Otoño


Otoño ha llegado de golpe, con un cambio de tiempo que nos ha pillado a todos con el pie cambiado. Hay que cambiar la ropa, poner una manta más en la cama (finita, pero que abrigue), cerrar las ventanas por la noche, sacar el pañuelo para el cuello. Llevo una semana con catarro, aunque no sé si eso es por el cambio de tiempo o por los achuchones que me dan los niños, a quienes no puedo decir que no aunque me vengan con los mocos colgando. Septiembre es así, pasa todos los años. Parece que el mes promete un buen tiempo eterno, que va a hacer calor hasta diciembre, y de repente arremete el frío. Recuerdo a mi padre, cuando yo era pequeña, haciendo planes para celebrar su cumpleaños con un picnic en el pantano, pensando que el verano iba a llegar hasta octubre, creyendo que el buen tiempo era una promesa eterna. Todo acaba. El buen tiempo, en Vitoria, no puede ser una excepción. 
Mi padre murió a un mes de cumplir los sesenta y siete años, cuando todavía hacía calor. Mi hermano y yo estábamos pensando en qué regalarle por su cumpleaños, porque sabíamos que le quedaba poco tiempo y queríamos que fuera algo que le gustara especialmente. Él murió a menos de una semana de nuestra conversación sobre su regalo. Nadie te explica cuánto es “poco tiempo”, y lo que a nosotros nos parecía poco —dos, tres meses— era una utopía tan difícil de alcanzar como el buen tiempo en octubre. Todo tiene su final, hasta la enfermedad (sobre todo la enfermedad). Lo bueno es que lo malo también tiene fin. Nada dura eternamente. 
Todo se acaba y cada principio es un final. Las estaciones se suceden, el ciclo de la vida, bla, bla, bla. Yo solo sé que ahora empieza el otoño, que el frío durará hasta mayo y que ya, por mucho que cambie el tiempo con eso del calentamiento global, nunca podré celebrar el cumpleaños de mi padre con un picnic en el pantano. Todo lo más, con un ramo de flores mal puesto en un jarrón. Y sé que cada otoño será igual, y no habrá nadie que pueda cambiar eso. 

Buenos propósitos


Dicen que el año nuevo empieza el uno de enero, pero yo estoy convencida de que no tardaremos mucho en empezar a celebrar la Noche Vieja el 31 de agosto. Ese es el día en el que los verdaderos propósitos de comienzo de año empiezan, incluidos el sempiterno “voy a dejar de fumar” y “este año me apunto al gimnasio”.
Yo no puedo dejar de fumar porque antes tendría que empezar, y casi que paso, pero lo del gimnasio lo he cumplido a rajatabla. El mismo uno de septiembre estaba en la instalación con mi bolsa de deporte, mis zapatillas ya gastadas y unas ganas locas de perder las dos arrobas que he ganado este año. En el gimnasio me saludaron como si me conocieran de toda la vida, algo normal teniendo en cuenta que he perdido ya la cuenta de los primeros de septiembre que he pasado en su seno, y me enseñaron la lista de clases dirigidas. Este año paso de máquinas y pesas, porque siempre termino aburriéndome y lo dejo a los dos meses. Quería ver si había alguna clase que me gustara a un horario que me viniera bien. El lunes había zumba, y me dije que debía probarlo. Y lo probé. 
¿Os acordáis de ese anuncio en el que salía una chica bailando muy bien y la voz en off decía algo como “así crees que bailas cuando estás bebida”, para luego mostrarla borracha y dando tumbos en la pista, con la voz en off diciendo “así bailas en realidad”? Pues esa fue mi experiencia el primer día. La monitora, una chica bajita y toda ella músculo, se movía como si no costara dar los pasos y las vueltas que daba en su pequeño podio, y yo intentaba seguirla con la misma gracia que un elefante con artrosis. La misma gracia, supongo, que tengo cuando bailo con mis amigas en un bar y creo que me estoy luciendo cosa mala con la música de Enrique Iglesias de fondo y una cerveza en la mano, pero esta vez con un espejo delante que me ha confirmado una terrible sospecha que acarreo desde la infancia: mi cadera está soldada al muslo y a la espalda. No hay otra explicación. Soy incapaz de mover el culo en los pasos de salsa. Y las raras veces que lo consigo pierdo el paso y a punto estoy de caerme, porque no puedo estar concentrada en dos partes del cuerpo al mismo tiempo. Me pasaba igual en aeróbic, que o movía los brazos o movía los pies, pero las dos cosas a un tiempo me era imposible. 
Pero no cejo en mi empeño. Mi objetivo de este año es conseguir seguir la coreografía de la monitora hasta el final, sin perderme. El viernes volví, tras una trágica experiencia con la clase de spinning (no pasó nada, solo que me dolía tanto el culo los días siguientes que he tenido problemas para sentarme toda la semana), y, aunque la cadera sigue bien sujeta, he de decir que fui capaz de imitar el paso con solo tres repeticiones, lo que para mí ya es un logro. Y un logro no menor es haber ido al gimnasio un viernes, me diréis que no. 
Así que al loro. Que igual termináis viéndome en el programa ese de baile con los famosos. Que le voy a coger el gustillo a esto de dar brincos en suelo de parqué con una botella de agua en lugar de un gintonic, para ir entrenando y dejar a la gente ojiplática la próxima vez que pongan una de Pitbull en el bar. Solo espero que el bar no tenga espejos. Y que la monitora no ande cerca, por eso de que las comparaciones son odiosas.