The dawn

Every star in the night
promises the dawn

Ben Harper

Abrió los ojos lentamente, con la sensación de haber dormido más de lo debido pero demasiado somnoliento para estar despierto del todo. La habitación estaba en completa penumbra, aún no había amanecido. Curioso, pensó. Me da la impresión de haber dormido más de ocho horas.
Se dio media vuelta en la cama y cerró los ojos, pero el sueño no llegaba. Había algo extraño en su habitación, algo que no podía definir pero que le intranquilizaba. El silencio era total, como siempre lo era de madrugada. Se giró al otro lado, mirando a la ventana. Y entonces se dio cuenta de que la oscuridad era demasiado densa.
Las persianas estaban subidas, como siempre, porque le gustaba contar estrellas antes de dormir. Pero por el hueco de su ventana no se veía ni una. La luna no brillaba, y no porque hubiera nubes que taparan la noche, simplemente no estaba allí. El cielo era un manto negro impenetrable. Sólo la luz de las ventanas en las casas de enfrente rompían la densa oscuridad.
Se levantó y encendió la luz de la mesilla para ver el despertador. Marcaba las nueve y media. Miró su reloj de pulsera y comprobó que ninguno de los dos estaba parado. Corrió a ver el reloj de la sala, tropezándose con la mesilla de café en su carrera. Las nueve y media. ¿Había dormido todo un día y volvía a ser de noche? Pero en verano oscurecía mucho más tarde, a las nueve y media la oscuridad no sería tan densa. Oyó una ambulancia cruzar la calle con estruendo. Se asomó a la ventana. No había nadie en las aceras, no pasaba ningún coche.
Anduvo despacio hacia la cocina, el dolor de la espinilla recordándole los peligros de una casa a oscuras. Por la ventana podía ver las figuras de sus vecinos haciendo lo mismo que él acababa de hacer, asomarse a la ventana y buscar un rastro de vida, una explicación, un significado. Encendió la radio. La emisora de música que solía tener sintonizada no daba señal. Buscó las noticias. Una voz tan oscura como la noche que le rodeaba retumbó entre las paredes de su cocina.
-La tierra se ha salido de su órbita. Los astrólogos creen que hemos sido engullidos por un agujero negro desviado hacia nosotros por la explosión de una carga atómica lanzada desde el hemisferio norte. La vida en nuestro planeta como la conocíamos hasta ahora ha desaparecido. Ayer vimos nuestro último amanecer.
Apagó la radio y se sentó en una silla. Dejó que el pánico inundara todo su ser.

Meme

¡Ay, qué ilu, qué ilu! ¡Tanhäuser me ha invitado a contestar un meme! Hasta hace un mes ni sabía lo que era eso, y hoy, resacosa y con necesidad de dormir un par de horas más en este domingo de carnaval, me propongo responder a uno. A ver si consigo unir las tres neuronas que me quedan sobrias para poder dar algunas respuesta inteligente.
Helo aquí:
1. ¿Qué cosas tiene España que te animarían a irte a vivir a otro país si tuvieras oportunidad?
2. ¿Qué te resulta insoportable en la sociedad/sistea económico/política/cotidianidad española?
3. ¿De qué huirías de la cultura de este país?
En resumen, tres razones que te animarían a irte de España de tener la oportunidad.
1. El ruido y la mala educación. Echo de menos un "perdón" en lugar de un empujón cuando le estás cerrando el paso a alguien sin querer, un "buenos días" en la ventanilla, un "gracias" cuando alguien te hace un servicio. Creo que somos el país más maleducado de Europa, probablemente uno de los más maleducados del mundo, y el segundo más ruidoso. ¿Es realmente necesario hablar a gritos con la persona que tienes al lado? ¿Y llamar al niño a berridos?
2. Dos cosas que me hacen plantearme muy seriamente volver a marcharme son los programas de corazón y la oposición política. No soporto las tardes televisivas, no soporto la máquina de la verdad, el tomate, el cotilleo mordaz e hiriente. Nunca había leído tanto como desde que volví de Estados Unidos, cualquier cosa por no poner la tele hasta las nueve y ver los informativos; y, últimamente, eso tampoco, porque cada vez que sale Rajoy, Acebes o Aznar siento un revoltijo en el estómago que me obliga a cambiar de canal y poner Smallville. Qué guapo es Clark Kent.
3. Somos un país culto. Somos un país con historia y nos jactamos de ello, como deberían todos. Pero tenemos la manía de reclamar cada uno su historia, sin darnos cuenta de que España, como la conocemos hoy en día, es la suma de todas esas historias, una creación relativamente arbitraria fruto de matrimonios y acuerdos. Unos reclaman la defensa de su parte de historia, otros rechazan que tengan derecho a ella. Es ridículo. Deberíamos estar orgullosos de lo que cada uno aporta. A veces deberíamos fijarnos un poquito más en los amigos estadounidenses, que, aun siendo un país federalista que borda el independentismo, exprime su (escasa) historia sin fijarse si pertenece al este o al oeste.
Puff, a ver cuántos trolls me gano con esto. Yo no le paso el meme a nadie, que se moje quien quiera. Pero mojaos, ¿vale? Y avisadme.
Qué siesta me voy a echar ahora mismo...

Desde mi ventana


Hace semanas que no tengo cortinas en la sala porque Sauron les ha hecho un agujero del tamaño de Australia. No le he regañado demasiado, son cosas de gatos, y también me da la impresión de que es mejor así, el salón parece más grande y la escasa luz que da en esa habitación entra sin cortapisas. Me pongo de pie frente a la ventana. Sauron se acomoda en el radiador. Le acaricio mientras observo a la gente que pasa bajo mi ventana y me siento poderosa, una mujer sola en su casa acariciando a su gato y controlando la vida de la gente desde las alturas. Si lo analizo sé que es una tontería, pero ahora mismo no quiero hacerlo. Me gusta observar sin ser observada. Si tuviera poderes paranormales, les haría hacer cosas que ellos no quisieran. Pero no los tengo. Una pena.
Una señora pasa con el paraguas abierto a pesar de que ya no llueve. Va mirando para todos los lados, fijándose en la cara de la gente y en los escaparates. Aunque camina a buen ritmo, es obvio que no lleva prisa, o quizás la curiosidad por el mundo pueda con ella. Yo siempre ando como si me hubieran puesto orejeras, sólo miro hacia adelante y me obceco en mi destino, sin fijarme alrededor. A veces siento envidia de la gente que disfruta con el paseo.
Un grupo de adolescentes va hablando a grito pelado. Les oigo, a pesar de vivir en un segundo piso y tener la ventana cerrada. Una de ellas lleva un móvil pegado en la oreja y va gritando más que los demás. "Tía, qué fuerte, estaba ahí apoyado, ¿sabes?, y yo no sabía que decirle, y entonces, o sea, qué pasada, me dice hola y eso, qué tal, y yo, hostia, y digo, hola, pero no sabes, tía, qué pasada..." El resto del grupo la ignora, no sé si es una historia que ya se saben o que no les interesa. Me pregunto si yo en mis tiempos también hablaba así. Me alegro de haber pasado esa etapa sin secuelas graves.
Uno de los hombres más feos que he visto en mi vida se para en mitad de la calle y enciende su pipa. Lleva gafas, melena, perilla y unas patillas que hubieran enorgullecido a Curro Jimenez. Supongo que cuando eres así de feo tienes que ser estrafalario para que la gente no hable de "el feo", sino de "el de las patillas, el que fuma en pipa, el melenudo, el poeta". Sí, no lo lleva escrito encima, pero tiene toda la pinta. Con ese aspecto sólo puede ser filósofo o escritor.
Empieza a hacer frío. El goteo de gente es cada vez más escaso. Me aparto del radiador, Sauron salta detrás de mí. Voy a mi despacho, enciendo el ordenador y empiezo a escribir. Me gusta observar a la gente desde mi ventana. Me dan ideas. Me hacen sentir importante.
Sauron se ha dormido en mi regazo. No me puedo levantar.

"Peaso" de educador

Para los que no lo sepáís ya, soy profesora sustituta, que se parece mucho a otra profesión que también termina por -tituta porque voy donde me manden y hago lo que me pidan a cambio de un sueldo a fin de mes. Normalmente doy inglés, y normalmente también, dado mi perfil lingüístico, en ikastolas -escuelas vascas- o colegios de modelos B o D (inciso: en Euskadi hay tres modelos educativos: A, donde sólo se da el euskera como asignatura y los niños acaban no aprendiendo nada, como pasa con el inglés; B, donde lengua y matemáticas se dan en castellano y dos o más del resto de asignaturas en euskera; y D, donde todo, excepto lengua, se da en euskera). Esta semana, como soy -tituta (añádase lo que se quiera), me ha tocado una sustitución en un colegio con modelo A al lado del casco viejo de la ciudad, "usease", donde viven todos los inmigrantes de la zona. Mi clase -porque se me ha acabado el chollo del inglés, ahora tengo que apechugar con ellos todas las horas, soy tutora- está compuesta de ecuatorianos, peruanos, colombianos, ucranianos, rumanos, argelinos y marroquíes, y los que son de aquí vienen de otras provincias de España, con lo que "conocimiento del medio" se ha convertido en una asignatura de lo más participativa. Los chiquillos son, por llamarlo de alguna manera, moviditos, y en el colegio se han ganado muy mala fama -tanto que los otros profesores me piden autógrafos por los pasillos por llevar aguantándoles una semana, estos no vieron mi clase en California-; claro que, vista la perspectiva educativa que tienen algunos, lo que me extraña es que no les hayan condenado a todos al exilio permanente o les hayan echado del colegio.
Reunión de ciclo. Comparamos los resultados de aprobados del colegio con los de la provincia y la comunidad autónoma. Las clases de modelo B bajan un poco de la media, pero más o menos se mantienen; las clases de modelo A rozan el ridículo. Alguien apunta que esos números no son válidos si no se explica la situación del colegio -niños que llegan sin haber sido escolarizados nunca a mitad de curso, etc.-, y empieza el debate que me pasé siete años escuchando en California sobre los inmigrantes y lo mucho que bajan la media. Yo callada como una muerta, mirando la mesa, analizando mis uñas... Hasta que uno suelta: "Y no son sólo los inmigrantes, que aquí tenemos muchos gitanos. Y cuando te llega un inmigrante, hay posibilidades de que te salga bueno o malo, pero cuando te llega un gitano, sabes que es un suspenso seguro. Si tienes veinte gitanos, veinte suspensos. Y no lo digo por racismo, ojo, pero es que es verdad, no tienen ningún interés por la educación y eso se nota".
Tela. Un profesor.
Y aquí lo dejo, porque no se me ocurre ninguna frase elocuente con la que cerrar el post, como no se me ocurrió en su momento para cerrarle la boca al que dijo semejante barbaridad.

El precio del saber

No es que no me guste decir mentiras -para qué nos vamos a engañar, de santa tengo poco-, pero a veces nunca está de más decir una verdad y encima poder probarla. Hace un par de entradas dije que este año iba a ser mi año por varias razones, y la primera ya se ha cumplido. He aprobado el examen de inglés que hice en diciembre, y con nota, así que ayer decidí hacerme un regalo y salí de compras.
Me fui de rebajas con una minilista de cosas que necesitaba comprar. Por supuesto, a estas alturas ya no quedan en las tiendas más que la talla treinta y cuatro y la cuarenta y ocho, con lo que, por más que busqué y me probé, no conseguí comprarme ni una mísera camiseta. Se iba adentrando la tarde y parecía que me iba a volver a casa con las manos vacías, hasta que delante de mí vi las luces de -¡oh, qué visión!- una librería. Allí que me metí. Todo el dinero que iba encaminado a ser gastado en ropa -no mucho, que la hipoteca se lleva tal mordisco de mi sueldo que no puedo comprar ni en rebajas- se convirtió en cuatro hermosos libros, edición de bolsillo, a los que no puedo esperar a echar el diente: uno de relatos cortos de Lucía Etxebarria (sí, ya sé que muchos le tenéis tirria, pero a mí me encanta), otro que me enganchó por el título, la sinópsis y un par de frases al azar que leí (Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, tiene pinta de ser muy divertido), Brooklyn Follies -en inglés- y uno de miedo que es la continuación de una serie que me gustaba leer en Estados Unidos, escrita por el binomio Preston-Child (también en inglés).
Y fue con este libro que me di cuenta de algo. La edición es exactamente la misma que yo compraba en Estados Unidos, tan barata que nunca salía de la librería con menos de cinco volúmenes bajo el brazo. Allí cuesta $7,99; aquí me ha costado €10,60. Teniendo en cuenta que el dólar está por los suelos, eso es casi el doble de lo que cuesta allí. Si encima pensamos que el nivel de vida de Estados Unidos es más alto que el de aquí, al ciudadano medio le sale mucho, pero mucho más barato leer allí que aquí.
Y muchos pensaréis: Ya, claro, pero es que el libro es de importación. Y yo contestó: Se publica en Nueva York. Si hablamos en kilómetros, hay casi la misma distancia de NY a San Francisco que de NY a Vitoria. ¿Tan caro les sale pasar la aduana? Yo he llegado a la conclusión que aquí nos engañan. Que, como somos menos habitantes y los que leemos somos aún menos, quieren sacar tajada de nosotros y se aprovechan, porque saben que algunos no podemos tirar de tarjetas de biblioteca y necesitamos saber que el libro que manoseamos es nuestro, tenga el precio que tenga. Con las ediciones de tapa dura pasa otro tanto; allí, cuando sale un libro "importante", las grandes superficies hacen una oferta de lanzamiento del cuarenta por ciento. Yo aquí nunca he visto rebajas en libros.
Es injusto. Lo único que sienta bien después de Navidad, por mucho que hayas engordado, es un buen libro. Y me revienta sobremanera que sólo rebajen aquellos volúmenes que no han leído ni los familiares de los escritores. Esta es una de las pocas cosas que se podían copiar de los estadounidenses.