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Mujeres en serie: Breaking Bad

Han pasado ya muchos meses desde la última entrada de Mujeres en Serie, pero me ha venido a la cabeza una serie en concreto que mucha gente ha visto y me ha apetecido comentarla. Se trata, cómo no, de la gran Breaking Bad, con la que disfruté como una enana cuando la vi por primera vez y con la que estoy disfrutando no poco con el segundo visionado. La puñetera tiene tantos matices que se te escapan detalles en cada capítulo.

A primera vista, Breaking Bad es una serie de "machos". Los protagonistas principales son hombres, todos los que lidian con ellos son hombres (bueno, casi todos), hay tiros, hay muertes, hay sangre, hay tacos, hay huevos. Una serie llena de testosterona, vaya. Pero resulta que el prota tiene familia, y familia heterosexual de las de toda la vida, con su mujer embarazada y que da a luz a una niña, su hijo adolescente y una familia política que da mucho juego a la serie. Incluso se podría decir que la trama, al principio, es hasta familiar: un hombre inteligentísimo pero con poca suerte en la vida se encuentra con que tiene cáncer y busca la manera de dejar a su familia en la mejor situación económica posible. Como es un genio en química y su cuñado es un policía experto en atrapar traficantes de meta-anfetaminas, no se le ocurre otra cosa que ponerse a fabricarla y a vendérsela a los capós de Nuevo Méjico (me encanta que la serie esté situada en Nuevo Méjico. ¿Por qué tiene que ser siempre California o Nueva York? ¡Hay cincuenta estados en el país!). Claro, un profesor de instituto en semejante percal se tiene que meter en líos sí o sí, es de esperar. Y ya tenemos una de las mejores series de la historia.

Walter White, el protagonista, es un personaje complejo y muy completo que va evolucionando con cada temporada, y pasa de ser profesor pardillo a un traficante y asesino sin complejos que lo único que quiere es vender su producto al mejor precio. Pero no es lo único genial de la serie. En mi opinión, la que no desmerece en absoluto es su mujer, Skyler, quien descubre de mala manera quién es en realidad su marido. Su personaje también evoluciona: desde el ama de casa que quiere mantener con vida a su marido cuando él se niega a seguir el tratamiento que le puede curar el cáncer, hasta la dura mujer de negocios que blanquea el dinero que su marido va trayendo a casa. Es atrevida, es valiente, resuelve conflictos y trata de salvar a la familia de la espiral de violencia en la que Walter les ha incluido. Por supuesto, en muchos foros de internet se la ha puesto a parir (una prueba sencilla: escribid Skyler White en Google y buscad imágenes). Dicen que siempre le está poniendo pegas a su marido, que no le deja vivir, que le quiere controlar. Que es fría. Que es castradora. ¿Os imagináis tener un cónyuge que trafica con drogas al más alto nivel? ¿Alguien que sabéis que ha matado, que ha traído a los sicarios a la puerta de casa, que ha (SPOILER, Y GORDO, NO SIGÁIS LEYENDO) sido el responsable de la muerte de un miembro de la familia? Cualquiera se divorciaría cortando por lo sano, sin querer saber nada de él y llevándose a los hijos bien lejos. Ella no. Ella no quiere que su hijo adolescente sepa en qué anda metido su padre porque lo idolatra y no quiere que su imagen de él cambie. No quiere denunciar a Walter porque su cuñado se vería en un buen lío, dado que es el hombre más buscado del estado. Skyler no solo no le deja, sino que le ayuda a "lavar" el dinero que luego utiliza para ayudar a su cuñado. Si de algo peca Skyler White es de estar obsesionada por proteger a su familia, hasta el punto de perderse a sí misma y terminar... ¿Cómo termina? Como tenía que haber estado desde que supo lo que hacía su marido: sola a cargo de sus dos hijos.

Soy la primera fan de Walter White. Quiero que las cosas le vayan bien, que no le pillen, que se salve. Defino a "los malos" como aquellos que van contra sus intereses, lo que ha veces incluye a Skyler. Pero seamos serios: Walter White es un criminal que, aunque empieza con las drogas por amor a su familia, termina convirtiéndose en un asesino sin escrúpulos a quien ya le da igual quién muera. Lo hace por el subidón de hacer algo ilegal, por el ego de saberse malo y criminal, no por necesidad. Y es en ese punto en el que me vuelco con Skyler y le grito al televisor que no, que Walter es un capullo, que Skyler tiene razón.

Hay más personajes femeninos en esta serie que merecerían su post aparte, por eso no las incluyo en éste. Marie y Jane, por ejemplo, podrían analizarse como contrapuntos de Skyler por motivos distintos. Pero lo dejo aquí, porque ya me ha quedado un post muy largo. Y, qué demonios, porque aún no me he terminado la quinta temporada y me muero de ganas de tirarme en el sofá con un capítulo nuevo.

PS: Después de escribir esto me encuentro con este post que lo dice todo mucho mejor que yo y tiene unas fotos muy saladas. Para muy fans.

Mujeres en serie: Suits



Cuando los angloparlantes inventaron el concepto de "guilty pleasure" (así, en inglés, porque lo de "placer culpable" como que no queda igual), estoy segura de que estaban hablando de esta serie. Encefalograma más profundo que plano, tíos buenos como única excusa válida para engancharse a la serie y diálogos servidos a la misma velocidad que los de Las Chicas Gilmore, con la diferencia de que a mí me ponen más Mike Ross (Patrick J. Adams) y Harvey Specter (Gabriel Macht), con todo lo que me gustan Lorelay y Rori. Tramas facilonas, líos de faldas, problemas de conciencia y casos más o menos interesantes como excusa para llevar adelante el capítulo. ¿Os suena? Sí, es Ally McBeal con más testosterona. Demos gracias.



Harvey Specter es un abogado al que le gusta saltarse las normas, inteligente y -por supuesto- guapo y elegante, a quien no le asusta arriesgar su pellejo ya no por el rédito económico, sino solo por la aventura. Su jefa, Jessica Pearson (Gina Torres y la razón por la que empecé a ver la serie), le dice un día que tiene que encargarse de contratar a un nuevo fichaje; su firma solo contrata licenciados en Harvard y allá que se va Harvey a aguantar a los pesados que se plantan en su despacho. Pero en una de estas aparece Mike Ross, un veinteañero con una maleta llena de marihuana que iba a hacer un "recado" para un amigo y a quien están a punto de pillar. Se esconde en la oficina de Harvey, a quien inmediatamente cae bien. Hablan, y Mike le explica que es un genio con memoria fotográfica, que ha pasado el examen del BAR varias veces (por encargo y bajo pago; vamos, que es un estafador de primera), y que la única razón por la que no tiene un título es porque su abuela, que lo crió, no tenía manera de llevarlo a la universidad. El flechazo es instantáneo y Harvey, cómo no, contrata a este chico sin título que se sabe la ley mejor que él. Ya tenemos bromance. 


Las historias giran normalmente alrededor de estos dos personajes principales, pero también hay una serie de secundarios que, casualidad, suelen ser mujeres (a excepción de Louis, probablemente el mejor actor del reparto y el más feo de toda la televisión estadounidense). Jessica es la jefa, la máxima autoridad de la empresa y uno de los personajes femeninos que más me gusta ahora mismo en la televisión. Con su metro ochenta de altura, Gina Torres está condenada a interpretar siempre a mujeres fuertes y de carácter (de nuevo, demos gracias) e incluso he leído por ahí que estarían pensando en ella para hacer de Wonder Woman (lo de amazona le va que ni pintado, la verdad). En este caso, Jessica es una jefa comprensiva que lleva a los suyos con mano férrea pero no inflexible, sumamente inteligente y que, atención, no usa su físico para salirse con la suya. De hecho, ni siquiera hay tensión sexual entre ella y ninguno de sus subordinados; los guionistas han creado un personaje que consigue ser complementario de Harvey, pero a su vez tan alejado de él que es imposible imaginarlos juntos en una relación. Si hay algo que me encanta de esta actriz es esa habilidad que ya demostró en Firefly para participar en unos diálogos cargados de dobles sentidos y hacer que te quedes con cara de "espera, eso era una broma, ¿no?" y nunca termines de estar segura. Mi frase favorita hasta ahora fue la que dio fin a una pequeña discusión con Harvey: "But the really important thing is that I'm taller than you". Y tiene razón, claro.

(Ni un maldito vídeo he encontrado en el que se pueda oír un diálogo entre Jessica y Harvey. Parece ser que a la única a la que le parece que no hay tensión sexual es a mí, porque todos los shippers están intentando liarlos con cancioncitas ñoñas.)

Harvey tiene otra gran mujer cubriéndole las espaldas, su secretaria Donna Paulsen (Sarah Rafferty), una mujer con el mismo humor que su jefe, divertidísima, muy inteligente y que conoce a Harvey mejor que él mismo (por algo lleva décadas trabajando junto a él). Este personaje estaría a la misma altura que el de Jessica Pearson si no fuera por el detalle de que ella sí usa su sexualidad y su físico para conseguir lo que quiere. Aunque de momento no ha saltado la chispa entre ella y Harvey, me temo que en este caso sí la van a provocar; en un capítulo, alguien le pregunta por qué no se ha acostado nunca con él y ella contesta "porque cambiaría las cosas". No porque no le guste, no porque no quiera. O sea, rollito a la vista. Esperemos que tarde, porque lo que más me gusta de ella es su picardía y esa conexión platónica con su jefe que hace que te mueras de risa con una sola mirada.
























Eso en lo que respecta a las "mujeres de Harvey", porque cuando pasamos a las de Mike Ross, la serie ya se va a tomar por culo en lo que a personajes femeninos complejos y con tramas elaboradas se refiere. Que sí, que Mike está muy bueno, que tiene un aire de niño despistado que hace que una quiera achucharle y enseñarle dónde está el váter, que tiene un corazón de oro y la única razón de que haya cogido el trabajo es para que su abuela esté bien atendida, pero lo de ponerle a una morena y una rubia detrás para provocar una innecesaria tensión romántica me parece demasiado. Una es la novia de su mejor amigo (que para tener amigos como ese, mejor no), a quien pintan tan tonta y tan sosa que te da hasta pena y ya la quieres con Mike porque qué va a hacer la pobre si no; la otra es una compañera de trabajo con la que el flirteo dura la primera temporada entera y con quien está claro desde el principio que va a acabar, porque la chica, admitámoslo, es mucho más mona, más lista, más compleja y cae mucho mejor que la rubia (y si no, ved la cantidad de vídeos ñoños que han hecho con ambos). Lo único bueno que se puede decir de este triángulo es que ninguna de las dos se echa al cuello de la otra y las dos terminan culpando a Mike por jugar con ellas. Por supuesto, la historia está escrita de tal manera para que digas "sí, jo, pero pobre Mike, con lo bueno y majete que es", porque no olvidemos que el prota es él, pero lo cierto es que se marca un perro del hortelano que da gusto verle.

Como digo, una serie facilona, de una sola temporada y trece capítulos (ya ha empezado la segunda, habrá que ver cómo sigue), perfecta para esos días tontos que no sabes qué ver. Chapó a los guionistas por los diálogos rápidos, chapó a Patrick J. Adams por su frescura y su puntito diferente (para mí el descubrimiento de la temporada) y suspenso bajo al que se le ocurrió lo del triángulo amoroso. En resumen: cuándo llega el jueves para ver el siguiente capítulo.

P.D: Parece que el buen rollito entre los personajes se debe al buen ambiente entre los actores y actrices, porque anda que no se lo pasan bien los condenados.

Mujeres en serie: House of Lies


Llega el verano, llega el sol y la jornada de mañana, llega la sequía imaginativa y el cansancio de fin de curso, y yo me pongo delante de la tele con el cerebro en off y las manos doloridas de tanto coser (por tenerlas ocupadas mientras veo la tele, así no como compulsivamente) y me trago series enteras desde el primer capítulo. Por suerte (o desgracia, depende), las de este año están siendo cortitas porque solo tienen una o dos temporadas, y encima no sé qué he hecho que he elegido las que solo tienen trece capítulos por temporada. No veáis lo que me ha dolido terminar alguna de ellas.

Una de las que mayor mono me ha causado ha sido House of Lies. Empecé a verla porque, cómo no, mi queridísima Veronica Mars estaba en ella, pero ya en el primer capítulo me di cuenta de que esta serie poco tenía que ver con aquella detective adolescente, por más que Kristen Bell no haya cambiado un ápice. Esta serie habla de un equipo de consultores cuyo trabajo consiste en hacer que las empresas que les contraten aumenten beneficios. Ellos analizan sus necesidades y les dicen qué tienen que cambiar para conseguir mejorar, en un mundo en el que el perro grande se come al chico y el que más dinero gana es el más cabrón de todos. El sexo juega un importante papel en todas las negociaciones, hasta el punto de ser una moneda de cambio más y que muchas de las transacciones dependan de quién ata a quién en la cama. O sea, una serie corporativa de cable americano más.



Pero quien hace grande a esta serie es su personaje principal, Marty Kaan, personificado por un Don Cheadle al que servidora nunca había prestado mucha atención pero que ahora se ha convertido en uno de mis actores favoritos. Marty no tiene escrúpulos, es un negociador nato, vendería a su padre y a su hijo por un buen trato (o eso parece), se acuesta con todo lo que se menea (y no precisamente porque su trabajo se lo exija), se lleva por delante todo lo que se ponga entre él y su objetivo. Por supuesto, es el personaje del que te enamoras desde el primer capítulo, porque qué gracia tendría la serie si no te gustara el protagonista. Su hijo de doce años consigue mostrar su lado más humano y familiar (el mejor actor de toda la serie, mundial el niño, impresionante), y su padre, terapeuta, trata de ayudar en lo que puede y que el suicidio de su mujer cuando Marty era pequeño no afecte a su hijo como sabe que le afecta. Junto a Marty, Clyde y Doug son el alivio cómico de un equipo que pasa más horas trabajando que con sus familias. Y luego está Jeanie (Kristen Bell), la mujer simbólica, el contrapunto de Marty. O no.

(Mi escena favorita. Impresionante.)

Cuando empecé a ver la serie, como ya he dicho, mi flechazo con Marty fue instantáneo. Su exmujer me parecía una zorra inhumana, mala pécora y putón berbenero, y todo aquel que fuera contra Marty merecía lo peor que los guionistas pudieran idear para él o ella. Marty se pasa la serie haciendo daño a diestro y siniestro, incluida a una novia a quien su hijo adora y el espectador no menos, pero "es porque no puede evitarlo", "su trabajo se lo exige", "sí, podría prestar un poco más de atención a su hijo, pero él es un profesional y su carrera es importante", "parece malo pero en el fondo tiene un corazón de oro, si ella hubiera esperado, si le hubiera escuchado, si hubiera sido paciente..." Y entonces me di cuenta del golazo que me habían metido. El cliché más antiguo del mundo de nuevo en acción y yo picando como una pichona: el chico malo al que todas queremos cambiar y que esperamos que nos diga lo mucho que nos quiere. Ruth 0, guionistas 1.



Junto a él, Jeanie va a aprendiendo de su mentor. Guarda su relación con un poderoso heredero en secreto para que sus compañeros no lo asusten, incluso después de haber aceptado casarse con él. Tiene líos de una noche para parar un tren y termina acostándose con su jefe, quien le promete el oro y el moro (igualito que las poderosas que se acuestan con Marty le prometen a él). Y aquí la menda, en su infinita estulticia, pensó: qué pendón, la Jeanie, ya le vale, mira que acostarse con todos, pobre novio, vaya fresca, a ver si sienta la cabeza... Hasta que me di cuenta de que Jeanie era exactamente igual que Marty en versión femenina y que me habían vuelto a colar otro golazo: el doble rasero. Ruth 0, guionistas 2. Y no solo con Jeanie, sino con la ex de Marty, a quien una odia desde el principio por ser egoísta, ególatra, agresiva, drogadicta, competitiva... Exactamente igual que Marty. Ruth 0, guionistas 3. Goleada.



House of Lies se convirtió en una de mis series favoritas casi desde el primer capítulo, y no solo por unos personajes muy bien delineados, sino por la estética y la producción de cada capítulo. Los planos en los que todo está quieto menos Marty hablando a la cámara son una pequeña obra de arte (¿cómo coño lo hacen?) y, no nos engañemos, el hecho de que el culo desnudo de Don Cheadle aparezca en casi cada capítulo también ayuda. Ha conseguido sacarme los colores y darme cuenta de que incluso yo, que voy de feminista y de igualdad entre géneros y bla, bla, reblá, también caigo como una tonta cuando me venden la moto del hombre poderoso con el corazón escondido. Y no tengo a nadie a quien culpar, más que a mí misma.

Mujeres en Serie VII: Private Practice (Sin cita previa)



Os he oído. A todos. Ese gruñido de "nooooooo, una serie de chicaaaaaaas" que habéis soltado todos los que leéis este blog me ha llegado hasta el despacho, se ha colado por la ventana herméticamente cerrada y ha asustado hasta al gato. Los hombres no ven "Sin Cita Previa", es una serie de mujeres, pensáis. Habla de sentimientos, están todo el día con sus novios para arriba y para abajo, todo el mundo se acuesta con todo el mundo, no hay sangre, no hay tiros, ni siquiera hay tías en pelotas. Solo hay decisiones difíciles, mujeres y hombres teniendo que tomar caminos éticamente más bien oscuros porque a veces no queda otra, que dejan a la espectadora (y en este caso mi femenino no es tan neutro como suelo pretender que sea, lo sé) pensando que no está bien, que es ilegal y cuando menos amoral, pero que ella hubiera hecho lo mismo en una situación similar. Vamos, totalmente de mujeres, porque qué hombre quiere pensar cuando se pone delante de un televisor [modo sarcasmo OFF].

"Sin Cita Previa" ("Private Practice", que en realidad se traduce mejor como "clínica privada") es, para los que no la conozcáis, un spin-off de "Anatomía de Grey", que ésa seguro que la conocéis. Uno de los personajes dejó Seatle para irse a vivir a Santa Mónica y trabajar con unos amigos en una clínica privada, y así la actriz Kate Walsh consiguió ser protagonista de su propia serie (al principio, al menos). Como suele pasar en todo lo que toca Shonda Rhimes, la serie enseguida tomó un aire mucho más coral, con distintos niveles de protagonismo para los personajes dependiendo de qué tema se tratara en cada momento. A mí, personalmente, el personaje de Addison Montgomery me parece el más prescindible de todo el elenco, por muy de protagonista que vaya. Al principio quizás tuviera su gracia y su sentido que Addi estuviera buscando su sitio en el mundo, después de un divorcio y de enterarse de que no puede tener hijos, pero ahora se ha convertido en una mujer de cuarenta y tantos años que lucha por conseguir lo que quiere, por muy imposible que parezca, y una vez que lo tiene cambia de opinión y busca otra cosa. Todo el día protestando, preguntándose por qué no la quieren, por qué no puede tener hijos, por qué yo, por qué a mí... Cada vez que sale una escena con ella, gruño, a no ser que salga con Taye Diggs, que por lo menos está bueno (madre, qué hombre). Addison es un poco cansa. Solo un poco.

Hay dos personajes femeninos en esta serie que me fascinan, y ambas por razones completamente opuestas: Violet Turner (Amy Brenneman) y Charlotte King (KaDee Strickland). Para mí, estos dos personajes dan sopas con honda a la pesada de Addison por mil y una razones, y después de leer un poco sobre las actrices que las interpretan y llevar meses siguiéndolas en Twitter, me gustan mucho más porque parece ser que ambas ponen mucho de sí mismas en sus personajes. Y eso es bueno, porque Violet y Charlotte molan mazo.



Empecemos con Violet. Su personaje empezó la serie como la mosquita muerta que siempre hay en todos los trabajos. La terapeuta de la consulta, entró a trabajar allí gracias a su amigo Cooper, que, como suele pasar en las series de chicas, estaba locamente enamorado de ella pero ella no quería nada con él. Lo que mejor define, para mí, a este personaje, es su actitud ante la vida, completamente contraria a la de Addison Montgomery: ella no pide nada, pero se adapta a lo que le ocurre y siempre termina sacando algún tipo de beneficio de los hechos. Harta de analizar las cosas, un día decidió que iba a dejar de pensar y se lió con dos compañeros de trabajo al mismo tiempo, sin que, por supuesto, ninguno de los otros dos se enterara. Nada de culpabilidad, nada de relaciones, se decía ella, solo sexo, y ella cumplió y no se enamoró de ninguno de los otros dos. Pero, como es una serie de chicas, los otros dos sí se enamoraron de ella. Hasta que se enteraron del doble juego y solo el más feo y aquel con la autoestima más baja (no lo digo yo, lo dijo él) decidió que a él le daba igual, que se quedaba si le aceptaba. Pero ella no le aceptó. Se había quedado embarazada y no sabía de quién era. Decidió seguir adelante con el embarazo, dejándoles bien claro que no les pediría nada a ninguno de los dos, pero ellos protestaron. Querían ser padres. Y al final, como es una serie de chicas, Violet escogió al más macizo de todos y cruzó los dedos para que el niño fuera suyo. Que lo era. Recordad: es una serie de chicas.



El nacimiento de su hijo, sin embargo, no fue nada sencillo. Una de las pacientes de Violet, con serios problemas mentales agravados por la pérdida del bebé que esperaba, la atacó en su casa y consiguió hacerle una cesárea para sacar al niño, al que le quedaban ya pocos días para salir. Violet estuvo a punto de morir desangrada, pero sobrevivió. Cuando volvió a su vida normal, sin embargo, el shock post-traumático la tenía paralizada y ni siquiera podía abrir la puerta de su casa sin esconderse en el armario. Decidió (a mi juicio, muy sabiamente) dejar a su hijo recién nacido con su padre y marcharse para recuperarse, pero cuando volvió se encontró con que todos se habían vuelto contra ella, la acusaban de haber abandonado a su familia y nadie entendía que hubiera podido irse de aquella manera. El único momento en el que Violet luchó -y no le sirvió de nada, porque perdió- fue para tratar de recuperar la custodia de su hijo, pero al final solo la buena voluntad del padre del niño le permitió hacerlo. Parece ser que ningún juez entiende que una mujer que tiene que vivir dentro de un armario (literalmente), paralizada por el miedo, pueda dejar a su hijo en las mejores manos posibles y tratar de recuperar su vida para poder volver a ser persona. Ya, es una serie de chicas. El juez era un hombre.



Charlotte King es el personaje más opuesto a Violet Turner que se pueda una encontrar en esta serie. La enemistad entre ambas (Charlotte termina casada con Cooper, el amigo de Violet, y a esta última no le gusta nada) se utiliza al principio de la serie como hilo conductor de más de un argumento, y es cierto que en la primera temporada yo odiaba a esta mujer con todas mis fuerzas. Cabezona, peleona, luchadora, no cede ni ante un tren en marcha aunque se tenga que llevar por delante incluso a quien más quiere por conseguir lo que se le antoja. Pero es uno de esos personajes que han ido evolucionando con la serie, y de ser odiosa y contraria a todo y a todos ha pasado a ser una mujer con carácter, pero no una víbora. De hecho, diría que se han pasado un pelo al aguarla, porque ha perdido un poco de su carácter sureño y guerrero, pero aún así sigue siendo, con creces, mi personaje favorito.



La escena más fuerte que vivió este personaje fue una violación en el despacho del hospital que ella dirige. Acostumbrada como estoy a escenas de violación en televisión (diría que se abusa no poco de ellas, ¿no os parece?), no me esperaba ver algo así en esta serie, y mucho menos ocurriéndole a Charlotte King. Chapó a la actriz, chapó al equipo de maquilladores que le dio ese aspecto de haber recibido una brutal paliza y chapó a los guionistas; cuando Cooper la está ayudando a salir del hospital (no quiere ver la cara de las enfermeras que la atienden, no quiere que nadie la mire con pena), ella les suelta a todos los que la miran un "¿no tenéis nada mejor que hacer?" que los espanta, a la vez que susurra a su marido "no me dejes caer, Coop" que me pone los pelos de punta (no soy capaz ni de volver a ver el vídeo que os he puesto aquí. Decir desagradable es quedarse corta). No quiere admitir que ha sido violada, no quiere ser víctima. Ni siquiera toma calmantes para el dolor porque fue adicta a esos medicamentos allá por el pleistoceno, pero sabe que es vulnerable a caer de nuevo. Yo, que creía haber visto a la mejor Charlotte cuando tuvo que desconectar a su padre del ventilador, la más sensible, la más humana, me quedé de piedra con este capítulo. A diferencia de Violet, ella no se marchó para curarse ni se escondió en armarios. Se enfrentó a todos sus miedos y ganó. Charlotte salió victoriosa, como todas sabíamos que lo haría, porque si no Shonda Rhimes nos habría engañado de mala manera. Y Shonda Rhimes engaña con muchas cosas, pero nunca deja morir a una mujer fuerte.

Hay más mujeres en esta serie, más historias, y cada una merecería su post individual, pero lo voy a dejar en Charlotte y Violet porque podría pasarme un mes hablando solo sobre esta serie. Los que sigáis pensando que no os merece la pena verla, allá vosotros; los que tengáis dos dedos de frente (o una pareja que os "obligue" a ver la serie), habréis podido disfrutar de un elenco de personajes complejos que evolucionan en cada capítulo. No seré yo quien juzgue a nadie. Vosotros os lo perdéis.

Descanso

"Mujeres en Serie" descansa por un tiempo, aunque tengo toda la intención de seguir con ella porque me lo estoy pasando pipa haciéndolo, por más que no tenga muy claro si a vosotros/as os gusta también. No quiero que sea una obligación, sino un entretenimiento; las entradas se intercalarán con otras, algunas más serias, otras más ligeras. Pero seguiré. Tengo que hablaros aún de "A dos metros bajo tierra", de "Weeds", de "Mentes Criminales" (en cuanto acabe de verla, que no es plan de hacerlo a media serie), y de alguna otra que no os menciono para que no dejen aquí comentarios y me la fastidien, que acabo de empezarla y tiene seis temporadas (os diré que es legen-daria).

Tengo muchos pensamientos que compartir. Quizás sería más práctico llevar un diario, pero pensar dentro de mi cabeza siempre me ha parecido un coñazo. Ya os contaré.

Mujeres en Serie III: Las Chicas Gilmore



Ya os veo las caras, sobre todo a los tíos. Buaj, estáis pensando, la ñoñada esa de la madre y la hija, esta serie tiene que ser lo más antifeminista en la historia de la televisión. Líos de novios, un amor pseudo imposible entre Luke y Lorelai, la niña pija más insoportable de la televisión… Ejemplo de una serie antifeminista a ultranza, ¿verdad?

Pues no. Para mí, una de las series más feministas que han echado nunca, que sale a relucir en cuanto urgas un poco en el argumento. Aparte de que me encanta lo rápido que hablan y que yo quiero ser Lorelai cuando me haga mayor. Ah, no, que ya tengo tres años más de los que tenía ella al principio de la serie. Cachis. Cómo pasa el tiempo.

Lorelai Gilmore se quedó embarazada a los dieciséis años. Hija de una pareja muy acaudalada de Conneticut, sus padres insistieron en que se casara con el padre de la criatura, pero Lorelai supo darse cuenta de que él tenía mucha menos cabeza que ella y que el matrimonio sería un error para los dos. Poco después de dar a luz a Rory (diminutivo de Lorelai; fue un arranque feminista de su madre, porque en Estados Unidos no es común que las hijas lleven el nombre de su madre), y harta de que sus padres siguieran insistiendo con el matrimonio y la trataran como a una decepción, Lorelai se fue de casa a intentar ganarse la vida para sí misma y para su hija. Empezó trabajando en un hotel como asistenta, para terminar siendo dueña de su propio hotel al final de la serie. Nunca recibió ayuda de nadie, hasta que quiso llevar a Rory a una elitista escuela privada y se vio obligada a pedir dinero prestado a sus padres. Ahí empieza la serie y las cenas de los viernes con los Gilmore. Ahí conocimos a Richard y Emily, y les odiamos a los dos, para luego terminar queriéndoles un poquito, como también hizo la propia Lorelai (pero sólo un poquito, ¿eh?, porque a Emily hay que echarle de comer aparte).



Quizás como contrapeso a la propia Lorelai esté Sookie, su mejor amiga y mejor chef del estado. Ella es un poco más ñoña, quizás, más madre, más… No sé, pero lo cierto es que compagina muy bien con Lorelai y los momentos entre ellas son mucho más ricos que el típico “jo, ese chico de ahí no te quita ojo”. Hablan de sus negocios, de sus problemas, de sus dudas; y sí, claro, también hablan de chicos, pero no son el centro de sus vidas. Utilizando una metáfora culinaria, Suki sería el dulce y Lorelai el salado. La mejor combinación posible.



Rory es, sin duda, el personaje más ñoño de la serie, pero creo también que es un excelente modelo a seguir para las adolescentes. Es una chavala que tiene claro que, si quiere llegar a algo, va a tener que luchar igual que luchó su madre. A pesar de que junto a ella desfilan unos cuantos novios, su objetivo es licenciarse en Yale, no casarse ni tener hijos. Por cierto, que uno de esos novios, Jess, es para mí otro gran ejemplo para cualquier adolescente: marrullero, liante, poco menos que delincuente callejero que, con el paso de los años, termina escribiendo un libro y regentando una librería indie. Los dos, Jess y Rory, desmitifican un poco el concepto de “gafapasta”; no hay personaje en televisión más gafapasta que ella, y él va de lector compulsivo, y dudo mucho que encontréis alguna actriz más guapa que Alexis Bledel o un tío con más pinta de duro que Milo Ventimiglia para interpretarlos. Durante algunos capítulos de la última temporada llegué a temerme lo peor, cuando se la veía enamoradísima del novio que menos me gustó de todos los que tuvo y a punto estuvo de mudarse a San Francisco solo para seguirle a él; pero en el último momento reaccionó, y en lugar de aceptar su proposición de matrimonio decidió seguir su sueño de convertirse en periodista y seguir nada menos que al congresista Obama en su campaña por la presidencia. Cualquier otro final para este personaje me hubiera defraudado mucho.



No sólo los personajes femeninos son geniales en esta serie (habría que hacer otro post para hablar de Paris y Lane, me temo). Luke Danes es, sin duda, el hombre por excelencia en la historia, el que nos enamora a todas, por quien babeé durante siete temporadas. Es probablemente la antítesis del héroe: nunca ha salido del pueblo, es un cascarrabias, no participa en ninguna actividad, se lleva mal con todo el mundo… Y tiene un corazón más grande que el palacio del obispo. Adora a Lorelai desde que la conoció, pero por supuesto no se atreve a decírselo. Hace de padre adoptivo de Rory, acoge a su sobrino Jess y ejerce de tutor con un adolescente que no le da más que disgustos, y, aunque no hace más que quejarse de él, sabemos que le daría su vida si pudiera. Vemos cómo Lorelai y él pasan de la amistad al amor, y luego rompen, y luego vuelven, y luego vaya usted a saber qué pasa porque no queda nada claro. Pero es una relación de igual a igual, sin grandes gestos pero con grandes momentos, como cualquiera de sus conversaciones en las que una está pensando “dios, no sé quién quiero que gane”.



Las Chicas Gilmore es un ejemplo de superación personal, de lo que una persona puede hacer cuando se encuentra con todas las puertas cerradas y ninguna ayuda en el mundo. Lorelai se ha hecho a sí misma, y lo que es más, ha hecho a su hija, que, aunque pueda parecer la niña más ñoña de la televisión, también se sabe sacar las castañas del fuego cuando lo necesita. Esto no significa, ni mucho menos, que me guste todo en esta serie; esa relación perfecta entre madre e hija que nos hace suspirar a más de una es, simplemente, imposible e irreal, pero bueno, es una serie de la WB, qué le vamos a hacer. Por no hablar de lo humanos que nos parecen los padres de Lorelai al final de la serie, todo olvidado, cuando a mi entender se merecen el fuego eterno del infierno por cómo trataron a su única hija durante años y años (y aún siguen haciéndolo, prácticamente hasta el último capítulo). Aún así, he de decir que me da rabia que esta serie estuviera enfocada a las mujeres, porque creo que hay muchas lecciones en ella que tanto hombres como mujeres pueden aprender y estupendos personajes masculinos a los que imitar. Pero claro, ya se sabe que, cuando la protagonista principal es mujer, es muy difícil que el público no sea femenino. Todavía queda mucho camino que recorrer, me temo.

Mujeres en Serie II: Veronica Mars



Voy a intentar dar una de cal y otra de arena en esto de personajes femeninos y hoy voy a hablar de una de mis series favoritas, si no la favorita por excelencia. No solo porque tiene, junto con Buffy la cazavampiros, uno de los personajes femeninos más completos y creíbles de la televisión, sino porque está dirigida mayormente a un público adolescente y yo… Digamos que me gusta.


(Decidme que habéis podido contener las ganas de bailar con esta canción y no os creeré.)

Verónica es un garbanzo negro en una sociedad elitista y clasista. La serie empieza unos meses después de que hayan asesinado a la mejor amiga de Verónica, que además resulta ser hija de uno de los hombres más poderosos de California. Hasta entonces, Verónica y su familia formaban parte de la alta sociedad de Neptune (lugar ficticio en algún lugar de California; aquí se juega con que ella se apellida Mars, conduce un Saturn y vive en Neptune, ja, ja); el padre era el sheriff y la madre se dedicaba a… Bueno, nunca me quedó claro qué hacía la madre, pero eran una familia feliz. Pero cuando Lilly muere, el sheriff Keith Mars pone a la familia de la chica como principales sospechosos, sobre todo al hermano, que resulta ser el ex novio de Verónica. Por supuesto, la sociedad le salta al cuello, se queda sin su puesto de sheriff y termina trabajando de detective privado y viviendo en un apartamento de mala muerte. Su mujer le abandona y Verónica aprende a cuidar de sí misma y de su padre, al tiempo que guarda un secreto que la atormenta: en una fiesta, alguien la drogó, dejándola inconsciente, y ella fue violada. Tiene que descubrir quién lo hizo.



Desde el primer momento vemos a una adolescente que no tiene nada que ver con las típicas niñatas de Beverly Hills que se nos vendieron en los noventa. Verónica ayuda a su padre en el trabajo, hasta el punto de poner su vida en peligro muchas veces, sin necesidad de que nadie le salve el pellejo (bueno, sí, su padre le salva la vida en un par de situaciones, pero no hay príncipe azul que valga). Su objetivo en la vida no es echarse un novio –lo hace, varios, a cada cual más mono, pero eso es circunstancial–, sino ir a la mejor universidad que pueda permitirse, ayudar a su madre a salir del alcohol y descubrir quién mató a su amiga y quién la violó a ella. De las tres temporadas que duró la serie, las dos primeras rondaron estos temas; la tercera, tratando de ser más visible para el público en general, fue un fiasco en todos los sentidos y probablemente la razón de que no hubiera una cuarta. Una pena.

Para mí, el éxito de Verónica está en un guión muy bien escrito, un personaje perfectamente delineado y la fuerza que tienen las chicas de la serie. La violación es un tema recurrente a lo largo de los tres años (creo que no se libra ninguna de las amigas de Verónica, incluida ella misma), hasta el punto de abusar de él, y es uno de los pocos temas que se pueden criticar de la serie (junto con la forma de estereotipar a los personajes no blancos, quizás). La única debilidad que admiten los personajes es la física; Verónica, con su uno cincuenta escasos, no puede vérselas con los más gallitos del barrio, pero es lista, muy lista, y siempre encuentra la manera de librarse de sus oponentes sin necesidad de usar una fuerza física que no tiene. El hecho de que tiene todos los gadgets habidos y por haber también hace que aquí, servidora, babee cosa mala.



Luego está Mac, su amiga geek que tiene una excelente mano con los ordenadores, personaje poco habitual en las series de teenagers donde lo normal es que el geek sea un chico. Su amistad no depende de los chicos con los que salen, o a quién han besado, o quién les gusta. Su amistad es verdadera, una unión de fuerza y talento que ayuda a ambas a salir de más de un atolladero. En un mar de series de adolescentes donde lo único que los personajes femeninos comentan es qué mono es el chico nuevo, es refrescante. Ni siquiera cuando se echan novio pierden su manera de actuar, lo que también es de agradecer. Verónica sigue siendo ella, fiel a sus principios, independientemente de con quién esté en ese momento. Hasta es capaz de tener un amigo (su mejor amigo, de hecho) sin que haya ningún tipo de tensión sexual y logrando que la amistad suene a verdadera, con sus tira y afloja y los celos que puede haber en cualquier relación, por muy amistosa que sea.



A veces pienso que si mi generación hubiera tenido más modelos como el de Verónica, muchas de las pavadas que me ha tocado ver en la vida no habrían existido. Y, quién sabe, la que aquí escribe igual hubiera terminado de detective privado en lugar de profesora de inglés, porque la buena de Kirsten Bell consigue que parezca divertidísimo eso de jugarse la vida con dieciséis años.
(Si tenéis un rato, ved este vídeo de Anita, que lo explica todo mucho mejor que yo.)

Mujeres en Serie I: Castle



A los seguidores del blog (y a las que me conocen en persona) no les sorprenderá mucho que empiece con esta serie, visto el coñazo que llevo dando todo el verano con el dichoso Nathan Fillion. Para los que no la hayan visto nunca, diré que es una comedia procedimental de las de toda la vida: detective femenina dura y profesional que trabaja con escritor graciosejo que la persigue a todas partes con la excusa de documentarse para sus novelas. Por supuesto, entre ellos surge la chispa, se enamoran perdidamente aunque ninguno de los dos lo ve y capítulo tras capítulo se van dando esa serie de situaciones “sí pero no” a las que tan acostumbradas nos tienen series como “Expediente X” o “Bones”, en las que parece que se lían, que hoy sí, que va a haber tomate, y luego “ná de ná”. Vamos, que no es una serie que se salga de madre por original; es divertida, se deja ver y alegra el ojillo con el dichoso Castle que está de untapanymoja.



Como digo, uno de los personajes principales es Kate Beckett, una detective que sabe lo que hace, dura, profesional, a quien no le tiembla el pulso si tiene que disparar a los malos, con un claro sentido del bien y del mal y que se lleva bien con todos sus compañeros, a pesar de su condición de mujer con poder en un mundo de hombres. En su pasado está la muerte de su madre, el hilo conductor de la serie aparte de la relación amor-odio Castle/Beckett. Poco a poco se van desvelando hilos de esa trama, hasta el punto de poner la vida de muchas personas en peligro (tranquilos, que no me la cargo, no hay spoilers), dejando atrás el tonito humorístico de la serie y haciéndola algo más formal.

Hasta aquí todo estupendo desde el punto de vista de una feminista a ultranza como servidora… sobre el papel. Porque luego me encuentro con dos problemas que claman al cielo:
El primero es físico: vemos a Kate Beckett, interpretada por Stana Katic (guapísima, fantástica, maravillosa), y no tenemos muy claro si estamos viendo a una detective en las calles de Nueva York o a una modelo en una pasarela de París. Pase que siempre vaya con la raya del ojo hecha. Pase que siempre parezca que acaba de salir de la peluquería. Pase (con recelo) que utilice el flirteo en más de un capítulo (y más de dos, y más de tres) para coger a los malos. Pero que me persiga a los sospechosos con zapatos de tacón de aguja y corra más que todos sus compañeros, no. Eso sí que no. Con esos zapatos no se puede apenas andar –fijaos alguna vez en las mujeres que van con tacones de diez centímetros por la calle, ved la cara de “que no se note que me duelen los pies” que llevan–, olvídate ya de correr. Estoy hasta las narices de que se nos venda la moto de que las mujeres no solo tienen que ser listas, profesionales, ágiles, deportistas y un largo etcétera, sino que, además, tienen que ir inmaculadas al trabajo. A una poli de Nueva York me la imagino con coleta, la cara lavada y zapato liso –y de cordones, bien sujeto–, no vaya a ser que tenga que echar a correr en cualquier momento. Ninguna mujer con un trabajo físico puede llevar zapato incómodo. ¡Por dios, si yo solo soy maestra y tengo que ir con zapatillas!



Lo peor de todo, sin embargo (bajo mi punto de vista, obviamente), es la puta manía de Castle de proteger a su “compañera”, sobre todo en los últimos capítulos de la tercera temporada. Ella lleva una década de policía y sabe lo que se hace; él no tiene ni puta idea de lo que es ser poli, pero se pasa el día diciéndole que lo deje, que no se meta, que le van a disparar… Vale, sí, estará muy enamorado y todas babeamos con lo mucho que la quiere, pero por un momento, pensad que fuera al revés. Si el detective fuera él y ella le dijera que lo dejara, que no se metiera, ¿no pensaríamos todas y todos “joder qué pesada, qué metete, es su trabajo, si no te gusta búscate a otro”? Beckett es una mujer sin cargas familiares que investiga el asesinato de su madre; si quiere arriesgar su vida, allá ella, leches.

(El vídeo contiene spoilers. No lo veáis si tenéis intención de seguir la serie y no habéis visto el último capítulo de la tercera temporada.)



Eso en lo que respecta a la pareja principal, porque no voy a entrar a juzgar a la hija y la madre de Castle, que son también de armas tomar. Rick Castle no sabe quién es su padre porque es fruto de un “one night stand” (sospecho que esto se resolverá más adelante); su hija Alexis, a quien ha criado él, es la hija perfecta, aunque, por lo que podemos ver, él es todo menos perfecto. Volvemos a la fórmula de “el protagonista tiene muchos fallos, pero es tan mono, y tiene tan buen corazón, y las quiere tanto que le perdonamos todo”. Es ficción, ya lo sé. Es lo que vende. Pero sigo pensando que se pueden hacer series igualmente atrayentes para público masculino y femenino en las que las mujeres sean algo más que meros instrumentos. De hecho, he encontrado unos cuantos ejemplos. Eso sí, hay que buscar un poco.

Dicho lo cual, babeemos un poquillo.

Mujeres en Serie

Cuando el común de los mortales piensa en el verano, todos tienen en mente las mismas imágenes: solecito, piscinita, mojito y fiesta. Cuando vives en Vitoria, eres profesora y todo el mundo trabaja, mi verano se resume en: veintiún días seguidos de mal tiempo, mucho mes al final del sueldo, libros, ordenador y series de encefalograma plano. Qué se le va a hacer, así es el norte.

Y como lo único que me sobra es tiempo, y en ese tiempo tengo la mala costumbre de pensar, se me ha ocurrido que voy a aprovechar mis horas de nubes (y de sol: ahora hace bueno) para empezar una serie en blog que espero que dure: Mujeres en Serie. A grandes rasgos, y si la inercia dura, quiero compartir con vosotros y vosotras mi opinión sobre los personajes femeninos de las series que voy descubriendo. Por desgracia, la mayoría dejan mucho que desear; por fortuna, alguna se salva. A algunos os rechinará a feminismo puro y duro y lo dejaréis después de la primera lectura. Otros quizás aguantéis hasta el final (o hasta que me canse). Sea como sea, me gustaría que compartierais vuestras opiniones conmigo; eso sí, de forma respetuosa, porque al primero que me llame talibán feminazi le mando todo el mal karma del mundo y le bloqueo pero ya.

Espero que os guste.