A lo largo de mis veinte años de experiencia en las aulas he pasado por muchas fases como maestra. Cuando salí de la universidad tenía todas las respuestas; sabía que en mi clase nunca iba a haber fracaso escolar, que ningún niño o niña se iba a sentir frustrado o frustrada en su proceso de aprendizaje y que, sobre todo, yo nunca iba a ser como esas dinosaurias que pululan por las aulas con las gafas de ver de cerca en la punta de la nariz paseando con el ceño fruncido entre las filas de pupitres en una clase donde reina un silencio sepulcral y todo el mundo se centra en su libro sin levantar la cabeza. Jamás iba a alzar la voz, nunca iba a echar a alguien de clase, no iba a poner exámenes y, sobre todo, nunca iba a ser una bruja que dijera a todo que no y no dejara a las criaturas expresarse en clase.
A los pocos años de empezar a trabajar en el aula, sin embargo, me di cuenta de que me estaba pasando algo muy curioso: todas esas respuestas que tenía cuando salí de la universidad se me estaban olvidando. De repente me encontré con que yo no sabía más que las dichosas dinosaurias con las gafas de ver de cerca en la punta de la nariz, y aún no había cumplido los treinta cuando me di cuenta de que me pasaba la mayor parte del tiempo pegando unos alaridos dignos de Pedro Picapiedra. A pesar de que todos los años me propongo no poner exámenes (más que nada porque odio corregirlos), todavía no he encontrado la manera de evaluar a esos niños y niñas que se quedan sentados cual setas en su silla y no participan, no se mueven, no dan ninguna señal de que están entendiendo o necesitan ayuda, si no es con un examen. De lo que sí me he jactado siempre es de que en mi clase los niños y niñas siempre se han sentido seguros a la hora de expresar sus deseos, miedos y necesidades. Por muy enfadada que esté con alguien, sé cómo tomar aire y sentarme a su altura para escuchar por qué se ha portado así, qué ha pasado en el recreo (o en casa, o en la clase anterior) y qué necesita en ese momento. A veces es solo un abrazo, a veces es ir al baño a refrescarse la cara. Y a veces es dejarlo estar en un rincón hasta que se le pase el disgusto.
Imaginaos esto por 24. Haces lo que sea.
Pero todo cambió cuando empecé a trabajar en infantil unas horas a la semana. Yo, que venía de primaria, donde hasta el más canijo o canija de primero puede entender que esta vida no es justa y no pueden hacer lo que quieran en el momento que se les antoje, me di de bruces con la realidad de los niños y niñas de cuatro años. Mi primera conversación con ellos y ellas fue algo así:
Niño/a: --Quiero hacer un dibujo.
Yo: --No, cielo, ahora es la hora de inglés y vamos a leer el cuento. Luego he traído una ficha y la vamos a colorear.
N: --Quiero hacer un dibujo.
Y: --Pero he traído un cuento muy bonito. ¿Ves? Hay mariposas.
N: --QUIERO HACER UN DIBUJO.
Y: --Pero si haces el dibujo no vas a poder escuchar el cuento.
N: --¡¡QUIERO HACER UN DIBUJO!!
Y: --Bueno, vale, pero mañana escuchas el cuento, ¿eh?
Más tarde, harta de que me tomaran por el pito del sereno, desarrollé otra estrategia que bien llevada puede ser muy eficaz y solo necesita implementarse los primeros meses del año. Lo malo era que esos primeros meses del año terminaban siempre con una baja por migraña, o una gripe de esas que te cogen cuando tus defensas están más despistadas, que suele ser cuando tienes bajón anímico. Mi jugada era algo así.
N: --Quiero hacer un dibujo.
Y: --No.
N: --Quiero hacer un dibujo.
Y: --No.
N: --QUIERO HACER UN DIBUJO.
Y: --No.
N: --¡¡QUIERO HACER UN DIBUJO!!
Y: No.
En este estadio, la criatura en cuestión se suele tirar al suelo y yo saco a Mr Monkey para contarles el cuento al resto de los críos y crías. Cuando se ve ignorado/a, se acerca al grupo y se sienta a escuchar el cuento (o se queda de morros en una esquina, que al final funciona igual). Claro que siempre tienes la criatura a la que no le han dicho que no en su vida y en vez de quedarse sentada se pone a pegar patadas a las sillas, a tirar del pelo a la gente, a escupir... No siempre funciona.
Tenía que buscar una alternativa. Ya había aprendido que no se puede razonar con un crío o cría de cuatro años y que la que manda soy yo, pero tenía que haber otra manera de ganarme a la chavalería. Y entonces me puse a observar a las profesionales de la etapa: las profesoras de infantil.
N: --Quiero hacer un dibujo.
P: --Ah, ¿sí? ¿Y qué quieres dibujar?
N: --Un perro.
P: --Ah, qué bien. ¿Te gustan los perros?
N: --Sí.
P: --Pues mira, aquí tengo un cuento de un perro. ¿Quieres que te lo lea? Así ves el dibujo y aprendes cómo hacerlo.
N: --Vale.
Tan fácil como eso. Sin gritos, sin lágrimas, sin perder la paciencia, sin sufrir migrañas. Hace falta otro tipo de personalidad para dar clase en infantil, supongo, una que, yo creo, se trae de serie pero que también se puede adquirir con los años. Calculo que tardaré otros veinte en ser como ellas, pero aspiro por lo menos a no tener migrañas este curso. Teniendo en cuenta que hace más de diez meses que no tengo una, creo que he empezado a hacer las cosas bien.
**Ruth toca madera para no provocar la ira de los duendes de la migraña y rebusca entre sus apuntes de magisterio para volver a encontrar todas esas respuestas que se han ido quedando por el camino.**
Esta semana pasada he estado con los críos en un campamento de inglés. Durante cinco días, diez niños y niñas de sexto han estado haciendo actividades a media hora de Vitoria con cinco monitores nativos con los que se han tenido que comunicar en inglés sí o sí (aunque el último día descubrieron que dos hablaban castellano casi mejor que ellos y se llevaron un sorpresón de infarto). Han hecho todo tipo de actividades, incluido sentarse a escribir un diario todos los días (algo inimaginable en el aula); han plantado una lechuga en una botella de plástico y visitado el valle salado de Salinas de Añana, a tiro de piedra del albergue donde estábamos, con los niños y niñas de otro colegio con el que han hecho una amistad muy bonita. Se han esforzado como nunca por hablar inglés y no les ha quedado otro remedio que entenderse con los monitores, ya fuera por señas o pidiendo ayuda. Cinco días no dan para mucho y no creo que hayan aprendido más que la letra de un par de canciones que han bailado y cantado hasta la saciedad (si vuelvo a oír la de "What does the fox say" voy a matar a alguien), pero la experiencia ha sido genial. Como todos los años.
Salinas de Añana, donde se produce sal de manera tradicional que luego
se puede comprar a precio de oro blanco. Visita muy recomendada.
Genial para ellos, claro, porque a mí me ha entrado un agobio del quince. No puedo evitar comparar lo que han hecho en el campamento con lo que hacemos en clase, y me apena decir que no hay ni el más mínimo parecido. Intento trabajar canciones con ellos y ellas, hacer algún teatro, dar plástica en inglés, pero al final la mayor parte del tiempo están sentados/as delante del libro y haciendo ejercicios siempre fuera de contexto. Sé que cada año mejoro un poco y les doy más contextos comunicativos, más excusas para hablar en inglés, pero es difícil cuando las notas están basadas en contenidos lingüísticos, sobre todo en sexto, cuando empieza mi canguelo personal por mandarlos con un nivel decente al instituto. ¿Entiende el texto? ¿Ha sabido elegir las respuestas correctas en el "listening"? ¿Les ha puesto la "-s" a todos los verbos de la tercera persona? ¿Sabe describir correctamente la ropa que lleva su compañera? Pues igual no, pero entiende todo lo que le digo en clase, trata de comunicarse conmigo en inglés aunque a veces suene a telegrama codificado y le encanta venir a clase. Incluso ha empezado a ver los dibujos animados en inglés en casa, lo que me deja de piedra. Se supone que los idiomas están para comunicarse, pero cuando la prisa aprieta y los resultados se miden cuantitativamente, nos lanzamos al libro y a repetir como loritos. Y no seré yo la que se queje de los temas que trabajan los libros (cómo han cambiado y qué amenos son ahora), pero de vez en cuando no estaría mal preguntarles qué necesitan decir y cómo les puedo ayudar yo a aprenderlo.
Yo doy inglés y me doy cuenta de las lagunas que hay en mi clase, pero supongo que todo esto es extrapolable a cualquier asignatura. Me muero por una escuela en la que no se trabaje por asignaturas, sino simplemente por objetivos y competencias, pero sin clasificar. Construir un barco a escala leyendo las instrucciones en inglés; intentar adivinar el tiempo de la semana que viene basándose en pronósticos antiguos; organizar una recogida de fondos para cualquier grupo que necesite ayuda en su ciudad; crear un libro de recetas en los tres idiomas que ya hablan. Hay tantas, tantísimas cosas que se pueden llevar a cabo sin necesidad de tenerlos sentados con la mirada fija en la pizarra que me pongo a escribirlas y me emociono. Pero seguir un libro de texto es más fácil, y lo que es peor, es lo que van a seguir haciendo cuando pasen al instituto. Con un poco de suerte, las cosas cambiaran para los y las que lleguen a la universidad, pero para muchos y muchas será ya demasiado tarde y se habrán quedado por el camino por el simple hecho de que nunca aprendieron a ponerle la "-s" a la tercera persona del inglés. Al menos recordarán el día que plantaron lechugas en una botella y aprendieron a hacer fuego sin cerillas. O esa esperanza me queda.
Voy a confesar algo: la mayor parte del tiempo no uso las tecnologías en mi aula, aparte del CD y música de Youtube. Más que nada porque no tengo pizarra digital en mi clase, porque el programa que uso no lo pide y porque me da mucha pereza estrenar la sala de ordenadores nueva que nos han puesto en el cole (y llegar media hora antes, comprobar que todos los ordenadores funcionan, poner a los y las peques por parejas, vigilar que no se me vayan a una página de juegos y que no se peleen por coger el ratón, enseñarles uno a uno cómo guardar un documento en la red del centro, comprobar que no han llenado el teclado de cualquier substancia pringosa que hayan comido a la hora del recreo...). Podría quedarme en las clases donde sí tienen pizarra, pero, la verdad, verde y de tiza o blanca y digital, una pizarra sigue siendo una pizarra y no me parece que hayamos adelantado tanto. Prefiero sacarlos al pasillo, vendarles los ojos y jugar a darles instrucciones en inglés para llegar al baño, como hicimos el jueves; o crear un teatrillo, grabarlo y, entonces sí, echarnos unas risas viéndolo en la pantalla. Llamadme antigua. Sé que no soy la única. La gran mayoría de los y las docentes de mi centro no usan las TIC, aunque el motivo sea muy diferente.
La diferencia es que yo sí sé usarlas, aunque no me obsesione con ellas. Utilizo el correo electrónico para comunicarme con mis compañeras y he creado un calendario para reservar las salas del centro (aunque luego las profesoras ponen un post-it en la puerta para asegurarse de que todo el mundo sabe que está cogida). A pesar de no tener pizarra digital, sé usarla con un mínimo de confianza, y no se me caen los anillos si tengo que instalar un programa nuevo en el ordenador o renovar el Adobe Flash Player. Mi reto de este año es crear una página web para el centro donde padres y madres puedan tener acceso directo a la información y los y las profesoras puedan acceder a documentos cuando lo necesiten (es un reto considerable porque no tengo ni idea de cómo hacerlo; otro día hablaremos de por qué estas labores que no tienen nada que ver con educar e impartir conocimientos recaen también en los y las maestras, en vez de contratar a profesionales que lo hagan en una fracción del tiempo que me va a costar a mí y mucho mejor, dónde vamos a parar). Cuando decido no usar la tecnología, lo hago porque considero que hay otros medios que cumplen mejor los objetivos de la lección, no porque me dé miedo o no sepa.
Usar bien las apps del móvil
no te convierten en experta/o
tecnológico.
Tenemos un número muy importante de docentes tecnológicamente analfabetos, y la verdad es que las nuevas generaciones no me dan ninguna tranquilidad. Hace unos días hablaba con una informática que hizo también magisterio y me contaba lo mucho que había alucinado con el desconocimiento de sus compañeros y compañeras de facultad en cuestiones informáticas básicas. Sí, controlaban Whattsapp y Facebook con facilidad, pero no sabían qué era Dropbox o Drive y se les escapaban funciones básicas de Word, como hacer un índice al principio del documento sin necesidad de ir cambiando el número de páginas si cambias el contenido. Todavía me encuentro gente que no ha entrado nunca en la página de Educación del Gobierno Vasco porque no tiene la contraseña (página donde está toda tu información laboral, tus nóminas, tus títulos, tu correo electrónico del trabajo, tu puntuación, la información y plazos para el cambio de destino...), y el colmo es cuando te dicen que no lo necesitan, que siempre encuentran a una persona al otro lado del teléfono que les soluciona el marrón cuando llaman. Queremos empezar a comunicarnos por correo electrónico con las familias (algunas profesoras ya lo hacen) y nos damos cuenta de que nuestras compañeras nunca han abierto el correo que les dimos de la escuela el curso pasado. Luego vienen desesperadas a que les eches una mano grabando CDs con los vídeos de los niños y niñas de su clase para pasárselos a las familias, y te miran como las vacas al tren cuando les explicas que es más fácil meterlo todo en Drive y compartirlo con ellos a través de Google Suite. Prefieren pasar horas (muchas horas) grabando los vídeos que mandar un simple email. No sé si tienen miedo al ordenador, a Gmail, a aprender algo nuevo o a hacer el ridículo delante de las familias. Probablemente sea una mezcla de todo.
El año pasado fui a un curso donde una ponente terminó su presentación con una afirmación tajante: no podemos permitir que un docente sea analfabeto tecnológico. Creo que tiene razón. No ya por ese razonamiento sobre que los niños y niñas saben más que nosotras, sino porque la cantidad de horas ahorradas cuando eres hábil frente al ordenador suponen un ahorro de tiempo, esfuerzo y dinero más que digno de tener en cuenta. Algo tan sencillo como aprender a escribir a máquina en un mundo en el que todo, absolutamente todo, se hace ya a través de un teclado debería ser obligatorio para conseguir el título de profesor o profesora. Mucho idioma, mucho inglés, mucha teoría que luego no vuelves a usar ni a ver, pero luego no sabemos explicarles a los críos cómo hacer una búsqueda eficiente en Google. Peor: no sabemos nosotras. Y eso, en un sistema educativo en el que al profesorado se le exige más y se le da menos recursos (incluido el tiempo para preparar sus clases), es mortal.
Si lo de los acentos en castellano (y en español apaga y vámonos) es un mundo y encontrar un modelo estándar que enseñar suele ser un poco pesadilla, ya no te digo nada en inglés, que tiene tantos acentos como hablantes, o al menos eso me parece a mí últimamente. Están los dos más conocidos, el inglés británico y el americano, pero es que dentro de estos hay una gama muy amplia, porque no es lo mismo hablar el inglés de Londres que el de Manchester, o el de Nueva York y el de Austin. Si ya nos metemos con las antiguas colonias inglesas, podemos hablar de las variantes asiáticas en India y Pakistán o el precioso acento australiano o neozelandés, que a mí me encanta y me hace mucha gracia (no sé por qué; no conozco a ningún humorista australiano, pero su acento me suena a chiste).
Quien dice acento, por supuesto, dice también léxico. Tras mi paso por Estados Unidos, donde trabajé siete años, me traje a Vitoria un acento que se parecía más al de Bush que al de la reina inglesa y un bagaje idiomático que poco tenía que ver con los libros que me habían hecho leer en la academia de inglés. Ya no decía biscuit, sino cookie; ya no eran chips, sino French fries, o fries a secas; nunca me subía en el lift, sino en el elevator, y el metro dejó de ser tube para convertirse en subway. Pero claro, ahora estaba en Europa, y el modelo a seguir de los libros y de todo el material disponible es el británico, que me parece un acento mucho más bonito y mucho más difícil de adquirir, así que hice lo posible por moldear mi forma de hablar, empecé a pronunciar de nuevo el sonido "t" intervocálico y recordé que hay que decir "Have you got a pen?" en lugar de "Do you have a pen?", que era lo que a mí me salía. Ahora mismo, mi acento es tal amalgama de sonidos y vocales raras que no tengo muy claro que alguien pudiera ubicarme en el mapa. Vasca, supongo. Ante la duda, siempre vasca.
Esta semana, en sexto, estamos viendo la ropa otra vez (hay temas que se repiten hasta la saciedad, y lo peor es que mis alumnos y alumnas no recuerdan ni una sola palabra de lo que han dado TODOS LOS AÑOS), y una de las prendas que se tienen que aprender es trousers. No me preguntéis por qué, pero esta es una palabra que no me gusta nada y que nunca utilizo, aun sabiendo que es típicamente British y que su equivalente americano, pants, se refiere a la ropa interior en inglés británico. Como me conozco y sé que se me suele escapar, les expliqué que, si alguna vez me oían decir pants, debían saber que quería decir trousers, que para mí eran intercambiables. Una niña de padres nigerianos que pasó sus primeros años de vida en Inglaterra se echó entonces a reír, y entre las dos les explicamos la diferencia de significado. La clase pidió más ejemplos, y a mí se me ocurrió contarles la anécdota que me contaron a mí nada más llegar a California y con la que me ahorré más de un disgusto.
--¿Cómo se dice "goma de borrar" en inglés?
--Rubber --contesta un crío (al resto le costó, ¡ay!).
--Bueno, pues en inglés americano es eraser, porque rubber es condón. Así que nunca se os ocurra pedir a alguien la goma de borrar en Estados Unidos, por si acaso.
En tres años que lleva esta clase conmigo, sé de buena tinta que un par de niños no han aprendido absolutamente nada, ni una sola palabra. Pero fíjate tú que eso sí se lo aprendieron, y se pasaron lo que quedaba de hora (la hora más larga de mi vida) preguntándose los unos a los otros "Have you got a rubber?" en lugar de hacer lo que les había mandado. Capeé el temporal con un número limitado de gritos y de "vale yas" y según salían de clase les dije, como pensando en voz alta:
--Veamos, ¿qué os he enseñado hoy? A pedir condones en inglés. Sí señor, una hora muy bien aprovechada.
Todos y todas me dieron la razón. A ver qué les enseño la semana que viene que vayan a recordar igual de bien.
Últimamente me está dando por pensar que la dichosa globalización solo nos ha traído cosas malas (a excepción de, quizás, estar más comunicados, aunque solo con gente que se nos parece o a quien nos queremos parecer). Doy una vuelta por mi ciudad y me cuesta horrores encontrar una tienda de lo que sea (ropa, zapatos, complementos, comida, muñecos) que no venda lo mismo que se vende en cualquier tienda de cualquier ciudad de cualquier país occidental. Las tiendas bohemias de toda la vida, el mismo mercado de Candem, tan vintage en su época, se han convertido en una amalgama de tiendas donde todo es "made in China" y es imposible encontrar algo realmente original que traer de recuerdo. Las cadenas de restaurantes son las mismas en Canadá y en Madrid, el Zara de Santa Mónica en California tiene hasta las mismas luces y la misma ambientación que el de Vitoria, y el día que encuentre en una tienda o un puesto callejero una manualidad realmente hecha a mano voy a llorar de alegría. Es como si todo estuviera hecho con un mismo molde que alguien ha mandado fabricar, no vaya a ser que alguien se individualice y se salga de madre y tengamos una revolución cultural o algo, válgame dios, porque qué haríamos hoy en día con tanto hippie.
Y lo mismo que pasa con los artículos y los objetos pasa con las ideas. Alguien dice algo que parece tener un poco de fondo (aunque luego arañes la superficie y te des cuenta de que tampoco mucho) y todo el mundo se pone a repetir esa idea, a ampliarla, a darle vueltas hasta marearla, sin preocuparse siquiera por pararse a pensar por sí mismos. "Si lo ha dicho Fulanito o Fulanita, que tanto saben de esto, será cierto", pensamos, y lo damos por bueno. Cuando llega la ocasión de lucirnos, soltamos ese pensamiento que ya está tan manido que ha perdido el sentido y a nuestro alrededor todo el mundo asiente, sí, ya te digo, a qué está llegando el mundo. Después lo hilamos con otra barrabasada que hemos oído o leído o imaginado oír o leer, y ya tenemos conversación en la que todos y todas estamos de acuerdo. O no, que siempre hay algún disidente que lleva la contraria porque sí, sin saber de qué habla, solo porque se aburre.
Una de esas ideas es Finlandia. Finlandia como concepto, Finlandia como término genérico que engloba todo lo que anhelamos y con el que nos comparamos constantemente, sobre todo en términos educativos. Esta semana se me han abierto las carnes con el puñado de artículos cuyo título he ojeado en las redes y que no he querido ni abrir porque ya sentía la presión de la sangre detrás de los ojos y temía que se me saltaran. Según los titulares, el sistema educativo de Finlandia es mucho mejor que el nuestro por dos simples motivos: no hay deberes y no hay reválidas. Fíjate. Tanto rompernos la cabeza y resulta que, con no mandar deberes a casa y no hacer reválidas, ya está. La simplificación del problema en su grado máximo.
Yo, que si algo no soy es simple, no he podido resistirme a hacer un análisis más profundo de las diferencias entre Finlandia y el resto del mundo (que ya no es solo por la LOMCE, en Estados Unidos se comen las tripas con el país del norte también). No pretende ser científico, y tampoco es muy profundo y seguro que mucha gente me puede acusar de simplista, pero os aseguro que va a tener mucho más fundamento que muchas de las cosas que leáis por ahí, aunque por supuesto me puedo equivocar y os permito que me tiréis alguna piedra (de cartón, por favor) si lo hago. Vayamos por partes. (Aclaro que estoy hablando de la educación primaria y secundaria, no la universitaria.)
En Finlandia llevan con la misma ley educativa más de veinte años.
Algo impensable en un país como el nuestro donde cada vez que cambiamos gobierno se cambia la ley de educación. Antes de que empecemos a ver los frutos que está dando, ya nos la han cambiado (de arriba abajo), sin darnos opción a arreglar lo que no está bien del todo y fortalecer lo que funciona. La educación no es un ordenador o un móvil, donde el modelo nuevo siempre es mejor; hablamos de niños y niñas, no de chips y procesadores. En Finlandia lo tienen en cuenta, y gobierne quien gobierne llegan a consensos por el bien de todos y todas.
El gasto en educación va subiendo todos los años.
En Finlandia, en lugar de recortar, todos los años amplían el prepuesto de educación. Los profesores tienen un sueldo más que digno, están muy bien preparados, reciben formación que sirve de algo y están muy bien considerados en la sociedad. Todas las escuelas son públicas, no existen las privadas (y mucho menos las concertadas) y ninguna familia se pelea por entrar en una escuela o en otra porque todas son igual de buenas. No hay colegios con mal nombre porque todo el alumnado y el profesorado es idéntico en unos y otros.
También tienen auroras boreales. Igual ese
es el secreto de su éxito.
El inglés es la segunda lengua y todo el mundo es bilingüe.
Como me decía una chica rusa con la que hice un curso una vez, "en Finlandia se pasan con el inglés y van a terminar perdiendo su idioma" (no llegará la sangre al río, pensé yo), lo que hace que entendamos por qué les cuesta tan poco aprenderlo (y junto con él, dos o tres más). Cuando los críos llegan al colegio (por lo que tengo entendido, por más que no lo encuentro y no puedo probarlo, empiezan en primero, sin escuela infantil), ya saben inglés y ya saben leer y escribir, no empiezan de cero ni vienen de familias donde la frase más oída es "o veo la película o leo los subtítulos", que es lo que pasa en el noventa por ciento de las casas que conozco. Tampoco se doblan las películas, por ejemplo, y hay costumbre de estudiar un año fuera, como mínimo. Los intercambios en el instituto son muy comunes, algo que aquí solo hacen los niños de papá (y mamá).
Apenas hay inmigración.
Y no seré yo quien eche la culpa del estado de la educación a la inmigración, porque ya estaba jodida antes de la explosión migratoria de los últimos años, solo digo que es más fácil dar clase con un grupo cerrado donde todo el mundo habla el idioma a que te vengan niños y niñas a mitad de curso que no pueden comunicarse contigo (y a veces no han estado escolarizados en toda su vida). Ciertas zonas de las grandes ciudades tienen tendencia a atraer este tipo de alumnado, que a su vez convierte el colegio de la zona en uno con un gran número de inmigrantes, lo que suele gustar a las familias locales, que buscan subterfugios para no llevar a sus peques a esa escuela. Y el estado, en vez de echar una mano a estos colegios donde hay más necesidad, termina convirtiéndolos en ghettos, sus alumnos y alumnas no se integran y salen a la sociedad sin tener un solo amigo o amiga local. Luego nos sorprendemos cuando hay problemas de racismo y pensamos que qué estamos haciendo mal. Lógico.
La renta per capita es mucho más alta que en España.
La inteligencia no va de la mano del dinero, pero las experiencias que reciben los niños y niñas sí. Si tú tienes un alto poder adquisitivo, vas a poder llevar a tu familia de vacaciones al extranjero, les vas a comprar más libros, podrás ir al cine con ellos, les vas a poder dar la ayuda que necesitan en términos de profesores particulares, etc. El nivel sociocultural y socioeconómico está muy relacionado con los resultados académicos; en un país en el que el grueso de la clase trabajadora no llega a fin de mes, las posibilidades de enriquecimiento cultural son mucho menores. Y encima, en lugar de ayudar a esas familias y aumentar el número de becas, aquí se recortan y se da prioridad a los que ya tienen ayudas para conseguir las mejores notas. Súper lógico todo.
Finlandia tiene la tasa de suicidios más alta de Europa.
Así que quizás no queramos parecernos tanto a ellos, al menos no en todo. Digo yo.
Ojalá fuera tan fácil como quitar los deberes o librarnos de las reválidas. Ojalá en lugar de copiar modelos educativos que no funcionan (como el británico o el americano) copiáramos a los que lo hacen bien. Pero siempre es más fácil echar la culpa al otro, al que pone los deberes, al que hace las leyes. Porque claro, educar es una tontería que puede hacer cualquiera, basta con una carrera universitaria y algo de paciencia. No es algo que tengamos que hacer a nivel social, con cambios significativos, con una revolución a nivel básico. No, solo hace falta quitar los deberes.
Os dejo con un extracto de la nueva película de Michael Moore donde se explican algunas de las cosas que he escrito yo, y muchas otras que me dejo. La crisis en educación es global. Todos los países copiaron el mismo modelo y ahora todos están fracasando. Menos Finlandia, que supo salir del bache. Ya es hora de que en el resto del mundo nos pongamos las pilas, pero vale ya de ser simplistas y mentir directamente. Los deberes no tienen la culpa del fracaso escolar, y las reválidas tampoco (más que nada porque todavía no han empezado).
Te falta el sujeto y has
hecho una doble negación.
Yes, you do!
Lo reconozco: me he pasado el verano soñando despierta (y dormida, porque he dormido lo que no está escrito). No quiero decir que me lo haya pasado tumbada en el sofá con la mirada fija en el techo y pensando en qué haría yo si me tocara la lotería, que también, sino que me he encargado de los últimos pasos de la publicación de un libro y he soñado con la posibilidad de, algún día, dejar de trabajar en lo que me da de comer y poder dedicarme solo a escribir. El treinta y uno de agosto tenía tal bajón anímico porque se acababa mi simulacro de vida como escritora (solo han sido dos meses, pero la he gozado) que pensaba que iba a enfermar. Y de hecho lo hice, pero no lo suficiente como para no ir a trabajar al día siguiente. Maldita gastritis veraniega que no es capaz ni de darme un poquito de fiebre para alargar las vacaciones.
Sí, este ha sido un año en el que la idea de volver a clase me aterraba. De repente, mi deseo de ser escritora era tan fuerte que me ha hecho replantearme la convicción que he tenido siempre, la de que yo soy maestra porque me gusta, porque he nacido para ello. Llevo veinte años dando clase, sí, pero es que llevo treinta y cinco escribiendo, y por primera vez en mi vida he dado a leer algo que he escrito y, fíjate tú, está gustando. ¿Volver a la rutina? ¿Volver a ver a mis alumnos y alumnas, esos bichejos y bichejas que me dejaron sin voz, esos pequeños monstruos que acabaron con mi paciencia en junio? ¡Con lo bien que estoy yo delante del ordenador haciendo la promoción de Armarios y fulares y tomando una cervecita con la cuadrilla por la tarde! Pero no, el uno de septiembre no perdona (bueno, en realidad no perdona el hambre que iba a pasar si no llego a ir al curro, y pobres gatos, quién les iba a comprar su pienso de gama alta) y no ha quedado otro remedio que ir a trabajar. Saludar a las compañeras. Ponerme a preparar las clases. Pensar en qué voy a hacer este año que supere lo que hice el año pasado.
Y fíjate tú que, de repente, las ganas de pasarme el día escribiendo se han quedado en un segundo plano. Me he acordado de golpe de por qué me metí en la enseñanza; me he acordado de los buenos ratos, de las evaluaciones que me hicieron los monstruos al terminar el curso, de las risas, del subidón que sientes cuando una clase aplaude al verte entrar por la puerta porque toca inglés (o porque se acaban las matemáticas, todo hay que decirlo). He recordado las promesas que me hice el año pasado (más plástica, menos gramática) y a los alumnos y alumnas que no me hacen la vida imposible (o sea, el 99 por ciento del colegio). Y me he dado cuenta, por desgracia, de que nunca tendré la motivación necesaria para ser escritora primero y maestra después. Por mucho que a mi yo escritora le duela reconocerlo, yo nací para ser docente, al menos la mayor parte del tiempo. Es mi profesión, mi vocación, lo que me ha mantenido cuerda estos últimos años. Que sí, que vivir escribiendo es un sueño, pero ¿de dónde iba yo a sacar la inspiración para crear personajes como Alan Peterson si no fuera por mi trabajo?
Hay gente que se pasa la vida buscando una pasión. Yo tengo dos. Puede parecer algo bueno, pero lo cierto es que no lo es tanto. No se puede dar el cien por cien a dos sueños, no se puede ser buena en dos cosas. ¿O sí? Esta primera semana de trabajo ya he comprobado que lo de escribir (una nueva historia y el blog), hacer la promoción del libro, preparar las clases y montar un curso online que me han encargado (no preguntéis, soy masoca) es la definición gráfica de multi-tasking, y no llego a todo. De momento sufre el blog y la promoción del libro. Creo que es lo justo; de otra forma sufrirían mis alumnos y alumnas, y ellos y ellas sí que no tienen culpa.
Alguien dijo una vez que si trabajas en lo que te gusta no tendrás que trabajar un solo día en tu vida. No es verdad: trabajar es trabajo, no placer. Pero sí es cierto que ayuda que te guste. Y yo he venido a restregaros en la cara que tengo la suerte de ser feliz en mi profesión. Aunque ello impida, de alguna manera, que cumpla mis sueños.
Los niños y niñas de cinco años estaban pintando tranquilamente en su rincón, hablando entre ellos de lo humano y lo divino. Yo pululaba entre las mesas poniendo la oreja a sus conversaciones, porque me encanta escuchar qué dicen cuando no se dan cuenta de que un adulto les está oyendo. Oí, por ejemplo, la pequeña discusión que hubo entre uno que decía que "las vacaciones molan" y otro, hijo único, que le contestaba que "no te creas, no molan tanto" (cómo se debe aburrir este crío sin sus amigos, pensé). Y después oí una pequeña reyerta que contenía las inmortales palabras que todo niño o niña, por especial que se crea, ha dicho alguna vez: tú no mandas. Me acerqué a ver qué pasaba.
–Sí que mando, mi padre me ha dicho que yo soy el hombre de la casa –decía S., todo ofendido.
–Pues entonces manda tu madre, pero tú no mandas más que tu madre –le contestaba P., que suele tener respuestas muy maduras.
–Pero cuando mi padre no está, el que manda soy yo, porque soy el chico –insistía S.
Y no pude evitar meterme. Quizás no hubiera debido meter los morros donde no me llaman, pero es que no soporto que todo el trabajo que hacemos en la escuela sobre igualdad de género y demás se diluya por una frase inconsciente de un padre que no es consciente de lo que dice (o peor, es muy consciente y le da igual).
–Cuando papá no está, manda mamá, S., como bien te ha dicho P. En casa mandan los padres.
–No, en casa manda mi padre. Y cuando mi padre no está, yo, porque soy el hombre de la casa.
–Pero tú no eres un hombre, tú eres un niño. Cuando papá no está, manda mamá –insistí yo, cabezona.
–No soy un niño, ¡voy a cumplir seis años! ¡Soy el hombre de la casa!
Yo seguí dale que te pego, pero no había manera. S. no bajaba del burro y yo tampoco, así que me conformé con ver que el resto de los que estaban sentados a la mesa estaban de acuerdo conmigo. No podemos llegar a todos, supongo, y algunos mensajes calan hondo, sobre todo cuando vienen de una figura de respeto como la del padre, que en la cultura de S. se valora más que la de la madre. P. vino en seguida en mi ayuda con una frase que me encantó.
–Mi casa es mi casa, pero en mi casa mandan mis padres –dijo, todo tranquilo, y siguió pintando.
Y ahí dimos por zanjada la conversación, porque para qué seguir cuando se ha resumido tan bien.
El que sabe, enseña.
El que no, trabaja en algo más insignificante.
Hoy, por ser viernes y porque ayer tuvimos examen, he dejado a los peques de tercero hacer un dibujo de la historia que hemos leído los últimos quince minutos de clase. Todos se han puesto a trabajar con más o menos tesón, pero al poco me ha venido un crío, muy ofendido, a quejarse de su vecino de mesa.
–A. me ha dicho que soy tonto porque he repetido curso –me ha dicho S., dolido.
Yo he llamado al susodicho A., que no es mal crío pero tiene la costumbre de decir todo lo que le pasa por la cabeza, y le he echado el discursito de siempre sobre no insultar, no decir a los demás lo que no quieres que te digan y, sobre todo, que repetir no es un pecado y que a veces viene bien. Mientras hablábamos, varios niños y niñas se han acercado a oír nuestra conversación.
–A veces hay que repetir porque no hemos entendido algo bien, o porque necesitamos más tiempo para aprender –les he dicho–. Y a veces tenemos algo dentro de nosotros que no nos deja concentrarnos en los estudios. Porque no estamos bien, porque nos preocupa algo, porque estamos tristes... Repetir no significa ser tonto. Mi hermano repitió tres veces antes de ir a la universidad, y luego sacó la carrera de psicología con matrícula de honor.
Que mi hermano repitió es cierto, pero creo que fueron dos veces, no tres, y lo de la matrícula de honor me lo he inventado porque la ocasión lo merecía, pero sí que es cierto que sacó la carrera con buenas notas. J., otro repetidor, se ha quedado boquiabierto.
–¿Psicología? ¡Si eso es super difícil!
–Ya lo sé. Es que mi hermano es muy listo. Como todos vosotros. Repetir no es de tontos.
–Ya, pero yo no me voy a complicar la vida –ha seguido J., todo seguro de sí mismo–. Yo voy a ser profesor o así. Algo sencillo, que no sea muy difícil.
En ese momento ha llegado la hora de recoger y me he quedado sin turno de réplica. Y menos mal, porque me ha dejado sin palabras.
El otro día me dio por entrar en una de esas páginas de Internet que tanto abundan últimamente con consejos de todo tipo. Esta en particular era "consejos para ser feliz", y, aunque una no está lo que se dice depre en este momento, terminé leyéndola para ver si estaba haciendo las cosas bien (léase con ironía) o tenían algún consejo de esos que te encuentras en el lugar menos insospechado y te hace decir "ostrás" (léase sin tanta ironía). He de reconocer que, de los diez consejos que daba, solo me acuerdo de dos: haz ejercicio (eso ya lo sabía, pero de la teoría a la práctica va un mundo) y, cuando te describas, no te identifiques con tu trabajo. "Eres más que tu trabajo", decía el artículo. Y ahí me paré en seco.
Hace ya meses que lo leí, pero ayer, viendo un capítulo antiguo de una serie que me encanta, lo volví a oír. La protagonista de turno le decía a su marido que ella era psiquiatra, que era lo que le definía, y él le contestaba que no, que era también madre y esposa. Ella insistía y al final los dos se iban enfadados, y yo le gritaba a la tele que ella tenía razón. No porque piense que definirse como madre y esposa sea algo malo (aunque son calificativos que dependen de otra persona, y definirte en referencia a tus relaciones no me parece muy positivo), sino porque yo pienso igual que ella: si hay algo que me defina, es mi trabajo. Soy profesora. Cuando alguien me pregunta "¿y tú qué haces?", no le doy una lista de mis muchos hobbies, o le digo que soy hija, hermana y amiga. Les digo que soy profesora, y enseguida empiezo a dar detalles de mi asignatura, de mi colegio, de mis obligaciones y pasiones. El artículo decía que no era buena idea definirse por el trabajo, pero ¿qué otra cosa habla tanto de mí como lo que hago?
Tengo la grandísima suerte de trabajar en lo que me gusta desde los diez años, cuando enseñé a leer a mi hermano. No todos los días me doy cuenta de esto, pero en cuanto hablo con gente que está a disgusto en el trabajo me doy cuenta de lo afortunada que soy. Estoy a gusto en el colegio en el que trabajo, y eso lo estoy notando en mi nivel de energía: no me importa meter más horas, no me importa preparar cosas en casa, no me importa llegar veinte minutos antes un lunes por la mañana. Busco maneras de ser mejor en lo mío todos los días. Los ojos se me van a los artículos de educación, a las charlas de expertos pedagogos, a los vídeos de Youtube en los que sale Ken Robinson (grande, muy grande). No soy maestra seis horas al día, lo soy siempre. Tengo grandísimas amigas que me aguantan las chapas que les suelto cuando algo me ha salido bien o mal, cuando tengo un mal día o uno excepcionalmente bueno. Ser maestra me define, como me define el saber inglés a un nivel alto o haber vivido parte de mi vida en extranjero. Y todo esto está relacionado con mi trabajo. No hablaría inglés como lo hablo si no me hubiera ido fuera a mejorarlo, y jamás habría tenido la oportunidad de hacerlo si no llego a ser maestra de inglés. Cuando me preguntan "¿qué eres?", mi primera respuesta es siempre maestra. Podría decir mujer, podría decir filóloga. No. Digo maestra. Porque es lo que me define.
No sé si el artículo tiene razón con más gente, pero desde luego conmigo no. A mí mi trabajo me hace feliz. Son incontables los días que he llegado a casa pensando que he disfrutado tanto en clase que lo hubiera hecho gratis (también son muchos, aunque no tantos, los días que pienso que igual en la mina de carbón se sufre menos, así que lo comido por lo servido). Hoy, sábado después del día del trabajo, estoy más convencida que nunca de que la única opción por la que cambiaría mi profesión sería por la de millonaria, y a ver quién es el guapo o la guapa que me dice que no. Eso sí, me escaparía de vez en cuando al cole (lo tengo aquí al lado) para preparar algún proyecto o un teatro con los pequeños, porque la alegría que me dan los niños (cuando están majos) no creo que me la vayan a dar los millones que voy a ganar en la lotería. O igual sí, vaya usted a saber. Os mantendré informadas/os. Cuando me toque.
Hoy en día se ha puesto de moda decir que la educación del país es una porquería y que los adolescentes salen del instituto sin saber hacer la O con un canuto. Nuestro sistema educativo es despreciado, los profesores vilipendiados, los chavales martirizados. Es curioso cómo todas las generaciones han dicho lo mismo, y con cada cambio de plan educativo se han tirado de los pelos y han clamado al cielo que a dónde vamos a ir a parar, que cómo nos hacen esto, que a qué estamos jugando. Será que me pilla de buenas, pero yo creo que no es para tanto. Ni la ley LOMCE va a a hacer tanto daño (más que nada porque va a durar lo que dure el PP en el gobierno, porque lo que toca son asuntos políticos y económicos más que educativos), ni nuestros adolescentes son tan tontos como llevamos años diciendo. Antes de que dejéis de leer y salgáis del blog rebotados y rebotadas por una maestra que no sabe nada, dejad que me explique.
El sistema educativo que tenemos (y que es muy parecido al de otros países de occidente, no hemos inventado nada) tiene la misma base que tenía hace doscientos años. Se agrupa a los alumnos y alumnas por edades, se pone un profesor al frente y se enseña una lección cuyos contenidos ha decidido un comité de sabios que no ha pisado una clase en su vida y que suele estar relacionado con el equipo de gobierno de turno. Los niños y niñas escuchan, toman apuntes, aprenden la lección y se examinan por escrito al final de un periodo de tiempo más o menos corto. Esto lleva así desde el sigo dieciocho, con la diferencia de que antes, cuando solo estudiaban los hijos de papá, el que sabía leer era sabio. Ahora todo el mundo sabe lo básico y todos parecemos tontos. Alguien dijo una ver que más es peor, y yo estoy de acuerdo: es mucho más fácil conseguir que los de las clases altas saquen buenos resultados que conseguir que los hijos de padres analfabetos lo hagan. Otra cosa es que prefiramos una sociedad con un ochenta por ciento de analfabetismo y un veinte muy culto, o un cien por cien de ciudadanos que al menos sabe “algo” (y más que algo, diría yo). Yo lo tengo claro: me aferro a la segunda opción.
Pero me voy por las ramas, no era a eso a lo que iba. Yo quiero defender que los adolescentes de hoy en día no son tan tontos como los pintamos, simplemente los estamos midiendo con un rasero anticuado y les estamos enseñando con unos modelos que, dada la sociedad en la que vivimos hoy en día, ya no son válidos. Los motivos son mil y uno, y no me voy a poner a analizar todos aquí, pero así a bote pronto se me ocurren muchas diferencias con mi generación (y yo dejé el instituto hace veinte años, lo que, visto desde mi edad, no me parece tanto): en la mayoría de los hogares ya no hay una figura materna pendiente de ellos y sus deberes las veinticuatro horas; muchas familias están desestructuradas, algo que no pasaba tanto hace veinte años (el divorcio era todavía casi una novedad); los adolescentes tienen una sobredosis de estímulos con la televisión, el móvil, los videojuegos, etc., que no conocíamos antes; la educación cívica que antes se trabajaba en casa se deja en manos de la escuela en muchos casos; y tantos y tantos otros que un sociólogo definiría mejor que yo. Pero la escuela sigue igual. Intentamos introducir nuevas tecnologías, nuevas formas de enseñanza, pero la mayoría de los profesores siguen sintiéndose más cómodos con la tiza y la pizarra. Incluso los más modernos, los que ya usan el portátil para todo, a la hora de examinar usan papel y boli, como todos los demás, en lugar de dejar que los chavales se expresen de manera creativa. ¿Por qué? Porque no les queda otra. Porque esos chavales tienen que pasar una reválida, una selectividad, un millón de exámenes que serán siempre con boli sobre papel, un ente físico que pueda demostrar si saben o no saben la respuesta correcta (porque, como es bien conocido, toda pregunta tiene una sola respuesta correcta, ¿verdad?). Y luego van a trabajos donde todo es relativo, donde se les pide trabajar en grupo y resulta que no lo han hecho en su vida, o se convierten en profesores creyendo que van a cambiar el mundo y terminan haciendo lo mismo que hicieron con ellos.
No, la LOMCE no va a cambiar gran cosa, porque el único cambio que podría hacer algo pasaría por hacer volar el sistema e implantar uno completamente nuevo, sin nada que ver con el anterior. Y eso no se puede hacer, al menos no de forma sencilla, no con leyes que cambian en cuanto cambia el partido que está en el poder. La LOMCE pasará a la historia como la peor ley educativa de la democracia, pero nuestros adolescentes seguirán siendo igual de “inútiles” bajo nuestros ojos porque les estaremos haciendo las preguntas equivocadas y, encima, estaremos esperando la misma respuesta de cada uno. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. En lo que respecta a la educación, me temo que vamos a seguir dándonos de hostias con la misma pared durante varios siglos más.
(Os dejo con un vídeo que lo cuenta mucho mejor que yo. Sir Ken Robinson defiende varios aspectos con los que estoy totalmente de acuerdo, aunque, por desgracia, no dice nada sobre cómo cambiarlos.)
El otro día tuvimos reunión del OMR, el órgano de máxima representación del colegio. La dirección presentó a un grupo de familias y profesoras el calendario del año que viene, las cuentas y un número de proyectos para el curso próximo, y todas asentimos con la cabeza sin saber muy bien qué decir. Salí pensando que, aunque ir supone un esfuerzo y hay madres (y profesoras) que podrían meterse un calcetín en la boc
a para evitar hablar tanto y decir tanta tontería, me gustaría formar parte más activa en la vida del colegio. Quién sabe, me dije, igual el año que viene quede una plaza vacante en el equipo directivo y podría meterme de secretaria o jefa de estudios. Directora no, eso ni en broma, que ella es la que lidia con todo el pueblo y para eso no valgo. Pero secretaria… Redactar las actas, tomar notas, encargarme de atender a las familias y del papeleo, llevar el material… Un cambio de aires no me vendría mal. Y el trabajo de la jefa de estudios, aunque duro, me parece muy llamativo. Ver todo el sistema por dentro, organizar el claustro, encargarse de horarios y de los proyectos del centro, y ese millón de pequeñas cosas que caen en sus manos y que no se ven pero ahí están. Directora no, eso ni de coña, pero las otras dos pase. Yo papeles, eso sí, papeles y mucho movimiento. Subir y bajar, buscar a Fulana y Mengana, organizar reuniones y el plan de centro. Eso sí, eso me gusta.
Todo esto lo pensaba camino al coche, y cuando atravesé la plaza que da al parking en el que lo había dejado me encontré con un grupo de niños de las clases de cuatro y cinco años. Todos empezaron a gritar mi nombre y yo, que iba con prisa porque quería llegar a casa cuanto antes, les saludé con un rápido aspaviento y un “hello, hello, see you tomorrow”. Ellos se despidieron con un “Ruth, I’m fine, thank you” que me hizo sonreír, y después se acercaron a la barandilla que separa la plaza de las escaleras que bajan al aparcamiento y me cantaron la canción del perrito que protagoniza nuestro libro de texto. Llegué al coche con una sonrisa.
Quizás no sea tan buena idea, ni tan importante, conocer la escuela por dentro, me dije entonces. A veces, con saber que tu trabajo lo haces bien y la gente está a gusto es suficiente. Sobre todo si esa gente son pequeños monstruos de cuatro años que no distinguen una despedida de un saludo, pero con tal de hablar en inglés lo usan igual.
Estoy convencida de que, en un futuro no muy lejano, algunas aulas de secundaria y quizás tercer ciclo de primaria (o más pequeños aún) podrán ser manejadas solo con un ordenador. Una máquina que tenga la programación de todo el año será la encargada de la formación de nuestros niños y niñas a base de power-points, trabajos en la pizarra digital, exámenes de respuesta múltiple y demás, y la única persona adulta responsable de esos niños será el programador o programadora del dichoso ordenador, que ni siquiera tendrá que ser docente. La máquina estará preparada para dar la materia al nivel que cada niño o niña necesite, dando refuerzos allá donde donde fallen, graduando la materia dependiendo del resultado de la última prueba. Los y las que vayan bien irán muy bien y los y las que necesiten de ayuda extra la tendrán. Incluso se podrán hacer trabajos en equipo, estoy convencida.
Lo peor de esto es que no lo veo como algo malo. Como leí el otro día, aquel profesor o profesora que pueda ser sustituida por un ordenador merece serlo. Hay seres humanos en nuestras clases que son mucho peores que una máquina, porque se les presupone una humanidad de las que muchos y muchas carecen. Un ordenador, por ejemplo, no vendrá con ideas preconcebidas sobre los gitanos y “los moros” (así, en grupo grande, porque todos son iguales vengan de donde vengan y hablen el idioma que hablen), cosa que nosotros y nosotras hacemos a diario. La falta de toque personal ya está presente en muchas aulas; la profesora que dice que “si ya sale para ayudas con la PT, yo no tengo que hacer nada con ella en clase”, o el profesor que sale de su clase a grito de “¡son tontos, son todos tontos!” podrían ser sustituidos por un PC de los que tú y yo tenemos en casa y se notaría la diferencia, sí, pero a mejor. La formación académica de los y las alumnas mejoraría. Quizás muchos y muchas mejoraran sus relaciones interpersonales, a base de chats y juegos de rol, conferencias por Skype con otros lugares del mundo, trabajos que luego colgar en la red para que un programador o programadora pueda utilizar para la semana de la interculturalidad, cosas así. No, no sería malo que en algunas aulas el único a cargo de la educación de nuestro futuro fuera un ordenador. Se contratan monitores con conocimientos de artes marciales para cuidar el patio y listo, ya tenemos una escuela. Criaríamos seres que no saben lo que es ser queridos fuera de su casa, que no tendrían contacto con ninguna figura “de poder” fuera de su padre y de su madre, pero qué demonios, algunos ya lo están viviendo ahora.
De momento, y previendo el día en el que yo sea una de esas profesoras, voy aprendiendo todo lo que puedo de informática para el futuro, que una nunca sabe cuándo un PC (en mi caso será un Mac) te dará mil vueltas como ser humano, y tampoco es cuestión de quedarse en el paro. Voy a empezar con el power-point, para aprender a meter palizas en formato filmina que les haga saltar lágrimas de aburrimiento. Para algo soy maestra, leches, esto de desmotivar a los peques lo llevo en la sangre.
Una de las cosas que más recuerdo de mi temporada como profesora en Estados Unidos es la cantidad de cursos, seminarios, charlas y demás a las que tuve que asistir. Eran tiempos de bonanza económica; Schwarzenegger (he tenido que buscar su nombre en la Wikipedia, no sabía escribirlo) llevó al estado a la bancarrota cuando yo me fui, pero mientras yo estaba allí, California era la cuarta economía mundial (California, no EEUU), y eso se traducía en cursos pagados aparte para los profesores. El noventa por ciento de aquellos cursos eran insufribles; una serie de personas que se autodenominaban expertos porque así lo habían decidido ellos y ellas nos hablaban de las fantásticas metodologías que habían descubierto en sus siete largos años de experiencia como profesores en un colegio privado y altamente elitista. A nuestras preguntas de qué hacemos con los niños y niñas que nos llegan de México sin hablar una palabra de inglés y que se ven obligados a tomar los exámenes estatales a las dos semanas de llegar, ellos y ellas se nos salían por la tangente y nos hablaban de las virtudes del método de Houghton Mifflin, en el que todos los niños y niñas, en todas las clases, estaban en la misma página en cada momento del día, porque eso era lo que una buena profesora hace: tratar a sus alumnos y alumnas como ovejas idénticas.
Vamos, que no aprendí nada.
Solo una vez, en una charla sobre motivación o vaya usted a saber qué, oí algo que me llamó la atención. Nos contaron (o lo leímos, ya no recuerdo) cómo una profesora se llevó una sorpresa un día cuando una madre vino a darle las gracias por el cambio que había notado en su hijo. "Eres su profesora favorita", le dijo. "Nunca le había visto tan motivado, con tantas ganas de estudiar, con tanta energía. Se siente especial en tu clase". La mujer tuvo que hacer un esfuerzo del quince para acordarse siquiera de la cara de este chaval, y cuando por fin lo localizó, no se podía explicar el porqué del cambio. Analizó todos sus actos, todo lo que había dicho en clase que pudiera haberle afectado de alguna manera, y por fin dio con el momento. Durante una exposición oral, uno de sus alumnos había empezado a hablar para el cuello de su camisa y ella le llamó la atención. "Mira a Fulanito", le dijo, señalando al niño en cuestión, sentado en la última fila. "Él es el experto, le estás hablando a él. Te tiene que oír, habla más fuerte". No lo dijo porque Fulanito fuera el experto, sino porque era el que más lejos estaba sentado. Pero se sintió experto. Y actuó como tal.
Cuando oí la historia, pensé en todas las cosas que hacemos que afectan a los chavales y de las que no nos damos cuenta el noventa por ciento del tiempo. Cómo les marcamos sin querer, cómo les animamos o les hundimos con un simple gesto. Una intenta ser cuidadosa, pero siempre se escapa algo. Y estos días me he dado cuenta de que a mí también se me ha escapado algo.
Antes de Navidad llegó un niño nuevo a primero. El chico, P., es un bendito, pero el pobre no sabe hacer la O con un canuto (o no sabía, porque va espabilando). La profesora le sentó en la primera mesa que pilló, solo en una esquina, para poder sentarse junto a él y echarle una mano sin molestar a ningún compañero; a mí no me gusta que los chavales se sienten solos en la clase de inglés porque siempre hacemos trabajos por parejas y me gusta que se ayuden. Cuando entré, vi un sitio libre junto a R., un chaval majo pero completamente normal, que no despunta ni por arriba ni por abajo, que trabaja lo que trabaja cualquier niño de seis años y juega cuando los demás juegan. "P., en la clase de inglés quiero que te sientes al lado de R., para que te ayude", le dije. R. se creció. Cogió a P. bajo su ala y se esforzó en ayudarle lo más posible, lo que significa que primero tenía que prestar atención él para poder explicárselo después a su compañero. Su actitud, que nunca fue mala, ahora es maravillosa; su participación, del mil por cien; cualquier cosa que hagamos en clase, cualquier ayuda que pida, R. está ahí para mí. P. ya no se sienta a su lado, está con otro geniecillo, pero R. es el ayudante por excelencia, y lo hace de cine. No da respuestas, ayuda a conseguirlas, nunca traduce lo que yo digo pero señala pistas en el libro. Y sé (o quiero pensar, permitidme un pelín de ego) que todo fue por ayudar a P. Y el único motivo de que lo eligiera a él es que tenía un pupitre vacío junto a él.
Lo que me lleva a pensar lo de siempre: si tan fácil es subirlos al cielo, ¿cuán fácil es hacerlos caer?
Una de las cosas más importantes que una persona que se dedica a la educación tiene que tener en cuenta es la autoestima de los y las alumnas que tiene delante. Ya sean niños, adultos o adolescentes, creer en uno mismo marca muchas veces la diferencia entre el fracaso y el éxito y, aunque la vida da muchas vueltas y no todo está bajo nuestro control, hay muchas maneras de ayudar a aquellos y aquellas que tenemos en clase.
Os dejo un vídeo que he encontrado por ahí que demuestra claramente qué poco cuesta hundir a un grupo de personas. Sencillo y claro, y por eso mismo muy efectivo.
Últimamente estoy zen. No sé si es la expresión apropiada, si se puede "estar" zen o se debe "llegar" al zen. Me da igual. Estoy zen. Estoy feliz, llena de vibraciones positivas, optimista, dispuesta a ver solo lo mejor de las personas que me rodean. Pero a veces es difícil.
Hoy a la hora del recreo charlábamos sobre lo humano y lo divino, sobre el gimnasio y la peluquería, sobre las galletas y sobre los niños, y también, un poco, sobre temas educativos y demás. Una profesora a la que, por decirlo fino, no respeto mucho como profesional, decía que ella solo llamaba a los padres de los niños que iban mal, y que se negaba a dar entrevistas a los que iban bien. Yo le he dicho que, cuando era tutora, no llamaba a los que iban bien, pero que si querían hablar conmigo nunca me negaba porque también está bien dar buenas noticias y decirles lo que hacen bien (tanto para ellos como para mí). Y ella ha dicho que sí, que ella, cuando era joven e idealista, también pensaba que podía tener alguna influencia en los niños y "perdía el tiempo" (tal cual) hablando con los que no lo necesitaban, pero que con los años se había dado cuenta de que no podía cambiar nada; así que ahora se limitaba a hablar con los padres "por llenar el expediente, porque ya sé que van a seguir igual".
-El día que yo llegue a eso -le he dicho-, me meto minera. Yo no podría trabajar pensando que lo que hago no marca una diferencia.
Y se ha picado. (Normal; entiendo que mis palabras no han sido las más adecuadas, pero es que me ha salido del alma.)
Y entonces ha empezado a despotricar sobre lo poco que se ayuda a los profesores, sobre cómo hay que ayudar a los que peor van "y no a esos con los que te juntas tú, porque a los buenos les enseña cualquiera" (casi me la como, pero en fin), sobre el hecho de que no tenemos suficientes horas de apoyo para los inmigrantes que han llegado este año y no hablan castellano (ya no entramos en el euskera) y las horas libres que ha "desperdiciado" quejándose en secretaría... Y yo me he tenido que callar y no recordarle sus comentarios de "a esas, que las ayuden sus padres, si no quieren que repitan, yo me lavo las manos; ah, no, yo no pienso modificar los exámenes que doy a toda la clase para los cuatro disléxicos que tengo, de eso que se encargue el de apoyo; uy, sí, para darles deberes estoy yo, ¿y luego quién los corrige?", y un largo etcétera con el que me torturó todos los recreos el año pasado y que ha conseguido que se me atragante cosa mala.
Es cierto que han reducido el personal. Es cierto que nos han dado 15 horas de especialista de lenguas, que se quedan en siete lectivas porque la profesora tiene permiso de lactancia hasta enero y nadie cubre esas horas. Es cierto que tenemos los horarios copados y no hay personal ni para sustituir a los profesores que se ponen enfermos. Pero yo no puedo evitar pensar que esa profesora que se ha pasado las horas protestando en la secretaría (que, no olvidemos, está compuesta por profesores liberados que ni pinchan ni cortan) podía haber empleado su tiempo en adaptar material para esos dos niños de su clase que no hablan el idioma, o haberlos sacado ella misma de la clase de inglés/música/gimnasia para darles ese apoyo que tanto pide. Parece haber olvidado que la tutora es ella, y que si tiene un niño con problemas, la responsabilidad es suya. Y con gritarme a mí que "todas hacemos lo que podemos y lo mejor que sabemos" (cuando no es verdad, pero en fin) no va a solucionar absolutamente nada.
Se ha llevado el tema a la comisión pedagógica y se ha llegado a la única conclusión posible: vamos a tener que organizar las horas libres del profesorado para cubrir esas ayudas que se nos niegan desde la administración. A ver qué cara pone la tía cuando se entere. Mañana intentaré sentarme lo más lejos posible de ella, no vaya a ser que las malas vibraciones se contagien.
Tania es una pitufilla que cumplió siete años en febrero. Si tuviera que describirla con una sola palabra, sería "burbujeante". Toda ella es vida, toda ella energía. El primer día de clase con ella, casi me da un infarto. Este año estoy deseando que me toque su clase para verla.
A Tania le encanta el inglés. Lo disfruta como la enana que es, intenta hablarlo constantemente, con su media lengua y toda su buena intención. Su clase no es una clase que sepa estar quieta y escuchando, hay que mantenerlos entretenidos todo el rato, y ella es el mejor ejemplo. Allí todo son juegos, algo que les haga hablar. Y Tania es, hablando mal y pronto, la puta ama.
Ayer terminó la clase y ella se fue a la puerta para esperar a su tutor. Se me quedó mirando mientras yo recogía las cosas con esa cara de pilla que tanto me gusta y sonrió.
-Ruth, come here (gesto con dedo incluído). -Okay. (Voy hasta ella.)Yes, Tania? (Tania me coge de la bata.) -This is fabric? -Yes, Tania, this is made of fabric. (Hemos aprendido los materiales de las cosas.) (Me coge del pelo.) -This no fabric. -No, this is hair. It's on my head. (Estamos dando el cuerpo.) -Okay. Goodbye.
No es Shakespeare, no va a ir a la universidad el año que viene, no le sirve para aprobar ningún examen. Pero se comunica. Y habla. Y le gusta. Estaba probando su capacidad de comunicarse con alguien, y lo consiguió. Y a mí, que la veo sólo dos horas y media a la semana, se me caía la baba cual madre orgullosa, así que no me quiero imaginar cómo les tendrá en casa.
(Voy a advertirle al tutor que si un día no la encuentra me la he llevado yo...)
Me da la sensación de que en épocas pasadas hubo más genios en literatura que en la época que nos ocupa. O puede que sea que sufro de vista cansada y soy de esas que no puede ver el genio más que cuando se aleja, ya sea en el tiempo o la distancia. Pienso en el por qué, y se me ocurre una opción que va a sonar escandalosa: la universalización de la educación.
Antes sólo sabían escribir unos pocos, y esos pocos, además, solían tener los medios para dedicarse a ello sin preocuparse de poner comida en el plato. También nacían rodeados de libros y de gente culta con conversaciones inteligentes y filosóficas que nunca arreglarían los males del mundo, pero tampoco les hacía falta. Había genios en las clases bajas, claro que sí, pero sin esos medios se disolvían y desaparecían y nadie volvía a saber de ellos. Hoy nos queda Keats y algún alma desdichada más, pero son los menos. La literatura, desgraciadamente, entiende de clases. Menos, quizás, en nuestros días. Pero me cuesta pensar un nombre que equiparar al de Keats, o a Calderón de la Barca.
Hoy todo el mundo escribe. Quien más quien menos lleva un diario. Algunos escriben cuentos, o cartas que luego queman. Todos hemos escrito poemas a los quince años. La escritura -que no la literatura- abunda, pero los genios escasean. ¿Será porque ahora lo tenemos demasiado fácil y no hay que luchar tanto por ello? ¿O será porque la educación que recibimos es la peor que se puede recibir para crear genios?
La educación gratuita y obligatoria ha conseguido que el analfabetismo se reduzca a números simbólicos. Ha conseguido que niños y niñas con pocas posibilidades de aprender nada por sí solos -por condiciones socioeconómicas, por problemas cognitivos, por un millón de razones- lleguen, cuando menos, a un mínimo. Pero también coarta el genio. La educación es una talla única, donde todos los niños y niñas tienen que estar en una zona determinada, con suerte no por debajo de ella, y por desgracia, tampoco por encima. Porque a veces no distinguimos el genio del descaro, el experimentar con el ser descuidado.
Ayer, unas niñas de cinco años decidieron pintar el dibujo que les había dado poniendo plana la pintura y pasándola por todo el dibujo; luego delinearon el contorno del oso que estaban coloreando y me lo enseñaron, orgullosas. Yo, sin pensar, les dije que era una chapuza -no con esas palabras, claro-, que se habían salido de la línea, que así no se pinta. Y ellas corrieron a borrar lo que habían hecho y a utilizar las pinturas como todos los demás. Me di cuenta demasiado tarde de que acababa de hacer lo que, como estudiante de magisterio, me juré que nunca haría. Pinta por dentro de la línea. Vamos, hombre, ¿de dónde ha salido eso? ¿Cuándo me he convertido en una de esas profesoras?
Es difícil ver el genio. Supongo que hay que estar al loro, que hay que estar buscándolo todo el rato: en las palabras sueltas que escribe una niña de cinco años, en las redacciones de una de doce, en los dibujos que parecen mal hechos pero en realidad son una forma de experimentación... Me gustaría decir que soy de esas profesoras que estimulan la creatividad, pero los hechos prueban que no lo soy. Prometo mejorar. No sé si de mis aulas saldrá alguna vez un genio, pero los pienso buscar con avidez. Todo se andará.
Este mes me tocan las reuniones con los padres. A pesar de que solo dos de mis alumnos necesitarían que sus padres les leyeran la cartilla, me gusta juntarme con todos en el primer trimestre y dejar que las circunstancias digan si les tengo que llamar más o no. Normalmente, yo no hablo mucho y son ellos los que me cuentan vida y milagros de sus hijos. Me encantan estas charlas porque me ayudan a conocer mucho mejor a mis alumnos y a sus familias. Hoy hasta me he reído un poco.
Tengo un alumno algo inquieto, muy listo y que no estudia todo lo que debería. En una clase "normal", no sería un niño que llamara la atención, pero como mi grupo tiene un nivel muy alto, canta porque es el único que tiene una media de seis en los exámenes. Le he comentado a la madre que tiene que estudiar más. Ella me ha dicho que cómo se supone que tiene que hacer eso, cuando está todo el día detrás de sus cuatro hijos (¡cuatro!, ¡y un par de gemelos!) para que trabajen y le toman por el pito del sereno. La buena mujer está tan desesperada que acude a la escuela de padres, una reunión quincenal con un psicólogo que les ayuda con ciertas pautas de conducta con los niños.
-Que les castigue, dice -me cuenta-. ¿Qué se cree que hago? ¡Si hace un año que no ven la tele! No tienen consola, les obligo a estudiar al mediodía, se sientan conmigo a leer... Su padre y yo hemos decidido que ya no van a seguir yendo a fútbol, a no ser que mejoren las notas, y les voy a desapuntar de inglés porque se lo toman a cachondeo. Que no están motivados, dice... Casi le tiro la silla. La semana pasada ya ni fui. Estoy de recetas mágicas hasta el gorro.
Ese es el problema. Los educadores, los psicólogos, los profesores, nos dedicamos a dar recetas de talla única que deben servir para todos los niños. El psicólogo de la escuela llegó a decir que no existe ningún niño que se conforme con un aprobado pudiendo sacar más; yo no sé dónde ha estudiado ese psicólogo, porque podría mencionarle una lista interminable de nombres en mi corta vida profesional. Damos sentencias. Nos creemos con la verdad en la mano. Pero luego hay que estar ahí, día a día con el monstruo de turno, luchando porque se levante a su hora y se ponga la chaqueta cuando hace frío. Todo se ve muy bonito cuando el libro asegura tener razón.
Me temo que voy a seguir lidiando con este chaval el resto del curso. Con que deje de reírse de los compañeros que no se saben la lección -cuando él es el primero que no se la sabe nunca-, creo que me conformo. Aunque siga sacando seises todo el curso.
¿Hay algo más desalentador que una compañera de trabajo a la que no le guste su trabajo? ¿Hay algo peor que llevar treinta años haciendo algo que elegiste sólo porque tus amigas estudiaban esa carrera y decidiste que no querías estudiar sola? ¿Hay algo que chupe más energías que hablar con una persona que todo lo ve negro, para lo que todo es negativo y que no quiere aventurarse en nada nuevo porque ya ve la jubilación cerca?
Me acabo de enterar de que Michael Phelps se ha acordado "cariñosamente" de una profesora de lengua de la secundaria que le dijo que nunca llegaría a nada en la vida. Se lució, la señora.
Esto me vuelve a demostrar, como ya he sabido siempre, que hay gente a la que no se le puede dar posiciones de poder. Un docente tiene una posición de poder; tiene el control de mentes en formación y, nos guste o no, los críos se suelen tomar a pies juntillas lo que decimos, aunque estemos equivocados. El gran error es creérnoslo nosotros también.
Yo jamás he juzgado a ninguno de mis alumnos en clase. Es más, sé que tienen más posibilidades de triunfo esos niños y niñas que nunca prestan atención, que están más preocupados por actividades extraescolares o que pasan olímpicamente de lo que su profesora o su madre puedan decirle. Demuestran una seguridad en sí mismos que no poseen los alumnos más aplicados de clase, esos que siempre se preocupan por la nota del último examen, aunque me cuido muy mucho de decírselo a unos y a otros, claro. Además, con las vueltas que da la vida y todas las características de un ser humano, ¿cómo puede la profesora de una sola asignatura decir si un chaval va a triunfar o no? Yo era pésima en física, y no me ha ido nada mal. Si mi profe de física me llega a decir que iba a fracasar en la vida (ganas no le faltaron, cómo se reía de mí cada vez que suspendía, qué cabrón era el tío), quizás me hubiera hundido y me hubiera apartado de mi vocación, la enseñanza. O, quién sabe, quizás hubiera sido campeona olímpica y ahora sería la mejor nadadora de todos los tiempos (eso va a ser que no: la de gimnasia nunca me lo dijo porque era una bellísima persona, pero ella sí que podía haberme dicho "maja, no te dediques a esto").
Imaginaos lo que le tuvieron que escocer a Phelps las palabras de su profesora para acordarse de ella en un momento como el que está viviendo. Me gustaría ver la cara de ella, que seguro que lo ha oído y se ha reconocido en sus palabras.