Ayer bajé del tranvía e hice mi recorrido habitual de camino a casa. Me separan unos quinientos metros de la parada y un puñado de calles bastante concurridas, con bares con terrazas abarrotadas de clientes en las noches no demasiado frías, como la de ayer. Fue delante del más grande donde vi el gentío, todos con la copa en la mano mirando hacia la misma dirección. Al principio pensé que era simplemente la clientela del bar tomando el aire, pero entonces seguí sus miradas y vi la furgoneta de la Ertzaintza. Habían acordonado la entrada a un portal, y otra furgoneta, blanca y sin ninguna identificación, tapaba por completo la entrada a la casa, las puertas de atrás abiertas, para que quien saliera del portal no tuviera más remedio que entrar en la furgoneta, sin ninguna otra salida. A un lado, fotógrafos profesionales y alguna enorme cámara de televisión sacaban fotos e imágenes de no sé qué, porque no se veía nada. Entre los curiosos también había gente con el móvil en la mano, sacando fotografías. Un detenido, pensé. O un desahucio que no quieren que nadie boicotee. Las caras de la gente eran de curiosidad, no de pena ni de circunstancia. Allí donde hay carnaza hay público. Como cuando no puedes dejar de mirar el accidente de la carretera.
No me paré a mirar, no me gusta el morbo. Supe lo que era cuando llegué a casa. Me dio por mirar el periódico local en Internet, por si salía ya la noticia, que es la ventaja que tiene la información hoy en día. Salía, vaya que si salía. Pero no era un desahucio, ni una detención. Lo que acababa de presenciar era el levantamiento del cadáver de una mujer de 29 años apuñalada por su pareja. Y no digo "presuntamente", porque el atacante fue de su propio pie, cubierto en sangre, a buscar al policía más cercano y decir que había apuñalado a su novia. A plena luz del día y sin miramientos.
Me quedé helada. Me entraron unas ganas terribles de llorar, y eso que es la quinta o sexta víctima de violencia de género de esta semana (qué triste, ya he perdido la cuenta, y qué triste también que no haya llorado por las demás, tan normal es ya). Ninguna, sin embargo, me ha tocado tan de cerca, a apenas unos metros de mi casa, y ninguna me ha dejado nunca la imagen tan gráfica de la furgoneta blanca sin marcas con las puertas traseras abiertas tapando el portal. Hoy saldrá en las noticias, convertida ya en estadística, un número más, un dato a apuntar. La primera víctima de violencia machista en Euskadi de este año es vitoriana, vaya honor. A quinientos metros de mi casa. Con los clientes del bar comentando, entre trago y trago, que vaya tela, la gente está loca, qué movida, ¿pedimos otro pintxo de tortilla?
Me pregunto qué hicieron los curiosos con las fotos que sacaron con el móvil. Casi estoy esperando a que me empiecen a llegar por watsapp. No me extrañaría lo más mínimo. Porque la vida sigue, y, nos guste o no, el mundo está lleno de carroñeros a los que la carnaza les pone más que un chute de la coca más pura.
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Ola de calor
Otros años, el diez de agosto anuncia el fin de las fiestas y el día en el que la ciudad se convierte en poco más que un conglomerado de calles vacías y comercios cerrados. Suele ser fácil aparcar en cualquier lugar, y el que en agosto no haya que pagar por aparcar en el centro es un pequeño consuelo para los infelices que nos quedamos aquí. Últimamente, sin embargo, no es tan fácil dejar el coche en la puerta de casa porque la gente no se ha marchado, al menos no por mucho tiempo. La mayoría de los comercios y bares están abiertos; como mucho algunos tienen un cartel que anuncia vacaciones de diez miserables días cuando antes se cogían todo el mes. La crisis ha tocado a todos, supongo. Antes diferenciábamos a la clase alta de Vitoria porque iban a las piscinas del Estadio cuando los demás íbamos a Mendi o a Gamarra; ahora sabemos quién tiene "pa gastar" porque se va de vacaciones. Los turistas aumentan, y ahora ya no se quejan de que no hay nada abierto para poder comer un menú del día fuera del hotel. Todavía me llama la atención ver guiris en mi ciudad. Cada vez que veo a uno consultando el plano, me dan ganas de acercarme a ofrecerle mi ayuda y practicar el inglés con un nativo.
Los vitorianos y vitorianas tenemos una especial predilección por quejarnos por todo. Nos quejamos de los inviernos largos, de la nieve y las heladas; nos quejamos cuando llueve, y más aún cuando no llueve; nos quejamos cuando el termómetro marca cuarenta grados en verano y casi lloramos cuando al día siguiente baja a quince. Y eso si hablamos solo del tiempo, porque no entremos ya con la dichosa intermodal o el soterramiento del tren. ¿Y el tranvía? ¡Ay, el tranvía! Tanto quejarse y ahora va lleno. Pero hay que protestar. Eso y la chaqueta en la mano es lo que nos hace vitorianos. Qué le vamos a hacer.
Ensalada fresquita, café con hielo y agua, mucha agua. Qué calor, madre, qué calor, así no se puede estar, esto es inhumano. Si es que aquí, o nos pasamos o no llegamos, no hay quien salga de casa, prefiero el frío a este calor húmedo y pegajoso, vaya verano más horroroso...
La semana que viene os hablaré del frío que hace.
En Vitoria hay vida (va a ser que en Marte también)

Eduardo Mendoza dio ayer una charla en Vitoria, y por supuesto, hambrienta de eventos culturales que está una, allí que me fui con mi amiga Kina. No es que yo sea incondicional de Mendoza, ni mucho menos (nada comparable con Kina, que se ha leído todos sus libros); creo que me leí "El laberinto de las aceitunas" cuando vivía en King City y, aunque me gustó, no ha sido hasta varios años después que le he redescubierto con "El asombroso viaje de Pomponio Flato". Pero era Eduardo Mendoza, EDUARDO MENDOZA, en Vitoria, aquí, a cuatro pasos de casa, y tenía que ir. Tenía que ver a un escritor de verdad con mis propios ojos. Salí de casa con tanta prisa que hasta me dejé la cámara en casa, lo que al final creo que no importó porque no vi que nadie sacara fotos.
Y lo vi, vaya que si lo vi, y le oí, y le escuché, atentamente, como se debe escuchar a alguien que sabe y no sabe que sabe. Empezó advirtiéndonos de que no iba a hablar de literatura porque él no sabía nada de literatura, que iba a hablar de "su" literatura... para acto seguido colarnos nombres como Proust, o Samuel Beckett, o Jonathan Swift. Porque él, que nunca ha estudiado literatura de manera formal, ha aprendido literatura como se debe aprender: leyendo. Yendo al teatro. Disfrutando con las palabras en todas sus formas. Nada de escuchar lo que te cuentan otros, llega a tus propias conclusiones.
Nos habló de sus comienzos, de cómo aprendió a leer con cuatro años ("y luego ya no aprendí nada más"), de la memoria, de que lo mal observador que era ("como todos los escritores", dijo, y yo respiré aliviada porque entonces quizás tenga alguna esperanza), de sus años como intérprete en las Naciones Unidas, de que hay que saber lo justo sobre escritura, saber casi nada, pero lo poco que se sabe saberlo muy bien. "He visto a muchas personas con talento echarse a perder porque sabían demasiado sobre escritura". (Con esas palabras, algo en mi cerebro hizo "clic". Pero esa es materia para otro post, no es el momento.)
Lo que más impresionada me dejó fue su teoría sobre la utilidad de la literatura. "La literatura te enseña a sentir. No es cierto que la vida te lo enseñe, la vida te hace pasar por ello y punto, pero la literatura te lo enseña". Me dejó de piedra. Una verdad tan sencilla y tan difícil de alcanzar. Una definición que he estado buscando años. Y estaba delante de mis narices. Solo que yo no soy Eduardo Mendoza, ni hablo un porrón de idiomas, ni he leído a Proust. Ni tengo su talento, claro está.
Dijo muchas más cosas. Habló de que tiene muy pocos libros en casa, que se deshace de ellos, que los libros deberían ser objetos de usar y tirar, como los periódicos. Dijo que está impaciente porque el mercado de libros digitales emerja de una vez, que no saca fotos cuando va de viaje porque ya se encargará la memoria de guardar lo que necesite y borrar lo supérfluo. Habló de cajas de vino vacías llenas de libros, de guardamuebles en Nueva York llenos de libros, de los siete libros diarios que las editoriales le mandan por si alguno le gusta y le hace publicidad... Y las docenas de personas que abarrotábamos la sala escuchábamos, en silencio, riendo de vez en cuando, sin que sonara un solo móvil en la hora y media que estuvimos allí reunidos.
Al final de la charla, varias personas se acercaron a que les firmara un libro. Yo me había traído el mío, pero estaba tan impresionada con sus palabras y su presencia que no me apetecía quedarme el cuarto de hora que, por lo menos, tendría que esperar, para una firma. Como él bien dijo, no necesito "fotos" que recuerden este momento, porque no creo que lo olvide nunca. Aunque quizás ahora me arrepienta un poco porque me encantaría tener un libro dedicado de Eduardo Mendoza.
Si bebo, no conduzco, pero ¿cómo vuelvo?
Aunque vivo en el centro, donde está toda la movida y todo el ambiente vitoriano, a veces me apetece cambiar de aires e ir a tomar un par de cervezas a uno de los barrios más o menos jóvenes de la ciudad, uno que queda a sus buenos cuarenta y cinco minutos de paseo desde mi casa. Obviamente, un sábado por la noche no voy a ir andando por una zona completamente desangelada, lloviendo y con tacones, así que ayer, como siempre que voy un poco lejos, cogí el urbano, por eso de poder tomarme lo que me dé la gana sin pensar en las consecuencias. Para ir, ningún problema: puntualidad, buen servicio, parada frente a la puerta del bar en el que había quedado, todo perfecto. Pero para volver, ¡oh, sorpresa!, ayer era festivo y el servicio de línea regular terminó a las diez y veinte. ¡Y no había servicio nocturno!
No me puedo creer que en una capital de comunidad autónoma, con su buen cuarto de millón de habitantes y barrios cada vez más alejados del centro, se pueda dejar a toda la población sin servicio de autobuses desde las diez y media de la noche hasta las ocho de la mañana siguiente durante tres largos días. Me importa tres pepinos que ayer fuera festivo, ayer era sábado y, como tal, día de farra. Más farra aún, porque sabes que tienes todo el domingo para recuperarte y el lunes para hacer lo que normalmente haces los domingos, así que la gente saldría hasta tarde. No se pueden poner anuncios sobre seguridad vial, avisar a la población de los peligros de conducir bebido, y luego dejarles a su suerte y no darles un servicio asequible que pueda llevarlos de un lado a otro.
Por suerte para mí, mientras esperaba al autobús que nunca llegó me encontré con una chiquita que también iba para el centro, así que cogimos un taxi entre las dos (previa llamada, claro, porque Vitoria es la única ciudad del mundo en la que no puedes parar un taxi por la calle). Menos mal que nos dividimos la tarifa, porque la gracia nos hubiera salido por ocho eurazos del ala. Huelga decir que la próxima vez que vaya a dar una vuelta en festivo, no me quedará más remedio que llevar el coche porque mi sueldo no da para taxis a ese precio.
Señor alcalde, mucho tranvía y mucho niño muerto, pero como todos los servicios de transporte público tengan los mismos horarios, muchos bares de según qué zonas de Vitoria van a tener que cerrar (daba pena ver en el que estábamos, que suele estar lleno, vacío a las diez y media de la noche porque todo el mundo se había tenido que volver al centro). Por no hablar, claro, de los accidentes por conducir borracho o los problemas de aparcamiento en el centro. Los días festivos también se sale, sobre todo si es un puente, y si es sábado más aún. Seamos por fin la ciudad que queremos ser y dejemos de hacer las cosas a medias, por favor. Que no me extraña que nos tomen por tontos en Bilbao.
No me puedo creer que en una capital de comunidad autónoma, con su buen cuarto de millón de habitantes y barrios cada vez más alejados del centro, se pueda dejar a toda la población sin servicio de autobuses desde las diez y media de la noche hasta las ocho de la mañana siguiente durante tres largos días. Me importa tres pepinos que ayer fuera festivo, ayer era sábado y, como tal, día de farra. Más farra aún, porque sabes que tienes todo el domingo para recuperarte y el lunes para hacer lo que normalmente haces los domingos, así que la gente saldría hasta tarde. No se pueden poner anuncios sobre seguridad vial, avisar a la población de los peligros de conducir bebido, y luego dejarles a su suerte y no darles un servicio asequible que pueda llevarlos de un lado a otro.
Por suerte para mí, mientras esperaba al autobús que nunca llegó me encontré con una chiquita que también iba para el centro, así que cogimos un taxi entre las dos (previa llamada, claro, porque Vitoria es la única ciudad del mundo en la que no puedes parar un taxi por la calle). Menos mal que nos dividimos la tarifa, porque la gracia nos hubiera salido por ocho eurazos del ala. Huelga decir que la próxima vez que vaya a dar una vuelta en festivo, no me quedará más remedio que llevar el coche porque mi sueldo no da para taxis a ese precio.
Señor alcalde, mucho tranvía y mucho niño muerto, pero como todos los servicios de transporte público tengan los mismos horarios, muchos bares de según qué zonas de Vitoria van a tener que cerrar (daba pena ver en el que estábamos, que suele estar lleno, vacío a las diez y media de la noche porque todo el mundo se había tenido que volver al centro). Por no hablar, claro, de los accidentes por conducir borracho o los problemas de aparcamiento en el centro. Los días festivos también se sale, sobre todo si es un puente, y si es sábado más aún. Seamos por fin la ciudad que queremos ser y dejemos de hacer las cosas a medias, por favor. Que no me extraña que nos tomen por tontos en Bilbao.
Queja a mi alcalde
No, Patxi, no, la Plaza Nueva no necesita ser cubierta para fomentar el comercio, ¡porque ahí no hay comercio! Sólo hay bares, y unos arquillos geniales para esconderte cuando llueve.
No, Patxi, no, la calle Dato tampoco necesita ser cubierta, porque es una calle. Definición de calle: algo que está en la calle. Si no quieres mojarte cuando llueve, te vas al centro comercial.
Y no, no necesitamos que cambies el hospital del centro a un barrio de las afueras que no pilla de paso a no ser que vivas allí. Tienes que mejorar el que hay, no cerrar, por ejemplo, el ala de pediatría y que la gente se busque la vida. ¿Por qué no modernizas un poco las instalaciones en lugar de empezar uno de cero? Digo yo, vaya.
Y, habiendo tanto sitio en Vitoria, ¿de verdad tienes que cargarte la mitad del parque más grande de todo Euskadi para hacer la intermodal? Mira que te costaba mucho moverla unos metros y ponerla en una de las decenas de parcelas vacías que aún quedan en Lakua. ¿Y por qué nos vamos a tener que tragar un auditorio más pequeño que el teatro que tenemos ahora, en el que todavía no vamos a poder ver obras que necesitan un gran montaje? Ya, ya sé que va a tener la mejor acústica de Euskadi, de España y de Europa, pero sólo va a ser para orquestas. No se va a poder traer a las obras que se tienen que ir a Bilbao porque aquí no hay escenario que las acoja. Te recuerdo que somos la capital de Euskadi, que deberíamos disfrutar un poco de ese título.
¿Y qué hay del soterramiento del tren? ¿De arreglar la avenida Gasteiz, que parece un paseo sacado de una postal de hace cincuenta años (que serán los que tiene)? ¿Y a quién se le ocurre querer quitar una vía del tranvía que ya está puesta? ¡Y que hay de las puñeteras losetas sueltas del suelo que te empapan los pantalones cuando llueve! Digo yo que hay más asuntos urgentes que tapar una calle, ¿no?
Todos los alcaldes de Vitoria tratan de dejar su marca en la ciudad. Cuerda nos dio los centros cívicos (bien por Cuerda), Alonso nos dio el tranvía (ya veremos cuando esté en marcha) y Lazcoz... Lazcoz quiere poner techo a las calles.
Ya sé de una que no le votó en su día y no le votará en las próximas.
No, Patxi, no, la calle Dato tampoco necesita ser cubierta, porque es una calle. Definición de calle: algo que está en la calle. Si no quieres mojarte cuando llueve, te vas al centro comercial.
Y no, no necesitamos que cambies el hospital del centro a un barrio de las afueras que no pilla de paso a no ser que vivas allí. Tienes que mejorar el que hay, no cerrar, por ejemplo, el ala de pediatría y que la gente se busque la vida. ¿Por qué no modernizas un poco las instalaciones en lugar de empezar uno de cero? Digo yo, vaya.
Y, habiendo tanto sitio en Vitoria, ¿de verdad tienes que cargarte la mitad del parque más grande de todo Euskadi para hacer la intermodal? Mira que te costaba mucho moverla unos metros y ponerla en una de las decenas de parcelas vacías que aún quedan en Lakua. ¿Y por qué nos vamos a tener que tragar un auditorio más pequeño que el teatro que tenemos ahora, en el que todavía no vamos a poder ver obras que necesitan un gran montaje? Ya, ya sé que va a tener la mejor acústica de Euskadi, de España y de Europa, pero sólo va a ser para orquestas. No se va a poder traer a las obras que se tienen que ir a Bilbao porque aquí no hay escenario que las acoja. Te recuerdo que somos la capital de Euskadi, que deberíamos disfrutar un poco de ese título.
¿Y qué hay del soterramiento del tren? ¿De arreglar la avenida Gasteiz, que parece un paseo sacado de una postal de hace cincuenta años (que serán los que tiene)? ¿Y a quién se le ocurre querer quitar una vía del tranvía que ya está puesta? ¡Y que hay de las puñeteras losetas sueltas del suelo que te empapan los pantalones cuando llueve! Digo yo que hay más asuntos urgentes que tapar una calle, ¿no?
Todos los alcaldes de Vitoria tratan de dejar su marca en la ciudad. Cuerda nos dio los centros cívicos (bien por Cuerda), Alonso nos dio el tranvía (ya veremos cuando esté en marcha) y Lazcoz... Lazcoz quiere poner techo a las calles.
Ya sé de una que no le votó en su día y no le votará en las próximas.
Thank you, Mr Follet

Gracias, señor Follet. Primero y ante todo, por "Los pilares de la tierra", uno de mis libros favoritos y que he leído dos veces (y saboreado incluso más la segunda, porque la primera estaba demasiado picada por la curiosidad y quería llegar al final cuanto antes), pero sobretodo por "A world without end" o, como se dirá pronto, "Un mundo sin fin". No por todo el libro -aunque llegarán, no puedo juzgarlo todavía; de momento lo estoy saboreando con deleite y me está gustando tanto como el anterior-, sino por la última página. Las gracias a la catedral de Santa María. La mención de Vitoria-Gasteiz en un libro que leerán -que ya han leído- millones de personas.
Y, sobre todo, gracias por las visitas, por la presentación mundial de la traducción al español del libro en esta nuestra humilde casa, por sus amables palabras a nuestra pequeña joya (la catedral, aunque podría estar hablando de la ciudad, claro) y, aunque esto es sólo suposición, porque tiene usted una cara de majo que no puede con ella. Aparte de mis gracias, la ciudad también le regala un busto al lado de la que ya es su casa, Santa María. Espero que se le parezca o que, al menos, le saque guapo.
El día ocho de enero estaré con puntualidad británica a la salida del templo, con mi libro bajo el brazo para cazar un autógrafo que me haría más ilusión que el de Pablo Laso en su tiempo. Mi sueño: conseguir una invitación para el acto. O al menos verle de cerca y poder cruzar dos palabras con usted.
Queridos Reyes Magos...
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