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Por qué escribo


Más de una vez me he parado a pensar por qué escribo. No es que lo haga a menudo, ni siquiera cuando estoy con una novela o una idea y no me sale y pienso en la de cosas que podría estar haciendo en lugar de mirar la pantalla en blanco y cagarme en todo lo que se menea, y para qué me levantaré yo a las seis y media de la mañana si podría estar durmiendo hasta las ocho, y quién me manda a mí hacer esto si a nadie le importa que yo escriba o no, si ya hay tantos libros que se necesitarán millones y millones de habitantes más en el mundo para que puedan leerse todos. No; simplemente de vez en cuando me da por pensar "¿y esto para qué?", sin realmente venir a cuento. Cada vez que me paro a pensar en ello, la respuesta es distinta. Unas veces es tan simple como "porque me gusta", otras "porque así espanto demonios", a veces "para conocerme mejor". Pero esta semana he descubierto la respuesta que las engloba todas.

Escribo porque me hace feliz. Y con eso me vale.

Soy una persona de temperamento introvertido, lo que significa que me gusta pasar tiempo conmigo misma y que recargo energía en soledad. Ojo, que esto no significa, necesariamente, que sea una persona tímida, porque no tengo problemas en entablar conversación con gente desconocida y últimamente he descubierto que hago amigos/as con relativa facilidad (todo lo fácil que es hacer amigos/as a partir de los cuarenta, vaya). Pero después de una comida con mucha gente, después de haberme codeado con desconocidos durante horas, después de un fin de semana por ahí con la familia o los amigos, para mí lo mejor del mundo es llegar a la soledad de mi casa y recargar pilas. Esto lo hago de dos maneras: en el sofá con un buen libro, o en el ordenador (o un cuaderno) descargando todo lo acumulado. Y todo lo acumulado pueden ser las sensaciones que me ha dejado el encuentro o volver a la historia que estaba escribiendo, hilar tramas, usar ese contacto que he tenido con el mundo real para hacer mi mundo imaginario más creíble. Y entonces me pierdo, me encierro de tal manera en mi cerebro que me cuesta distinguir lo que es real de lo que es ficticio, pierdo la noción del tiempo (pero del todo, hasta del calendario), olvido dónde estoy. Y cuando salgo de ese mundo que he creado, lo hago renovada, con el mismo subidón de endorfinas que si hubiera corrido una maratón (creo: nunca he corrido una maratón, pero afortunados y afortunadas todos y todas si sentís lo mismo que yo). Aunque me haya costado horrores escribir un párrafo o me haya atascado en un escenario imposible, no importa. Es como volver de una aventura en la que las condiciones las pones tú, aunque vuelvas sudorosa y con callos. Es mi cardio, que dirían los deportistas.

Ayer vi en un supermercado osos de peluche gigantes a la venta, y pensé: claro, se acerca San Valentín y ya están con el merchandising. Me costó diez minutos darme cuenta de que estamos en septiembre, que la que vive en febrero es la protagonista de la novela con la que me estoy peleando ahora. Solté una carcajada que asustó a la que estaba delante de mí en la fila del cajero y entré in the zone: bastó con eso para volver a hacerme pensar en la historia. Volví a casa sin ver ni los coches, no sé cómo no me atropellaron. No me senté a escribir, pero me pasé toda la tarde sumergida en la historia.

Para mí, el mejor antidepresivo del mundo. Y más barato no puede ser.

"¿De dónde sacas las ideas?", o de preguntas sin respuesta


Una vez, casi cuando acababa de empezar con el blog (y de eso hace ya diez años), una amiga me preguntó de dónde sacaba las ideas para los relatos y las pequeñas historias que escribía. "¿Cómo se te pueden ocurrir esas cosas?", me dijo, porque justo había publicado un instante en la vida de un niño y su madre que era un poco gore y no le cabía en la cabeza que yo pudiera ser tan macabra. No supe qué contestarle. ¿Cómo que de dónde salen las ideas? ¿Es que acaso no están a nuestro alrededor como las motas de polvo o el aire que respiramos? ¿No las ves tú? ¿No las ve todo el mundo?

Más tarde me di cuenta de que no, no todo el mundo las ve. Las ideas están ahí, sí, pero hay que saber verlas, y para ello necesitas saber cómo mirar. O quizás no sea tanto mirar como dejar que vengan a ti, dejar que te atrapen (a poder ser delante del ordenador, trabajando, o delante de un lienzo, o por lo menos un mal papel donde apuntarla), pero para eso tienes que estar abierta a esas ideas. Y normalmente no lo estamos. Normalmente pensamos que hay que concentrarse mucho para que se te ocurra una idea, dedicarte solo a eso durante un tiempo, cual pensador en el trono (léase "trono" como "wáter", el mejor lugar del mundo para tener ocurrencias), hasta que algo en tu cerebro fabrique esa idea brillante que llevar a cabo. En mi experiencia, nunca funciona así. Las ideas se me ocurren cuando me fijo en pequeños detalles de mi alrededor, cosas que parecen insignificantes pero que cambiadas de contexto pueden ser verdaderas joyas. Hay una técnica de escritura en la que tienes que utilizar dos conceptos que no tengan nada que ver entre ellos para crear una historia (Bernardo Atxaga tiene un cuento estupendo en Obabakoak, os recomiendo buscarlo, está por la red), y creo que ese es el germen que provoca la explosión que luego se convierte en un cuadro, en un cuento, en una novela. A veces no te das cuenta de dónde ha salido, parece que ha sido espontáneo, como si lo tuvieras guardado dentro y no lo hubieras sacado hasta entonces. Pero, en cuanto te pones a hurgar un poco, te das cuenta de que el origen no es otro que aquella tontería que pensaste hace tres años y la frase que dijo tu amiga del alma el otro día, o la escena de tu serie favorita que te hizo pensar en tu profe de lengua de primaria sumado a haber visto al chico que te gustaba cuando tenías quince años. Detalles, imágenes, chispazos. La suma de naranjas y coches teledirigidos.

A mí, personalmente, las ideas se me ocurren a docenas cuando me pongo a escribir. Es poner dedo sobre tecla y venir a mí cien historias que prometen ser mucho mejores que la que estoy escribiendo. La tentación de dejar lo que estoy haciendo es casi incontrolable; la atracción de una historia nueva, algo que promete ser fácil porque todavía no está trabajada, es tan sugerente que te apetece mandarlo todo a la porra y empezar de cero. Curiosamente, en las temporadas en las que estás en barbecho y no escribes, esto no pasa: ¡anda que no cuesta encontrar sobre qué escribir cuando llevas un tiempo sin hacerlo! Las buenas ideas se atraen unas a otras, como las hormigas exploradoras que luego vuelven a avisar a sus compañeras. "¡Eh, chatas, una que escribe! ¡Vamos a atacarla, a ver si se despista y conseguimos que no termine!" Es la ley de Murphy, supongo. No hay nada que hacer.

Ideas. Cuando tienes demasiadas, malo. Si no tienes, peor. Y distinguir una buena de una mala... Eso ya es tema para otro blog. O para ir al psicólogo directamente, que, por cierto, suele ser muy buena idea.

Diario


(...) Me vuelven a asaltar dudas sobre lo que estoy haciendo; me digo que esta historia no es la mía y que estoy escribiendo un churro que no vale ni para sujetar la pata de una silla que cojea (sobre todo después de leer alguna de las maravillas que hay fuera, como el texto de ayer en The New Yorker, que ya podía darme a mí por leer a Ken Follet, leñe), y me planteo dejarlo y aprovechar esa hora para dormir. Pero luego recuerdo que escribo porque quiero, que el objetivo no es publicar ni ganarme la vida con esto, sino escribir lo que me gusta y no puedo leer porque a nadie más se le ha ocurrido y no me queda más remedio que escribirlo yo. Ya sé que la historia está mal, ya sé que es un churro sin personalidad, sin voz, sin estructura, sin personajes creíbles ni voces identificables, históricamente incorrecto y psicológicamente imposible. Pero sigo. Porque prefiero escribir mal a no escribir en absoluto. Porque no pasa nada si escribo un churro, no tiene por qué leerlo nadie y nadie está esperando a que se publique. Porque solo se aprende cometiendo errores, y ser capaz de verlos ya es un gran avance. Antes solo era capaz de decir "algo no funciona, está mal y no sé por qué". Ahora sí sé qué falla. Otra cosa es que sepa arreglarlo. (...)

De revisiones y hábitos que no hacen al monje

He releído el primer borrador de la novela [aplausos, algún "hurra", algún "bieeeeen"] y, por primera vez en mi vida, no he querido esconderme de mí misma bajo el sofá, ni bajo la mesa, ni abrir la ventana y saltar [al andamio de enfrente], ni quemarme a lo bonzo, lo que ya de por sí es un gran avance. He sido capaz de identificar los fallos yo solita, pero a la vez que veía los fallos era capaz de ver la solución. He borrado párrafos enteros, pero también he subrayado muchas líneas que no me puedo creer que haya escrito yo. Y he encontrado un montón de clichés que no me había dado cuenta de que usaba y me han hecho reír a carcajadas (lo cual demuestra que me estoy tomando esto como lo que es: una aventura, un juego, una manera de aprender y pasármelo bien). Supongo que son malos hábitos que he ido cogiendo a lo largo de los años y que nunca he eliminado por la sencilla razón de que nunca he hecho una revisión. He aquí algunos:
  • Todos mis personajes hacen mohínes. Curioso, porque hace como tres siglos que no oigo ni leo esa palabra, pero he escrito "hizo un mohín" varias veces en cada escena. En una línea aparecía dos veces. Para el mismo personaje.
  • Otro personaje se muerde el labio inferior cuando está nervioso, o cuando sabe que no puede decir lo que piensa, incluso cuando algo le gusta mucho (me parece un gesto muy sexy, lo de morderse el labio inferior, ¿no os parece?). Lo que no sería malo si no se lo mordiera cada tres líneas. Cuando está hablando. Cuando ya se estaba mordiendo el labio inferior en la línea anterior. Incluso cuando le están dando un muerdo, él insiste en morderse su propio labio inferior.
  • Yo sé que no todos mis personajes tienen los ojos azules, pero debo tener algún trauma con ellos porque solo describo los ojos de aquellos que los tienen azules. Si no menciono los ojos, es que son marrones. O verdes. Pero no azules.
  • A un personaje le chispean los ojos. Para todo. Lo único que soy capaz de decir de su expresión es "sus ojos chispearon con malicia", "le chispeaban los ojos de alegría", "le miró con ojos chispeantes". Por supuesto, sus ojos son azules. Qué os creíais.
  • Todos, TODOS los personajes alzan las cejas, o suben las cejas, o elevan las cejas, para cualquier tipo de emoción. Sorpresa, odio, resentimiento... "Alzó las cejas y la miró con desdén", "sus cejas se elevaron casi hasta la raíz del pelo", "las cejas se perdieron bajo su flequillo"...
  • Mis protas siempre sonríen con una comisura. Nunca enseñan todos los dientes, solo sonríen con una comisura. Todo el rato.
  • Una cosa es que haya pretendido escribir una comedia y otra es que en todas las escenas alguien termine "riéndose a carcajadas", o "emitiendo un sonido que podía ser una risa ahogada". Hasta llorando ríen. Y, por supuesto, siempre acompaño la palabra "carcajada" con el adjetivo "sonora". Porque como todo el mundo sabe, las carcajadas son más bien silenciosas.
  • He estado a punto de contar cuántos ceños fruncidos había en la historia, pero mejor no. De esto culpo a "Los Hollister" y todo lo que me hicieron leer de pequeña. Y que la expresión tiene un sonido que me gusta mucho; probad a decirla en voz alta, "fruncir el ceño". Las ces y las erres me encantan.
  • Un personaje siempre lleva un "impoluto traje gris y una inmaculada camisa azul". Menos cuando va en "vaqueros y camiseta", así, sin más.
  • Cuanto mejor me cae un personaje, más alto es. Desde la primera escena a la última, Alan ha crecido veinte centímetros. Y viceversa, cuanto más asqueroso quiero hacer a un personaje, más bajo es. Teniendo en cuenta que yo soy un tapón, no sé qué dice esto de mí.
Ruth, sentada frente al ordenador en vaqueros y camiseta, leyó lo escrito con el ceño fruncido e hizo un mohín. "No sé si darle a guardar o a publicar", se dijo, y sonrió con una comisura. "A quién pretendo engañar..." Se mordió el labio inferior y pulsó "publicar entrada" con ojos chispeantes. Cuando el ordenador le devolvió un mensaje de "error", alzó las cejas y soltó una sonora carcajada.

En ocasiones creo gente


Echo de menos a Mike y Alan.

Les echo de menos con todo mi ser, como si fueran personajes reales a los que hace tiempo que no veo y con los que he perdido el contacto. Les echo tanto de menos que, cuando el fantasma de su recuerdo me acosa, tengo que hacer un esfuerzo casi físico por no pensar en ellos, no dejar que hablen en mi cabeza, huir de sus voces. “No”, me digo, “todavía es pronto, todavía no puedes volver a verlos”. Y los aparto de mi mente, pero su espíritu se queda en mi subconsciente, en esa parte que se despierta cuando el resto de mí se va a dormir, y pueblan mis sueños y mis momentos de ocio. Es imposible no pensar en ellos. Les echo tanto de menos que creo que me están dando ardor de estómago. O quizás sea el café, no sé.

Terminé el primer borrador de aquella historia en diciembre, lo leí una vez, hice algunos cambios y lo dejé macerar. Lee como lectora, no como escritora, dice todo el mundo, tienes que poner distancia para poder ver los fallos. Un mes, me dije, por lo menos un mes, y me puse a escribir otro proyecto que tomó el control de mi mente y mis horas de trabajo durante un tiempo. La historia era buena, más que digna, un culebrón digno de ser representado en una serie de televisión con actores y actrices de Hollywood de las más altas esferas, y me metí en ella de cabeza, convencida de que era mejor que la anterior. Desde diciembre hasta este mismo viernes he seguido con esa historia, viéndola crecer desproporcionadamente, escribiendo cualquier cosa que me viniera a la cabeza porque la intención era ponerlo todo por escrito y ordenarlo después. Ya haré la investigación más tarde, me decía, ya afilaré esta escena, arreglaré aquel diálogo, pensaré en cómo recomponer el desaguisado. Pero, por fin, me he rendido ante la evidencia: no es mi historia. Yo no puedo escribir esto. No es que sea una mala historia (estoy pensando seriamente en vender la idea, porque así, entre nos, ahora que no me oye nadie, es cojonuda), pero yo no soy la persona que debe contarla. No es mía. No basta con que me gustaría leerla, también hace falta ser la persona adecuada para escribirla, y yo no lo soy. Hay experiencias que necesitan ser vividas para ser entendidas. No es el caso.

Y el hecho de que Alan esté pegando gritos en la parte trasera de mi cerebro tampoco es que ayude mucho.

El viernes, digo, decidí dejar la historia nueva, pero no dejar de escribir. Ahora que le he hecho hueco a la escritura, que mi día empieza delante del ordenador y que todos —todos— los días escribo al menos una hora, no quiero dejarlo. Escribe cosas cortas, me dije, y el mismo viernes empecé. Mil palabras, un experimento. Me gusta. Seguiré por aquí. Cuaderno junto a mí todo el rato para poder apuntar ideas que se me ocurran. Mientras estudio, moleskine sobre la mesa, anoto ideas para pequeños artículos, cosas que poner en el blog. Y de repente me sorprendo pensando en una imaginaria conversación entre Alan y su suegro, algo que no se me había ocurrido nunca y que no entra en mis planes para la novela. La voz de Alan inunda mi cabeza de tal manera que hasta me giro para ver si ha entrado alguien en casa, de dónde sale esto, yo estaba leyendo sobre teoría queer en literatura y de repente aparece el profe gay del instituto, así, sin avisar, y es que el mundo se ha confabulado contra mí, yo no quería, pero no puedo evitarlo, las señales están ahí fuera, si no lo escribo me va a reventar la cabeza, qué diría Judith Buttler de todo esto…

Una no puede luchar contra las señales que le manda su propio cerebro, y si el universo (y el temario de Filología Inglesa) también las lanza, peor que peor. Alan y Mike van a tener que volver a mi vida porque el universo así lo demanda. Por más que yo quisiera esperar hasta fin de curso para poder dedicarles el tiempo y la atención que se merecen, creo que voy a empezar con la revisión (reescritura, más bien) antes de Semana Santa.

¿Cómo lo hace la gente para poner punto y final a sus historias? ¿Soy yo la única enferma mental que se enamora de sus personajes, incluso cuando son pareja y homosexuales? ¿Existe vida fuera de la ficción? ¿Para qué, si dentro se pasa tan bien?

Y los libros de la UNED siguen cogiendo polvo sobre la mesa de la cocina.

Diario de una novela

(...) Estoy leyendo muchos libros y artículos sobre teoría de la literatura, crítica, metaliteratura, etc., lo que de momento me sirve para saber que, si un crítico cogiera cualquiera de los dos proyectos en los que estoy trabajando (uno está en barbecho, pero es parte del proceso), lo dejaría en la primera página para salir corriendo a vomitar. Y no me importa. Por primera vez en mi vida, estoy entendiendo el proceso de escritura como un proceso de aprendizaje, en el que el hecho de escribir algo "bueno" (lo que quiera que eso signifique) pasa a un segundo plano. Por supuesto que quiero escribir algo decente, pero ahora por fin (¡por fin!) entiendo que eso no ocurre de la noche a la mañana y que hay que currárselo. Es como decidir que se quiere correr una maratón de un día para otro: lo primero es que te guste correr, porque si no disfrutas con ese simple hecho, te va a ser muy difícil invertir los kilómetros de preparación que necesita una carrera de esa envergadura. Y, aunque consigas terminar una (y eso en sí ya es todo un logro digno de ser celebrado, como cuando terminas -de verdad- una novela), nadie te asegura que vayas a quedar entre las diez primeras. Ni siquiera las cien. De hecho, con terminar date por satisfecha.
(Me estoy dando cuenta de que el número de analogías entre la escritura y el atletismo es directamente proporcional al dolor en mi rodilla. No sé cómo entender esto.) (...)

Fragmento


(...) Alan mostró la ilustración de una ciudad con calles empedradas y carteles en inglés. Era de noche y resultaba algo tenebrosa.

-¿Dónde diríais que es esto?

-Estados Unidos.

-Bien. ¿Reciente?

La clase negó con la cabeza, pero nadie habló.

-¿Qué siglo calculáis? -Silencio. Alan les dio unos segundos, pero nadie contestó-. ¿Quince? ¿Trece? ¿Antes de Cristo?

-¿Dieciocho? -dijo la tímida voz de una chica en primera fila.

-Por ejemplo. Es un poco más tardío, del diecinueve, pero muy bien. ¿Alguien se atreve a decir qué ciudad es?

Nadie contestó.

-Boston. El Boston de principios del diecinueve. Y si alguien es capaz de decirme por qué el Boston del siglo diecinueve es importante en literatura, os tiro cacahuetes.

-¿Allí nació Charles Dickens?

Alan apuntó al chico que acababa de hablar con el dedo y lo sacudió lentamente, la vista fija en la pizarra digital.

-Charles Dickens, nacido en Boston. Ostras. Todos su biógrafos acaban de sufrir un aneurisma. Y algunos llevan cien años muertos -Carcajada general-. Pero has acertado con el siglo, así que te mereces por lo menos la peladura de un cacahuete. ¿Alguien más se atreve?

Nadie habló. Alan pulsó una tecla del ordenador y el daguerrotipo de Edgar Allan Poe llenó la pantalla.

-¿Sabéis quién es este? -No hubo respuesta. Alan no pareció sorprendido-. No me vais a creer, pero es uno de los guionistas de Los Simpson.

Nuevas carcajadas. Alan asintió con la cabeza y pidió silencio con las manos, una sonrisa bailando en su cara.

-Si os digo Edgar Allan Poe, ¿a qué os suena?

-A coñazo -murmuró alguien; la clase rió por lo bajo y miró a Alan, que entrecerró los ojos sin dejar de sonreír.

-Eso me dice que no habéis leído nunca a Poe -dijo. Otra imagen inundó la pantalla: una figura envuelta en un sudario, sin rostro, con un reloj al fondo que marcaba la media noche, todo rodeado de un brillante color rojo. Algunos chicos y chicas alzaron las cejas y sonrieron; un par de ellos miraron confusos a la pizarra-. Algunos críticos dicen que Poe fue el inventor de las historias de terror. Yo no diría tanto como inventor, pero que las borda es cierto. Por no hablar de sus misterios y sus detectives aficionados, esos sí que fueron los primeros de la historia. ¿Qué habría sido de Colombo sin Poe?

-¿Quién?

-Nadie, déjalo -Alan se pasó la mano por la cabeza, atusando su mata de pelo rubio, y sonrió para sí-. Poe descubrió la ciencia ficción, por decirlo así. Sin él no hubiéramos tenido escritores que vinieron luego y se basaron en lo que él ya había escrito, lo que significa que hoy en día no tendríamos historias como La Guerra de las Galaxias, o incluso El Señor de los Anillos.

-Vaya, qué pena -murmuró con sarcasmo una chica en la primera fila; varias personas, entre ellas Alan, la abuchearon.

-También era poeta -continuó-, y aquí es donde entran en juego Los Simpson. ¿Os suena “The Raven”?

La clase negó con la cabeza. Alan cogió un papel y leyó para la clase, con voz pausada y profunda:

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,

Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,

While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,

As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.

“ ‘Tis some visiter,” I muttered, “tapping at my chamber door —

Only this, and nothing more.”

Leyó un par de estrofas más y terminó el texto con un sonido que parecía un gemido. Al levantar la vista, vio a varios alumnos inclinados hacia delante en sus sillas, el resto expectante. Alan dejó el papel en la mesa y ocultó una sonrisa. Se puso serio antes de volverse de nuevo a la clase, pero había algo en su mirada que dejaba bien claro que se estaba riendo por dentro. Habló despacio, en un tono bajo y profundo. La clase estaba en completo silencio mientras él paseaba entre las filas de pupitres, la mirada fija en un punto indistinto.

-Imaginaos en casa, de noche, descansando en vuestra habitación, pensando en vuestras cosas. Quizás os estéis acordando de esa chica con la que acabáis de estar, o de ese chico que tanto os gusta -sonrisas, codazos, risas ahogadas-. Puede que os hayan partido el corazón. Puede que hayáis perdido algo que apreciáis mucho. De repente, por la ventana abierta se cuela un ave. No un ave cualquiera, no un gorrión o un canario, sino el ave de mal agüero por excelencia: un cuervo. ¿Sabíais que los cuervos pueden reproducir sonidos? Algo así como los loros, pero en macabro. Y este cuervo que se os ha colado solo sabe decir “nunca más”. Nunca más. Empezáis a preguntarle cosas, y a todo os dice “nunca más”. ¿Ganaremos el campeonato de fútbol? Nunca más. ¿Se me quitará el grano de la nariz? Nunca más. ¿Me llamará? Nunca más. Así, hasta la eternidad -Alan se detuvo al frente de la clase y bajó aún más la voz-. Porque ese cuervo, ese cuervo que no estaba ahí hace diez minutos, es mucho más que un cuervo. Es vuestra conciencia, vuestro pesimismo, vuestro lado más oscuro. Y no saldrá de vuestra habitación. Ya no se irá jamás. No os dejará nunca. Nunca más.

Guardó silencio. La clase estaba inmóvil. De repente, Alan dio una palmada que les hizo saltar a todos en sus asientos. Algunos rieron, otros se dejaron resbalar en la silla y cambiaron rápido el gesto, poniendo cara de aburrimiento. El profesor se giró a su ordenador.

-Y con la clase de hoy doy por empezado el ciclo del Romanticismo, que, como iréis viendo paulatinamente, tiene poco que ver con la palabra romanticismo como la entendemos hoy día. Deberes: vais a leeros el poema “The Raven” y el cuento “The Mask of the Red Death” que os he mandado por email. Subrayad vuestras partes favoritas y buscad el vocabulario que no entendáis, no seáis vagos. Y antes de que os marchéis, y para que veáis que no miento, he aquí el capítulo de Los Simpson escrito por Poe.

Alan apretó una tecla y Bart y Lisa Simpson aparecieron en la pantalla interpretando el poema de Poe. Cuando terminó, al mismo tiempo que sonaba el timbre del final de la hora, la clase aplaudió. (...)


Clara

Era curioso cómo una podía pasarse la vida leyendo revistas de divulgación científica sin llegar a entender completamente lo que decían, para, en un instante, experimentar en su propia piel lo que le habían estado diciendo durante meses, o incluso años. El sentido del olfato era el que más unido estaba a la parte del cerebro que se ocupaba de la memoria, decían, y Clara, cabezona ella, insistía en que eso dependía de las personas, que ella, por ejemplo, era más visual. Y entonces abrió un frasco de crema para la cara y, al sentir el suave olor, la cabeza se le llenó de imágenes que creía olvidadas. Vaya, pensó, si al final la Muy Interesante va a tener razón.
La primera vez fue al día siguiente de que Eduardo se fuera de casa, y a partir de aquella noche la sensación fue la misma todos los días. El olor a lavanda de la crema –Dulces Sueños, Elizabeth Arden, con una suave fragancia que te ayuda a dormir mientras tu piel se recupera de los estragos del día– le trajo a la mente las peleas de todas las noches, con gritos en voz baja y palabras hirientes seguidas de cariño, y muchos sabes que te quiero, pero… que a menudo terminaban con ella llorando y él dándose la vuelta en la cama y apagando la luz. No recordaba una en concreto, sino más bien esa sensación general de miedo e impotencia que le provocaba Eduardo con sus exigencias y deseos. Porque las peleas eran siempre por lo mismo, siempre por la noche y siempre en la cama: sexo (Clara seguía sonrojándose al pensar siquiera en la palabra, incluso cinco años después de la separación. Joder con la crema). Eduardo quería acción, pasión, originalidad. Clara no sabía que tenía la opción de querer todo eso, y desde luego no tenía ni puta idea de cómo dárselo a su marido, así que se negaba por principio (decía) y por ignorancia (no lo decía, pero él lo sabía. Tenía que saberlo). Su marido era demasiado versado en las artes amatorias, como hubiera dicho un antiguo, y ella era la hija única de un matrimonio que, aunque iban de modernos y republicanos, hubiera muerto del disgusto si su niña no hubiera sido virgen en la noche de bodas. Ponte boca arriba y disfruta, le había dicho Eduardo. Y ella lo había hecho. Más o menos. Pero con los años, o la crisis de los cuarenta, o vaya usted a saber qué, Eduardo había empezado a pedirle más. Cosas que Clara no había visto ni en la enciclopedia sexual que unos amigos les dieron como regalo de bodas.
Cerró la crema y la guardó en el armarito del baño. Quizás fuera hora de cambiar, se dijo. Al fin y al cabo, ya tenía una edad. Ya había pasado los cuarenta –con creces–, tenía una hija adolescente y todo. Sí. Definitivamente, era hora de cambiar.
“Mañana mismo compro una crema nueva para pieles maduras”.

Eva y Ainhoa

Ainhoa salió de casa a las ocho y cuarto de la mañana. A las ocho y veinticinco, tarde como siempre, lo hizo Eva. A las ocho y media se cruzaron camino de sus trabajos, Ainhoa a ritmo de paseo y Eva acelerada. Ninguna de las dos se fijó en la otra. No había motivo, no se conocían.
Ainhoa trabajaba en un colegio al sur de la ciudad; Eva, en uno del oeste. Ainhoa enseñaba gimnasia en el segundo ciclo y daba clases de apoyo de matemáticas en tercero de primaria. Eva era tutora de sexto y odiaba a sus alumnos. Ninguna de las dos fumaba, ambas preferían la cerveza al vino, Eva tomaba el café solo y sin azúcar y Ainhoa con leche de soja. Ainhoa tenía una relación formal con un hombre dos años mayor; Eva acababa de romper con su novia de diez años. Una era optimista, la otra no; una era feliz, la otra a veces; las dos se conformaban con lo que tenían porque qué otra cosa podían hacer.
Eva salió de trabajar cinco minutos antes aquel día. Su clase tenía gimnasia y prefirió escaparse antes de que sonara el timbre y la marabunta de niños amenazara con hacerla caer por las escaleras. Fue al supermercado a coger algo para cenar. Recordó que no debía comprar mucha comida porque ya no cocinaba para dos, y aceleró el paso para no pensar en ello. Todo en el supermercado estaba envasado por docenas. Se volvió loca buscando una bandeja de pescado que no alimentara a una familia de nueve miembros. Cuando fue a pagar, sólo encontró a dos personas en la fila, pero el primero protestaba por algo con la cajera y no daba la impresión de ir a terminar pronto. Genial. Justo su suerte. Por una puta bandeja de pescado iba a llegar tarde al gimnasio.
Ainhoa, delante de Eva en la fila, observaba al hombre con recelo. Su agresividad no parecía tener nada que ver con la devolución que pretendía hacer. Tenía los ojos tan abiertos que parecía que iban a salírsele de las órbitas. Las pupilas estaban más dilatadas de lo que deberían.
-Estaba así cuando lo compré ayer –decía, airado-. ¡Mire! La caja está abierta, las galletas están resecas.
-Pues tendría que habérmelo traído ayer, y con el ticket. ¿Cómo sé yo que no ha abierto usted la caja? Aquí faltan galletas.
-¡Deme mi puto dinero de una vez, joder! ¿Sabe cuánto cuestan esas galletas? Cinco euros el paquete. ¡Cinco euros por galletas rancias!
-Le digo que sin ticket no puedo hacer nada. Y no estoy muy segura de que pudiera con ticket tampoco.
Todo pasó tan rápido que nadie tuvo tiempo de reaccionar. El hombre se abalanzó sobre la cajera y la sujetó por el cuello con una mano mientras en la otra aparecía, quién sabe de dónde, una enorme navaja. La cajera dio un grito al ver el arma, y Ainhoa un paso atrás. Eva dejó escapar el aire en un gemido ahogado cuando vio la navaja y sintió el pisotón.
-Dame los putos cinco euros ahora mismo –dijo el hombre, su cara pegada a la de la cajera, la navaja a meros milímetros de su mejilla. La mujer empezó a tocar las teclas de la caja registradora sin mirar, incapaz de abrirla. Ainhoa y Eva recularon aún más. Ninguna de las dos echó a correr. Ninguna de las dos dejó su compra en el suelo y salió volando del lugar.
La cajera consiguió abrir la caja. El hombre echó mano del dinero –Ainhoa observó que cogía mucho más de cinco euros- y salió corriendo, navaja en mano. La cajera se echó a llorar. El guarda de seguridad, que no se había enterado de nada, reaccionó solo cuando vio correr al hombre y salió tras él. El resto de las cajeras no había visto nada. Ainhoa dejó su cesta en la cinta móvil y echó a andar hacia la puerta, sin mirar a su alrededor, las piernas temblorosas. Sólo quería llegar a casa y abrazar a Iker, tan fuerte que doliera. Eva se quedó ahí quieta, los dos filetes de lubina en las manos, tratando de recuperar la respiración. Sólo quería pagar su cena, ir al gimnasio y correr cinco kilómetros en la cinta para olvidarse de todo aquello. Quería tener agujetas. Muchas. Que doliera.
Al día siguiente, Ainhoa salió a las ocho y cuarto de casa. A las ocho y veinticinco se cruzó con Eva, que volaba porque llegaba tarde a la reunión del claustro. Ainhoa llegó cinco minutos pronto, Eva diez tarde.
Ninguna de las dos se acercó por el supermercado.

Cuenta atrás



El NaNoWriMo empieza mañana, pero seamos sinceras, yo ya he empezado. Lo de menos este año es conseguir las cincuenta mil palabras; lo de más, volver a la rutina de escribir en cada momento libre y tener una historia y unos personajes rondándome por la cabeza. No sé si será bueno, no sé si será "leíble". Será mío, como todo lo que escribo, y espero que algún día la constancia dé sus frutos y lo que escriba sea también de los demás.

De momento, llevo mil y pico palabras, cinco personajes bien definidos y un montón de perrerías que han de ocurrir. Qué malo es el mundo para algunas personas, madre.

La voz

Cuando digo por ahí que me gusta escribir, lo primero que te preguntan siempre es "¿y qué escribes?" Me resulta una pregunta muy difícil de contestar, porque depende del día, del mes y del ánimo con el que me encuentre, por no hablar del tiempo disponible. Lo mismo es un misterio que un bildungsroman que una comedia romántica. Yo no soy de las que tienen un género y sólo se mueven en ese. Será porque todavía no he encontrado la voz. No estoy hablando de LA voz, esa es la de Alan Rickman, sino de mi voz. Eso tan difícil de conseguir y que sólo alguien que ha intentado escribir alguna vez sabe lo mucho que cuesta encontrar.

Durante toda mi vida adulta he buscado una voz literaria con la que me sintiera cómoda. He dado por sentado que yo no tenía voz propia, que debía formarla y educarla, y tratar de crear una voz grandiosa, válida para contar historias épicas. La novela cuyo primer borrador terminé el año pasado era uno de esos proyectos épicos que no quería afrontar porque todavía no había encontrado mi voz. Era una historia contada en masculino, desde el punto de vista de varios hombres, en los que las mujeres solo aparecían a través de los ojos de los hombres. Tenía que ser así porque así lo marcaba la historia, pero ese fue mi primer error. No puedo contar una historia a través de ojos masculinos, porque no soy hombre. Y sí, se puede hacer, por supuesto que se puede, pero creo que es mucho más difícil y es más fácil aprender a gatear que a correr maratones. Así que, después de entregarme en cuerpo y alma a terminar el borrador, releerlo y odiarlo de principio a fin, decidí jugar un poco con algo más "sencillo".

Y me puse a escribir algo que entraría en la categoría de chic lit y que durante meses he tenido aparcado porque "yo valgo más que eso, por dios, qué vergüenza, si alguien supiera...". Ya sabéis el tipo de historia: treintañera soltera, con un trabajo estupendo pero muy exigente, que se ve envuelta en un proyecto que incluye a... -puntos suspensivos porque es un personaje famoso y no quiero desvelar más-. No hay historias de faldas, no hay lío romántico, pero sí se habla de tacones, y de maquillaje, y de problemas para entenderse en un entorno no familiar, y de complicaciones entre amigas, y de cosas de las que una mujer se da cuenta pero un hombre no. Escribí algo más de veinte páginas en abril y no he vuelto a tocarlo hasta esta mañana, cuando lo he releído. ¿Y sabéis qué? Me he encontrado. Me he reído. Me he imaginado todas las situaciones que describo sin recordar siquiera que las había escrito yo. Me he visto en las palabras, en las frases. He encontrado mi voz.

Y quizás no valga dos duros, ni me permita reescribir la novela que quiero arreglar -porque sí, me gusta mucho la idea original que tuve, pero es tan difícil...-, pero al menos me permite arrancar de un parón muy largo. Hoy he escrito más de mil palabras que espero no volver a releer en un mes, porque necesito la perspectiva que da el tiempo. Me he encontrado a gusto, lo he disfrutado, he desenquilosado los músculos -cerebrales y manuales- que llevaban enquistados varios meses. Y supongo que de eso se trata. Porque, pase lo que pase, si escribo tiene que ser para divertirme, para leerlo yo y que me guste, y luego ya vendrán los demás. Pero si no soy sincera conmigo misma, nadie me creerá nunca. Y la voz, a la hora de escribir, es lo que marca a una escritora. Y si no, que se lo pregunten a Virginia Woolf.

Escribiendo

Llevo meses, meses, intentando encontrar una rutina que sea fácil de seguir y que me permita escribir al menos una hora todos los días. Por fin, desde hace un par de semanas, parece que lo he conseguido y todos los días pego el culo a la silla delante del ordenador. Una hora, es todo lo que pido. Los fines de semana ya caerán dos, pero a diario una hora. Nada más.

Ahora el problema es que no sé qué escribir.

Me había prometido que, en cuanto terminara el primer borrador de la novela, escribiría relatos. Eso es lo que hacía antes, allá por la prehistoria, antes de que me diera por intentar escribir novelas y fracasar rotundamente. Un relato de apenas dos mil palabras no puede ser algo tan complicado, me decía, no comparado a una historia de 80000 con más vueltas y giros que un tiovivo. Escribo uno o dos a la semana, los mando a concursos y a ver si suena la flauta, ¿no?

Pues no.

No se me ocurre nada que se pueda contar en dos mil palabras, tres mil como mucho. Todo lo que me ronda la cabeza son historias eternas, épicas, en las que necesito varias páginas sólo para explicar la motivación del personaje principal. No soy capaz de centrarme en un momento, un instante, y cuando lo hago me parece pésimo. He escrito tres relatos este mes, a cada cual peor (el último ni siquiera lo he terminado porque me ha dado asco a medio camino). Había pensado participar en un concurso al mes, pero no quiero que nadie se ría de mí, por muy anónimos que sean la mayoría. Prefiero sufrir en silencio, como con las hemorroides. No puedo dejar ver al mundo que soy incapaz de escribir un relato. No me doy por vencida, lo conseguiré, pero ahora mismo no soy capaz de hacerlo.

El problema es que tampoco tengo fuerzas para empezar con una novela seria, porque estoy en barbecho y esperando a que el tiempo me haga olvidar lo que he escrito para poder verlo con ojos nuevos y reescribirlo como si lo hubiera escrito otra. No puedo empezar a modelar personajes, a crear una trama (todas mis tramas son más psicológicas que otra cosa, y eso me absorbe toda la energía), a idear maldades (porque sí, todos mis personajes tienen un lado oscuro. Ay, si Freud levantara la cabeza). Así que me ha dado por ponerme a escribir una fantasía -que no erótica, eso se lo dejo a Fernando-, una tontería que me ronda la cabeza, con personajes tomados de la vida real y un gran tufo autobiográfico (digamos que es el yo que a mí me gustaría ser pero no soy). No lo va a leer nadie, ni siquiera sé si lo voy a terminar, pero me va a servir de mesa de experimentos porque no tengo obligaciones. Si a mitad de la historia se me ocurre una idea genial -y me suele pasar cuando escribo-, puedo dejarla y enfrentarme a ella sin miedo, que ya volveré -si vuelvo- al experimento. Pero lo importante es no dejar de escribir. No ahora que por fin le he encontrado un hueco en mi vida.

Creo que me lo voy a pasar bien. Hoy sólo he escrito la sinopsis y casi me meo de risa. Y supongo que eso es lo que busco cuando me siento a escribir. ¿O no?

Ya no más.

No quiero leer nada más sobre cómo escribir.

No quiero que nadie me exponga fórmulas matemáticas sobre tramas y estructuras, que me diga lo que debo o no debo hacer. No empieces con descripción, no empieces con diálogo, no empieces hablando del tiempo. Y yo digo que la cosa es empezar.

Quiero aprender andando el camino, aunque ya sé que es difícil encontrarse sin mapa. Da igual; lo bueno que tiene este viaje es que, aunque me pierda, aprenderé algo. Porque, a pesar de que llevo escribiendo desde que aprendí a coger un lápiz, tengo el convencimiento de que no sé nada. Nada de nada.

Voy a leer literatura, y espero aprender de ella. Voy a escribir, todo lo que pueda, siempre que pueda. Y voy a aprender de cada uno de mis errores.

Basta de teoría. Bienvenida la práctica.

Puedo tocar el final con la punta de los dedos

Noviembre fue el mes del NaNoWriMo. Durante veintisiete días (porque los últimos tres estuve fuera de Vitoria) escribí como una fiera y conseguí 50000 palabras. Muchas de ellas son mediocres. Algunas de ellas son malas. Unas pocas son pésimas. Pero también hay alguna perla, que al menos a mí me gusta. Y, como dijo no sé quién, trata siempre de gustarte a ti misma, porque si lo que intentas es gustar a los demás, nunca sabes si lo conseguirás.

Luego llegó diciembre, y me prometí que iba a terminar el borrador, porque la historia parecía merecer la pena y creía que me iba a llevar a algún sitio. Sólo me hacían falta 30000 palabras más, me dije, algo completamente asequible. Mil palabras al día. Lo he hecho antes. Esto está chupado. Pero no pude. No sé si fue el hecho de que no había nadie que controlara la cantidad de palabras que escribía al día, o que estaba agotada por el mes anterior, pero no llegué. En Navidad haremos algo, pensé. Y algo hice, pero poco, la verdad, muy poco.

Y llegó enero, y con él los exámenes parecieron mucho más cercanos. Dejé todo y me puse a estudiar, que no era cuestión de tirar por la borda las horas que ya había metido en ello. No es que estudiara todo el día, ni con mucho, pero cuando lo dejaba no me apetecía ponerme a escribir, estaba demasiado cansada. Me cargué la rutina. Esa hora diaria en la que solo podía escribir desapareció, y empecé a ocupar mi tiempo con tonterías (como ver cuatro temporadas de Dexter en dos semanas). Pero mientras estudiaba solo podía pensar en volver a escribir. No en la historia en sí, sino en volver a poner los dedos sobre el teclado y dejarlos volar, el acto físico de crear. Pero no podía. No tenía tiempo, me decía.

Ahora he acabado los exámenes -hace ya una semana- y he retomado la novela. No recordaba ni los nombres de los personajes principales, no digamos ya los secundarios o la trama. No la he releído entera, sólo las últimas cinco páginas y algunas notas que tengo sobre la historia. Durante una semana no he sido capaz de escribir más de quinientas palabras seguidas. Hoy, por fin, he escrito durante hora y media y he hecho lo que tenía que hacer. He terminado lo que es la historia en sí, a falta de unos flecos que hay que recortar para que el círculo se cierre del todo. Hoy he sabido por qué me estaba costando tanto terminar, y la razón era muy simple: tenía que matar a mis personajes. Y eso no es fácil.

Sabía que debían morir desde que escribí la primera palabra, pero como eso era al final no quería pensar en ello antes de que llegara. Y no podía ser una muerte cualquiera, tenía que ser una muerte que los definiera. Imponente. Edificadora. Y lo ha sido. A falta de la revisión (que será una reescritura en toda regla, voy a cambiarlo todo), me gusta la escena que he escrito esta mañana. Era necesaria. Y sé que volveré a hacerlo. Me ha gustado cargarme a mi creación. Yo soy la única con el poder de hacerlo, y hoy he dado muerte. Soy una asesina de papel.

Mañana pretendo poner el punto y final a una historia de algo más de 80000 palabras, lo más largo que he escrito nunca. No es lo que yo esperaba, no está para ser leído por nadie, no va a ver la luz hasta que no le limpie la cara y la adecente un poco, pero es lo mejor que he escrito nunca. Mañana la termino, si no lo hago esta noche, y el lunes empieza el proceso de maceración. Olvidarme de ella. Escribir cosas nuevas -pero no una novela, algo más corto, algún juego-, pensar en otros temas, y cuando ya no recuerde lo que me motivó a escribir, volver a leerla. Y arreglarla. Que buena falta le hace.

Domingo, 7 de febrero: Después de algo así como 80 días y 81949 palabras, doy por terminado el primer borrador. ¡Terminé! ¡Champán para todos! (O, en su defecto, un café.)

Personalidades ocultas


Algunos dicen que una debe escribir sobre lo que conoce. Tiene su lógica, claro, lo que conoces es lo que más fielmente puedes retratar. Puedes echar mano de tus sensaciones, de tus conocimientos, y crear un escrito personal y realista, fiel a la realidad. El problema es adaptar eso que uno conoce y conseguir crear una historia de ficción a raíz de eso. Quieras que no, tendrás que incluir aspectos desconocidos, asuntos que no manejas de primera mano.

Yo prefiero escribir sobre aspectos que no conozco. No me refiero en la historia en sí. Puedo escribir sobre un profesor de primaria que se enfrenta a una clase de niños por primera vez, por ejemplo, pero ese profesor de primaria estaría muy alejado de cómo soy yo. Me obsesiona la psique humana. Me obsesiona ponerme en el lugar de un asesino, por ejemplo, o un violador. ¿Qué se le pasa por la cabeza a alguien que mata por placer? ¿Se puede llegar a entender a un psicópata? ¿Me convierte ello en un ser peligroso? Mi profesor, seguramente, sería pederasta, y la historia incluiría la terrible escena en la que abusa de un niño. Jamás he conocido a un pederasta. No entiendo qué se le puede pasar por la cabeza a una persona así. Pero me gustaría entrar en su mente y averiguarlo.

A veces, cuando escribo, me gusta dejarme llevar por esa parte de mí que no me pertenece, esa parte que no es yo. Me pongo en el papel de otra persona y actúo -sobre el teclado del ordenador- sin principios ni valores, o al menos no los míos. Me gusta crear personajes enrevesados, peligrosos, con un pasado doloroso que les convierte en lo que son. El otro día describí una violación desde el punto de vista del agresor. Fue fácil. Imaginé mi peor pesadilla y la expuse sobre el papel, pero cambiando los roles. Fue divertido. Es lo más cerca que estaré nunca de cometer una agresión sexual, porque me parece la peor de las agresiones. Peor incluso que el asesinato. Pero esos son mis valores, no los de mi personaje.

Cuando escribes puedes matar, acuchillar, violar, mentir, prevaricar... Y todo queda en casa. Te conviertes en la antítesis de lo que realmente eres, vas en contra de todos tus valores, reniegas de tu educación. Y no pasa nada. Es más, si lo haces bien incluso puedes ganar dinero con ello, aunque nadie te librará de las críticas sobre lo terriblemente realista que es tu ficción y el asco que les ha dado leer tanto detalle en una violación/asesinato/robo a mano armada. ¿Me convierte eso en criminal? En absoluto. Porque cuando me despego del ordenador entiendo que solo era un juego, tan inofensivo -o más- como jugar con pistolas de agua. Es divertido, pero no es real. Y la diferencia entre esos dos mundos es lo que hace que escribir merezca la pena.

Bloqueo del escritor y otros mitos

No creo en el bloqueo del escritor. No creo en el síndrome de la página en blanco, en que las musas te abandonen. Creo en que se pueden tener días más o menos inspirados, y que algunas veces las cosas te salen mejor que otras, pero no creo en la imposibilidad física de escribir. Sé que no existe porque lo he comprobado. Para el resto del mundo, esos que no escriben (también los hay, ¿os lo podéis creer?), el bloqueo se llama vagancia.

El pasado mes de noviembre conseguí crearme una férrea rutina. Me sentaba todos los días a escribir a la misma hora y trataba de escribir la misma cantidad de palabras, que de lunes a viernes eran alrededor de 1500 y los fines de semana algo más. Algunos días estaba cansada después de un día eterno, pero me sentaba igualmente; al fin y al cabo, no se trataba de mover piedras de molino con los dientes, algo podríamos hacer. Y avanzaba. Vale, no era Shakespeare, pero nada de lo que yo haga nunca lo será, y mi objetivo era perderle el miedo a escribir. Y lo conseguí. Incluso logré algún párrafo del que sentirme orgullosa (y muchos que negaré haber escrito yo cuando gane el Cervantes y me den la cátedra), pero eso era lo de menos. Ya vendría la revisión.

Llegó diciembre y me prometí seguir así, pero ya la presión no era la misma, la novela había llegado a su punto medio y, aunque sabía lo que venía después, me daba pereza seguir. Cometí el error de darme días libres. Perdí el impulso, la inercia que me tenía pegada a la silla todos los días a la misma hora. Recuperar la costumbre fue muy difícil. Todavía no lo he hecho. Cualquier excusa es buena para no escribir.

Y no es un bloqueo. No es que no sepa como seguir, que sí lo sé (solo que ahora es más difícil, porque vienen los "macgufins", como dice una amiga, los momentos de tensión que justifican todo lo escrito hasta ahora), pero me da pereza. Me da miedo. Ya empiezo otra vez con el "¿y si no lo hago bien?", solo que ahora es mucho más ridículo porque todo lo anterior es cualquier cosa menos bueno. Más de sesenta mil palabras, el final aún no se atisba, y me pongo a dudar. No es bloqueo de escritor, no es miedo a la página en blanco porque no hay ya nada blanco. Es miedo a secas.O pereza. O entumecimiento. Pero bloqueo no.

El bloqueo se vence escribiendo. Hoy he conseguido pegar el culo a la silla y escribir mil palabras. Son pésimas, y creo que me estoy desviando, pero al menos ya sé por qué camino no me apetece ir. Mañana me sentaré otra vez. Y estas vacaciones pienso dedicar algún que otro día solo a escribir (bueno, y a comer y a dormir, pero a nada más), como ya hice en noviembre, cuando conseguí cascarme 6000 palabras en un día. Es cuestión de ponerse. De vencer a la pereza.

Y a mí a cabezona no me gana nadie.

Sábado, día de escritura

Nueve y media de la mañana de un sábado. El despertador no suena, pero yo ya estoy despierta y dispuesta a empezar el día. Hoy tengo que escribir, me digo, tengo que sentarme al ordenador y usarlo para lo que lo compré, que no está la economía como para tirar el dinero. Hoy escribo.

Pero primero tengo que desayunar. Un desayuno lento y sin prisa, con música de fondo, relajado. El gato husmea la tostada, él también quiere. Quito la taza de café con leche antes de que meta el morro, anda que no es fino el tío. Me tomo otro café. Sólo he dormido diez horas, aún tengo sueño.

La casa está hecha un asco. No me puedo concentrar con pelusas por doquier. Paso la escoba y me pongo. Bueno, ya que he sacado la escoba, saco el Ajax Pino y le pego una fregadita al suelo. Y a la encimera de la cocina. Y ya puestos, limpio el baño.

Ya, ya está todo limpio, ya me puedo poner a escribir. Vamos a echar un vistazo a internet y ahora me pongo.

Media hora más tarde, me doy cuenta de que el reloj de pared del despacho está parado. Hay que cambiarle la pila. Es un momento, lo hago en un pis-pas.

¿Dónde coño he metido yo las pilas? Diez minutos buscándolas para encontrarlas en el cajón de las pilas. Qué cosas.

Anda, no he planchado los cuadritos de patchwork (estoy haciendo un cojín, más mono...) y quiero pasarme la tarde cosiendo en casa de mi madre, así que mejor los plancho ahora y así, mientras escribo, se enfría la plancha y puedo guardarla antes de irme, no vaya ser que el gato se queme el hocico. Un momentito, es un momentito.

Ya está. Me siento. Abro el documento. Escribo cien palabras. Miro el reloj.

Coño, es la hora de ir a comer a casa de mi madre. Apago el ordenador y me visto a toda prisa, que tengo que comprar el pan.

De mañana no pasa, mañana escribo.

Que sí, de verdad.

Fin de semana largo y otras cuitas

Mañana tengo fiesta por ser el día del maestro (que a ver cuándo empiezan a llamarlo "día de la maestra", que visto el porcentaje de maestros y maestras nos toca feminizar la fiesta, digo yo). Aprovecho que mi hermano tiene un máster en Madrid para ir a pasar el fin de semana con él y visitar una ciudad que desconozco por completo. Espero que no llueva.

Salgo de madrugada, a las dos de la mañana del sábado, lo que significa que, a cuatro días del fin del NaNoWriMo, no voy a poder escribir en dos. Ayer, con mis 40000 palabras escasas, me había dado ya por vencida y había decidido que otro año sería, pero hoy me ha llegado el e-mail del organizador y me ha metido adrenalina en vena. He llegado a casa y me he sentado en el ordenador; tras dos horas, he logrado casi 4000 palabras, algo que no había hecho en mi vida. No son palabras que vayan a hacerse un hueco en la historia de la literatura y más de la mitad de lo que he escrito hoy se va a ir a la basura en la revisión, pero he adelantado la historia y la estoy llevando por donde yo quería. Me gusta. Puede salir algo bonito de todo esto.

Mis dedos vuelan sobre el teclado de mi ordenador nuevo, mi auto regalo de cumpleaños tardío -o de Navidad temprano-, y al que creo que tengo que agradecerle parte del mérito de las palabras de hoy porque ya no me dejo el cuello en el portátil. Un gasto superfluo, algo sin lo que podría vivir, pero he decidido que, si quiero ser escritora, voy a invertir en el instrumental necesario para conseguirlo. Cuando acabe la novela caerá una impresora como dios manda, para empezar a mandarla a cuanto concurso y editorial tenga a bien leerla.

Aún no ha empezado mi puente y ya estoy pensando en el de la semana que viene, en la de horas que puedo pasarme escribiendo con cuatro días de fiesta, aunque ya no tenga un día marcado en rojo en el calendario para entregar nada. Estoy deseando acabar el primer borrador para poner en limpio todas las notas que he ido tomando y empezar a pulir la historia. Hacía mucho tiempo que los personajes no me perseguían en sueño ni atacaban mis horas de asueto.

De momento, tranquilidad en el frente.

Escribo, luego existo

Este mes va a ser duro. Muy duro.

Estamos a cuatro de noviembre, lo que significa que llevo cuatro días haciendo el NaNoWriMo dichoso. Cuatro días en los que, después de terminar el tema de semántica y lexicografía de la lengua inglesa o de pensamiento y creación literario en el siglo XX, me siento al ordenador, más dormida que despierta, y escribo alrededor de dos mil palabras. Dos mil palabras los dos primeros días, porque al tercero ya me he conformado con mil quinientas y hoy he pasado justita de las mil. Pero es que no puedo más. Que ha sido un día muy largo, aunque aún no sean las nueve de la noche. Que tengo sueñito, y hambre, y el gato reclama mi atención.

¿Cómo lo hacen los escritores serios que tienen un trabajo aparte (o sea, el ochenta por ciento de los escritores en el mundo)? ¿Cómo trabajas ocho horas diarias y luego llegas a casa y lidias con las exigencias de un editor, y de una fecha de entrega, y de una sesión de firmas? Yo apenas puedo dedicarle una o dos horas al día, no porque no tenga tiempo (puedo hacer tiempo, no tengo excusas), sino porque no me quedan fuerzas. Escribir una novela en un mes... A quién se le ocurre...

Me voy a cenar (temprano) para poder meterme en la cama (temprano). Soy dormilona y remolona, qué le vamos a hacer. A otros les huelen los pies.

Que me guste a mí no significa que te guste a ti

Me pasa algo muy curioso con las ideas que se me ocurren para escribir. Al principio, nada más encendérseme la bombilla, mi primera reacción es un "qué pasada, qué idea más cojonuda, seguro que a nadie se le ha ocurrido nunca nada como esto, soy la mejor, la más lista y la más guapa". Después, cuando analizo un poco la idea, llego a la conclusión de que "bueno, sí, ya se ha hecho desde varios puntos de vista, pero si lo enfoco de ésta o aquella manera igual le saco jugo, creo que podría funcionar; además, a mí me gusta". Y al final del proceso, todo lo que queda es un "pero, ¿en qué estaba yo pensando? ¿Cómo se me ha ocurrido pensar siquiera que esto pudiera interesarle a nadie más que a mí? ¡Si es una chorrada!"

Por algún motivo pienso que lo que a mí me interesa no tiene por qué interesar a los demás. Que a mí me guste no es síntoma de que a nadie más le vaya a gustar. Y a mí me gusta, claro, porque es mi idea, porque ha nacido de mis experiencias y mis intereses, pero ¿los demás? Van a pensar que soy una ñoña. Van a creer que soy idiota, o peor, que les trato de idiotas. Van a reírse de mí. Y como nunca tengo el valor de comentar mis ideas con nadie porque creo todo lo anterior, siempre me quedo con el convencimiento de que lo que a mí me guste no tiene por qué gustar a los demás.

Pero hoy me he puesto a analizar lo que me gusta y si a los demás también les gusta. Miro los libros que más me atraen y no puedo evitar caer en la cuenta de que a millones de personas les han gustado antes que a mí. Harry Potter (cómo no), novelas negras, Steinbeck, Middlesex (premio Pullitzer) y un largo etcétera. Vale, pero eso son libros y tengo cierta cultura literaria (o no; digamos que leo mucho, que no tiene por qué ser lo mismo). ¿Qué más me gusta, aunque me avergüence un pelín decirlo? Las Chicas Gillmore son mi última debilidad. Una serie ñoña donde las haya que a mí me encanta y me hace pensar que ojalá todo fuera tan fácil y todas las madres del mundo fueran tan guays como Laurelay Gillmore. Eso no puede gustarle a mucha gente adulta. Pues sí: entras en internet y hay miles de páginas dedicadas a ellas, y no precisamente de adolescentes. Veronica Mars, otra serie ñoña; otra serie de culto. Héroes. Perdidos. Castle. Se ha escrito un crimen. Millones de personas comparten mis gustos.

Y, aún así, estoy convencida de que mis ideas sólo me gustan a mí. Es duro, es difícil, pero tengo que conseguir salir de mi caparazón y convencerme a mí misma de que hay más frikis como yo, de que no estoy sola en el mundo y puedo encontrar un grupo de lectores, si alguna vez me decido a terminar algo DE UNA PUÑETERA VEZ y me atrevo a mostrarlo. Hoy es tan buen día como otro cualquiera para hacerlo, y de hecho me he puesto manos a la obra. Aún estoy en la fase de "qué idea más cojonuda, Ramond Chandler hazte a un lado", pero todo se andará. A ver si dentro de un mes seguimos en las mismas.

P.D: Por cierto, este es el post 300. Gracias por estar ahí todo este tiempo.