De las funciones del equipo directivo o cómo dejar de disfrutar de lo que importa.



El otro día tuvimos reunión del OMR, el órgano de máxima representación del colegio. La dirección presentó a un grupo de familias y profesoras el calendario del año que viene, las cuentas y un número de proyectos para el curso próximo, y todas asentimos con la cabeza sin saber muy bien qué decir. Salí pensando que, aunque ir supone un esfuerzo y hay madres (y profesoras) que podrían meterse un calcetín en la boc
a para evitar hablar tanto y decir tanta tontería, me gustaría formar parte más activa en la vida del colegio. Quién sabe, me dije, igual el año que viene quede una plaza vacante en el equipo directivo y podría meterme de secretaria o jefa de estudios. Directora no, eso ni en broma, que ella es la que lidia con todo el pueblo y para eso no valgo. Pero secretaria… Redactar las actas, tomar notas, encargarme de atender a las familias y del papeleo, llevar el material… Un cambio de aires no me vendría mal. Y el trabajo de la jefa de estudios, aunque duro, me parece muy llamativo. Ver todo el sistema por dentro, organizar el claustro, encargarse de horarios y de los proyectos del centro, y ese millón de pequeñas cosas que caen en sus manos y que no se ven pero ahí están. Directora no, eso ni de coña, pero las otras dos pase. Yo papeles, eso sí, papeles y mucho movimiento. Subir y bajar, buscar a Fulana y Mengana, organizar reuniones y el plan de centro. Eso sí, eso me gusta.
Todo esto lo pensaba camino al coche, y cuando atravesé la plaza que da al parking en el que lo había dejado me encontré con un grupo de niños de las clases de cuatro y cinco años. Todos empezaron a gritar mi nombre y yo, que iba con prisa porque quería llegar a casa cuanto antes, les saludé con un rápido aspaviento y un “hello, hello, see you tomorrow”. Ellos se despidieron con un “Ruth, I’m fine, thank you” que me hizo sonreír, y después se acercaron a la barandilla que separa la plaza de las escaleras que bajan al aparcamiento y me cantaron la canción del perrito que protagoniza nuestro libro de texto. Llegué al coche con una sonrisa. 
Quizás no sea tan buena idea, ni tan importante, conocer la escuela por dentro, me dije entonces. A veces, con saber que tu trabajo lo haces bien y la gente está a gusto es suficiente. Sobre todo si esa gente son pequeños monstruos de cuatro años que no distinguen una despedida de un saludo, pero con tal de hablar en inglés lo usan igual. 

De la robotización en las aulas y qué ganas tengo, madre




Estoy convencida de que, en un futuro no muy lejano, algunas aulas de secundaria y quizás tercer ciclo de primaria (o más pequeños aún) podrán ser manejadas solo con un ordenador. Una máquina que tenga la programación de todo el año será la encargada de la formación de nuestros niños y niñas a base de power-points, trabajos en la pizarra digital, exámenes de respuesta múltiple y demás, y la única persona adulta responsable de esos niños será el programador o programadora del dichoso ordenador, que ni siquiera tendrá que ser docente. La máquina estará preparada para dar la materia al nivel que cada niño o  niña necesite, dando refuerzos allá donde donde fallen, graduando la materia dependiendo del resultado de la última prueba. Los y las que vayan bien irán muy bien y los y las que necesiten de ayuda extra la tendrán. Incluso se podrán hacer trabajos en equipo, estoy convencida. 
Lo peor de esto es que no lo veo como algo malo. Como leí el otro día, aquel profesor o profesora que pueda ser sustituida por un ordenador merece serlo. Hay seres humanos en nuestras clases que son mucho peores que una máquina, porque se les presupone una humanidad de las que muchos y muchas carecen. Un ordenador, por ejemplo, no vendrá con ideas preconcebidas sobre los gitanos y “los moros” (así, en grupo grande, porque todos son iguales vengan de donde vengan y hablen el idioma que hablen), cosa que nosotros y nosotras hacemos a diario. La falta de toque personal ya está presente en muchas aulas; la profesora que dice que “si ya sale para ayudas con la PT, yo no tengo que hacer nada con ella en clase”, o el profesor que sale de su clase a grito de “¡son tontos, son todos tontos!” podrían ser sustituidos por un PC de los que tú y yo tenemos en casa y se notaría la diferencia, sí, pero a mejor. La formación académica de los y las alumnas mejoraría. Quizás muchos y muchas mejoraran sus relaciones interpersonales, a base de chats y juegos de rol, conferencias por Skype con otros lugares del mundo, trabajos que luego colgar en la red para que un programador o programadora pueda utilizar para la semana de la interculturalidad, cosas así. No, no sería malo que en algunas aulas el único a cargo de la educación de nuestro futuro fuera un ordenador. Se contratan monitores con conocimientos de artes marciales para cuidar el patio y listo, ya tenemos una escuela. Criaríamos seres que no saben lo que es ser queridos fuera de su casa, que no tendrían contacto con ninguna figura “de poder” fuera de su padre y de su madre, pero qué demonios, algunos ya lo están viviendo ahora. 
De momento, y previendo el día en el que yo sea una de esas profesoras, voy aprendiendo todo lo que puedo de informática para el futuro, que una nunca sabe cuándo un PC (en mi caso será un Mac) te dará mil vueltas como ser humano, y tampoco es cuestión de quedarse en el paro. Voy a empezar con el power-point, para aprender a meter palizas en formato filmina que les haga saltar lágrimas de aburrimiento. Para algo soy maestra, leches, esto de desmotivar a los peques lo llevo en la sangre. 

De samosas que pican o dónde colocan diferentes culturas el umbral del dolor.



Una de las cosas que más me gusta hacer en Londres es comer en un restaurante indio. No me suele gustar ir a una de esas cadenas en las que cualquier parecido con un curry de verdad es pura coincidencia, pero esta última vez que he ido, qué cosas, terminé en un restaurante enorme que me da a mí que era franquicia (aunque había mucha gente de aspecto indio o pakistaní comiendo allí, lo que siempre es garantía de autenticidad, o eso me digo yo a mí misma). Entré sin mucha hambre, pero ya llevaba recorrida la calle Carnaby varias veces y no me apetecía tomar otro té; me dieron la carta y yo comprobé con horror que los nombres de los currys eran distintos a los del restaurante indio-irlandés (sí, indio-irlandés) que tanto me gustaba en San Francisco. Como siempre, los distintos niveles de picor venían marcados con dibujos de guindillas que yo interpreté a mi antojo: una guindilla, roza el umbral del dolor pero no llega; dos guindillas, solo apto si tienes el extintor a mano. Miré los platos que no tenían ni guindilla ni advertencia de ningún tipo. Las samosas estaban en este grupo, bien. Si hay algo que me gusta de la comida india, más que cualquier curry, es esa pasta similar al hojaldre con relleno de verduras por dentro, pero normalmente las ponen tan picantes que es difícil paladearlas. Pedí al camarero que me recomendara un curry que no picara y pedí las samosas como entrantes. 
Con el primer mordisco supe que quien había escrito el menú tenía una mente muy retorcida. El picor no atacó de golpe, sino que se fue apoderando de mi boca lentamente, un “qué me está pasando que me arde la lengua” paulatino, de forma que antes de darme cuenta de que aquello picaba horrores ya me había comido media samosa. Intenté calmar el picor con la guarnición de garbancitos que había a un lado, pero aquello fue una mala idea, porque picaban más. Yo seguía comiendo, que una es vasca y no se va a dejar amedrentar (y aquello estaba riquísimo), y trataba de mitigar el dolor con tragos de cerveza Cobra (que también estaba buenísima). Cuando terminé la primera samosa, tenía lágrimas en los ojos. El camarero me vio de lejos y me preguntó con un gesto si todo estaba bien. Yo hice gesto de “joder cómo pica esto” (ese gesto internacional en el que te abanicas la cara y haces una O con los labios), y él, ojiplático, se acercó a mi mesa. 
—¿Está muy picante? —me dijo. 
—Mucho —contesté. Para qué mentirle, si me caía una lágrima por la mejilla—. Pero está muy rico. Muy rico. 
Él soltó una carcajada que hizo que los comensales de alrededor miraran a mi mesa. 
—Pues las samosas ni siquiera están marcadas como picantes en el menú.
—No, si ya —Quería añadir “so capullo”, pero me pareció poco apropiado porque en inglés suena muy fuerte. El hombre no dejaba de reírse, pero estaba un poco mortificado. 
—Le voy a traer algo de yogur.
—No, deje, deje, si ya me las he comido. Oiga, ¿el curry es tan picante como esto?
El camarero alzó las cejas y me miró con cara de susto.
—Uy… Pues yo creo que no, pero ya no me atrevo a decirle nada. Deje que le traiga un poco de yogur, ande. 
—No, de verdad, estoy bien. 
Estaba de cine: me había acabado las samosas y tenía un par de minutos antes de que llegara el plato fuerte. Y cerveza. 
El curry, en efecto, no picaba en absoluto, pero como veis en la foto podía haber alimentado a una familia de cuatro miembros y no me lo pude acabar. Una de las camareras se acercó a traerme el dichoso yogur, “que ya veo que lo está pasando mal”, cuando el problema no era ya el picor sino el llenazo inmundo que tenía. El curry, todo hay que decirlo, estaba buenísimo, y las dos cervezas que lo acompañaron también. 
Eso sí, la noche que me dieron las putas samosas no se puede describir. Al día siguiente cené yogur con cereales comprados en el súper de al lado del hotel.