Si echo la vista atrás en este blog, estoy convencida de que encontraré entradas muy parecidas a ésta por las mismas fechas todos los años. Y es que hoy es treinta de mayo, lo que significa que estamos a punto de entrar en junio, último mes de clase, y mis fuerzas, que he debido medir mal, ya no me dan. Sí, ya sé que no trabajo en la mina, que ni siquiera tengo que coger el coche para trabajar, que encima me gusta mi trabajo, pero... Estoy muerta. Muerta, moría, matá, que decía el chiste. Y aún quedan cuatro semanas, cuatro, con los peques (y un mes enterito para los profesores y profesoras, que sí, tenemos vacaciones para exportar, pero seguimos al pie del cañón cuando los peques ya están en casa).
Y es que a veces parece que no me conozco. Cuando llega junio yo ya no valgo ni para arrastrar los pies por casa, y llego justo a cumplir con mis obligaciones en el trabajo (que, por supuesto, se multiplican en estas fechas). Llego a casa soñando con el sofá, con los programas de encefalograma plano de Divinity (me encantan los gemelos que arreglan casas), quizás con el libro que me esté leyendo en ese momento, y ya. No escribo, no produzco, soy como una seta pegada al tronco de un árbol, preocupada solo de crecer (en mi caso, hacia lo ancho). Este año, además, por partida doble, o cuádruple, ya no lo sé, porque me ha dado por ponerme a dieta a final de curso. Sí, como lo oís: tengo que batir el cansancio con 1.200 calorías diarias, y, en teoría, con tres días de gimnasio a la semana. Huelga decir que si voy uno, contenta. Mi excusa es que tengo clases de alemán dos días a la semana; la excusa que uso para no ir a alemán es que tengo que ir al gimnasio. Y mientras ahí estoy, tirada en el sofá con Al este del Edén (bueno, East of Eden, que yo lo leo en inglés) y tomando infusiones de regaliz sin azúcar por eso de que los líquidos son buenos para quemar grasas.Así que por aquí voy a utilizar la misma excusa. Veréis, es que estoy muy liada, esta semana es de locura, reunión del consejo escolar, poner notas, preparar clases, hacer memorias, reuniones de evaluación... Y luego encima tengo alemán, y GAP, y hora y media de musculación en la sección de máquinas. Sí, bueno, y ese libro que me he leído tres veces pero que no puedo dejar de leer, porque, aparte de que me encanta la historia, habla del valle de Salinas, que fue mi hogar durante siete años, y cada vez que menciona King City me da un vuelco el estómago y me hace sentir una extraña morriña que no coincide con mis recuerdos de allí, pero qué se le va a hacer. Que no voy a pasarme mucho por aquí, vaya, y excusas no me faltan. Así que mantenedme vivo el huerto, regad las plantas y echadme un poco de menos, anda, a ver si vuelvo con más fuerzas en cuanto empiece con las vitaminas con ginseng.


