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Vacaciones de una anglófila, o la mala suerte de no haber nacido con acento británico.


Lo confieso: me encanta el Reino Unido. Digo Reino Unido como si hubiera estado en algún otro sitio que no sea Inglaterra, pero es que queda mucho mejor porque así se nota que sabes la diferencia entre una y otra. Porque yo lo que quiero decir no es que me gusta Inglaterra, sino que me gusta todo el Reino Unido. Aunque solo conozca parte. Pero me gusta todo. Por anglófila, que no es una enfermedad diagnosticada (todavía), sino el amor hacia todo lo que suene al idioma de Shakespeare.

Recuerdo que una vez, hablando de acentos, alguien me dijo que podría enamorarse de alguien solo con oírle hablar con acento argentino; a mí me pasa eso con el acento inglés (y aquí sí que quiero decir inglés, que el irlandés me parece divertido pero no romántico, y el escocés no lo entiendo; el galés no lo conozco, sorry), aunque reconozco que los hombres británicos no me parecen, ni con mucho, los más apuestos del mundo. Pero es que oigo un "toss it in the bin, luv" y me derrito, por más que traducido al castellano no sea más que "tíralo a la basura, cielo", que ya ves tú qué romántico y qué especial. Una semana he pasado en Bath y teníais que verme andando por la calle, poniendo la oreja para escuchar conversaciones que no me incumbían y practicando las expresiones que más gracia me hacían (para lo que era necesario ir hablando sola por la calle y aguantar las miradas de más de un guiri preocupado por mi salud mental; es lo que tiene viajar sola, qué le vamos a hacer).

Las vistas desde mi ventana. Quaint, isn't it?
Avon river. Lo que viene a querer decir
el río Río.
Bah, nada, el jardín trasero
de mi nueva casa

Y luego están los paisajes. ¡Qué paisajes! Siendo del norte, parece mentira que me derrita ante una campiña verde y casitas de piedra y madera, pero ¡ay!, lo que me gusta a mí un paisaje "quintessentially English". Los techos de paja, los pedruscos enormes en medio de pueblos perdidos por ahí, los pubs, la calle donde se rodó "Pride and Prejudice", la casa de los padres de Harry Potter en la primera película. Porque sí, por supuesto, ya que una va a visitar monumentos, cómo va a olvidarse de buscar los decorados de la película, al menos los del mundo real, que a los del estudio ya nos explicó Ana cómo ir (mi próximo objetivo, qué os pensabais). Y es que cada vez estoy más convencida de que yo tenía que haber nacido inglesa, o británica, o como mucho escocesa (por más que no les entienda), aunque a veces también opino que en mí habita una octogenaria de Arkansas. Pero con acento británico.

Aquí murieron James y Lily. Sniff. 

Como no podía ser menos, al viaje me llevé varios libros, y volví con más. En el avión de ida (y el tren a Londres, y el tren a Bath) casi devoré (de nuevo) NW, de Zadie Smith, una de mis escritoras favoritas. Y en Bath le eché mano (¡por fin!) a England, England, de Julian Barnes, libro que disfruté como una enana. Tiene mucha gracia leerlo después del Brexit, qué queréis que os diga (si se os da bien el inglés, he escrito una reseña aquí). Tuve tiempo de sobra para leer, porque Bath no es una ciudad (¿pueblo?) donde haya demasiado que ver, aparte de ser cara de narices y estar llena de turistas. Pero es muy bonita, y el bed & breakfast donde me quedé también mereció la pena. Otro rincón típicamente inglés.

El chalet a medio construir de un bilbaíno
que decidió a última hora mudarse a Laredo.
Menos mal que la climatología de mi querida región no me deja echar mucho de menos aquello. Desde que he vuelto, no ha asomado el sol aquí ni para dar los buenos días. ¿Veis? Si en realidad solo me falta el acento británico (inglés), lo demás ya lo tengo. Incluido el mal tiempo.


De camino a Santiago


Este fin de semana, como en estos lares nos han dado dos días extras de fiesta por el día de San José tengas o no tengas padre, me he ido a hacer el camino de Santiago. Salí el jueves por la mañanita, con la ropa justa por eso del peso, que ya se sabe que una debe llevar solo un diez por ciento de su peso corporal (en mi caso da para llevar el equipaje de varias personas, pero en fin), y una bolsa con avituallamiento por si me daba una pájara por el camino. Dejé atrás un tiempo muy malo, frío polar y un cielo nublado que no auguraba nada bueno, pero según me fui acercando a mi destino vi salir el sol. Elegí el camino de la costa, porque me gusta lo verde y porque, no os voy a engañar, sé qué ciudad viene después de cada una y corría menos peligro de perderme (que no me hagan nunca un examen de geografía, por favor, porque no tengo ni idea de las ciudades castellanas que hay de aquí a Santiago). A eso de las siete de la tarde, agotada y casi deshidratada (y con unas ganas locas de mear), llegué por fin a Santiago. Aparqué el coche en un parking, cogí mi maleta con ruedas y tiré para el hotelillo que había reservado hasta el domingo. Que digo yo, habiendo las carreteras que hay, ¿cómo es que la gente va andando? ¿Están todos locos?
Llegué, digo, a un hotelillo con mucho encanto, en el que me dieron a elegir hasta la habitación. Ese mismo día salí a localizar la catedral para ir a verla el viernes, y cuál no sería mi sorpresa cuando, a eso de las ocho de la tarde, me di cuenta de que todavía era de día. Ya había oído hablar de que anochece más tarde por estar más al oeste, pero coño, ¿una hora? Yo, feliz, me di una vuelta por el casco viejo, comí una tapa de salpicón de marisco y luego terminé cenando con caldo gallego y tarta Santiago (que no falte; me he puesto morada). No os voy a aburrir con todo lo que he comido porque ha sido mucho, pero creo que hasta he perdido peso por todo lo que he andado y lo sano que era todo el pescado que me he metido entre pecho y espalda. Y es que el camino da un hambre…
Al día siguiente fui a ver la catedral. Tan concentrada estaba en lo que me decía la audio guía que no me di ni cuenta de que afuera la luna se estaba poniendo entre la tierra y el sol y todo el mundo andaba con gafas de sol en la plaza del Obradoiro viendo el eclipse. Yo estaba traumatizada viendo a la gente abrazando al santo, que a punto estuve de llamar al de seguridad para decirle que estaban tocando la escultura, hombreporfavoresqueestosnosabenqueesonosetoca, hasta que la audioguía, muy maja ella, me explicó que era tradición y que habían tenido que cambiar el manto de plata porque estaba desgastado de tanto abrazo (y digo yo, que mejor desgastado que no desaparecido, porque en cualquier otro sitio se lo hubieran llevado). Vi el botafumeiro colgando (que me disculpen los gallegos y gallegas si lo he escrito mal), pero no ondeando porque no fui a misa, y pasé de ver las reliquias del santo por porque una es atea y me parecía una blasfemia. Eso sí, fui al museo vi todas las piedras y me fijé en que la mayoría de las piezas más importantes no estaban allí porque habían sido cedidas a otro museo. Qué mala suerte, hombre. Ley de Murphy. 
De lo que sí he visto  mucho este fin de semana ha sido peregrinos. Gente con mochila que no tenía cara de cansancio, sino que paseaban por ahí como si lo más normal del mundo fuera llevar un palo con punta en la mano y una enorme mochila a la espalda. Varios me preguntaron que dónde estaba la catedral, y yo, que me pierdo en Vitoria, no intenté siquiera guiarlos en la dirección aproximada y les dije a todos que era de fuera (me creyeron, ¿será el acento?). Hubo un momento en el que me dieron envidia y me planteé en serio lo de hacer el camino andando, pero entonces me di cuenta de que llevaba ya una hora de paseo y me fui a descansar con una caña y una tapa. Me da a mí que yo para eso no valgo.
La vuelta la he hecho igual que fui, pero en sentido contrario. Si llego a hacer caso al GPS todavía estaba en Palencia, pero he sido aventurera y he tratado de llegar a Vitoria yo solita sin ayuda, ahí, a la aventura (bueno, un ratito sí que he puesto el cacharro, lo suficiente para pillar la autovía del cantábrico, que andaba despistada). Porque, después de todo, ¿qué es el camino a Santiago (que no “de Santiago”) sino una aventura? La próxima vez, quién sabe, lo mismo voy por León y os sorprendo a todos. Solo una preguntita: ¿a Santiago se va por León? Digo, por si me dejo el GPS. No la vayamos a liar. 

De samosas que pican o dónde colocan diferentes culturas el umbral del dolor.



Una de las cosas que más me gusta hacer en Londres es comer en un restaurante indio. No me suele gustar ir a una de esas cadenas en las que cualquier parecido con un curry de verdad es pura coincidencia, pero esta última vez que he ido, qué cosas, terminé en un restaurante enorme que me da a mí que era franquicia (aunque había mucha gente de aspecto indio o pakistaní comiendo allí, lo que siempre es garantía de autenticidad, o eso me digo yo a mí misma). Entré sin mucha hambre, pero ya llevaba recorrida la calle Carnaby varias veces y no me apetecía tomar otro té; me dieron la carta y yo comprobé con horror que los nombres de los currys eran distintos a los del restaurante indio-irlandés (sí, indio-irlandés) que tanto me gustaba en San Francisco. Como siempre, los distintos niveles de picor venían marcados con dibujos de guindillas que yo interpreté a mi antojo: una guindilla, roza el umbral del dolor pero no llega; dos guindillas, solo apto si tienes el extintor a mano. Miré los platos que no tenían ni guindilla ni advertencia de ningún tipo. Las samosas estaban en este grupo, bien. Si hay algo que me gusta de la comida india, más que cualquier curry, es esa pasta similar al hojaldre con relleno de verduras por dentro, pero normalmente las ponen tan picantes que es difícil paladearlas. Pedí al camarero que me recomendara un curry que no picara y pedí las samosas como entrantes. 
Con el primer mordisco supe que quien había escrito el menú tenía una mente muy retorcida. El picor no atacó de golpe, sino que se fue apoderando de mi boca lentamente, un “qué me está pasando que me arde la lengua” paulatino, de forma que antes de darme cuenta de que aquello picaba horrores ya me había comido media samosa. Intenté calmar el picor con la guarnición de garbancitos que había a un lado, pero aquello fue una mala idea, porque picaban más. Yo seguía comiendo, que una es vasca y no se va a dejar amedrentar (y aquello estaba riquísimo), y trataba de mitigar el dolor con tragos de cerveza Cobra (que también estaba buenísima). Cuando terminé la primera samosa, tenía lágrimas en los ojos. El camarero me vio de lejos y me preguntó con un gesto si todo estaba bien. Yo hice gesto de “joder cómo pica esto” (ese gesto internacional en el que te abanicas la cara y haces una O con los labios), y él, ojiplático, se acercó a mi mesa. 
—¿Está muy picante? —me dijo. 
—Mucho —contesté. Para qué mentirle, si me caía una lágrima por la mejilla—. Pero está muy rico. Muy rico. 
Él soltó una carcajada que hizo que los comensales de alrededor miraran a mi mesa. 
—Pues las samosas ni siquiera están marcadas como picantes en el menú.
—No, si ya —Quería añadir “so capullo”, pero me pareció poco apropiado porque en inglés suena muy fuerte. El hombre no dejaba de reírse, pero estaba un poco mortificado. 
—Le voy a traer algo de yogur.
—No, deje, deje, si ya me las he comido. Oiga, ¿el curry es tan picante como esto?
El camarero alzó las cejas y me miró con cara de susto.
—Uy… Pues yo creo que no, pero ya no me atrevo a decirle nada. Deje que le traiga un poco de yogur, ande. 
—No, de verdad, estoy bien. 
Estaba de cine: me había acabado las samosas y tenía un par de minutos antes de que llegara el plato fuerte. Y cerveza. 
El curry, en efecto, no picaba en absoluto, pero como veis en la foto podía haber alimentado a una familia de cuatro miembros y no me lo pude acabar. Una de las camareras se acercó a traerme el dichoso yogur, “que ya veo que lo está pasando mal”, cuando el problema no era ya el picor sino el llenazo inmundo que tenía. El curry, todo hay que decirlo, estaba buenísimo, y las dos cervezas que lo acompañaron también. 
Eso sí, la noche que me dieron las putas samosas no se puede describir. Al día siguiente cené yogur con cereales comprados en el súper de al lado del hotel. 



El retonno

He vuelto.

Regreso a la rutina, al estudio, al trabajo, al gato.

Regreso a esa sensación de que yo pertenezco a otro lugar. Y a otro tiempo. Y a otro cuerpo.

Regreso, pero aún tengo la cabeza en las nubes. En lugar de refrescarme, este viaje me ha confundido más.

Pero estoy de vuelta. Al menos físicamente.

Hasta el sábado

Me voy a Gijón, a mi primera Semana Negra. Llevo años queriendo ir y hoy ha llegado el día. Cojo el tren a las dos de la tarde y no llego allí hasta las, terror, ocho de la noche. No me puedo creer que Asturias esté tan lejos.

Cuidadme el chiringuito. Vigilad que no entre ningún indeseable. Sed buenos y buenas (o no, vosotros veréis). Ya os contaré.

Londres


Queridos y queridas visitantes, aquí la menda se va a visitar el Big Ben y a sacarse fotos con los autobuses de dos pisos, así que de aquí al treinta de diciembre no os leeré ni podréis leer nada nuevo por estos lares. Pasadlo bien, digerid bien las cenas varias y que os sean leves las fiestas. Yo estaré practicando el nuevo acento RP que tan encarecidamente me piden en la carrera y que tan poco se parece a mi General American (para una vez que tengo acento, no vale).

California: El sur

El sur de California no tiene personalidad. Es bonito, como puede ser bonito uno de esos cuadros que se hacen para los turistas en las zonas costeras y de los que encuentras doscientos en cada tienda de souvenirs, pero no tiene el encanto que tiene el norte, al menos no para mí. Por eso, el post de hoy no va a tener mucha historia y sí muchas fotos, porque sería ridículo tratar de usar palabras para describir una acuarela de las de a dos euros la docena.



Nuestro lento descenso hacia el sur nos hizo pasar el día en Santa Bárbara, ciudad pija donde las haya. Todo está diseñado para la foto, hasta las palmeras hacen los dibujos exactos contra el cielo de la ciudad. Es un lugar ñoño, no encuentro otra palabra para definirlo, y hasta la gente que pasea por sus calles parece demasiado perfecta para ser verdad (exceptuando los turistas, claro).

Pero hasta Santa Bárbara es California, y California es, probablemente, el estado más de izquierdas de todo Estados Unidos, lo que no es decir mucho pero algo es algo (sí, ya sé que tienen a Swatzchenegger de gobernador -¿aprenderé a escribir su nombre algún día?-, pero si a vosotros os dieran a elegir entre una actriz porno, el enano de Webster o Terminator, ¿a quién elegiríais?). Ahí, en mitad de la playa, a vista de todo el que paseaba por el dique de las tiendas y los bares, había una impactante protesta contra la guerra, un cementerio en miniatura con todos los soldados caídos en la guerra de Irak. Quizás esta ciudad no sea tan de cuento de hadas, después de todo.

Lo mejor de bajar al sur es coger la Highway 1 (Pacific Coast Highway, se menciona en muchas canciones) e ir despacito, disfrutando de las vistas de los acantilados. Yo conducía y no pude mirar mucho, pero aún así lo gocé: era como si el rabillo de mis ojos supiera exactamente dónde mirar, y sabía cuándo iban Marta y Javi a soltar una expresión de admiración. Se nos cayó la baba viendo las casitas de Malibú -e imaginando cómo serían esas que no podíamos ver- y paramos a tomar la obligatoria foto de la caseta de los vigilantes de la playa, aunque primero tuvimos que ponernos las chaquetas porque hacía un frío del carajo. California. Ven a pasar calor.

Pasamos la noche en Santa Mónica, a donde llegamos ya tarde y de la que sólo disfrutamos la calle tercera, que, para mí, es lo único que merece la pena de toda esa ciudad/barrio dormitorio de Los Ángeles. A Marta y a mí nos encantaron las tiendas -cerradas, una pena, pero volvimos al día siguiente-, el ambiente, los grupos tocando en la calle, la gente bailando salsa y tango... A Javi le gustó algo bien distinto, algo que no había visto en su vida: ¡HOOTERS!

Marta y yo salimos con complejo de todo de aquel bar (y yo con el susto en el cuerpo porque me di cuenta, al sacar el pasaporte para demostrar mi mayoría de edad y poder trincarme una jarra de cerveza, que había perdido la tarjetita de inmigración que me habían dado en la aduana), pero hasta a nosotras nos gustó. Si alguna vez tenéis la oportunidad de ir a uno, seáis hombre o mujer, os lo recomiendo. Muy americano, merece la pena.

Y, por fin, para dar por finalizada nuestra gira al sur de California y antes de emprender el camino hacia Las Vegas (ya temblaba la visa en la cartera, sabiendo la paliza que le iba a dar), hicimos la obligatoria parada en Hollywood y Rodeo Drive. Para los que no hayáis estado nunca, os diré que Hollywood es el lugar más cutre sobre la faz de la tierra, con vagabundos por todas las esquinas, las calles sucias, sexshops y tienduchas de souvenirs peleando por un hueco de acera frente al teatro chino... Javi y Marta pusieron la misma cara que debí poner yo cuando lo vi por primera vez, por más que fueran avisados.
Como veis, les impactó tanto mi llegada que me pusieron una estrella (el apellido estaba mal escrito, pero ya se sabe, a estos americanos les das una eñe y se pierden) y me llevé la sorpresa del viaje y la foto que hizo merecer aún más la pena la excursión: nos estábamos yendo ya cuando Marta se adentró en un corro de gente que sacaba fotos como si se les fuera a escapar a cierta colección de huellas. Los actores de Harry Potter habían estado allí hacía apenas un mes, y yo, YO, conseguí mi foto con ellos.

Y digo yo: ¿Para cuándo las huellas del VERDADERO Harry?

California: Santa Cruz y San Luis Obispo


Los primeros días del viaje utilizamos King City como campamento base y visitamos los pueblos de la zona, algunos de los cuales merecen mucho la pena. El primero fue Santa Cruz, tierra de surfistas y capital de las lesbianas (aunque de los primeros he visto muchos, las segundas son más discretas y todavía estoy por ver una pareja cogida de la mano); paseamos por el centro, volamos unos cuantos dólares en las tiendas “superchupis” de la calle principal y subimos a ver el faro y la playa de los perros, donde a partir de cierta hora parece estar prohibido entrar si no llevas a tu mejor amigo contigo. El tiempo se confabuló contra nosotros, y no porque hiciera malo. En Santa Cruz siempre hace frío, un frío de esos que te hiela los huesos, pero aquel día nos achicharramos, con lo que mis roommates y yo quedamos como unos sucios mentirosos ante Marta y Javi. Incluso volvimos con sendas quemaduras en los hombros.

Al día siguiente fuimos a la ciudad universitaria por excelencia de la zona, San Luis Obispo, donde hicimos casi exactamente lo mismo que habíamos hecho en Santa Cruz con una parada muy especial: era 21 de julio y había que comprarse el séptimo de Harry Potter, por más que me hubiera propuesto no empezar a leerlo inmediatamente. Y, ya que había entrado, arramblé con unos pocos libros más (tenía que volver a leer a Steinbeck) y fuimos a la cafetería de enfrente a tomarnos un refrigerio. Sí, ya sé que los Starbucks son el epítome del capitalismo estadounidense, pero qué le vamos a hacer: a mí me encantan. Puede que sea lo que más me gusta de California, y sin un par de ellos al día (tall ice mocha with whip cream, please) no soy persona.
Aquella misma noche empecé a leer a Harry… No sé para qué trato de engañarme a mí misma.

California: King City

Después de tamaña odisea, llegar a San Francisco fue como llegar a Tierra Santa. No besamos el suelo porque, con lo raritos que son los estadounidenses, nos jugábamos una detención, pero yo no podía dejar de saltar de emoción por más cansada que estuviera. Pasamos nuestra primera noche en un hotel cercano al aeropuerto –la ciudad no la vimos ni de lejos, aunque se intuía bajo las nubes que prometían niebla en la ciudad del Golden Gate- y a la mañana siguiente volvimos al aeropuerto a recoger nuestro maravilloso todoterreno que nos convirtió en un auto más en aquella marabunta de tanques. Enfilamos el camino al sur por la 101. Increíble. Había pasado más de un año desde la última vez que condujera por aquella carretera, pero parecía que nunca me había ido.

Antes de ir a King City pasamos por Monterey (si habéis leído “Las uvas de la ira” os sonará) y Carmel (cuyo alcalde fue Clint Eastwood y donde el suelo huele a dólares), sitios de los cuales no saqué fotos en este viaje porque debo tener carretas y carretones de tantas veces que he ido.

A pesar de ser lugares muy turísticos, ambas ciudades parecían desiertas, quizás porque era un jueves de julio y los visitantes no llegarían hasta el fin de semana. Paseamos por las calles de Monterey, visitamos el dique con sus tiendas de souvenirs, vimos las focas que habitan allí –qué fría está el agua del pacífico, madre- y pisamos la arena de la playa de Carmel, un sendero blanco que se alarga hasta donde se pierde la vista y donde acuden los pintores de la zona (el pueblo está lleno de galerías de arte) a pintar los atardeceres. Por cierto, nunca había visto a nadie aplaudir a la puesta de sol. ¿Creerán los californianos que el atardecer del día siguiente será más bonito si sus aplausos son más cálidos?

Después de ver la misión de Carmel por fuera –han cerrado la puerta de la iglesia, pillines, se han dado cuenta de que la gente hacía el tour de la misión al revés, entrando por la salida y ahorrándose los cinco dólares que cuesta la entrada-, emprendimos la marcha hacia King City y vi algo que nunca había visto en aquella zona en mis siete años de vida allí: un atasco monumental que convirtió un trayecto de veinte minutos en una hora larga. Pero llegamos, y lo primero que hicimos nada más dejar las maletas en mi antigua casa y saludar a mis etxekides/roommates fue ir a tomar una cerveza al bar del pueblo, donde, sin comerlo ni beberlo, tuvimos un espectáculo digno de una película de Jodie Foster: un matrimonio discutía en una de las mesas, con él murmurando entre dientes “fuck you” a escasos milímetros de la cara de ella, los hijos viendo los dibujos en la barra del bar. De repente, ella se puso de pie sobre la banqueta y empezó a gritar: “¡ESCUCHAD TODOS! ¡LE HE PUESTO LOS CUERNOS A MI MARIDO! ¡LE FUI INFIEL CON UN MEJICANO HACE AÑO Y MEDIO!” El resto no lo oímos porque salimos pitando del lugar. Él medía casi dos metros y tenía la hechura de un levantador de pesas vasco, así que nos fuimos antes de que empezaran a volar las hostias.


Huelga decir que Javi y Marta se llevaron una grata primera impresión del pueblo.

California: Philadelphia


Un consejo: si tenéis que viajar a California, hacedlo en vuelo directo desde Europa para no tener que hacer escala en una ciudad de Estados Unidos que no sea la de destino, y sobre todo, nunca, nunca, vayáis por Philadelphia. No hay cosa peor tras siete horas de vuelo que tener que coger las maletas, pasar la aduana, volver a dejar las maletas, pasar la inspección de agricultura, seguridad, embarque… Y nunca he visto gente más desagradable que los trabajadores de Philadelphia. Se salen.
Habíamos vuelto a facturar las maletas (alucinados ante el hecho de que las levantaran un metro sobre la cinta y las dejaran caer con toda su mala leche, si hacen eso delante de los dueños qué no harán cuando no haya nadie mirando) y nos dirigimos a la famosa ventanilla donde, supuestamente, Javi tenía que recoger su tarjeta de embarque. En la puerta de Madrid le habían hecho una manual asegurándole que no tendría problemas con ella; por supuesto, los tuvo, y gordos.
-No, no, tienes que ir a la ventanilla de United, esto es US Airways.
-Ya, pero es que la tarjeta me la ha hecho US Airways.
-No, no, ve por este pasillo hasta la terminal D.
Pero, oh, problema, para llegar a la terminal D había que pasar por un control, y en el control no le dejaban pasar con su tarjeta manual.
-No tiene fecha. Tienes que volver a que te pongan la fecha.
-¿Y si la ponemos nosotros? –comentó Marta de camino.
-A ver si vamos a meter la pata…
En la ventanilla nos miraron como las vacas al tren. ¿Una fecha? Sí, claro que te la pongo. ¿Qué día es hoy? Diecisiete. Ah, no, dieciocho (tachón en tarjeta de embarque). Vuelta atrás, pasamos el control con un ceño fruncido. Llegamos a seguridad. Marta pasa primero, yo me quedo la última por si le ponen pegas a Javi. Por supuesto, se las pusieron.
-No, no, con esto no puedes entrar. Quiero la blanca, como la que tiene ella.
-Y yo también, pero no me la dan. Me han dicho que con esto era bastante.
-Espera, que pregunto a un compañero.
Tres personas miran la tarjeta de embarque de Javi y fruncen el ceño.
-Tiene un tachón.
-Nos lo acaban de hacer al ponerle la fecha.
-Pues con este tachón no te puedo dejar entrar. Tienes que volver a la ventanilla.
-You have to be kidding, right?
Ceja levantada del negrazo con cara de pocos amigos. Me callo. Le indica a Javi que se ponga las zapatillas y le siga. Yo hago amago de ir con él para ayudarle con el inglés. El negro me para en seco.
-No necesita que vayas con él, sólo tiene que sacar la tarjeta de embarque.
Sin cinturón, pasaporte ni dinero, Javi desaparece, y Marta y yo nos quedamos con cara de tontas sin saber cómo ayudarle. Se me ocurre que quizás en la puerta de embarque puedan hacer algo, y dejo a Marta esperando a su novio mientras yo corro por los pasillos. Por supuesto, nuestra puerta es la más lejana. Quince minutos más tarde, un indio (de la India, no nativo americano) me dice que no puede hacer nada. Me doy la vuelta, jurando en arameo y segura de que vamos a perder el avión (queda media hora para embarcar), planeando llamar al consulado de Nueva York, a la abogada de Los Ángeles y a la CIA si hace falta, cuando me doy de bruces con Javi y Marta. Javi está sudando por todos los poros de su piel, está hasta pálido.
-¡Te han dejado pasar!
-Sí, previo pago.
-¿Cómo?
-Pues que el negro de la puerta me ha hecho así –se frota tres dedos de una mano- y le he tenido que dar treinta dólares para que me dejara pasar.
Dios mío. Habíamos llegado a una república bananera con ínfulas de democracia.

California: Primera etapa


El viaje empezó mal, aunque no tanto como para vaticinar lo que nos pasaría más tarde. No habíamos salido de Vitoria cuando surgió el primer contratiempo: Javi se había traído el pasaporte viejo en lugar del nuevo, caducado y sin la banda magnética que piden para entrar en Estados Unidos. Yo me eché a reír con ganas, Marta corrió a cambiar los billetes del autobús y Javi se dio de cabezazos contra la pared de la estación, para delirio mío. Eran las cuatro de la tarde, nuestro avión no salía hasta la una de la tarde del día siguiente, había otro autobús en apenas dos horas, el mal era menor; además, no había sido yo la del despiste, así que me divertí de lo lindo con la anécdota. Creo que alguien comentó “ojalá sea esto lo peor que nos pase”. Vaya manera de gafar un viaje.
Cogimos el autobús de las seis menos cuarto, el interpueblos, qué ancha es Castilla, madre. Cinco horas más tarde y con “Brooklyn Follies” casi terminado nos encontrábamos en Madrid, y una hora después habíamos conseguido localizar el hotel (¡escaleras mecánicas en el metro ya!). Dormimos a pierna suelta, relajados y confiados, pensando en llegar con tiempo al aeropuerto al día siguiente. Lo hicimos, para las nueve y media ya estábamos allí, y, aunque el avión no salía hasta la una, nos pasamos nuestra hora larga en la cola. Cuando llegamos al mostrador, Javi demostró que no se puede viajar con él: a Marta y a mí nos dieron nuestras dos tarjetas de embarque, a él sólo la primera, hasta Philadelphia.
-Perdona, a mí sólo me has dado una y a ellas dos –le comenta a la azafata.
-Es que el ordenador no me deja, tenéis reservas distintas.
-¿Cómo que distintas, si compramos los tres billetes por Internet al mismo tiempo?
-Pues el ordenador no me deja darte el segundo billete. Pero no te preocupes, en Philadelphia vas a la ventanilla de United y te la dan al momento.
Con la mosca detrás de la oreja y tras preguntar en la oficina de US Airways y recibir la misma respuesta, embarcamos en el avión y cogimos nuestros maravillosos asientos de salida de emergencia (Javi y yo fuimos con las piernas bien estiradas; Marta cedió su asiento, qué buena es ella, a una señora con tromboflebitis que no le dio ni las gracias). Echamos unas cabezadas, leímos, vimos un par de películas en las pantallitas individuales y llegamos a Philadelphia antes de que nos doliera el culo, lo que supuso un gran alivio. Primera etapa conseguida, sólo quedaba la peor parte (para mí) del viaje: pasar la aduana. En mi último año de trabajo en California había tenido ciertos problemillas con el visado y temía que me pusieran pegas para entrar, aunque había preguntado a una abogada, investigado en internet y leído bien todos los papeles de visados anteriores que tenía y no parecía que fuera a haber problemas. Aún así, fui ligeramente temblorosa a la ventanilla. Entregué mi pasaporte y mis papeles, respiré hondo… y vi cómo el agente sellaba mi visado de turista sin hacer más preguntas que “what’s the purpose of your visit?” Me dejé tomar las huellas y sonreí a la cámara con la mayor de las alegrías.
Marta tampoco tuvo problemas con los papeles (aunque hubo un momento de descojone por mi parte otra vez, cuando le hicieron poner la huella dactilar del índice derecho, en el que le falta la primera falange), pero cuando le llegó el turno a Javi… Hay que ser gafe, coño. El agente de la aduana cogió sus papeles y empezó a hacer rayas con el fluorescente, indicándole que tenía que coger sus maletas e ir a la sala de inspección secundaria. Muerta de risa, le acompañé para ayudarle con el inglés, aunque resultó que no le hacía falta. El agente que nos tocó debía estar más harto que nosotros y ni siquiera le abrió la maleta. Pasamos la inspección agrícola y seguimos adelante.
Ya sólo nos quedaba conseguir la segunda tarjeta de embarque de Javi y cruzar seguridad. Coser y cantar, según nos habían dicho en Madrid.
Como pille a la azafata que nos atendió en Barajas...

King City, California

Aquí os dejo un par de foticos del lugar que me acogió durante siete años, King City, en el condado de Monterey, California (no confundir con Monterrey, Méjico). Obviamente, no son muy modernas, pero las he elegido porque quería que viérais lo mismo que debió ver Steinbeck cuando escribió "Al este del Edén". Si habéis visto la película, habéis visto King City (James Dean se baja en la estación de tren del pueblo; curioso, hoy en día King City no tiene estación) y si habéis leído el libro (qué obra de arte, madre), habréis sentido el calor del valle de Salinas en la piel, y la inmensidad de las sierras que bordean el pueblo, y la sequedad de la tierra en los pies...
Espero poner fotos un poco más modernas a mi vuelta. Entre tanto, disfrutad de estas.

Esto es lo que Steinbeck veía cuando escribió su novela.



El instituto, de 1910, que aún se usa; declarado monumento histórico (creo que es el edificio más antiguo del pueblo, angelicos.