Mis alumnos

Conversación con dos de mis alumnos -un marroquí y un gitano- en clase de lengua, mientras hacíamos el sonido /j/ escrito con jota y con ge.
Gitanillo (JR): Profe, ¿por qué H. y tú decís la jota distinta que yo?
Profe: ¿Distinta? No sé, a mí me suena igual.
JR: No, no, yo la digo distinta.
Profe: Pues no sé... Hombre, H. es de fuera, él tiene algo de acento, pero tú y yo deberíamos decirla igual.
JR: No, no, la decimos distinta. Y mira que es raro, ¿eh?, porque nosotros decimos mucho "anda, jjjaaaa".

No hace falta decir que casi me meo de la risa...

Txotx!


Aunque soy vasca (y orgullosa de serlo), normalmente no ejerzo. No voy por la calle con el palestino al cuello –no tengo un palestino- ni llevo botas de militar; no bebo txakoli, no me gusta el kalimotxo y no asisto a manifestaciones de ninguna denominación (debo ser la única). Aunque hablo euskera desde los dos años, no suelo utilizarlo fuera del trabajo, y el único símbolo vasco que puede encontrarse en mi casa es una ikurriña que guardo en algún cajón y que sólo saco a pasear cuando voy a ver un partido de baloncesto fuera de Vitoria y un lauburu olvidado en mi joyero que me ponía mucho en California pero no aquí. Vamos, que soy un asco de vasca que cualquiera podría confundir con una españolita media de pro.
Pero el fin de semana pasado, qué pasa pues, fui a una sidrería por primera vez en mi vida, y creedme que no hay nada más vasco que una sidrería. Los únicos que hablábamos en castellano éramos nosotros, aunque una amiga y yo intentamos comunicarnos con los lugareños en euskera y la mujer se volvía loca porque no sabía a quién dirigirse en qué idioma. Pero lo más vasco de todo, lo que define la cultura de la sagardotegi, fue el menú de la sidrería. Insisto, yo nunca había estado en una, así que me pilló de sorpresa.
He aquí la lista del condumio:
Llegada: A la kupela, oye, a ponerse de sidra hasta las orejas antes de cenar.
Primer plato: Tortilla de bacalao (hostia, pues, empezamos ligerito). Nos levantamos a llenar los vasos de sidra, oye, que el bacalao reseca la garganta.
Segundo plato: Bacalao con pimientos (de la tierra, oye). Otro paseito a la kupela.
Tercer plato: Chuletón de buey (porque una cena sin carne, no es cena). ¿Y vamos a comerlo con agua? ¡No, señor! ¡A la kupela, kaben sotz!
Postre: Aunque el típico postre es queso con membrillo y nueces, yo quise ser más vasca que Arzallus y me comí un goxua (más que nada porque el membrillo no me gusta, lo que me quita puntos como vasca, contradictoria soy). Eso sí, el café con sacarina, que el azúcar engorda. Tuvimos que decir adiós a la kupela, la sidra no va bien con el café.
Sobremesa: hora y media de sentada, que luego había que pasar el puerto y no íbamos a echar la cena en el coche.
Vamos, que hoy soy otra persona. Hoy me siento más vasca, más mujer, más pletórica; y no lo digo porque probablemente haya recuperado los dos kilos que había perdido este mes y otro de propina, es que ir de sagardotegi es una experiencia que te cambia la vida. Se la recomiendo a cualquiera que quiera sentirse vasco por unas horas. Eso sí, no es mala idea ayunar un par de días antes y pedir un agua tónica de postre. Vamos, si no eres vasco: yo hasta merendé.

La oficina

Y la que hablamos de historias antiguas, he encontrado esta, que me ha arrancado una sonrisa. Es un poco larga, espero que tengáis paciencia para leerla.

Lucía titubeó un momento antes de verter el tercer sobre de azúcar en su café. Dieciséis calorías en cada terrón por tres, que eran casi cincuenta calorías, más luego la leche entera, porque nadie en su oficina aparte de ella parecía tener intención de ponerse a dieta, convertían su café de media mañana en un aperitivo de más de cien calorías. Y nunca tomaba menos de tres cafés al día, lo que convertía sus calorías líquidas en trescientas. Luego se sorprendía de que no conseguía perder peso. Entre los cafés y los donuts de los jueves, el milagro era que no tuviera el tamaño de una morsa pequeña. Revolvió su café, pensativa, mirando hacia abajo y viendo cómo el bulto que era su estómago crecía cada semana. Iba a tener que cortar por algún sitio.
Y, por supuesto, siempre había gente como Josefa, la de relaciones públicas que acababa de entrar en la sala del café. Se sirvió una taza entera de café, sin azúcar ni leche, y la sonrió de medio lado según sorbía con delicadeza. ¿Cuántos años tenía aquella mujer? Dios, por lo menos cincuenta. Y mírala, ni un gramo de grasa en ninguna parte de su cuerpo. Llevaba unos vestidos que Lucía no hubiera podido ponerse ni a los dieciocho años, con unos escotes quizás demasiado abiertos para la oficina y unas faldas tan cortas que era un milagro que no fuera enseñando la ropa interior a cada paso. Piernas eternas, cuerpo fino, pechos que colgaban lo justo para saberse naturales, ¿qué más se le podía pedir a la madre naturaleza? Lucía sorbió su café ruidosamente, mirando con azoro a su compañera. Genial. Además de gorda y poco estilosa, mal educada.
-Viernes por fin, ¿eh? –comentó Josefa. Lucía sonrió y miró al cielo, como dando gracias, aunque en realidad no podía importarle menos qué día de la semana fuera. No es que tuviera alocados planes que llevar a cabo- Pensaba que no llegaba nunca.
-Sí, ha sido una semana larga –De cinco días, para ser exactos. Bebió su café un poco más deprisa, escaldándose la lengua con el líquido caliente.
-Os ha llegado una cuenta nueva, ¿verdad? Vosotros estáis siempre hasta el cuello de trabajo, no sé cómo aguantáis.
-Sí, bueno, ya sabíamos en lo que nos metíamos cuando entramos –Pero Lucía sintió cómo, de manera inconsciente, su espalda se erguía más recta y su sonrisa se ampliaba ligeramente-. Tampoco es que vosotros os paséis el día sentados.
-Nosotros sólo damos la cara, vosotros nos hacéis quedar bien –Josefa sonrió sinceramente. Además de guapa era buena gente-. Da gusto trabajar con un equipo así.
-Gracias –murmuró Lucía, fingiendo beber cuando en realidad soplaba. No sabía qué contestar.
-¿Qué vas a hacer este fin de semana? ¿Alguna fiesta?
Ja. Ja, ja, ja.
-No, lo más seguro es que tenga que venir el sábado a terminar algo de trabajo atrasado. No doy abasto.
-Qué dedicada. Yo no sacrificaría mi fin de semana por nada.
Ni yo tampoco, si tuviera algo que hacer, pensó Lucía, pero se limitó a preguntar por su fin de semana. Josefa levantó una mano como si espantara moscas delante de su cara y dio a su voz un tono aburrido.
-La hermana de mi novio viene de visita desde Colombia y tenemos que enseñarle la ciudad. Alguien ha cometido el error de hablarle de la vida nocturna del país y quiere que la paseemos por todas las discotecas. Todavía es joven, pronto se cansará de ellas.
-¿Qué edad tiene?
-Como tú, más o menos, veinticinco o veintiséis. Está en esa edad.
Lucía se irguió más aún y sintió su rostro enrojecer.
-Hombre, muchas gracias, pero a mí ya se me ha pasado la edad de las discotecas. He cumplido treinta y dos este mes.
La mirada de asombro de Josefa pareció sincera. Cada vez le caía mejor aquella mujer, por más envidia que le tuviera.
-Chica, pues no lo habría dicho jamás, pareces una cría. Nunca te habría echado más de veintisiete años.
Lucía murmuró un gracias mientras bebía de su café, que todavía estaba lo suficientemente caliente para abrasarle la garganta. Alguien dijo su nombre en el pasillo y ella miró su reloj de pulsera. La reunión estaba a punto de empezar.
-Te dejo, me tengo que ir. Que te lo pases bien este fin de semana.
-Igualmente. No trabajes demasiado.
Ojala sí, pensó Lucía. Así al menos tendré algo más que hacer, aparte de ver el especial de Gran Hermano.


Josefa se quedó en la sala del café sorbiendo su bebida. Sabía a rayos. Si no tuviera un metabolismo tan exasperantemente lento, tomaría el café con nata y azúcar, como a ella le gustaba. Pero no. A su edad, un solo azucarillo podía costarle cuatro kilos. Qué envidia le daban las chicas como Lucía, a las que su peso les era completamente indiferente. Ahí iba ella, con un cómodo tres piezas que le quedaba holgado por todas partes, disimulando su michelín y adaptando la ropa a su cuerpo, no al revés, como hacía ella. Dios, qué malo era ser esclava de sus inseguridades.
Y ya que pensaba en inseguridades, tenía que llamar a Raúl otra vez, y si le contestaba otra voz de mujer le iba a decir todo lo que pensaba de él. Era difícil volver a tragarse el cuento de la compañera de estudios, o el de la chica de la limpieza, o la compatriota desorientada. No; si volvía a contestarle una mujer, iba a pasear a su hermana él solito. Como si no tuviera ella otra cosa mejor que hacer que pasear a veinteañeras de vacaciones. Aunque, a decir verdad, la alternativa de quedarse sola en casa con un buen libro le daba cierto pánico. Eso le daría tiempo a pensar en su relación con Raúl, en su madre enferma, en su carrera estancada desde hacía años... No, mejor no se quedaba en casa. Ojala pudiera venir a trabajar, como Lucía, y mantener la mente ocupada sin la fastidiosa compañía del gorrón de su novio.
Josefa suspiró y tiró el resto del café por la fregadera. Repasó mentalmente el número de Raúl y cruzó los dedos para que la criatura que contestara no volviera a gritar a través de la habitación que su madre estaba al teléfono.

Dia de limpieza

Hoy me ha dado por revisar la carpeta donde guardo las cosas que voy escribiendo y me he sorprendido al encontrar un par de docenas de historias. Había títulos que no recordaba haber escrito, y cuando las he leído me ha sorprendido el final, tan antiguas son. Ninguna de ellas tiene la calidad suficiente -creo yo- para ganar un concurso literario, visto el nivel que tienen algunas obras ganadoras que me han mandado en los sempiternos libritos conmemorativos que sólo los participantes leen, pero he pensado que igual alguna podría tener la calidad suficiente para una de las abundantes revistas literarias que se encuentran en internet. Así que me he decidido a mandar una, por primera vez en muchos meses, a ver si cuela. Supongo que la respuesta será no, pero si no lo hago, nunca lo sabré.
También me he dado cuenta de lo mucho que repito los temas. Parezco tener una pequeña obsesión por la mal llamada violencia doméstica -violencia machista sería más adecuado-, porque he encontrado unas cuatro o cinco historias que tratan del tema. Y yo que pensaba que era una escritora de misterio... Bueno, bien mirado, la razón por la que un hombre mata a la mujer que alguna vez amó no deja de ser un misterio, así que supongo que sigo con la etiqueta.
No sé si os habréis dado cuenta, pero Blogger me ha obligado a cambiarme a beta (sí, ya sé que me lo advertisteis), lo que me parece muy mal, muy injusto, muy poco democrático. No me gustan los cambios, sobre todo los informáticos. No es justo. Me cuesta adaptarme.
Empiezo a pensar que soy un poco autista.