La vida de una profesora en la escuela pública es una vida de incertidumbres. Cuando no tienes aprobada una oposición, tu futuro depende de una lista en la que el que más puntos tiene consigue el mejor puesto vacante en tu ciudad, y el que menos es condenado a algún lugar en el culo del mundo o, peor, a vagar por los colegios en intervalos de dos días o una semana. Cuando tu número de puntos se va acercando a un número que te permitirá tener siempre plaza cerca de casa (pero no siempre la misma plaza), una vocecilla en tu interior te dice que con semejante puntuación lo mejor es presentarse a la oposición y asegurar un trabajo para toda la vida, y tú lo haces, claro, porque quién no quiere un sueldo para toda la vida (que se lo pregunten a los de Nescafé si no). Apruebas, lo celebras, saltas de alegría... hasta que ves que tu destino definitivo (si tienes suerte y te lo dan pronto, porque si no estás tan provisional como cuando eras interina) está en el punto más lejano que pueden darte de tu casa sin salirte de la provincia, a dos puertos de montaña y una hora de coche que se convierte en hora y media o dos cuando nieva. Haces tu penitencia y te juegas la vida en la carretera todos los días; compras un coche que consume poco para que la cartera no se resienta, compartes coche con compañeras, te las apañas para hacer algún curso en horario lectivo que te permita librarte de los peores meses de nieve... Y así pasan los dos años que por ley tienes que pasar en el exilio, y mientras sueñas con ese colegio que tienes al lado de casa, y qué se sentirá al comer en casa en lugar de comer de "táper", o qué es tener las tardes libres y ver la luz del día fuera de la escuela en las tardes de invierno en las que anochece tan pronto.
Y entonces ocurre. Entonces pides plaza cerca de casa y, lo que son las cosas, te la dan. Un colegio a cientos de metros de tu casa, no kilómetros, con la promesa de la comodidad y un buen horario. Es tu plaza, te dicen, no te la puede quitar nadie si tú no quieres. Estabilidad, bendita palabra. No más coche. No más sustos en la carretera. No más quedarse en clase con la luz apagada cuando te pega una migraña y te es imposible ir a casa porque compartes coche y, qué leches, cualquiera conduce en ese estado. Una semana más en el exilio y se acabó, te dicen, a partir de ahora llegarás a trabajar en diez minutos. Andando. No hay dinero que pague algo así.
Hoy es el último día con los niños en el colegio en el que he cumplido mis dos años de exilio. Me da miedo ponerme a llorar como una tonta. Les he cogido cariño. Los niños son niños aquí y en Pekín, y no importa dónde estés, siempre terminas queriéndolos. El año que viene no los veré. Les he dejado mi email, espero que me escriban (no lo harán). Y en septiembre empezaré la aventura que, con suerte, ha de durarme toda la vida, porque ya he visto suficientes colegios para cansar a cualquiera.
El principio empieza al final. No se puede tener una vida nueva sin librarse de la antigua.
Veremos.
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De vacaciones
Este año he tenido la gran suerte de poder ahorrar un dinero y ser capaz de perderme en una isla unos días, casi de manera literal (no estaba desierta, precisamente, pero aceptamos barco). He ido a la playa, he disfrutado de un clima tropical que no conocía, me he bañado en la piscina, me he puesto morena y he comido lo suficiente para ponerme a régimen según puse un pie fuera del avión que me trajo de vuelta. El paquete con el que fui no era un “todo incluido” de esos de pulserita azul mágica que te da derecho a todo, sino una media pensión que incluía el desayuno y la cena, por si me daba por hacer excursiones y comer fuera. Excursiones ni una, pero comer fuera sí. De lo que me alegro, y mucho.
Encontré una terraza con camareros muy agradables ya desde el primer día, y aparte del segundo, en el que me fui a investigar si había sitios más monos por esa zona (la respuesta fue que no), volví todos los días que estuve a comer tapas de pescado y paella para una. Como viajaba sola, los camareros hablaban conmigo mientras mantenían un ojo en el resto de las mesas, y la sobremesa de café y chupito de melocotón cortesía de la casa se me hacían muy amenas, justo lo que necesitaba antes de reposar la comida en la hamaca junto a la piscina. Uno de los camareros era un argentino que llevaba veinticinco años en la isla, aunque su plan original era quedarse dos. Me contó que antes de la crisis era capaz de ir todos los veranos a su Argentina natal y pasar allí un mes de vacaciones, pero que desde que entró el euro lo tiene peor y ahora mismo le alcanza lo justo para vivir. Él tenía una teoría para realzar el trabajo y el turismo de la zona que me pareció muy interesante, y no era el primero que me lo comentaba. Decía que los paquetes del “todo incluido” habían echado por tierra la economía de la zona. La gente ya no salía, no iba ni a tomarse una cerveza porque en el hotel lo tenían todo gratis, no comían fuera. Terrazas que antes estaban llenas de gente, con media docena de camareros, se arreglaban ahora con uno o dos, y el ochenta por ciento del paro de la zona era del sector servicios. “¿No sería mejor —me dijo— prohibir los paquetes esos y crear trabajo en la isla? Tanto decir que quieren crear empleo, y la solución está al alcance de la mano”. Tenía toda la razón del mundo, por supuesto. La gente va con el dinero justo, la cartera casi vacía porque el hotel se lo da todo; y el hotel no gana más dinero con el menú porque le da igual dar de comer a quinientos que a mil en esos súper buffets para los que no tienen que contratar más camareros, y hasta los taxistas pasan hambre porque el paquete incluye el transporte al aeropuerto. Sí, le dije, tiene usted toda la razón. Y me sentí un poco culpable porque ya tenía la cena incluida en el hotel.
Recuerdo las vacaciones cuando era niña, y lo mucho que les costaba a mis padres ahorrar para poder permitirnos quince días fuera de la rutina. También recuerdo las propinas que dejaba mi padre, porque “estamos de vacaciones”, y ese puntito de no mirar el dinero cuando salíamos fuera. Yo soy un poco así también. Si no tengo para gastar sin preocuparme (dentro de unos límites, se entiende), prefiero no ir. Me gusta comer fuera, me gusta una cerveza a mitad del paseo, me gusta tomar una tapa a media tarde. Pero la gente ya no viaja así. La gente va con una mano en la cartera, contando cada euro que sale de ella. Me pregunto si merece la pena. Me pregunto si al final los comercios a la orilla del mar se resentirán y tendrán que cerrar, y luego nos quejaremos de que no hay una mala terraza donde tomar una cerveza para librarnos del calor de la playa. Yo, de momento, prometo seguir tomando cervezas a la orilla del mar y disfrutar de la charla de los camareros simpáticos. Ya tengo ganas de volver, y si las cosas van bien iré solo con el desayuno incluido. Cada gota cuenta, digo yo. Será cuestión de dar ejemplo.
Lecciones
Los niños ya se han ido de veraneo (o, como mucho, a las colonias de día que se organizan en los centros), pero las profesoras seguimos al pie del cañón hasta el viernes, día en el que se repartirán abrazos, adioses y hasta la vistas, y algún otro "anda y larga pa'llá que no quiero volver a verte el pelo mientras viva". Este curso de cambios me ha traído cosas buenas y malas, pero yo, que soy optimista por naturaleza, he decidido que solo me voy a quedar con las buenas (sin olvidar las malas, porque eso sería estupidez). Durante estos nueve meses he aprendido o certificado que:
- Lo peor de mi trabajo son los padres (algunos, dejémoslo ahí), y lo mejor, con mucho, los niños y niñas. Por suerte, el noventa por ciento de mi tiempo lo paso con los y las peques, si no me volvería loca.
- Se puede coger manía a un niño o niña, igual que se les puede tener pelota a otros y otras. Es ley de vida, no se puede evitar. Lo importante es darse cuenta y saber compensar, y que los dos se vayan, cuando menos, con la misma nota y el mismo trato (a ser posible, que a veces no lo es).
- Hay gente que debería trabajar un par de meses en la mina para darse cuenta de la suerte que tiene al ser profesor de primaria. Hay gente que debería quedarse muda una temporada y dejar de dar la murga. Hay gente que debería dedicarse a otra cosa en lugar de ser maestra.
- Ninguna maestra es perfecta, pero las hay buenas y malas. La única diferencia es que las buenas saben que no son perfectas y se esfuerzan en mejorar, y las malas, o bien se creen perfectas, o saben que no lo son pero les da igual y encima se sienten orgullosas de sus defectos.
- No hay cosa peor que una maestra racista. Bueno, sí, una maestra racista que encima alardea de ello y se lo deja ver a sus alumnos y alumnas (sobre todo a los y las inmigrantes).
- Guardar rencillas en el trabajo solo sirve para amargar el día al que las guarda. Aquel contra el que sientes enemistad seguro que no se entera de nada.
- Igual que una sola persona puede amargar el ambiente, una sola persona también puede mejorarlo. No siempre se puede ser esa persona, pero hay que intentarlo.
- Sigo teniendo el mejor trabajo del mundo. Sigo siendo afortunada. Sigo queriendo ser maestra para el resto de mi vida (aunque haya días que reniegue de ello, como todo el mundo).
- La Rioja alavesa es mucho más bonita los fines de semana y en vacaciones que de lunes a viernes y por cuestión de trabajo. Esto es un hecho empíricamente comprobado.
Como dijo alguno por ahí, esto es así y no hay más. Quizás solo sea así para mí, pero ¿acaso importa lo que piensen los demás? En este caso, va a ser que no.
Y sale el sol, y se atisba el buen tiempo, y quizás tengamos el julio cálido que nos ha sido negado en junio y en mayo...
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Irlanda, o el clima que produce moho entre los dedos de los pies.
| Cliffs of Moher |
| Kinsale, pueblecito de postal dirigido a los turistas. |
El hecho de que fuera un curso puso la guinda al pastel. No solo he conseguido ir a Irlanda, sino que he ido con un grupo de gente que tenía un nivelazo de inglés y en el que ha habido buen ambiente desde el primer día hasta el último; he tenido profesoras nativas que me han hablado de la cultura irlandesa de verdad, no de lo que enseñan los libros y la wikipedia; y encima he vuelto con la maleta llena de ideas para el curso que viene (que va a ser todo un reto por cuestiones que no vienen al caso). Y todas estas variables, aunque parezca que no hay relación, han dado como resultado que me haya puesto de cerveza hasta las orejas.
| El mayor monumento de Cork: Rebel Red Pale Ale |
| Ah, sí, también había piedras con Oghams, un antiguo modo de escritura. ¿Quién fue el lumbreras que llegó a la conclusión de que las rayitas que se ven en la piedra eran letras? |
| Universidad de Cork. Ríete tú de Oxford. |
Pero a pesar del moho detrás de las orejas, ha valido la pena. Habrá que ahorrar para ir otra vez; quizás con la paga extra de Navid...
Uy, no, espera. Nada. Que muy bonito, Irlanda.
El retonno
Entrada tonta para decir que he vuelto, que he estado fuera pero no he querido anunciarlo a los cuatro vientos (como he hecho otras veces) por si los cacos y eso, y que vuelvo más cansada de lo que me fui. Que sí, que Irlanda es muy bonito, pero cuando tienes que asistir a clase cinco horas al día, como que no ves todo lo que deberías. Aun así vuelvo con ganas, con las pilas (mentales, creativas) cargadas, aunque con ganas de descansar. Piscina, libros y tes irlandeses con leche y azúcar para los días de lluvia. Y escribir, eso siempre.
Espero volver pronto con algo que contar.
Recuento
Oposiciones: terminadas. En espera de notas.
Exámenes de la carrera: terminados. En espera de notas.
Clases con los pitufos: terminadas. Mañana, vacaciones.
Paciencia: terminada. Del todo.
Energía: en las últimas. Necesidad de recarga urgente.
Cupo de sueño: bajo mínimos.
Rodillas funcionales: una y media, dos si pongo hielo.
Kilómetros andados desde el viernes pasado: alrededor de cuarenta.
Kilos perdidos desde febrero: siete (bueno, seis y medio).
Migrañas este año: cero (toco madera).
Ganas de que empiecen las vacaciones para sentarme a escribir las mil y una ideas que me rondan la cabeza: infinitas.
Exámenes de la carrera: terminados. En espera de notas.
Clases con los pitufos: terminadas. Mañana, vacaciones.
Paciencia: terminada. Del todo.
Energía: en las últimas. Necesidad de recarga urgente.
Cupo de sueño: bajo mínimos.
Rodillas funcionales: una y media, dos si pongo hielo.
Kilómetros andados desde el viernes pasado: alrededor de cuarenta.
Kilos perdidos desde febrero: siete (bueno, seis y medio).
Migrañas este año: cero (toco madera).
Ganas de que empiecen las vacaciones para sentarme a escribir las mil y una ideas que me rondan la cabeza: infinitas.
Resumiendo
Mi intención al volver del viaje era poner algunas fotos para enseñaros por dónde hemos estado (y, para qué engañarnos, daros envidia), pero el verano ha sido largo, la vuelta al cole dura y no me apetece ná, pero que ná de ná, haceros una descripción detallada. Así que os voy a poner los momentos estelares de las vacaciones, que, aunque han sido muchos y variados, se resumen en una palabra (bueno, dos): Las Vegas.

Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.

Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.

Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.

Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.
Y jet lag. Pero esa es otra historia.
Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.
Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.
Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.
Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.
Y jet lag. Pero esa es otra historia.
Regreso
¿Cómo puede una volver sin haber dicho antes que se iba? Pues sí, así soy yo, una "malqueda", que decía alguien de mi pasado (no recuerdo quién). Me he ido quince días a repetir las vacaciones de hace tres años, a ver a viejos amigos y a asistir a una boda oficiada por Elvis (que sigue vivo). Fotos y comentarios en próximos posts.
Los viajes largos te recuerdan, por si te habías olvidado, que los años no pasan en balde. Antes hacía este viaje tres veces al año, y tan tranquila, oiga. Hoy me he levantado a las dos de la tarde -tras 23 horas de viaje y llegar a casa a las cinco de la mañana- y todavía no sé si debo desayunar, comer, merendar o meterme otra vez a la cama. Aparte de que tengo los tobillos como botas y me duele hasta respirar. Qué duro es hacerse mayor.
El gato bien, gracias.
Los viajes largos te recuerdan, por si te habías olvidado, que los años no pasan en balde. Antes hacía este viaje tres veces al año, y tan tranquila, oiga. Hoy me he levantado a las dos de la tarde -tras 23 horas de viaje y llegar a casa a las cinco de la mañana- y todavía no sé si debo desayunar, comer, merendar o meterme otra vez a la cama. Aparte de que tengo los tobillos como botas y me duele hasta respirar. Qué duro es hacerse mayor.
El gato bien, gracias.
Regalar libros
Me gusta comprar libros. Me gusta abrir un libro que no ha abierto nadie antes, tocar las páginas a estrenar y saber que es mío. No me gusta leer libros de la biblioteca, que huelen a usado y a veces tienen manchas de gente que -horror- come mientras lee. Acumulo libros. Aunque en mi casa esto todavía no es un problema -me aseguré de tener una habitación con una pared cubierta de baldas-, sé que más pronto que tarde terminará siéndolo. Tendré que buscar una solución.
La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.
Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.
Qué peligro tengo, madre.
La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.
Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.
Qué peligro tengo, madre.
Vacaciones
Vacaciones. Dos semanas de asueto me contemplan.
Perdonaréis que lo restriegue, pero es que lo necesitaba. Estar de vacaciones, quiero decir, no restregarlo.
Aunque que nadie crea que estoy haciendo el vago: madrugo, escribo, estudio, corro (me he puesto a régimen, ¿a que se nota?, hasta las letras me salen más delgaditas) y me encargo de los recados que nadie quiere en casa de mis padres. Eso sí, también hay tiempo para siestas, para ver "Las chicas Gilmore" en VO (gracias, Kina, por recordarme que existen, estoy enganchadísima) y releer Tomates Verdes Fritos después de haber visto la película por octava vez (y no me canso). Qué historia más bonita, madre.
Así las cosas, no me da tiempo a nada. Si no fuera porque es lo que me da de comer, tendría que dejar de trabajar para poder dedicarme a mis aficiones. Una lata, oye, sobre todo la de escribir; ya no puedo leer nada, ni ver ninguna película o serie, sin pensar "¿cómo se le habrá ocurrido esa frase?, ¿habrá modelado a ese personaje de la nada?, qué bueno, darle una adicción al café a una mujer que habla a trescientas palabras por segundo, ¿lo escribiría así en el primer borrador?". Estoy obsesionada, y yo me obsesiono con facilidad pasmosa. Esta semana no hago más que contar calorías (¿he dicho ya que estoy a dieta?) y hasta he empezado un diario donde apunto todo lo que como. Leí en algún sitio que ser consciente de lo que te metes al cuerpo te evita caer en excesos, por eso de tener que dar cuentas a alguien, aunque sea a ti misma.
Hoy, en un periódico, he visto escrito tí, con tilde. Me han dado ganas de mandar una carta al director.
Y también he hablado con una mujer que se mondaba los dientes de la dentadura postiza con un palillo mientras me decía lo guapa que estaba y lo mona que era yo de pequeñita. Joder, qué asco.
Odio los hospitales. No sé si eso lo había dicho antes. Aunque parezca completamente fuera de lugar, la mujer del mondadientes estaba en un hospital. Por eso la conexión de ideas.
Y ahora me voy a desvariar a otro lado, que ya os he dado bastante la vara. ¿No es impresionante, lo mucho que descansa la mente cuando estás de (pseudo) vacaciones? Hasta para desvariar da, oyes.
Tenían que darme más a menudo. Más vacaciones, quiero decir, no desvaríos.
No sé si me explico.
Espero que alguien me entienda.
Perdonaréis que lo restriegue, pero es que lo necesitaba. Estar de vacaciones, quiero decir, no restregarlo.
Aunque que nadie crea que estoy haciendo el vago: madrugo, escribo, estudio, corro (me he puesto a régimen, ¿a que se nota?, hasta las letras me salen más delgaditas) y me encargo de los recados que nadie quiere en casa de mis padres. Eso sí, también hay tiempo para siestas, para ver "Las chicas Gilmore" en VO (gracias, Kina, por recordarme que existen, estoy enganchadísima) y releer Tomates Verdes Fritos después de haber visto la película por octava vez (y no me canso). Qué historia más bonita, madre.
Así las cosas, no me da tiempo a nada. Si no fuera porque es lo que me da de comer, tendría que dejar de trabajar para poder dedicarme a mis aficiones. Una lata, oye, sobre todo la de escribir; ya no puedo leer nada, ni ver ninguna película o serie, sin pensar "¿cómo se le habrá ocurrido esa frase?, ¿habrá modelado a ese personaje de la nada?, qué bueno, darle una adicción al café a una mujer que habla a trescientas palabras por segundo, ¿lo escribiría así en el primer borrador?". Estoy obsesionada, y yo me obsesiono con facilidad pasmosa. Esta semana no hago más que contar calorías (¿he dicho ya que estoy a dieta?) y hasta he empezado un diario donde apunto todo lo que como. Leí en algún sitio que ser consciente de lo que te metes al cuerpo te evita caer en excesos, por eso de tener que dar cuentas a alguien, aunque sea a ti misma.
Hoy, en un periódico, he visto escrito tí, con tilde. Me han dado ganas de mandar una carta al director.
Y también he hablado con una mujer que se mondaba los dientes de la dentadura postiza con un palillo mientras me decía lo guapa que estaba y lo mona que era yo de pequeñita. Joder, qué asco.
Odio los hospitales. No sé si eso lo había dicho antes. Aunque parezca completamente fuera de lugar, la mujer del mondadientes estaba en un hospital. Por eso la conexión de ideas.
Y ahora me voy a desvariar a otro lado, que ya os he dado bastante la vara. ¿No es impresionante, lo mucho que descansa la mente cuando estás de (pseudo) vacaciones? Hasta para desvariar da, oyes.
Tenían que darme más a menudo. Más vacaciones, quiero decir, no desvaríos.
No sé si me explico.
Espero que alguien me entienda.
Vacaciones
Hoy a las dos y media de la tarde han empezado oficialmente mis vacaciones, aunque desde que terminé mis exámenes y se fueron los niños, la tensión es mucho menor. Va a ser un verano extraño, sin viajes fuera y con muchas visitas al hospital, pero al menos sólo voy a tener que preocuparme por mí y los míos en lugar de añadirle a eso los estudios y el trabajo.
Desde que terminé de estudiar, me estoy dedicando a leer (y a escribir también, pero he llegado a un bache, a ver si lo solvento hoy). Voy a libro por semana, más o menos, y estoy intentando darle a todos los palos. De momento ya han caído El perfume, uno de cuentos cortos de Cortázar que he sido incapaz de acabar, una pseudo novela negra con toques humorísticos de Jorge M. Reverte y Careless in Red, de mi admiradísima Elizabeth George, por supuesto. Me da pena decir que este último no me ha gustado tanto como esperaba que me fuera a gustar, aunque está en su línea y no defrauda.
Y hoy he empezado con El cuaderno dorado, de Doris Lessing, mientras tomaba el sol en un banco. Sólo he leído el prefacio, una crítica a su libro escrita por ella misma, y ya estoy pensando que yo me debería dedicar a otra cosa. Mientras ella siga escribiendo, ¿para qué molestarnos los demás? Vaya manera de alimentar al Monstruo, joder, leer a autoras como ésta. Supongo que hay que leer a los mejores para poder acercarnos siquiera a ellos, pero qué duro es ver cuán buena es una mujer que dejó los estudios a los catorce y yo, que llevo toda la vida estudiando, no seré nunca digna ni de oler sus pedos. Deprimente. Pero así es la vida.
Pues eso, que me voy a pasar los próximos dos meses leyendo, echando la siesta, escribiendo, echando una cabezada con el gato, estudiando un poco de alemán con uno de esos cursos de "Aprenda alemán en 30 días", durmiendo mucho y, quizás, si estoy de muy buen humor, dibujando. Aunque esto lo veo chungo.
Desde que terminé de estudiar, me estoy dedicando a leer (y a escribir también, pero he llegado a un bache, a ver si lo solvento hoy). Voy a libro por semana, más o menos, y estoy intentando darle a todos los palos. De momento ya han caído El perfume, uno de cuentos cortos de Cortázar que he sido incapaz de acabar, una pseudo novela negra con toques humorísticos de Jorge M. Reverte y Careless in Red, de mi admiradísima Elizabeth George, por supuesto. Me da pena decir que este último no me ha gustado tanto como esperaba que me fuera a gustar, aunque está en su línea y no defrauda.
Y hoy he empezado con El cuaderno dorado, de Doris Lessing, mientras tomaba el sol en un banco. Sólo he leído el prefacio, una crítica a su libro escrita por ella misma, y ya estoy pensando que yo me debería dedicar a otra cosa. Mientras ella siga escribiendo, ¿para qué molestarnos los demás? Vaya manera de alimentar al Monstruo, joder, leer a autoras como ésta. Supongo que hay que leer a los mejores para poder acercarnos siquiera a ellos, pero qué duro es ver cuán buena es una mujer que dejó los estudios a los catorce y yo, que llevo toda la vida estudiando, no seré nunca digna ni de oler sus pedos. Deprimente. Pero así es la vida.
Pues eso, que me voy a pasar los próximos dos meses leyendo, echando la siesta, escribiendo, echando una cabezada con el gato, estudiando un poco de alemán con uno de esos cursos de "Aprenda alemán en 30 días", durmiendo mucho y, quizás, si estoy de muy buen humor, dibujando. Aunque esto lo veo chungo.
Atea si, pero solo lo justo

Que sí, que sí, que soy atea, y seré apóstata en cuanto termine el curso y tenga tiempo de concentrarme en cosas importantes y todo eso, pero, como toda hija de vecina, soy lo más religioso, católico y apostólico que se pueda echar uno a la cara cuando llegan fechas como éstas. Y los que seáis de fuera de Álava estaréis diciendo: "pero, ¿qué ladra esta tía, si la única fiesta que está cercana es la del trabajo, y ese no es ningún santo?" ¡Ah, pecadores! Lo que vosotros no sabéis, incultas almas cándidas, es que en Álava somos más listos que todo eso y tenemos un santo y una santa (santísimos ambos) justo antes del uno de mayo que nos permite hacernos unos acueductos majísimos.

Aquí, el tío Pruden y la tía Estitxu se nos unen todos los veintiocho de abril para darnos un respiro, comer caracoles y perretxikos (los que no sabéis de qué hablo, no sabéis lo que os estáis perdiendo) y viajar a precio de ganga porque somos los únicos de fiesta por estos lares. Así que, como todos los finales de abril (que coincide, además, con la devolución del IRPF, lo que pone azúcar al pastel), aquí la menda se echa al toquilla sobre la cabeza y grita aquello de: ¡Viva San Prudencio! (¡viva!) ¡Viva nuestra señora de Estibaliz! (¡viva!) Gora Prudentzio Deuna! (gora!) Gura gure Estibalizeko Ama! (gora!). Y me quedo tan ancha, oye, que el agua bendita que me echaron por la cabeza hace treinta y dos años me da derecho a ser hipócrita una vez al año y beneficiarme de tan ilustres personajes.
Hala, que ustedes lo pasen bien esta semana. Nos vemos el cuatro de mayo.
Propositos para estas vacaciones
Dos semanas, ¡dos!, de asueto me contemplan a partir de mañana (sí, Maripuchi, ya sé que a ti se te llevan los diablos, pero yo las necesito como agua de mayo; tengo la garganta como una zapatilla y hoy casi mato a una docenita o así de niños, ¡y eso que tengo una buena clase!), así que me estoy haciendo una lista poco menos que interminable de cosas que quiero hacer estos días.
La primera: actualizar los links a vuestros blogs. Puedo prometer y prometo que haré todo lo posible para que todos aquellos que sois pero no estáis, estéis. Siempre que me veo en vuestros links me acuerdo, pero, casualmente, siempre es cuando más justa de tiempo ando. A partir del segundo punto, cosas típicas: estudiar, escribir, llevar al gato al veterinario, hacer acopio de suero salino y pastillas antivómito para las resacas... Lo de todos los años, vamos.
(Espero que la próxima entrada sea más sustanciosa, estoy haciendo tiempo para no estudiar).
La primera: actualizar los links a vuestros blogs. Puedo prometer y prometo que haré todo lo posible para que todos aquellos que sois pero no estáis, estéis. Siempre que me veo en vuestros links me acuerdo, pero, casualmente, siempre es cuando más justa de tiempo ando. A partir del segundo punto, cosas típicas: estudiar, escribir, llevar al gato al veterinario, hacer acopio de suero salino y pastillas antivómito para las resacas... Lo de todos los años, vamos.
(Espero que la próxima entrada sea más sustanciosa, estoy haciendo tiempo para no estudiar).
California: El sur
El sur de California no tiene personalidad. Es bonito, como puede ser bonito uno de esos cuadros que se hacen para los turistas en las zonas costeras y de los que encuentras doscientos en cada tienda de souvenirs, pero no tiene el encanto que tiene el norte, al menos no para mí. Por eso, el post de hoy no va a tener mucha historia y sí muchas fotos, porque sería ridículo tratar de usar palabras para describir una acuarela de las de a dos euros la docena.



Nuestro lento descenso hacia el sur nos hizo pasar el día en Santa Bárbara, ciudad pija donde las haya. Todo está diseñado para la foto, hasta las palmeras hacen los dibujos exactos contra el cielo de la ciudad. Es un lugar ñoño, no encuentro otra palabra para definirlo, y hasta la gente que pasea por sus calles parece demasiado perfecta para ser verdad (exceptuando los turistas, claro).

Pero hasta Santa Bárbara es California, y California es, probablemente, el estado más de izquierdas de todo Estados Unidos, lo que no es decir mucho pero algo es algo (sí, ya sé que tienen a Swatzchenegger de gobernador -¿aprenderé a escribir su nombre algún día?-, pero si a vosotros os dieran a elegir entre una actriz porno, el enano de Webster o Terminator, ¿a quién elegiríais?). Ahí, en mitad de la playa, a vista de todo el que paseaba por el dique de las tiendas y los bares, había una impactante protesta contra la guerra, un cementerio en miniatura con todos los soldados caídos en la guerra de Irak. Quizás esta ciudad no sea tan de cuento de hadas, después de todo.

Lo mejor de bajar al sur es coger la Highway 1 (Pacific Coast Highway, se menciona en muchas canciones) e ir despacito, disfrutando de las vistas de los acantilados. Yo conducía y no pude mirar mucho, pero aún así lo gocé: era como si el rabillo de mis ojos supiera exactamente dónde mirar, y sabía cuándo iban Marta y Javi a soltar una expresión de admiración. Se nos cayó la baba viendo las casitas de Malibú -e imaginando cómo serían esas que no podíamos ver- y paramos a tomar la obligatoria foto de la caseta de los vigilantes de la playa, aunque primero tuvimos que ponernos las chaquetas porque hacía un frío del carajo. California. Ven a pasar calor.

Pasamos la noche en Santa Mónica, a donde llegamos ya tarde y de la que sólo disfrutamos la calle tercera, que, para mí, es lo único que merece la pena de toda esa ciudad/barrio dormitorio de Los Ángeles. A Marta y a mí nos encantaron las tiendas -cerradas, una pena, pero volvimos al día siguiente-, el ambiente, los grupos tocando en la calle, la gente bailando salsa y tango... A Javi le gustó algo bien distinto, algo que no había visto en su vida: ¡HOOTERS!

Marta y yo salimos con complejo de todo de aquel bar (y yo con el susto en el cuerpo porque me di cuenta, al sacar el pasaporte para demostrar mi mayoría de edad y poder trincarme una jarra de cerveza, que había perdido la tarjetita de inmigración que me habían dado en la aduana), pero hasta a nosotras nos gustó. Si alguna vez tenéis la oportunidad de ir a uno, seáis hombre o mujer, os lo recomiendo. Muy americano, merece la pena.

Y, por fin, para dar por finalizada nuestra gira al sur de California y antes de emprender el camino hacia Las Vegas (ya temblaba la visa en la cartera, sabiendo la paliza que le iba a dar), hicimos la obligatoria parada en Hollywood y Rodeo Drive. Para los que no hayáis estado nunca, os diré que Hollywood es el lugar más cutre sobre la faz de la tierra, con vagabundos por todas las esquinas, las calles sucias, sexshops y tienduchas de souvenirs peleando por un hueco de acera frente al teatro chino... Javi y Marta pusieron la misma cara que debí poner yo cuando lo vi por primera vez, por más que fueran avisados.
Como veis, les impactó tanto mi llegada que me pusieron una estrella (el apellido estaba mal escrito, pero ya se sabe, a estos americanos les das una eñe y se pierden) y me llevé la sorpresa del viaje y la foto que hizo merecer aún más la pena la excursión: nos estábamos yendo ya cuando Marta se adentró en un corro de gente que sacaba fotos como si se les fuera a escapar a cierta colección de huellas. Los actores de Harry Potter habían estado allí hacía apenas un mes, y yo, YO, conseguí mi foto con ellos.

Y digo yo: ¿Para cuándo las huellas del VERDADERO Harry?
Nuestro lento descenso hacia el sur nos hizo pasar el día en Santa Bárbara, ciudad pija donde las haya. Todo está diseñado para la foto, hasta las palmeras hacen los dibujos exactos contra el cielo de la ciudad. Es un lugar ñoño, no encuentro otra palabra para definirlo, y hasta la gente que pasea por sus calles parece demasiado perfecta para ser verdad (exceptuando los turistas, claro).
Pero hasta Santa Bárbara es California, y California es, probablemente, el estado más de izquierdas de todo Estados Unidos, lo que no es decir mucho pero algo es algo (sí, ya sé que tienen a Swatzchenegger de gobernador -¿aprenderé a escribir su nombre algún día?-, pero si a vosotros os dieran a elegir entre una actriz porno, el enano de Webster o Terminator, ¿a quién elegiríais?). Ahí, en mitad de la playa, a vista de todo el que paseaba por el dique de las tiendas y los bares, había una impactante protesta contra la guerra, un cementerio en miniatura con todos los soldados caídos en la guerra de Irak. Quizás esta ciudad no sea tan de cuento de hadas, después de todo.
Lo mejor de bajar al sur es coger la Highway 1 (Pacific Coast Highway, se menciona en muchas canciones) e ir despacito, disfrutando de las vistas de los acantilados. Yo conducía y no pude mirar mucho, pero aún así lo gocé: era como si el rabillo de mis ojos supiera exactamente dónde mirar, y sabía cuándo iban Marta y Javi a soltar una expresión de admiración. Se nos cayó la baba viendo las casitas de Malibú -e imaginando cómo serían esas que no podíamos ver- y paramos a tomar la obligatoria foto de la caseta de los vigilantes de la playa, aunque primero tuvimos que ponernos las chaquetas porque hacía un frío del carajo. California. Ven a pasar calor.
Pasamos la noche en Santa Mónica, a donde llegamos ya tarde y de la que sólo disfrutamos la calle tercera, que, para mí, es lo único que merece la pena de toda esa ciudad/barrio dormitorio de Los Ángeles. A Marta y a mí nos encantaron las tiendas -cerradas, una pena, pero volvimos al día siguiente-, el ambiente, los grupos tocando en la calle, la gente bailando salsa y tango... A Javi le gustó algo bien distinto, algo que no había visto en su vida: ¡HOOTERS!
Marta y yo salimos con complejo de todo de aquel bar (y yo con el susto en el cuerpo porque me di cuenta, al sacar el pasaporte para demostrar mi mayoría de edad y poder trincarme una jarra de cerveza, que había perdido la tarjetita de inmigración que me habían dado en la aduana), pero hasta a nosotras nos gustó. Si alguna vez tenéis la oportunidad de ir a uno, seáis hombre o mujer, os lo recomiendo. Muy americano, merece la pena.
Y, por fin, para dar por finalizada nuestra gira al sur de California y antes de emprender el camino hacia Las Vegas (ya temblaba la visa en la cartera, sabiendo la paliza que le iba a dar), hicimos la obligatoria parada en Hollywood y Rodeo Drive. Para los que no hayáis estado nunca, os diré que Hollywood es el lugar más cutre sobre la faz de la tierra, con vagabundos por todas las esquinas, las calles sucias, sexshops y tienduchas de souvenirs peleando por un hueco de acera frente al teatro chino... Javi y Marta pusieron la misma cara que debí poner yo cuando lo vi por primera vez, por más que fueran avisados.
Como veis, les impactó tanto mi llegada que me pusieron una estrella (el apellido estaba mal escrito, pero ya se sabe, a estos americanos les das una eñe y se pierden) y me llevé la sorpresa del viaje y la foto que hizo merecer aún más la pena la excursión: nos estábamos yendo ya cuando Marta se adentró en un corro de gente que sacaba fotos como si se les fuera a escapar a cierta colección de huellas. Los actores de Harry Potter habían estado allí hacía apenas un mes, y yo, YO, conseguí mi foto con ellos.
Y digo yo: ¿Para cuándo las huellas del VERDADERO Harry?
California: Santa Cruz y San Luis Obispo
Los primeros días del viaje utilizamos King City como campamento base y visitamos los pueblos de la zona, algunos de los cuales merecen mucho la pena. El primero fue Santa Cruz, tierra de surfistas y capital de las lesbianas (aunque de los primeros he visto muchos, las segundas son más discretas y todavía estoy por ver una pareja cogida de la mano); paseamos por el centro, volamos unos cuantos dólares en las tiendas “superchupis” de la calle principal y subimos a ver el faro y la playa de los perros, donde a partir de cierta hora parece estar prohibido entrar si no llevas a tu mejor amigo contigo.
Al día siguiente fuimos a la ciudad universitaria por excelencia de la zona, San Luis Obispo, donde hicimos casi exactamente lo mismo que habíamos hecho en Santa Cruz con una parada muy especial: era 21 de julio y había que comprarse el séptimo de Harry Potter, por más que me hubiera propuesto no empezar a leerlo inmediatamente. Y, ya que había entrado, arramblé con unos pocos libros más (tenía que volver a leer a Steinbeck) y fuimos a la cafetería de enfrente a tomarnos un refrigerio. Sí, ya sé que los Starbucks son el epítome del capitalismo estadounidense, pero qué le vamos a hacer: a mí me encantan. Puede que sea lo que más me gusta de California, y sin un par de ellos al día (tall ice mocha with whip cream, please) no soy persona.
Aquella misma noche empecé a leer a Harry… No sé para qué trato de engañarme a mí misma.
California: King City
Después de tamaña odisea, llegar a San Francisco fue como llegar a Tierra Santa. No besamos el suelo porque, con lo raritos que son los estadounidenses, nos jugábamos una detención, pero yo no podía dejar de saltar de emoción por más cansada que estuviera. Pasamos nuestra primera noche en un hotel cercano al aeropuerto –la ciudad no la vimos ni de lejos, aunque se intuía bajo las nubes que prometían niebla en la ciudad del Golden Gate- y a la mañana siguiente volvimos al aeropuerto a recoger nuestro maravilloso todoterreno que nos convirtió en un auto más en aquella marabunta de tanques. Enfilamos el camino al sur por la 101. Increíble. Había pasado más de un año desde la última vez que condujera por aquella carretera, pero parecía que nunca me había ido.

Antes de ir a King City pasamos por Monterey (si habéis leído “Las uvas de la ira” os sonará) y Carmel (cuyo alcalde fue Clint Eastwood y donde el suelo huele a dólares), sitios de los cuales no saqué fotos en este viaje porque debo tener carretas y carretones de tantas veces que he ido.

A pesar de ser lugares muy turísticos, ambas ciudades parecían desiertas, quizás porque era un jueves de julio y los visitantes no llegarían hasta el fin de semana. Paseamos por las calles de Monterey, visitamos el dique con sus tiendas de souvenirs, vimos las focas que habitan allí –qué fría está el agua del pacífico, madre- y pisamos la arena de la playa de Carmel, un sendero blanco que se alarga hasta donde se pierde la vista y donde acuden los pintores de la zona (el pueblo está lleno de galerías de arte) a pintar los atardeceres. Por cierto, nunca había visto a nadie aplaudir a la puesta de sol. ¿Creerán los californianos que el atardecer del día siguiente será más bonito si sus aplausos son más cálidos?

Después de ver la misión de Carmel por fuera –han cerrado la puerta de la iglesia, pillines, se han dado cuenta de que la gente hacía el tour de la misión al revés, entrando por la salida y ahorrándose los cinco dólares que cuesta la entrada-, emprendimos la marcha hacia King City y vi algo que nunca había visto en aquella zona en mis siete años de vida allí: un atasco monumental que convirtió un trayecto de veinte minutos en una hora larga. Pero llegamos, y lo primero que hicimos nada más dejar las maletas en mi antigua casa y saludar a mis etxekides/roommates fue ir a tomar una cerveza al bar del pueblo, donde, sin comerlo ni beberlo, tuvimos un espectáculo digno de una película de Jodie Foster: un matrimonio discutía en una de las mesas, con él murmurando entre dientes “fuck you” a escasos milímetros de la cara de ella, los hijos viendo los dibujos en la barra del bar. De repente, ella se puso de pie sobre la banqueta y empezó a gritar: “¡ESCUCHAD TODOS! ¡LE HE PUESTO LOS CUERNOS A MI MARIDO! ¡LE FUI INFIEL CON UN MEJICANO HACE AÑO Y MEDIO!” El resto no lo oímos porque salimos pitando del lugar. Él medía casi dos metros y tenía la hechura de un levantador de pesas vasco, así que nos fuimos antes de que empezaran a volar las hostias.


Huelga decir que Javi y Marta se llevaron una grata primera impresión del pueblo.

Antes de ir a King City pasamos por Monterey (si habéis leído “Las uvas de la ira” os sonará) y Carmel (cuyo alcalde fue Clint Eastwood y donde el suelo huele a dólares), sitios de los cuales no saqué fotos en este viaje porque debo tener carretas y carretones de tantas veces que he ido.

A pesar de ser lugares muy turísticos, ambas ciudades parecían desiertas, quizás porque era un jueves de julio y los visitantes no llegarían hasta el fin de semana. Paseamos por las calles de Monterey, visitamos el dique con sus tiendas de souvenirs, vimos las focas que habitan allí –qué fría está el agua del pacífico, madre- y pisamos la arena de la playa de Carmel, un sendero blanco que se alarga hasta donde se pierde la vista y donde acuden los pintores de la zona (el pueblo está lleno de galerías de arte) a pintar los atardeceres. Por cierto, nunca había visto a nadie aplaudir a la puesta de sol. ¿Creerán los californianos que el atardecer del día siguiente será más bonito si sus aplausos son más cálidos?

Después de ver la misión de Carmel por fuera –han cerrado la puerta de la iglesia, pillines, se han dado cuenta de que la gente hacía el tour de la misión al revés, entrando por la salida y ahorrándose los cinco dólares que cuesta la entrada-, emprendimos la marcha hacia King City y vi algo que nunca había visto en aquella zona en mis siete años de vida allí: un atasco monumental que convirtió un trayecto de veinte minutos en una hora larga. Pero llegamos, y lo primero que hicimos nada más dejar las maletas en mi antigua casa y saludar a mis etxekides/roommates fue ir a tomar una cerveza al bar del pueblo, donde, sin comerlo ni beberlo, tuvimos un espectáculo digno de una película de Jodie Foster: un matrimonio discutía en una de las mesas, con él murmurando entre dientes “fuck you” a escasos milímetros de la cara de ella, los hijos viendo los dibujos en la barra del bar. De repente, ella se puso de pie sobre la banqueta y empezó a gritar: “¡ESCUCHAD TODOS! ¡LE HE PUESTO LOS CUERNOS A MI MARIDO! ¡LE FUI INFIEL CON UN MEJICANO HACE AÑO Y MEDIO!” El resto no lo oímos porque salimos pitando del lugar. Él medía casi dos metros y tenía la hechura de un levantador de pesas vasco, así que nos fuimos antes de que empezaran a volar las hostias.
Huelga decir que Javi y Marta se llevaron una grata primera impresión del pueblo.
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California: Philadelphia

Un consejo: si tenéis que viajar a California, hacedlo en vuelo directo desde Europa para no tener que hacer escala en una ciudad de Estados Unidos que no sea la de destino, y sobre todo, nunca, nunca, vayáis por Philadelphia. No hay cosa peor tras siete horas de vuelo que tener que coger las maletas, pasar la aduana, volver a dejar las maletas, pasar la inspección de agricultura, seguridad, embarque… Y nunca he visto gente más desagradable que los trabajadores de Philadelphia. Se salen.
Habíamos vuelto a facturar las maletas (alucinados ante el hecho de que las levantaran un metro sobre la cinta y las dejaran caer con toda su mala leche, si hacen eso delante de los dueños qué no harán cuando no haya nadie mirando) y nos dirigimos a la famosa ventanilla donde, supuestamente, Javi tenía que recoger su tarjeta de embarque. En la puerta de Madrid le habían hecho una manual asegurándole que no tendría problemas con ella; por supuesto, los tuvo, y gordos.
-No, no, tienes que ir a la ventanilla de United, esto es US Airways.
-Ya, pero es que la tarjeta me la ha hecho US Airways.
-No, no, ve por este pasillo hasta la terminal D.
Pero, oh, problema, para llegar a la terminal D había que pasar por un control, y en el control no le dejaban pasar con su tarjeta manual.
-No tiene fecha. Tienes que volver a que te pongan la fecha.
-¿Y si la ponemos nosotros? –comentó Marta de camino.
-A ver si vamos a meter la pata…
En la ventanilla nos miraron como las vacas al tren. ¿Una fecha? Sí, claro que te la pongo. ¿Qué día es hoy? Diecisiete. Ah, no, dieciocho (tachón en tarjeta de embarque). Vuelta atrás, pasamos el control con un ceño fruncido. Llegamos a seguridad. Marta pasa primero, yo me quedo la última por si le ponen pegas a Javi. Por supuesto, se las pusieron.
-No, no, con esto no puedes entrar. Quiero la blanca, como la que tiene ella.
-Y yo también, pero no me la dan. Me han dicho que con esto era bastante.
-Espera, que pregunto a un compañero.
Tres personas miran la tarjeta de embarque de Javi y fruncen el ceño.
-Tiene un tachón.
-Nos lo acaban de hacer al ponerle la fecha.
-Pues con este tachón no te puedo dejar entrar. Tienes que volver a la ventanilla.
-You have to be kidding, right?
Ceja levantada del negrazo con cara de pocos amigos. Me callo. Le indica a Javi que se ponga las zapatillas y le siga. Yo hago amago de ir con él para ayudarle con el inglés. El negro me para en seco.
-No necesita que vayas con él, sólo tiene que sacar la tarjeta de embarque.
Sin cinturón, pasaporte ni dinero, Javi desaparece, y Marta y yo nos quedamos con cara de tontas sin saber cómo ayudarle. Se me ocurre que quizás en la puerta de embarque puedan hacer algo, y dejo a Marta esperando a su novio mientras yo corro por los pasillos. Por supuesto, nuestra puerta es la más lejana. Quince minutos más tarde, un indio (de la India, no nativo americano) me dice que no puede hacer nada. Me doy la vuelta, jurando en arameo y segura de que vamos a perder el avión (queda media hora para embarcar), planeando llamar al consulado de Nueva York, a la abogada de Los Ángeles y a la CIA si hace falta, cuando me doy de bruces con Javi y Marta. Javi está sudando por todos los poros de su piel, está hasta pálido.
-¡Te han dejado pasar!
-Sí, previo pago.
-¿Cómo?
-Pues que el negro de la puerta me ha hecho así –se frota tres dedos de una mano- y le he tenido que dar treinta dólares para que me dejara pasar.
Dios mío. Habíamos llegado a una república bananera con ínfulas de democracia.
California: Primera etapa
El viaje empezó mal, aunque no tanto como para vaticinar lo que nos pasaría más tarde. No habíamos salido de Vitoria cuando surgió el primer contratiempo: Javi se había traído el pasaporte viejo en lugar del nuevo, caducado y sin la banda magnética que piden para entrar en Estados Unidos. Yo me eché a reír con ganas, Marta corrió a cambiar los billetes del autobús y Javi se dio de cabezazos contra la pared de la estación, para delirio mío. Eran las cuatro de la tarde, nuestro avión no salía hasta la una de la tarde del día siguiente, había otro autobús en apenas dos horas, el mal era menor; además, no había sido yo la del despiste, así que me divertí de lo lindo con la anécdota. Creo que alguien comentó “ojalá sea esto lo peor que nos pase”. Vaya manera de gafar un viaje.
Cogimos el autobús de las seis menos cuarto, el interpueblos, qué ancha es Castilla, madre. Cinco horas más tarde y con “Brooklyn Follies” casi terminado nos encontrábamos en Madrid, y una hora después habíamos conseguido localizar el hotel (¡escaleras mecánicas en el metro ya!). Dormimos a pierna suelta, relajados y confiados, pensando en llegar con tiempo al aeropuerto al día siguiente. Lo hicimos, para las nueve y media ya estábamos allí, y, aunque el avión no salía hasta la una, nos pasamos nuestra hora larga en la cola. Cuando llegamos al mostrador, Javi demostró que no se puede viajar con él: a Marta y a mí nos dieron nuestras dos tarjetas de embarque, a él sólo la primera, hasta Philadelphia.
-Perdona, a mí sólo me has dado una y a ellas dos –le comenta a la azafata.
-Es que el ordenador no me deja, tenéis reservas distintas.
-¿Cómo que distintas, si compramos los tres billetes por Internet al mismo tiempo?
-Pues el ordenador no me deja darte el segundo billete. Pero no te preocupes, en Philadelphia vas a la ventanilla de United y te la dan al momento.
Con la mosca detrás de la oreja y tras preguntar en la oficina de US Airways y recibir la misma respuesta, embarcamos en el avión y cogimos nuestros maravillosos asientos de salida de emergencia (Javi y yo fuimos con las piernas bien estiradas; Marta cedió su asiento, qué buena es ella, a una señora con tromboflebitis que no le dio ni las gracias). Echamos unas cabezadas, leímos, vimos un par de películas en las pantallitas individuales y llegamos a Philadelphia antes de que nos doliera el culo, lo que supuso un gran alivio. Primera etapa conseguida, sólo quedaba la peor parte (para mí) del viaje: pasar la aduana. En mi último año de trabajo en California había tenido ciertos problemillas con el visado y temía que me pusieran pegas para entrar, aunque había preguntado a una abogada, investigado en internet y leído bien todos los papeles de visados anteriores que tenía y no parecía que fuera a haber problemas. Aún así, fui ligeramente temblorosa a la ventanilla. Entregué mi pasaporte y mis papeles, respiré hondo… y vi cómo el agente sellaba mi visado de turista sin hacer más preguntas que “what’s the purpose of your visit?” Me dejé tomar las huellas y sonreí a la cámara con la mayor de las alegrías.
Marta tampoco tuvo problemas con los papeles (aunque hubo un momento de descojone por mi parte otra vez, cuando le hicieron poner la huella dactilar del índice derecho, en el que le falta la primera falange), pero cuando le llegó el turno a Javi… Hay que ser gafe, coño. El agente de la aduana cogió sus papeles y empezó a hacer rayas con el fluorescente, indicándole que tenía que coger sus maletas e ir a la sala de inspección secundaria. Muerta de risa, le acompañé para ayudarle con el inglés, aunque resultó que no le hacía falta. El agente que nos tocó debía estar más harto que nosotros y ni siquiera le abrió la maleta. Pasamos la inspección agrícola y seguimos adelante.
Ya sólo nos quedaba conseguir la segunda tarjeta de embarque de Javi y cruzar seguridad. Coser y cantar, según nos habían dicho en Madrid.
Como pille a la azafata que nos atendió en Barajas...
De vuelta
Se acabaron mis dos semanas de vacaciones americanas, aunque aún me queda mi estupendo mes casi entero para disfrutar de mis libros (me he traído una docena), mis revistas y el sol de aquí, mucho más benigno que el californiano. He vuelto con un montón de fotos que os iré enseñando y explicando cuando se me pase el jet lag y la resaca del cuatro de agosto -txupinazo de las fiestas de Vitoria y bajada de Celedón, imprescindible pillársela histórica-, y con un dedo del pie morado -posible esguince o rotura, a ver qué me dicen esta tarde- por una patada involuntaria a una maleta. Estoy agotada, pero encantada con mi super excursión. Ya os iré mostrando los lugares de lujo en los que estuve poco a poco.
En otro orden de cosas, y recordando un antiguo post en el que hablaba de todas las cosas buenas que me podían pasar este año, mientras estaba de vacaciones han ocurrido dos (bueno, una y media): he aprobado las oposiciones (7,75, gran sorpresa porque me esperaba un tres siendo generosa, pero no tengo plaza porque no tengo méritos suficientes) y ya me he leído el último de Harry Potter (sobre el que, seguramente, haré un post aparte porque se lo merece; snif, se acabó una era). Ya sólo me queda aprobar el examen de traducción, que será en enero y que supondrá que el 2008 también será mi año.
Hasta pronto. Qué gusto da estar en casa, madre.
En otro orden de cosas, y recordando un antiguo post en el que hablaba de todas las cosas buenas que me podían pasar este año, mientras estaba de vacaciones han ocurrido dos (bueno, una y media): he aprobado las oposiciones (7,75, gran sorpresa porque me esperaba un tres siendo generosa, pero no tengo plaza porque no tengo méritos suficientes) y ya me he leído el último de Harry Potter (sobre el que, seguramente, haré un post aparte porque se lo merece; snif, se acabó una era). Ya sólo me queda aprobar el examen de traducción, que será en enero y que supondrá que el 2008 también será mi año.
Hasta pronto. Qué gusto da estar en casa, madre.
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