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De lecturas veraniegas o confesiones lectoras.



En verano no se leen los mismos libros que se leen a lo largo del curso, o al menos yo no lo hago. El buen tiempo y el cuerpo festivo no me permiten concentrarme en lecturas que disfrutaría como una enana en invierno, cuando el temporal azota las ventanas y no te queda otra que quedarte en casa un domingo, con un té calentito al lado, los gatos en el regazo y ese tomo de buena literatura que te deja atada al sofá durante horas. La buena literatura (lo que quiera que eso signifique) es para disfrutarla despacio y con mucho tiempo de lectura; dos horas seguidas leyendo en silencio, sin más sonido que el de la lluvia afuera, los cinco sentidos puestos en lo que estás leyendo. Bajar el libro, pensar en una frase que acabas de leer y soltar un “ostrás” de admiración. Eso en verano no me sale. 
En verano leo libros que yo considero de encefalograma plano. Libros que, digámoslo abiertamente, me daría vergüenza que alguien me viera leer en público (benditos libros electrónicos, por qué no los habrán inventado antes). Tienen que ser lecturas que me permitan levantar la cabeza del libro, mirar a la cuadrilla de adolescentes que pavonean con las plumas bien extendidas al pasar delante de la terraza del bar, sonreír con nostalgia y volver a la lectura sin la sensación de haberme perdido nada; lecturas que me permitan hacer planes mientras leo (¿voy esta tarde a la piscina o llamo a las amigas?) o pensar en lo que me voy a poner de cena que esté rico y no engorde, y aún así poder seguir el hilo de lo que estoy leyendo. Lo mejor son las lecturas de playa, esas que puedes dejar a media frase para ir al chiringuito y luego retomar dos frases más adelante o más atrás como si no hubiera pasado nada. Eso no lo puedes hacer con algo profundo. 
Este verano llevo leídos una docena de libros, aunque la cifra es engañosa porque algunos tenían más de ochocientas páginas y deberían contar como dos. No todo ha sido lectura veraniega (los libros “fáciles” son como los chuches, llegas a empacharte), también he leído a Irene Nermirovsky, a Ana María Matute (¡por fin!) y hasta me dio por leer a Nietzche (lo empecé justo antes de que me dieran las vacaciones y después de los exámenes, cuando todavía estaba en modo empollón), pero el resto han sido tan de pasar el rato que no sería capaz de decir de qué iban. Ahora estoy con uno de Stephen King, a quien no había leído nunca y me está sorprendiendo porque, superventas o no, el tío sabe escribir (y enganchar; cómo si no iba a poder permitirse libros de mil páginas). Cuando lo acabe… Quién sabe. Ahí me esperan Ulysses en su versión original en inglés, Crimen y castigo, Guerra y paz, A tale of two cities y un librito pequeño con un cuento de Virginia Wolf, entre otros. También tengo toda la bibliografía de Stephen King en el libro electrónico, así que vaya usted a saber. 
Se va acercando septiembre, el tiempo en Vitoria es un asco y mis neuronas me piden ya platos finos. He hecho acopio de tés variados, tengo ya la manta preparada y, lo que es mejor, no tengo que preocuparme por las asignaturas de filología inglesa que vaya a coger este año. Sí, creo que cuando termine lo que estoy leyendo voy a coger, por fin, un libro físico y a sacarlo a pasear, o mejor, aprovechar los últimos días de asueto para poder encerrarme con él y dar buena cuenta de sus páginas. Aunque, como haga bueno, algún otro “chuche” caerá. Que Dostoievsky no mezcla bien con los grupitos de adolescentes disfrutando los últimos días de verano. 

Libros de 2011

Iba a esperar unos días para poner la lista de los libros leídos este año, pero dudo mucho que en tres días termine ninguno más, teniendo en cuenta que estoy con un par que no desmerecen a la Biblia. Este año ha sido un poco extraño en lo que a lecturas se refiere. De enero a junio he leído mucho menos que otros años, por eso de preparar oposiciones y acabar el día demasiado cansada para hacer nada; de junio a diciembre, sin embargo, recuperé la sana costumbre con ansia, así que al final he leído la misma cantidad de libros que en otros años, pero más concentrados. También me ha dado por ampliar un poco los géneros y los idiomas; al castellano y el inglés les he unido este año el euskera, idioma en el que no leía porque me costaba mucho por falta de práctica y al que ya le he cogido el tranquillo. Aparte de novela he leído otro tipo de libros, algunos de no-ficción (algo muy raro en mí). Y cómics, también han caído cómics. Vamos, que ocupada he estado un rato.

Ahí va mi lista; mejor dicho, listas, que va por géneros.

No ficción:

  • Migraña: una pesadilla cerebral, Arturo Goicoechea: Parecerá una tontería (y probablemente lo sea), pero después de leer este libro dejé el tratamiento de la migraña y no he vuelto a tener ninguna de la categoría de las que tenía antes. No sé si será el efecto placebo, y me da igual. A mí me ha funcionado.


  • Tu primer millón, Pedro Queiroga: Ahorra todo lo que puedas (hasta el punto de reducir tus necesidades a lo mínimo), inviértelo en bolsa y muérdete las uñas esperando a que crezca sin perderlo. Vamos, una pérdida de tiempo y dinero. Más me hubiera valido invertir los veinte euros que me costó en, no sé, pipas.


  • Cambia tu cerebro, cambia tu cuerpo, Daniel G. Amen: En mi defensa diré que estaba pasando por una etapa de bajo ánimo cuando compré el libro. Una sarta de perogrulladas que no hacían más que contradecirse unas a otras y que terminaron de ponerme de mala leche. Otra pérdida de tiempo y dinero.


  • Telesailak, Varios autores: Un entretenidísimo estudio sobre algunas de las series de televisión americanas más conocidas desde el punto de vista de distintos escritores. Muy ameno. Recomendable a todo el que sepa euskera, porque me temo que no hay traducción.


  • Ficción:

  • Poem a Day, Anthology: Antología de poemas entre las que descubrí algunas joyas. Mi único acercamiento a la poesía de este año, aunque me esperan obras de Emily Dickinson y Keats entre los libros por leer. A ver si caen.


  • The Reader, Berhard Schlink: Preciosa, conmovedora, sorprendente. Recomendadísima. En mi completa estulticia, lo compré en inglés sin saber que el original estaba en alemán.


  • The Road, Cormac McCarthy: Otra maravilla. Historia depresiva y nihilista como las haya, me hizo pasar hambre, frío y angustia, pero de eso se trataba, ¿no?


  • ¡Chúpate esa!, Christopher Moore: Último libro que leo de este hombre. Supongo que él siempre ha escrito así, que la que ha cambiado he sido yo, pero me pareció tan horrible que hasta le grité. Al libro. Y a él un poco, por Twitter.


  • Pasio hutsa, Annie Ernaux (no sé cuál es el título original): Me lo pasó una amiga. Fácil de leer, tengo buen recuerdo aunque ni siquiera recuerdo la historia (lo que no es muy buena señal). Mi primer acercamiento a lecturas en euskera.



  • To the Lighthouse, Virginia Woolf: Me costó mucho terminar este libro. Difícil, complejo, pero satisfactorio, no sé cómo explicarlo. Creo que tengo que releerlo, a ver si me quedo con algo más.


  • Dubliners, James Joyce: El libro que me ha hecho hacer las paces con Joyce. No, más aún: el libro que ha convertido a Joyce en uno de mis escritores favoritos. Tengo imágenes de estos cuentos grabados en la memoria, tan visuales son. Nadie como él para describir una calle de noche. De obligada lectura para quien quiera conocer un poco a Joyce y no se atreva con el Ulyses (con el que no me atrevo ni yo).


  • El último Dickens, Mathew Pearl: Creí que me iba a gustar este libro porque me había leído La sombra de Poe y El club Dante, pero, o no recordaba bien aquellos títulos, o yo he cambiado, o este libro ha empeorado, porque no me gustó nada, nada, nada.


  • Fikzioaren izterrak, Ur Apalategi: Primer escritor euskaldun que leo en años, más aún en euskera. Preciosa colección de relatos que ha ganado varios premios. Me encantó. No creo que esté traducido, y creo que será muy difícil reflejar ciertos aspectos que cuenta, pero merece la pena leerlo.


  • El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Marquez: ¿Qué decir de este libro que no se haya dicho ya? Mi pregunta es: después de nacer este hombre, ¿por qué siguió escribiendo la gente? ¿Para qué?



  • The Fry Chronicles, Stephen Fry (audiobook): Ir muerta de la risa por la calle y que todo el mundo se vuelva a mirarte pensando que estás loca. Esa es la sensación que recuerdo. Hats off to you, Mr. Fry.


  • La Regenta, Clarín: Leí este libro media docena de veces cuando era adolescente, pero era la primera vez que lo leía de adulta. Impresionante. Me he dado cuenta de que no había entendido ni la mitad de las cosas que se cuentan en el libro, que tiene una profundidad de kilómetros. Obra maestra donde las haya.


  • Lolita, V. Nabokov: No era lo que me esperaba, sino mucho mejor. Lo leí por ver de qué demonios hablaba todo el mundo y terminé enamorada de la historia, pero sobre todo del lenguaje. Precioso.


  • Las niñas perdidas, Cristina Fallarás: Esta mujer no defrauda. Novela negra, negrísima, muy bien escrita y con algunas escenas que te hacen querer vomitar. Final doloroso donde los haya. Genial.


  • Persuasion, Jane Austen: No voy a ser capaz de decir nada que no se haya dicho ya, así que me limitaré a decir que me encantó. Como todas las de Jane Austen.


  • Ana Karenina, L. Tolstoi: Emocionada por el éxito con La Regenta, me animé a leer otra de mis obras de juventud. Con esta, sin embargo, me llevé un chasco. Mi yo feminista se rebeló contra muchos aspectos: solo un hombre podría crear una mujer tan volátil e irreal como Ana.


  • The Catcher in the Rye, J.D. Salinger: Eterna. Universal. Genial. Grandiosa. Todo lo que se diga de esta novela es poco. Uno de esos libros que guardo para releer de vez en cuando.


  • Mea Culpa, Uxue Apaolaza: Libro difícil de leer, intraducible, de los que dejan poso agradable por más que crea que no me enteré de la mitad. Necesito una relectura.


  • King Lear, W. Shakespeare: Cada vez que releo esta obra, salen significados nuevos. Sobre todo ahora, que lo conozco más y sé distinguir sus insultos. Genial, Guillermito.


  • La metamorfosis, Kafka: Nota a mí misma: no leer historias de bichos gigantes antes de comer. Por cierto, ¿alguien me puede explicar el significado de la historia? Estaba demasiado concentrada en no vomitar.


  • Ogi hutsa, Mohamed Xukri (no conozco el título en castellano): Obra fácil de leer, difícil de digerir. Te hace valorar mucho más lo que tienes y darte cuenta, entre otras cosas, de que los europeos somos unos cabrones.


  • Lo verdadero es un momento de lo falso, Lucía Etxebarria: Hace unos días amenazó con dejar de escribir. Espero que cumpla su amenaza, pero si no lo hace, me da igual, porque éste es el último libro suyo que leo. Palabra.



  • Maitea (Beloved), Toni Morrison: ¿Dónde he vivido yo todos estos años? ¿Por qué no había leído yo nunca nada de esta mujer? ¿En qué universo paralelo me he criado? Mi nueva escritora favorita, cuyas obras espero vayan cayendo poco a poco. Aunque dudo que ninguna pueda ser tan buena como esta. Os juro que aún cierro los ojos y siento la angustia de Sethe y Baby Suggs.


  • The Bluest Eye, Toni Morrison: Muy buen libro, pero ni de lejos tan bueno como el anterior. Aún así, buena lectura (y mucho más fácil que Beloved).

    Cómics:

  • Julia, Volúmenes 1 y 2: La historia de una criminóloga con un terrible suceso en su pasado. Entretenida. Si encontrara los número siguientes, probablemente los comprara.


  • Poison: Una policía de incógnito en el mundo de la prostitución. Traducido: la excusa perfecta para dibujar tías en pelotas. Una porquería, vaya.


  • Dublinés, Alfonso Zapico: La vida de James Joyce en versión cómic. Precioso libro, fidedigno. Un lujo.



  • Firefly: Those Left Behind (3 vol); Better Days (3 vol); The Other Half; Float Out; Downtime; The Shepherd's Tale, Joss Whedon: Porque una es así de friki, qué le vamos a hacer. Una temporada supo a poco, y algunos de estos cómics cierran historias, como el del Pastor Book (el mejor cómic de todos). Para incondicionales de la serie. Saltaos el de "Float Out", que se supone que es un homenaje a Wash pero no usa a los personajes de la serie y tiene unos dibujos pésimos.
  • Catarsis

    Creo que fue Aristóteles el primero en mencionar la catarsis en literatura, aunque él se refería más al drama y las epopeyas que a las novelas (que no existían como tales en aquel entonces, claro) o la poesía. Me parece recordar que, según él, el teatro tenía que sacar los más bajos instintos de una persona para, de alguna forma, librarle de ellos, salir del teatro renovado y limpio de pecados, por así decirlo. Seguro que es mucho más complejo que todo eso, pero ese es el concepto que a mí se me quedó de su larga perorata, aunque no sé si es el correcto. Da igual. A mí me vale.

    La catarsis en literatura se puede dar de dos maneras: como lectora o como escritora. Todos y todas conocemos lo que se siente al ponerte en el pellejo del protagonista de una novela (o del antagonista, que también pasa), ver el mundo a través de sus ojos y perderte en otra vida que no es la tuya durante horas. Creo que es por eso por lo que empecé a leer y estoy convencida de que es por eso por lo que he seguido leyendo. Con los años pierdes un poco la inocencia, ya no basta con que te cuenten una buena historia, necesitas que además esté bien contada, pero básicamente es lo mismo: gran parte del placer de una lectura consiste en la evasión, la catarsis, el vivir otras vidas y "conocer" otras realidades. Es bueno para el alma, entendiendo el alma como aquello que va más allá del cuerpo y la mente, no en un sentido religioso.

    Y luego está la catarsis de las escritoras y escritores. Dar salida a tus impulsos más básicos, o, simplemente, poner en boca de un personaje eso que no te atreves a decir tú. Crear un mundo ideal -que no perfecto-, con tus normas y tus condiciones. Hacer, sobre la página, lo que no te atreves a hacer en persona. Las escritoras y escritores suelen ser gente tímida, algo extraños a ojos de los demás, solitarios a veces. No importa; sobre la página son súper héroes, o sufridas amas de casa que terminan dando un sartenazo al marido por coñazo, o empleados de un hombre insoportable a quien le cantan las cuarenta. Todas tenemos mundos imaginarios en la cabeza, pero solo la gente que escribe los hace más cercanos a la realidad. Y no porque sepamos cómo hacerlo, sino porque necesitamos vivir ese mundo, y acaso compartirlo. "Entiéndeme, esto es lo que en realidad quiero ser yo", o al contrario, "he aquí lo que más odio en este mundo y jamás he revelado a nadie".

    La literatura es catarsis, liberación, aprendizaje, qué sé yo. De momento, es diversión. Si alguna vez esa diversión desaparece, habré perdido un poco de mí. Espero que nunca llegue ese momento, ni para mí ni para vosotras y vosotros.

    De la imposibilidad de leer todo lo que quiero



    Esta foto la saqué en julio, después de una semana en la que lo único que se me antojaba eran libros y en la que no me hicieron hija predilecta de ninguna librería, lo que me cabrea bastante, la verdad, porque yo sola levanto al menos el uno por ciento del mercado editorial. En la foto hay unos treinta libros, creo, todos ellos por leer (quería darme el atracón en verano; siempre he comido con los ojos, creo que me liquidé tres). La última vez que conté mi sección de "no leídos", hace dos semanas, había unos treinta y tres. Si a eso le sumamos los que tengo en formato pdf, son unos cuarenta. Y hoy he vuelto a casa con otro.

    Ya sé que lo he dicho antes, pero de vez en cuando la realidad me golpea en la cara y me doy cuenta de lo de siempre: nunca voy a ser capaz de leer todo lo que quiero. El mayor problema es que me gusta todo. No es que me guste cualquier libro, por suerte voy haciendo gusto literario y he empezado a seleccionar (qué sería de mí si no, por dios), pero me gustan todos los temas, no solo los libros de ficción. Filosofía, lingüística, teoría literaria (¿cómo he podido sobrevivir hasta ahora sin Foucault, por dios, cómo?), pedagogía, clásicos en inglés, clásicos en español, clásicos alemanes traducidos a inglés o español... Y, como no tenía bastante con eso, ahora me ha dado por leer en euskera, idioma que domino pero en el que no leo (algún trauma de la infancia, me temo, vaya coñazos nos hacían leer), y me he apuntado a un club de lectura, con lo que he conseguido añadir "autores vascos que escriben en euskera" a mi lista de "tengo que leer". Teniendo en cuenta que leo bastante despacio y que caen una media de treinta libros al año (que no sé si son muchos o pocos, son los que son, aunque según un artículo que leí la semana pasada no soy ni lectora ocasional), comprenderéis que no doy abasto.

    Y me encanta. Me encanta saber que, cuando acabe ese pedazo de libro que tengo entre manos (El Rey Lear ahora mismo, otra vez, pero desde la perspectiva deconstruccionista, o sea que parece otro), aún me quedan millones más a los que echarle el diente. Saber que Jeffrey Eugenides tiene un nuevo libro, que aún no he leído nada de Shalman Rushdie, que me quedan todas las mujeres de la literatura inglesa del siglo diecinueve, que la literatura vasca está más viva que nunca y hay joyas escondidas e intraducibles que tengo la fortuna de poder entender... No sé si eso me convierte en pedante (seguramente), gafapasta (más quisiera yo, después de ver lo que vi el jueves en el club de lectura no llego ni a gafa de metal) o simplemente gilipollas, pero me entusiasma que el ser humano haya llenado el mundo de tanta belleza y que toda ella esté a mi alcance. Bueno, toda no, la que me dé tiempo a leer en una vida. Hasta que golpee el alzeimer o me quede ciega.

    Basta. Me voy a leer.

    Necesidad de ficción

    Me quedan dos semanas para los exámenes. Dos semanas que deberían estar dedicadas exclusivamente al estudio -sobre todo de vocabulario de alemán- y en las que no debería pensar en otra cosa que en George Orwell, James Joyce y Virginia Woolf. Por supuesto, estoy haciendo de todo menos estudiar. Bueno, estudiar también, pero sólo la mitad de las horas que podría dedicarle. Mi excusa es que estoy cansada y aunque me ponga con los libros, no me aprovecha. Yo sé que la verdad es otra.

    Me he enganchado a una serie de la que no puedo ver sólo un episodio y meterme a la cama (Flashforward, ríete tú de Perdidos, que también sigo). Y me he leído dos libros en una semana. Dos libros gordos, de los que no puedes llevar en el bolso porque pesan. En una semana. Una. Semana. También es cierto que estaba de vacaciones, pero eso no es excusa. Y no leo rápido. Es más, creo que soy bastante lenta (pero mi comprensión es perfecta, ¡ja!).

    Y creo que sé por qué es. Necesito ficción a mi alrededor. Mi vida es demasiado anodina, demasiado rutinaria para llenar mi mente. Si me pasaran cosas excitantes todos los días (si trabajara en la NASA, vaya, o en el FBI, porque ya me dirás tú quién tiene movimiento todos los días), me encantaría llegar a casa y ponerme a leer un montón de datos sobre lexicografía y la confección de diccionarios. Si viviera al máximo mi tiempo, buscaría un remanso de paz en los libros. Pero, como mi vida es lo más soso que se ha descrito jamás, lo que busco es acción. En los libros, en la televisión, hasta en los periódicos. Vida. Otra que no sea la mía.

    Ahora estoy con la biografía de Stephen Fry. Después llegará alguna novela negra, o quizás algo de chic lit para descansar la mente. Me esperan Paul Auster y una larga lista de clásicos que ahora no tengo cuerpo para leer. Luego... Luego llegará el verano, y las excursiones a la librería serán diarias. Que me conozco. Qué miedo me doy.

    Dicen que leer es bueno y todo eso, pero creo que todo en exceso es malo. No sé cómo se mide el exceso, no sé cuántos libros representan haber leído "demasiado". Supongo que cuando dejas de hacer otras cosas para leer, es que se ha convertido en adicción. Yo todavía no he llegado a eso. Pero todo se andará.

    Regalar libros

    Me gusta comprar libros. Me gusta abrir un libro que no ha abierto nadie antes, tocar las páginas a estrenar y saber que es mío. No me gusta leer libros de la biblioteca, que huelen a usado y a veces tienen manchas de gente que -horror- come mientras lee. Acumulo libros. Aunque en mi casa esto todavía no es un problema -me aseguré de tener una habitación con una pared cubierta de baldas-, sé que más pronto que tarde terminará siéndolo. Tendré que buscar una solución.

    La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.

    Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.

    Qué peligro tengo, madre.

    Vacaciones

    Hoy a las dos y media de la tarde han empezado oficialmente mis vacaciones, aunque desde que terminé mis exámenes y se fueron los niños, la tensión es mucho menor. Va a ser un verano extraño, sin viajes fuera y con muchas visitas al hospital, pero al menos sólo voy a tener que preocuparme por mí y los míos en lugar de añadirle a eso los estudios y el trabajo.
    Desde que terminé de estudiar, me estoy dedicando a leer (y a escribir también, pero he llegado a un bache, a ver si lo solvento hoy). Voy a libro por semana, más o menos, y estoy intentando darle a todos los palos. De momento ya han caído El perfume, uno de cuentos cortos de Cortázar que he sido incapaz de acabar, una pseudo novela negra con toques humorísticos de Jorge M. Reverte y Careless in Red, de mi admiradísima Elizabeth George, por supuesto. Me da pena decir que este último no me ha gustado tanto como esperaba que me fuera a gustar, aunque está en su línea y no defrauda.
    Y hoy he empezado con El cuaderno dorado, de Doris Lessing, mientras tomaba el sol en un banco. Sólo he leído el prefacio, una crítica a su libro escrita por ella misma, y ya estoy pensando que yo me debería dedicar a otra cosa. Mientras ella siga escribiendo, ¿para qué molestarnos los demás? Vaya manera de alimentar al Monstruo, joder, leer a autoras como ésta. Supongo que hay que leer a los mejores para poder acercarnos siquiera a ellos, pero qué duro es ver cuán buena es una mujer que dejó los estudios a los catorce y yo, que llevo toda la vida estudiando, no seré nunca digna ni de oler sus pedos. Deprimente. Pero así es la vida.
    Pues eso, que me voy a pasar los próximos dos meses leyendo, echando la siesta, escribiendo, echando una cabezada con el gato, estudiando un poco de alemán con uno de esos cursos de "Aprenda alemán en 30 días", durmiendo mucho y, quizás, si estoy de muy buen humor, dibujando. Aunque esto lo veo chungo.

    Encuesta

    Hoy me cuenta mi madre la anécdota de una conocida que tenía por costumbre cortar las esquinas de los filetes antes de freírlos en la sartén. Un día, el marido (seguramente más acojonado por el derroche de carne que sorprendido por la costumbre) le preguntó por qué lo hacía. "Porque salen más tiernos. Mi madre lo ha hecho siempre". Poco contento con la respuesta, el buen hombre se lo preguntó a la suegra, que se echó a reír. "Pues porque tenía una sartén muy pequeña y no me cabían enteros".

    La de carne que podría haberse ahorrado en casa de la hija si le llega a explicar eso mismo.

    ¿A cuántos de vosotr@s os dijeron en el colegio que no siguierais la lectura con el dedo? Me refiero a cursos un poco altos, no en primero o segundo, donde se anima a seguir con el dedo para que no te pierdas. ¿A cuántos os amenazaron, como a mis alumnos, con bajaros la nota? ¿Os dieron alguna vez una razón para no hacerlo? ¿No sería, quizás, que a ellas también se lo prohibieron y supusieron que era la manera correcta de hacer las cosas?

    Algunos de mis alumnos se pierden al leer, pero mantienen las manos debajo de la mesa porque está feo seguir con el dedo. Otros se traban, o se atascan, o se cansan porque el contraste de negro sobre blanco les resulta agotador. Seguir la lectura con el dedo no es malo, igual que no lo es no hacerlo. Si lees bien sin dedo, ¿para qué lo vas a poner? Si necesitas el dedo, ponlo. Mejor si señalas la línea que lees por la parte de arriba en lugar de por abajo, porque el cerebro "ve" más allá que el ojo y, a un nivel inconsciente, estás viendo la continuación de la frase, sus comas, sus puntos, y eso te ayuda a entonar mejor. Pero si te pierdes por no poner el dedo, por mucho que veas... Mal vamos.

    Si en vez de prohibir "porque aquí mando yo y sé más que tú" razonáramos un poco, nos iría mucho mejor.

    (Por fin es viernes.)