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Vacaciones de una anglófila, o la mala suerte de no haber nacido con acento británico.


Lo confieso: me encanta el Reino Unido. Digo Reino Unido como si hubiera estado en algún otro sitio que no sea Inglaterra, pero es que queda mucho mejor porque así se nota que sabes la diferencia entre una y otra. Porque yo lo que quiero decir no es que me gusta Inglaterra, sino que me gusta todo el Reino Unido. Aunque solo conozca parte. Pero me gusta todo. Por anglófila, que no es una enfermedad diagnosticada (todavía), sino el amor hacia todo lo que suene al idioma de Shakespeare.

Recuerdo que una vez, hablando de acentos, alguien me dijo que podría enamorarse de alguien solo con oírle hablar con acento argentino; a mí me pasa eso con el acento inglés (y aquí sí que quiero decir inglés, que el irlandés me parece divertido pero no romántico, y el escocés no lo entiendo; el galés no lo conozco, sorry), aunque reconozco que los hombres británicos no me parecen, ni con mucho, los más apuestos del mundo. Pero es que oigo un "toss it in the bin, luv" y me derrito, por más que traducido al castellano no sea más que "tíralo a la basura, cielo", que ya ves tú qué romántico y qué especial. Una semana he pasado en Bath y teníais que verme andando por la calle, poniendo la oreja para escuchar conversaciones que no me incumbían y practicando las expresiones que más gracia me hacían (para lo que era necesario ir hablando sola por la calle y aguantar las miradas de más de un guiri preocupado por mi salud mental; es lo que tiene viajar sola, qué le vamos a hacer).

Las vistas desde mi ventana. Quaint, isn't it?
Avon river. Lo que viene a querer decir
el río Río.
Bah, nada, el jardín trasero
de mi nueva casa

Y luego están los paisajes. ¡Qué paisajes! Siendo del norte, parece mentira que me derrita ante una campiña verde y casitas de piedra y madera, pero ¡ay!, lo que me gusta a mí un paisaje "quintessentially English". Los techos de paja, los pedruscos enormes en medio de pueblos perdidos por ahí, los pubs, la calle donde se rodó "Pride and Prejudice", la casa de los padres de Harry Potter en la primera película. Porque sí, por supuesto, ya que una va a visitar monumentos, cómo va a olvidarse de buscar los decorados de la película, al menos los del mundo real, que a los del estudio ya nos explicó Ana cómo ir (mi próximo objetivo, qué os pensabais). Y es que cada vez estoy más convencida de que yo tenía que haber nacido inglesa, o británica, o como mucho escocesa (por más que no les entienda), aunque a veces también opino que en mí habita una octogenaria de Arkansas. Pero con acento británico.

Aquí murieron James y Lily. Sniff. 

Como no podía ser menos, al viaje me llevé varios libros, y volví con más. En el avión de ida (y el tren a Londres, y el tren a Bath) casi devoré (de nuevo) NW, de Zadie Smith, una de mis escritoras favoritas. Y en Bath le eché mano (¡por fin!) a England, England, de Julian Barnes, libro que disfruté como una enana. Tiene mucha gracia leerlo después del Brexit, qué queréis que os diga (si se os da bien el inglés, he escrito una reseña aquí). Tuve tiempo de sobra para leer, porque Bath no es una ciudad (¿pueblo?) donde haya demasiado que ver, aparte de ser cara de narices y estar llena de turistas. Pero es muy bonita, y el bed & breakfast donde me quedé también mereció la pena. Otro rincón típicamente inglés.

El chalet a medio construir de un bilbaíno
que decidió a última hora mudarse a Laredo.
Menos mal que la climatología de mi querida región no me deja echar mucho de menos aquello. Desde que he vuelto, no ha asomado el sol aquí ni para dar los buenos días. ¿Veis? Si en realidad solo me falta el acento británico (inglés), lo demás ya lo tengo. Incluido el mal tiempo.


El Belén de la Florida

Lo ponen todos los años por estas fechas, porque obviamente no lo van a poner en verano, digo yo. Es un Belén enorme, que ocupa uno de los parques más bonitos del centro (por no decir el más bonito), ese que dice la historia que un rey visitó hace un porrón de años y dijo que era el parque más bonito del reino. Las figuras aprovechan que el parque tiene hasta un pequeño río artificial para ponerse a lavar ropa , o pescar cerca del puente. Hay patos, hay ovejas, hay hasta un niño recogiendo uvas en un viñedo de pega que da el pego… Es como cualquier Belén que pueda una encontrarse en casa ajena (una llena de niños, porque no veo yo a los adultos haciendo el riachuelo con papel de plata), con la diferencia de que en éste las figuras son más altas que yo. Imaginaos semejante circo en el jardín de la casa de veraneo. Pedazo de jardín.


  Hacía muchos años que no iba al Belén de la Florida. Pasada una edad, ver figuritas de cartón piedra en diferentes poses no tiene tanta gracia, y cuando lo has visto todos los años de tu infancia llega un punto en el que un invierno sin Belén parece un regalo. Verlo de pequeña o de adulta no es lo mismo. El castillo de Herodes, por ejemplo, me pareció mucho más pequeño de lo que me había parecido nunca, por no hablar del mismo Herodes, que me aterrorizaba de pequeña y ahora me ha hecho hasta gracia. Con la edad las figuras van perdiendo su encanto, y ya no te quedas obnubilada mirando el molino de agua que anda de verdad al paso del agua (ayudado por un motor, porque no hay caudal suficiente para moverlo), y miras las figuras camino al pesebre con la mirada cínica de alguien que ya no cree en nada. Los pastores que ven la llegada del ángel tiene cara de susto, y no es de extrañar, porque hasta a mí me impresiona la figura del ángel en lo alto del árbol, por más que casi no se vea entre las ramas (o quizás por eso). Como adulta te das cuenta de que, solo en Vitoria, los Reyes Magos llegan al pesebre en caballo, no en camello, y que el niño que está jugando en la serrería tiene una postura tan extraña que parece que no tiene piernas. Son detalles que de pequeña seguro que veía pero no recuerdo haber mencionado mientras paseábamos. Así como del castillo de Herodes sí que me acuerdo (era siempre lo primero que quería ver), el resto lo he olvidado. 



Y luego está el pesebre, que no es más que una cueva artificial dentro de la cual han metido a la happy family y al buey, siempre acompañados de un segurata que evita que alguien se lleve al Niño, como ha pasado algún año. Hace mucho ya, la gente empezó a echar monedas en la cuna del Niño, y al ayuntamiento debió hacerle gracia el gesto y decidió poner una cesta para la colecta; con esas monedas, en teoría, todos los años se compra una figura nueva o se sustituyen las antiguas por nuevas. Es curioso cómo nos sale el espíritu navideño por los poros cuando nos ponen un niño desnudo delante, más si tiene un halo alrededor de la cabeza. 

La única figura que desentona en todo el conjunto, aunque ahora ya es una más y el Belén no sería el mismo sin ella, es la del mendigo, con su perro y su cartón de Don Simón incluidos. Llama la atención sobre todo porque en este parque, como en todos, hay más de una figura de carne y hueso que podría haber competido como modelo para la escultura. No recuerdo quién la colocó ahí, pero sé que se hizo con la intención de que no nos olvidáramos de los más desfavorecidos en estas fiestas. No sé si funciona. Habría que preguntar al ayuntamiento si la colecta del Niño Jesús se ha incrementado desde que la figura del mendigo observa el portal de lejos. 


De samosas que pican o dónde colocan diferentes culturas el umbral del dolor.



Una de las cosas que más me gusta hacer en Londres es comer en un restaurante indio. No me suele gustar ir a una de esas cadenas en las que cualquier parecido con un curry de verdad es pura coincidencia, pero esta última vez que he ido, qué cosas, terminé en un restaurante enorme que me da a mí que era franquicia (aunque había mucha gente de aspecto indio o pakistaní comiendo allí, lo que siempre es garantía de autenticidad, o eso me digo yo a mí misma). Entré sin mucha hambre, pero ya llevaba recorrida la calle Carnaby varias veces y no me apetecía tomar otro té; me dieron la carta y yo comprobé con horror que los nombres de los currys eran distintos a los del restaurante indio-irlandés (sí, indio-irlandés) que tanto me gustaba en San Francisco. Como siempre, los distintos niveles de picor venían marcados con dibujos de guindillas que yo interpreté a mi antojo: una guindilla, roza el umbral del dolor pero no llega; dos guindillas, solo apto si tienes el extintor a mano. Miré los platos que no tenían ni guindilla ni advertencia de ningún tipo. Las samosas estaban en este grupo, bien. Si hay algo que me gusta de la comida india, más que cualquier curry, es esa pasta similar al hojaldre con relleno de verduras por dentro, pero normalmente las ponen tan picantes que es difícil paladearlas. Pedí al camarero que me recomendara un curry que no picara y pedí las samosas como entrantes. 
Con el primer mordisco supe que quien había escrito el menú tenía una mente muy retorcida. El picor no atacó de golpe, sino que se fue apoderando de mi boca lentamente, un “qué me está pasando que me arde la lengua” paulatino, de forma que antes de darme cuenta de que aquello picaba horrores ya me había comido media samosa. Intenté calmar el picor con la guarnición de garbancitos que había a un lado, pero aquello fue una mala idea, porque picaban más. Yo seguía comiendo, que una es vasca y no se va a dejar amedrentar (y aquello estaba riquísimo), y trataba de mitigar el dolor con tragos de cerveza Cobra (que también estaba buenísima). Cuando terminé la primera samosa, tenía lágrimas en los ojos. El camarero me vio de lejos y me preguntó con un gesto si todo estaba bien. Yo hice gesto de “joder cómo pica esto” (ese gesto internacional en el que te abanicas la cara y haces una O con los labios), y él, ojiplático, se acercó a mi mesa. 
—¿Está muy picante? —me dijo. 
—Mucho —contesté. Para qué mentirle, si me caía una lágrima por la mejilla—. Pero está muy rico. Muy rico. 
Él soltó una carcajada que hizo que los comensales de alrededor miraran a mi mesa. 
—Pues las samosas ni siquiera están marcadas como picantes en el menú.
—No, si ya —Quería añadir “so capullo”, pero me pareció poco apropiado porque en inglés suena muy fuerte. El hombre no dejaba de reírse, pero estaba un poco mortificado. 
—Le voy a traer algo de yogur.
—No, deje, deje, si ya me las he comido. Oiga, ¿el curry es tan picante como esto?
El camarero alzó las cejas y me miró con cara de susto.
—Uy… Pues yo creo que no, pero ya no me atrevo a decirle nada. Deje que le traiga un poco de yogur, ande. 
—No, de verdad, estoy bien. 
Estaba de cine: me había acabado las samosas y tenía un par de minutos antes de que llegara el plato fuerte. Y cerveza. 
El curry, en efecto, no picaba en absoluto, pero como veis en la foto podía haber alimentado a una familia de cuatro miembros y no me lo pude acabar. Una de las camareras se acercó a traerme el dichoso yogur, “que ya veo que lo está pasando mal”, cuando el problema no era ya el picor sino el llenazo inmundo que tenía. El curry, todo hay que decirlo, estaba buenísimo, y las dos cervezas que lo acompañaron también. 
Eso sí, la noche que me dieron las putas samosas no se puede describir. Al día siguiente cené yogur con cereales comprados en el súper de al lado del hotel. 



De colchas terminadas o cómo dejar un pedazo de una misma en todo lo que se hace.





Después de casi dos años, he terminado una colcha. Puede no parecer gran cosa así, a simple vista, pero estos pedazos de tela se han llevado más de mil horas de mi tiempo. Ayer traté de calcular cuánto dinero me pagarían por ella si quisiera venderla, y no me costó mucho darme cuenta de que lo más que podría conseguir por ella cubriría solo los materiales. Pero esta colcha es más, mucho más que mil horas de trabajo y una pequeña fortuna en telas.

 Y no es porque sea una colcha difícil de hacer, porque la puede hacer cualquiera. Primero hay que coser una tira de tela de color a una tira de tela blanca, y luego cortar la pareja resultante en rectángulos bicolores. Se repite esta acción cuarenta veces con telas de colores distintos, y después se vuelven a unir formando tiras de colorines, unas veinte. Se unen las tiras, se cose un borde que de sensación de espacio a la colcha, se coloca la boata y la trasera y se unen las tres capas con puntadas diminutas, usando unas agujas tan finas y afiladas que pinchan igual por la parte de atrás y la de delante. Tras muchas horas, muchos pinchazos y perder la sensibilidad en la yema de los dedos, la colcha está lista para el biés. Después, quitar los hilvanes, lavar y poner en la cama. Mucho trabajo, sí, pero no son las puntadas las que le dan el valor, no para mí.

 Con esta colcha aprobé las oposiciones. Era el premio que me daba a mí misma cuando no quería seguir estudiando. “Venga, un tema más y coso un rato”, me decía, con la caja llena de pedacitos de tela a mi lado. Me ha ayudado a pasar dos inviernos vitorianos, de esos en los que afuera hace tan mal tiempo que lo último que te apetece es salir a dar una vuelta, y a dónde vas que esté cubierto y no suponga gastar dinero, y tengo que ahorrar para el coche, y ay cómo lo voy a hacer. Acolchando, he tomado decisiones sobre mi vida; he tenido conversaciones imaginarias con gente a la que luego no le he dicho nada a la cara porque ya no me hacía falta; he renegado del mundo, de mi trabajo, de mis malos ratos, y también he recordado los buenos; he hecho cuentas que luego han salido; he hecho planes que luego he cambiado. Mientras cosía veía (o, mejor dicho, escuchaba) una serie de televisión; al principio el patchwork era algo en que entretenerme mientras veía la tele, pero al final la tele se convirtió en el acompañante, no al revés. Si miro en puntos concretos de la colcha, puedo decir qué serie estaba viendo en ese momento, a veces incluso el capítulo exacto. La colcha, a ratos, me ha producido dolor de espalda, y a veces he tenido miedo de estar provocándome una malformación en las manos. La he odiado, a veces. He creído que estaba perdiendo el tiempo. Pero ahora, cuando la veo terminada y a dos minutos de meterla en la lavadora para quitar las marcas de tiza, rotulador de acolchado y el polvo que se ha acumulado en casi dos años, sé que no habría podido utilizar esas mil horas de manera más productiva.

La fórmula que he encontrado en internet para poner precio a una artesanía supone multiplicar por dos el precio de los materiales y sumarle las horas que has trabajado multiplicadas por el sueldo mínimo. Eso convierte esta colcha (tan humilde ella, tan colorida, tan campechana) en un artículo de lujo solo al alcance de unos pocos (solo con doblar el precio del material se vuelve prohibitiva). Pero lo vale. Al menos para mí. Porque cada vez que miro esta colcha no veo trozos de telas batik cosidas a una tela blanca, sino pedazos de mi vida que se han quedado tan impregnados a la tela con el hilo que la adorna. Y eso, no hace falta que lo diga, no tiene precio (para todo lo demás, bla, bla, bla).


Cosiendo historias

Es curioso cómo, cuando estás obsesionada con algo, todo parece tener relación con ello. Ahora mismo vuelvo a estar obsesionada con la escritura (y con otras muchas cosas, pero la escritura en primer lugar), y cualquier cosa que hago, veo o escucho me hace pensar en escribir, ya sea porque me da una idea para incluir en la historia, o porque me recuerda al acto en sí de escribir. Un libro o una película son fáciles de relacionar con la escritura, pero hay otras que guardan una relación mucho más subconsciente. Como el patchwork. Aunque parezcan cosas completamente ajenas, tienen mucho más en común de lo que podría pensarse.



Por ejemplo, como cuando terminas una colcha que tú sabes llena de defectos y aún así te gusta. Cuando la estás cosiendo te das cuenta de que hay uniones débiles, que si tiras un poco de la costura se puede romper y desmontar entera, que cuando la estabas acolchando te saltaste un trozo, o se escaparon los puntos, o varias piezas no terminan de encajar del todo. Pero la terminas, le pones el biés y la observas de lejos, y te das cuenta de que esos fallos que viste cuando la estabas haciendo se disimulan al mirarla en conjunto, y que oye, no está para regalar a nadie, mucho menos para venderla, pero tú sabes cuánto cariño le has puesto y las horas que has invertido en ella. Y la has hecho para aprender, porque aún eres una novata y habrá que ir experimentando con formas nuevas y nuevas costuras, un poquito más difíciles cada vez. Porque oye, para ser la primera no está nada mal, más quisieran muchas personas que haber hecho semejante manta, aunque nadie entiende el trabajo que cuesta y tienes que ver las miradas poco impresionadas que parecen decir "pues vaya, para eso tanto esfuerzo, y anda que no lleva meses alardeando de su colcha, más le hubiera valido comprarse una en el Zara Home". Sustitúyase la palabra "colcha" por "novela" y Zara Home por Casa del Libro y se habrá definido lo que he tenido la suerte de sentir estos últimos meses delante del teclado. Llegar a ese punto me ha costado años.



Luego están esos proyectos (y aquí se puede leer "colcha" o "novela") que haces pensando que van a gustar a los demás. Coges telas/ideas que no son de tu agrado, solo porque crees que es lo que los demás quieren ver/leer, y te pones manos a la obra. Y te sale algo que bueno, vale, pase, pero no te apasiona, no es parte de ti. Y al final ni lo terminas, ni lo regalas, ni mucho menos lo vendes, sino que lo dejas en una esquina de la casa/disco duro y te olvidas de ello, o lo terminas de cualquier manera y la usas de manta para el gato o lienzo de pruebas para cosas nuevas.



Lo que más diferencia una colcha de una novela es que escribir es gratis y está hecha de componentes etéreos, y la colcha no. Cuando se te ocurre una idea para una historia y te pones a desarrollarla, poco a poco ves si funciona o no y tienes la posibilidad de ir hacia atrás y hacia delante, de borrar lo escrito y empezar de cero. Con una colcha, tienes que elegir el diseño y las telas, cortarlo todo y empezar a coser. Y una vez que tienes las telas cortadas, no te puedes echar atrás porque el gasto ya está hecho, y qué vas a hacer con toda esa tela que ya tienes preparada para esa colcha que de repente ya no te gusta, tendrás que terminarla sí o sí. Y lo haces, lo mejor que puedes, porque todo es una experiencia y te vale para aprender, y al final terminas con una colcha técnicamente perfecta, de medidas exactas, donde no sobra una puntada. Pero no te gusta. Y cuando llega el momento de acolcharla, la vas dejando, porque no te llama terminarla, porque total para qué si no la vas a usar. Eso nunca pasa con una historia. Si no te gusta, no la acabas. Así de simple.



Y luego están esas historias/colchas que siempre me había negado a hacer y con las que he vuelto a encontrar el placer de coser/escribir. Diseño simple a más no poder, fácil hasta decir basta, lo único que necesitan es mucho tiempo y buen gusto a la hora de elegir los colores/elementos de la historia. Puede que el resultado no sea artístico, puede que haya millones de colchas/historias mejores que ellas en el mundo y que la gente se burle de su simplicidad, pero a mí me gusta. Y la he hecho yo. Y solo yo sé el esfuerzo que me ha costado, y el cariño que he cogido a cada centímetro cuadrado de esta tela/personajes de la historia, al punto de que sería una de las primeras cosas que salvara en un incendio. Y no tiene ni un ápice de talento, pero tiene todo el cariño del mundo y una pasión que no sabía que yo poseía.



En lo que más se parecen el patchwork y la escritura, sin embargo, es en los preparativos previos a la escritura/costura. Hay gente que, antes de hacer una colcha, se pasa días, semanas, meses con el diseño, buscando las telas perfectas, las combinaciones exactas, midiendo hasta la extenuación. Yo planeo, mido, busco telas, pero siempre con un margen de sorpresa. Sí, por supuesto que sé lo que quiero hacer antes de empezar, pero es un diseño basto, básico, que puede variar dependiendo de lo que encuentre en la tienda o lo que yo tenga por casa. Igual que con una historia, cuando partes de una idea básica pero te das cuenta, al escribirlo, de que hay mucho más detrás de esa primera premisa, y que si hurgas un poco puedes encontrar un tesoro que, quién sabe, consiga que termines una historia digna de que la lea otra persona, igual que esa colcha puede que termine siendo un regalo para alguien. Siempre y cuando ese alguien aprecie el regalo, claro. Porque si te la van a comparar con una colcha de La Cortina, apaga y vámonos.

Que lo mismo un día me da por tirarme de un tren en marcha, vaya

Si es que... Quién me mandará a mí. Con lo feliz que estaba yo con mis kilitos de más y va y me da la neura de estar sana, verme bien en el espejo, poder ponerme la ropa del verano pasado y compararme con esas que no han comido más de quinientas calorías al día en su vida y que encima "tienen un metabolismo rápido" (que en inglés significa que vomitan todo lo que comen). Y ahí me veis, comiendo sano, con mis verduritas, y mis carnes magras, y mi pescadito sin salsa, y mis antojos de pasta integral cada quince días por eso de tener una dieta equilibrada. He aguantado un tiempo. He aguantado mucho. Lo cierto es que sigo aguantando, porque ya no hago los excesos de antes, pero el cuerpo me pide grasas. Y yo se las doy. De vez en cuando, pero se las doy.

Así que he pensado que, como dejar de comer es muy duro, tendré que incrementar el ejercicio y quemar lo que como. En esas estaba yo cuando, hace un par de meses, una amiga me propuso participar en la Carrera de la Mujer que se celebra el 12 de junio. Cuando vi el email, pensé que mi amiga se había vuelto loca o que le habían robado la identidad de la cuenta y era un correo de spam. Ánimo, que solo son cinco kilómetros, decía. "¿Pero tú me has conocido? Hola, soy Ruth, encantada; ¿nos vamos de pintxos?" Al rato, sin embargo, pensé que quizás fuera buena idea, por eso de hacer algo distinto y tomar el aire al mismo tiempo. Sólo había un pequeño problema: lo más que había corrido yo seguido en mi vida eran dos minutos, y casi me da un infarto en la cinta andadora. Pero aún así, le dije que sí. Y desde mediados de marzo me he prometido a mí misma que, en cuanto salga un día bueno, voy a correr al parque. Bueno, siempre y cuando tenga tiempo. Y ropa de correr limpia. Ay, sí, pero necesito bolsillos, ¿cómo llevo las llaves si no? ¿Y el mp3? Porque yo sin música no corro, oiga usted.

Resumiendo: desde mediados de marzo, he salido a correr cuatro días.

Lo que no significa que no lo haya hecho en el gimnasio, pero no es lo mismo. Más que nada porque, según he leído, es mucho más duro correr en la cinta que en realidad (o sea, en el mundo real de ahí fuera, porque en realidad también corres en la cinta). El miércoles, llena yo de energía, me sorprendí a mí misma cuando llegué a los quince minutos corriendo de seguido en la máquina. Podían haber sido más, todavía me quedaban fuerzas, pero las pulsaciones se acercaban peligrosamente a 160 (no sé cuál es el límite sano para una persona de mi edad, pero sentía en corazón en la cuenca de los ojos) y decidí parar. Anduve durante diez minutos más para ver si me calmaba; solo conseguí bajar a 120 antes de meterme en al ducha, pero teniendo en cuenta que fue hace cuatro días y aún no me ha dado un infarto, creo que no era para tanto. Aún así, me asusté ante el riesgo de un jamacuco y decidí que, para que no me volviera a pasar, tenía que... hacer lo mismo más a menudo. Y a poder ser en la calle.

Y como he leído en algún sitio que cuando haces deporte te tienes que ver mona porque te motiva más, ayer sábado me fui a comprar ropa para eso, estar mona (y porque nunca he hecho ejercicio y no tengo camisetas de deporte suficientes):



Y oye que si funciona: tras pasarme el día entero mirando por la ventana rogando que no lloviera, me he vestido para salir a correr... Y casi no salgo por lo encantada que estaba de conocerme y verme en el espejo. Monísima, oye, un aspecto de profesional que ya lo quisieran muchas. Cuando por fin he empezado a correr, yo creo que mis zancadas eran más largas, más garbosas, mi pose más erecta, el ángulo de los brazos el ideal... Vamos, que tenía que haberme comprado el atuendo hace mucho tiempo.

He vuelto a correr durante quince minutos seguidos y he tenido que parar porque me faltaba el aire, pero ya no sentía el corazón en la cuenca de los ojos. Luego he tratado de volver a correr pero ya no me daban las piernas. En total, diecisiete minutos corriendo y veinte andando de vuelta a casa que me han servido para relajar los músculos. Si mañana no llueve, intentaré que sean veinte, y a ver si voy todos los días a hacer algo, aunque sea en el gimnasio. El día 12, el objetivo es terminar. Aunque sea andando.

(Y, bueno, lucir palmito, que aún me queda mucha ropa por estrenar...)

San Francisco

Mark Twain tenía más razón que un santo.

Llegamos a Frisco y nos tuvimos que poner los pantalones largos, los calcetines, el jersey, la cazadora y la bufanda, y aún así hacía frío, porque por mucho que te abrigues la humedad del Pacífico te entra en los huesos y la niebla te nubla el termostato. Tratamos de encontrar un sitio donde cenar ligero después de las mini raciones del avión y terminamos sentados delante de un plato de rost beef bien cortado, con su puré de patatas y su acompañamiento de salsa grasosa, como mandan los cánones. Aquella noche dormimos como reyes en una cama que no desmerecía a la de un hotel de cinco estrellas, aunque estoy convencida de que habríamos dormido igual en una tabla rasa.



Pero, ¡horror!, a las cinco del día siguiente ya estábamos despiertos, y a falta de tiendas abiertas hicimos lo siguiente mejor: irnos a desayunar un desayuno típicamente americano. Que nos pasáramos las vacaciones metiéndonos tremendos desayunos de este pelo puede que explique el hecho de que no me valga la ropa que dejé en Vitoria, pero eso es harina de otro costal y no vale la pena elucubrar.



Y luego llegó el barrio chino, y el italiano, y el Golden Gate a lo lejos, y el Bay Bridge, que es aún más bonito que el primero pero no tan famoso, aunque no sé por qué. Y, por si hubiera hambre, nos fuimos a comer a un indio-irlandés donde las pintas estaban a seis dólares y pico y el plato de curry a cinco, para equilibrar la cuenta. El resto de la tarde la pasamos haciendo la digestión. Y paseando. Y pensando en lo cansados que estábamos a pesar de ser las siete de la tarde.



Pero qué bien se duerme en el Kensington Park, madre.

Nieve


Nieva en Vitoria. Como todos los años.

La nieve no es novedad, la falta de ella sí lo sería. Vitoria sin nieve es como un jardín sin flores, si no cae una buena nevada al menos una vez al año nos falta algo. Muchos años nos ha faltado algo, y no salimos en las noticias. Pero siempre que nieva, aparecemos en el telediario. La no-novedad es noticia.

Este año, la nevada ha sido quizás más copiosa que otras veces, aunque yo todavía recuerdo las que caían cuando yo era pequeña -y no tan pequeña- y soy incapaz de compararlas. Mi ikastola estaba al lado de un parque, así que, cuando nevaba, a veces nos llevaban al parque y nos pasábamos la hora del recreo haciendo ángeles en la nieve. Yo era una mocosa, tendría seis o siete años, y recuerdo que la nieve me llegaba por las rodillas. Ahora he crecido, mis rodillas están más altas. Quizás sea eso por lo que no me parece que ahora nieve tanto. Pero no, no es eso. Cuando hacía prácticas en la misma ikastola, intenté cruzar el parque después de una buena nevada. No pude. Me llegaba a mitad del muslo. Y desde entonces no he crecido más, así que sí, antes nevaba más que ahora.

Cuando nieva, me acuerdo de mi padre. Él siempre renegaba de la nieve. Decía que qué había de bonito en un paisaje completamente blanco, dónde estaba la gracia. El otoño sí que es espectacular, con su gama de colores, decía él, pero un paisaje todo blanco... Vamos, hombre, vaya porquería. Luego se ponía a enumerar los problemas que causaba la nieve, y mi hermano y yo le tachábamos de exagerado. Con lo divertido que es, le decíamos, mira cómo se lo pasan los críos.


Ahora he crecido, y creo que un poco del espíritu de mi padre habita en mí. Me gusta ver caer los copos desde la ventana de mi casa, con la calefacción a tope y la manta sobre el regazo, pero odio tener que salir a la calle. Me siento torpe andando con botas de monte, me patino por muy buen calzado que lleve, paso frío, me mojo... Me acuerdo del otoño, con el colorido de las hojas de los árboles, y deseo con todas mis fuerzas que acabe el maldito temporal. Quiero que deje de nevar. Quiero poder andar por la calle sin sentirme idiota.

Hoy he oído en televisión que un hombre que limpiaba la acera se ha resbalado y se ha matado con el golpe. Pienso en su familia, en el cuerpo que se te tiene que quedar cuando quien quiera que dé ese tipo de noticias se te plante en casa. "No, oiga, debe usted estar equivocado, mi marido está limpiando la acera". Estaba, oiga, estaba.

Nieva. Hace frío. El suelo reluce como si fuera de mentira. La noche es más clara cuando hay nieve.

Si es que vamos de cosmopolitas...



...y luego hacemos estas cosas.

Visto en Madrid, en un bar céntrico, en la calle paralela a Preciados. La foto no está trucada (no sabría cómo hacerlo aún si quisiera) y me ha servido para pasar muy buenos ratos. Lo que me he podido reír, madre.

Let's go sting something, uncle.

Meme: mi txoko


Veo en el blog de Maripuchi la invitación a un meme fotográfico y aprovecho que tengo la cámara cargando para mi viaje a Londres de mañana para sacar la foto antes de que se me olvide. He aquí mi rincón de trabajo, que en realidad es una oficina "toa pa mí sola". Nótese la biblioteca con mucho hueco que aún tengo que llenar, el gato reposando tranquilamente en el radiador (sin él, la oficina no sería la misma) y la botellita de agua para espantar al gato en cuanto se me sube a la biblioteca y empieza a tirar libros -y encima me tira los de escritura que compré en EEUU, el muy cabrón; se vé que está celoso del tiempo que me quitan de estar con él-.
Paso este meme a... Juan Cosaco, Sir John More y Rhytmduel, a ver si se mojan.

¡Guapo!


¡Pero qué guapo es mi monstruo, madre!
(Entrada debida al sentimiento de culpa por dejarle dos semanas al cuidado parcial de terceras personas. Pobre bicho, qué solo va a estar.)

Mañana de domingo


Me acerco a la ventana con el café en la mano. El gato, como siempre, salta al radiador y reclama mi atención con un par de maullidos que, seguro, han despertado a algún vecino. Le acaricio mientras observo los edificios de enfrente. La torre de la iglesia sobresale sobre los tejados de las casas; soy atea convencida, pero me gusta esa imagen, tiene algo de protector aunque sepa que sólo está hecha de piedra y cemento. Otra paradoja que añadir a mi personalidad.
Son las ocho de la mañana de un domingo. Las calles están desiertas y el silencio es acogedor. No tengo nada que hacer hoy, nada que me haya obligado a levantarme tan temprano un día en el que ni siquiera puedo ir de compras, pero me daba cargo de conciencia quedarme en la cama con semejante día ahí fuera. No tengo que hacer nada. Sólo lo que yo quiera.
El cristal de la ventana está sucio. Lo lavaré cuando salga un día nublado, que será pronto (al fin y al cabo, esto es Vitoria, y aquí el buen tiempo dura menos que la alegría en casa del pobre); no puedo desaprovechar un cielo tan azul. Dejo la taza vacía en la fregadera, cojo a Sauron en brazos y le acaricio mientras sonrío a la calle vacía. Es domingo. Es verano. Sauron ronronea de placer.
Yo también lo haría, si fuera gata.