde hace años he tenido el patchwork, que tiene su momento relax en lo de acolchar las partes de arriba terminadas con la guata y la tela de abajo, pero con la última colcha me he atascado porque no me gustan ni el patrón ni el hilo que he escogido y he tenido que buscarme otro entretenimiento que mantenga las manos ocupadas para no comer compulsivamente en los ratos tontos (sí, en lugar de deshacer lo hecho y buscar otro patrón y otro hilo que me guste más; es difícil ser yo, qué le vamos a hacer). Ahora me ha dado por el ganchillo, que relaja mucho, es muy agradecido y te deja ver cómo está tu nivel de estrés por lo fuerte que haces los puntos en la labor (a juzgar por el chal que acabo de terminar, estoy muy estresada; digo yo que sería porque era la primera vez que hacía ganchillo y me estaba poniendo nerviosa tanto deshacer, porque si no no me lo explico).

Ganchillo y patchwork, hobbies tremendamente "femeninos" para una feminista que defiende que las mujeres pueden ser bomberas si les da la gana, ¿no? Me podía haber dado por arreglar motores diesel, o por hacer un curso de talla de madera en la escuela-taller que tengo al lado de mi casa. No, me ha dado por dos cosas muy ligadas al mundo tradicional de las mujeres. Y entonces me he puesto a pensar qué hay de malo en ello. Son dos pasatiempos que tienen su misterio, y que trabajan algo más que la dexteridad manual. Con el patchwork he aprendido más de geometría que todo lo que aprendí en la escuela. Una tiene que tener muy en cuenta qué fórmulas se necesitan para hacer un círculo de determinado tamaño, o sumar bien el perímetro de una forma concreta para poder calcular cuánta tela vas a necesitar para el borde. Me he encontrado en internet más de una vez para buscar cómo se hace un hexágono con compás, o ideando mil maneras de sacar todos los triángulos posibles de una tela malgastando lo menos posible. Yo, que en matemáticas he sido siempre una nulidad, me he encontrado haciendo cálculos antes de cortar y coser dos piezas juntas. Y con el ganchillo me paso el rato contando y calculando cuántas repeticiones necesito para llegar al final con un determinado patrón, y fijándome bien en el dibujo para ver si he hecho bien los aumentos. Lo de hacer mis propios patrones llegará (espero) más adelante.

El feminismo no se trata solo de lograr un sitio en primera fila en un mundo en el que las mujeres han ocupado (y ocupan) un segundo plano, sino en hacer que el mundo que tradicionalmente ha sido el femenino cobre importancia, y se valoren las tareas que las mujeres han hecho durante años y la sociedad ha despreciado por ser inútiles. Como las tareas de casa, o el cuidado de los niños, o de personas mayores. Son tareas necesarias que normalmente han hecho las mujeres, se ha dado por hecho que era su labor, y ahora que nos hemos cansado de quedarnos en la sombra haciendo lo que nadie más quiere hacer nos encontramos con que hay un vacío que los hombres no han querido llenar. No hay nada denigrante en cambiar el pañal a un abuelo, no hay nada humillante en quedarse en casa con los niños mientras la mujer va a trabajar. Pero durante siglos se nos ha hecho creer que eran tareas menores, y a ver quién es el guapo que cubre el hueco de los trabajos ingratos. A nadie le gusta que su tarea quede sin recompensa, solo que las mujeres ya se han acostumbrado a ello.

Seguiré haciendo hobbies de los llamados femeninos porque me gusta sacar provecho de mi tiempo libre. El dueño de la tienda de lanas ya me ha dicho que no corra tanto, que disfrute con la tarea. Me lo ha dicho bajando sus agujas de punto (estaba haciendo unos puños perfectos, yo quiero aprender a hacer eso) y observando con delicadeza la tarea que yo estaba haciendo. El jersey que está tejiendo es para su mujer, a la que no le va mucho eso de las lanas. El manitas de la casa es él. No tienen hijos, pero me los imagino corriendo en la tienda entre las señoras entregadas a la labor y comiendo las galletas que nos pone de merienda.

Doy la cara


Odio este anuncio. Sé cuál es su intención, el de mostrar apoyo a las mujeres en general y en especial a las que sufren violencia de género, pero aun así lo odio. "Doy la cara por las mujeres valientes", dice la periodista de turno. "Por las que se atreven, por las que dan un paso adelante". No. Esas no necesitan que des la cara por ellas. Las que necesitan que den la cara por ellas son, precisamente, las cobardes, las olvidadas, las que no se atreven, las que se esconden, las que no se ven, las que tienen miedo. Las que aguantan porque no tienen otro sitio donde ir. Las que no saben lo que valen. Las que no pueden. Porque las mujeres valientes, igual que los hombres valientes, saben sacarse las castañas del fuego ellas mismas y no hace falta que nadie dé la cara por ellas. Y viniendo de un entramado como el de Mediaset, que no es precisamente el adalid de la igualdad de género (no olvidemos que fueron los que trajeron a las Mamachicho), más sospechoso me parece.

Yo doy la cara por todas. Porque todas (y todos) hemos necesitado alguna vez que den la cara por nosotras.

De santas y abuelas

Mi abuela nació el cinco de febrero de 1899, lo que significa que hoy cumpliría 116 años. Cuando era pequeña me gustaba calcular su edad porque siempre era uno más que el año en el que vivíamos, y eso me hacía sentir importante. El otro día se lo conté a mis alumnos y se quedaron horrorizados al pensar que alguien que ellos conocían podía haber tenido una abuela nacida en el siglo diecinueve. A mí me sigue encantando calcular su edad y sumarle uno al siglo. 
Cuando tenía cuarenta y tres años, cinco hijas y un único hijo, mi abuela empezó a tener síntomas que encajaban con la menopausia. Al menos eso pensaba todo el mundo, porque ella tuvo claro que aquello de menopausia nada, lo que llegaba era un nuevo embarazo. Acertó, y por primera vez en su vida dio a luz en un hospital al segundo varón de la casa, el pequeño, el que sería mi padre treinta y tres años  más tarde. Al poco sería abuela, y mi padre fue una de las pocas personas que, después de casarse, se iría de vacaciones con su sobrina y su marido, los mejores amigos de mi padre y mi madre. Esa sobrina, mi prima, es mi madrina, y sus hijos tienen la misma edad que yo y mi hermano. Lo que significa que cuando mi abuela tuvo el último nieto, a los ochenta y dos años, ya llevaba un lustro siendo bisabuela. Para entonces ya había perdido la cabeza y llevaba tiempo en una residencia. Yo la vi en contadas ocasiones, porque a mis padres no les parecía que aquel fuera un sitio adecuado para una niña y a mí no me hacía ninguna ilusión ir a visitar a una señora que no sabía quien era yo. Dice la leyenda que, cuando yo nací, peleó porque me llamaran Rufina en vez de Ruth, que qué nombre era ese para una niña. En una de las visitas que le hice le llevé una flor, y cuando me fui me la devolvió. Otra vez la vi dormida, la inmensa mata de pelo blanco azulado apoyada en la almohada, murmurando en sueños (siempre me acuerdo de ese pelo, y de la suerte que he tenido al heredarlo; no hay nadie calvo en ese lado de la familia). Murió a los noventa y tantos, habiendo enterrado a su marido, a un hijo y a unos cuantos yernos y nietos. Su hija mayor tiene casi noventa y está en perfecta salud mental y física, y el resto de las hijas resiste el embate del tiempo; por contra, ninguno de sus dos hijos varones llegó a los setenta. 
Nació el cinco de febrero, día de Santa Águeda, y por supuesto se llamó Águeda. Aquí, la víspera es día de romería, o por lo menos lo era, cuando los hombres que estaban a punto de ir a la “mili” paseaban por la calle cantando y pidiendo para una última noche de juerga (al menos ese creo que es el origen de la tradición). Hoy en día la costumbre casi se ha perdido en las ciudades, aunque en los colegios se siga manteniendo y sigamos cantando la canción y saliendo con los chavales y chavalas por el barrio (si el tiempo lo permite). Por eso me acuerdo siempre de su cumpleaños, porque coincide con la santa más festejada en Euskadi. Y en esos días me entra morriña, y veo la nieve caer, y pienso en todo lo que vivió la mujer de pelo blanco apoyado sobre la almohada que hoy cumpliría ciento dieciséis años.