Entierro


Era su presentación en la familia de su novia, hecho que en sí mismo ya hubiera puesto nervioso a cualquiera. Para más inri, era con ocasión del funeral altamente religioso de la monja de clausura de la familia, con lo que sabía que iba a tener que pasar la inspección de absolutamente toda la familia y la mayoría de los habitantes del pueblo. Manuel sentía las miradas de las que suponía tías de Ainara, quizá vecinas; hizo un esfuerzo por ignorarlas y seguir los pasos de su novia hacia la multitud que esperaba a las puertas de la iglesia donde se iba a oficiar el funeral. Al llegar, un hombre se acercó a ellos y habló en un rápido euskera a Ainara, aunque mirando a Manuel, que sonrió amablemente por más que no entendiera una sola palabra. Ainara se giró a él.
-Dice que no hay bastantes mozos para que levanten el féretro y lo lleven hasta el convento –le dijo, con cara de espanto-. Que si no te importa ayudarles.
-No pesa mucho, era una monja con voto de pobreza –apuntó el hombre, diciendo la erre de “pobreza” con tanta fuerza que la palabra se hacía casi incomprensible-. Estaba tan flaca que cabía por los barrotes.
Manuel miró a Ainara, que le observaba entre divertida y horrorizada, suspiró y se encogió de hombros, asintiendo con la cabeza; el hombre le dio una palmadita en el hombro que por poco lo tira al suelo. Ainara le cogió del brazo.
-Jo, Manuel, ya lo siento. Es que todos los hombres de la familia son demasiado mayores para cargar con el peso. Creo que por debajo de cuarenta sólo estáis mi hermano y tú.
-Ya. ¿Qué es, una tradición? ¿Cargar con el muerto al recién llegado?
Los dos rieron. Las señoras vestidas de luto que iban delante de ellos les miraron con cara de reproche.
La misa –de cuerpo presente, por supuesto- se le hizo eterna. Fue en euskera, como ya se imaginaba, y, aunque desde que salía con Ainara su euskera había mejorado un doscientos por cien, aquél dialecto le era completamente incomprensible. Se entretuvo mirando la iglesia, donde nunca había estado. Era bonita, aunque simple. Había leído en algún sitio que databa del siglo XI, con las típicas incorporaciones hechas más adelante; él no entendía nada de arquitectura, menos aún religiosa, así que no sabía muy bien lo que estaba viendo. Pasó la mirada por las filas de bancos. Toda la gente que estaba en su línea o más atrás había apartado la mirada del cura y le observaban a él. Manuel miró rápidamente al frente.
-Ainara –susurró-. Me están mirando.
-Claro –dijo ella-. No te conocen.
-Ah. ¿Les dan el mismo repaso a todos los de fuera?
-A todos. Sobre todo en los funerales.
La misa terminó al fin. El hombre que le había pedido que les ayudara le hizo un gesto y Manuel se acercó al altar, dejando a Ainara con sus padres y sintiéndose desvalido sin ella. Los encargados de cargar con el féretro eran seis: Aitor, el hermano de Ainara, que medía por lo menos diez centímetros más que el propio Manuel; dos señores que no llegarían al uno sesenta con cara de haberse pasado la vida levantando piedras por deporte; un hombre espigado, algo más alto que él, que parecía a punto de partirse bajo el peso de sus propios hombros, no digamos ya con un féretro sobre ellos; y un hombre de espaldas anchas que le llegaba a Manuel por el sobaco, aunque parecía capaz de llevar el féretro él solo si los demás se arrepentían en el último momento.
Uno de los levantadores de piedras le señaló la esquina donde debía ponerse y Manuel se preparó a levantar el féretro, poniendo las manos por debajo de la caja y dándose cuenta por primera vez de la carga que iba a llevar. Era la primera vez que estaba tan cerca de un cadáver.
El mismo hombre empezó a contar:
-Bat, bi, hiru… Gora!
Manuel levantó su lado, sorprendiéndose al tener que hacer un esfuerzo mucho más grande del que se esperaba. Se colocó la caja sobre el hombro, la madera clavándosele en la clavícula, y esperó a que los que estaban delante de él empezaran a andar. Enseguida se dio cuenta de que no se habían colocado bien: los hombres más altos estaban en un lado y los más bajos en otro. Pero él no era nadie en aquel entierro –aunque, técnicamente, le habían dado vela, se dijo, y sonrió estúpidamente un momento- y no pensaba decir ni Pamplona.
Echaron a andar. El féretro pesaba mucho más de lo que Manuel se había esperado, por mucha monja anoréxica que llevaran dentro. Para cuando salieron de la iglesia, ya estaba sudando copiosamente a pesar de ser un día otoñal más bien frío. El convento donde la mujer había pasado toda su vida y pasaría su eternidad estaba a la vista, quizás un poco más lejos de lo que a Manuel le hubiera gustado, pero a una distancia asequible si todo iba bien. Atravesaron la multitud que esperaba fuera de la iglesia. Vio la cara de Ainara un segundo, los labios hacia dentro en un gesto que podía indicar que estaba mortificada o aguantándose las ganas de reír. Sintió cómo la gente se incorporaba al cortejo, aunque no podía girar la cabeza a riesgo de dejar caer la caja. Se imaginó el espectáculo si eso pasara. Volvió a sonreír y se alegró de que nadie pudiera verle la cara.
A los cinco minutos de camino, Manuel ya creía morir de cansancio y dolor en el hombro. El cuerpo de la monja iba tambaleándose dentro de la caja y de vez en cuando sonaba un clonk, clonk que Manuel esperaba que los asistentes no pudieran oír y que estaba empezando a alterarle los nervios. De repente, el féretro se inclinó peligrosamente hacia atrás y tuvo que hacer un esfuerzo extra para que no se cayera. Estaban subiendo una cuesta. Lo que faltaba, pensó, respirando tan hondo como pudo y calculando visualmente lo que le faltaba para llegar. Tenía la cabeza de Aitor delante y sólo podía ver la parte de arriba del convento. Bien, ya faltaba poco.
El hombre que iba delante de Aitor dijo algo que sonó como una orden pero que Manuel no entendió. Resoplando como un toro bravo, le pregunto a Aitor.
-¿Qué ha dicho?
-Escaleras. Ya estamos llegando.
¿Escaleras? ¿Pero qué clase de convento era aquel, subido en una colina y encima con escaleras? Manuel, que sujetaba la esquina trasera de la caja, se asió con más fuerza a la madera cuando notó que la parte de delante empezaba a subir. Sintió cómo un juramento se le subía a los labios, pero recordó dónde estaba y se limitó a pensar la maldición. Un peldaño, dos, tres… Quién le había mandado meterse en aquello. Y por qué nadie le había avisado del recorrido que había que hacer. Dios, cómo pesaba aquella muerta.
-Joder –susurró, sin poder evitarlo, y Aitor dejó escapar una suave risa.
De repente, el cortejo se detuvo. Manuel cerró los ojos unos segundos, sintiendo que la madera se clavaba más en su hombro. No entendía qué hacían ahí parados, si faltaba tan poco…
El cura que había oficiado la misa pasó corriendo junto a él, en dirección al convento. Intercambió unas palabras con los porteadores de delante; el féretro empezó a bajar.
-¿Qué pasa ahora? –gimió Manuel, la caja más ladeada que nunca hacia el otro lado, donde la sujetaban los más bajos.
-Tenemos que agacharnos, no cabemos por la puerta –susurró Aitor, flexionando las rodillas según hablaba. Manuel dejó escapar un “no me jodas” antes de hacer lo propio. Volvieron a ponerse en marcha. Avanzaban muy despacio por lo complicado de su postura. Cuando pasaron por la puerta, Manuel tuvo que agacharse aún más para que el ataúd no golpeara el dintel. Ya estaban dentro. Ya no podía faltar mucho.
-Ahora hay que ir al patio –le informó Aitor, y Manuel sintió algo de consuelo al oír que él también se estaba quedando sin aliento.
Sólo quedaban cien metros hasta el destino final. Manuel calculó sus fuerzas y decidió que podía llegar, aunque no sería capaz de dar un paso más con aquel peso encima, así que más les valía no tener ningún imprevisto. Cincuenta metros más, se decía, sintiendo que nunca volvería a recuperar la sensación en su hombro anestesiado de dolor. Cuarenta. Treinta. Ya casi estaba allí.
Se detuvieron de nuevo, el agujero en donde debían bajar el ataúd junto a ellos. Dos hombres colocaron cuerdas bajo el féretro y le tendieron un extremo a Manuel; a duras penas y echando mano de su último aliento, Manuel consiguió bajar la caja y columpiarla en las cuerdas sobre el agujero en la tierra. Empezaron a bajarla. De repente, Manuel sintió que la cuerda se le resbalaba y el extremo del ataúd que él sujetaba golpeó el suelo con más fuerza de la debida. La tapa se movió. Soltó la cuerda y se apartó del panteón de un salto, soltando un juramento en voz tan baja que nadie le oyó. ¿No se suponía que iban clavadas? Sólo le faltaba ver la cara de la muerta.
Nadie pareció darse cuenta. El cura empezó a leer un fragmento de la Biblia y los porteadores se apartaron, dejando que los enterradores hicieran su trabajo. El padre de Ainara se acercó a él.
-No se tira la cuerda dentro, Manuel.
Manuel dejó escapar un resoplido por la nariz.
-Lo siento. Si quieres bajo a buscarla.
-No, hombre, no. Es para que lo sepas para la próxima vez.
Manuel se acercó a Ainara y sintió la mano de ella esconderse en la suya. La próxima vez. La próxima vez. No habría una próxima vez.
-Pobrecito Manuel. Ya lo siento –le dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro sano.
Aunque quizás sí la hubiera. Y no estaba de más saber esas cosas.

La reencarnacion del diablo


Este es Sauron, mi gato, adoptado en un momento de soledad hace tres meses. En cuanto lo vi, decidí que tenía cara de malo, de ahí el nombre, pero aún así me ganó su mirada felina y sus maullidos cariñosos. Me lo llevé a casa para que me hiciera compañía. Y compañía me hace, pero a qué precio.
A simple vista, es un bendito. Se queja un poco cuando le llevo a la veterinaria, pero una vez en la clínica no dice ni miau, se deja hacer cualquier cosa y ni siquiera protesta cuando le ponen las vacunas. Cuando estoy con él en casa, se sienta en mi regazo y ve conmigo la tele, o duerme mientras leo un libro; a veces araña un poco el sofá -pero qué gato no lo hace-, juega con las bolitas del árbol de navidad o intenta tirarme el móvil al suelo. Cosas de michinos.
Lo malo es cuando no le hago caso, ya sea porque no estoy o porque estoy haciendo algo que me aleja de él -como escribir-. Su venganza es tan simple y animal como efectiva: se mea por todas las esquinas. En las cortinas que me traje de California, en la mantita que le hice para que no pasara frío por la noche, en el rascador que le compré para que dejara en paz el sofá, en la bandeja que guardo en lo más alto de la cocina, y, sobre todo, en las bolsas de plástico. Yo me creía muy lista guardándolas bajo la fregadera, pero el muy sinvergüenza ha encontrado un recoveco por el que colarse y ayer encontré la razón de que las piedras de su caja estuvieran tan limpias: debía llevar semanas usando mi cajón de los productos de limpieza como baño.
La razón por la que encontré su guarida no fue otra que la de andar buscando un plástico para cubrir la caldera. Ahora al minino le ha dado por subirse encima, y el jueves dejó de funcionar. Llamé al técnico, que investigó por la parte de arriba de la caldera y me miró sorprendido. "¿Ha andado alguien por aquí?", me preguntó. "Sí, el gato". "Pues ten cuidado, porque te ha sacado el cable del contacto y mordido el resto". Lo que faltaba. Sin agua caliente ni calefacción por culpa del bicho.
Y lo peor es que ya es demasiado tarde para mandarlo a la protectora de animales , que es donde a punto estuve de mandarlo ayer. Le he cogido cariño; echaría de menos hasta sus llantos a las cinco de la mañana rogándome que le deje entrar en mi cuarto -para que me pueda mear las cortinas cuando yo no miro-, y me moriría de angustia pensando que ninguna familia lo fuese a querer adoptar. Pero no entiendo por qué me ha tenido que tocar a mí el gato más guarro de la historia de los gatos. Yo quería un animalito que me hiciera compañía y me entretuviera mientras veía los bodrios que ponen en televisión, no un bicho que me pusiera nerviosa e hiciera que mi casa oliera a orín de gato. Cada uno tiene lo que se merece. Supongo.
Si alguien sabe algún remedio para hacerle volver a la caja con sus piedras, por favor, que me lo explique. Podréis decir orgullosos que habéis salvado la vida de un animal (casi) inocente.

He decidido que el 2007 va a ser mi año

Nunca había decidido que un año iba a ser mío. Siempre tenía ilusiones, a ver si este año pasa esto o lo otro, pero nunca había decidido que todo el año fuera a ser positivo. Con este lo he hecho. Y, aunque sólo estemos a día ocho, creo que he acertado.
El chiste es que no me ha pasado nada bueno de momento, de hecho no tengo ni trabajo todavía (aquí estoy, con el móvil al lado, esperando a que me llamen de la delegación de educación para salir corriendo a algún colegio perdido por la llanura alavesa), pero hay tantas cosas buenas que me pueden pasar este año que sería ridículo no tener ilusiones. Ennumero:
1. El mes que viene sabré si he aprobado el examen para conseguir el título de inglés. Mis posibilidades son buenas, y de no aprobar, siempre me puedo presentar otra vez. Pero yo me lo saco como que me llamo Ruth.
2. Voy a tener un diploma acreditativo de mi curso de traducción por Internet, lo que significará otra posibilidad de ingresos, aunque muy mínima -soy realista-. Y en diciembre haré el examen que me dará el título (y lo pasaré, porque éste es mi año).
3. Hay oposiciones en julio. Si empollo bien y mucho, puedo tener plaza fija para el resto de mi vida.
3. Sale el último libro de Harry Potter. No sé si esto es bueno o malo, porque significa que ya no habrá más, pero tengo unas ganas terribles de ver cómo acaba.
4. Me va a tocar la lotería. Técnicamente, ya me ha tocado -el reintegro del Niño y nueve euros del euromillones, que me hicieron tanta ilusión que, si llega a ser el gordo, no sé cómo hubiera reaccionado-, pero estoy convencida de que me va a tocar más. No mucho, lo suficiente para poner la cocina y el baño.
Y, en general, que me gusta el número siete, por mágico, por impar, porque sí. Y estoy convencida de que va a ser un buen año, y no voy a dejar que me lo amargue nadie. Si es necesario, no pienso ver la tele ni leer los periódicos para que los de siempre no me chafen el día. A ver si se pega un poco de mi año a la humanidad y arreglamos entre todos tanto desbarajuste.

P.D: No espero ganar un concurso literario porque eso no depende de mí, y lo único que puedo controlar es lo que depende de mí (bueno, vale, la lotería es una ilusión). Sólo sé que este año voy a escribir mucho, como siempre, porque es lo que me gusta y es lo que hago. Y voy a mandar cuentos a concurso, porque también tienen algo de lotería, y si alguna vez me ha de tocar será este año.
Porque lo digo yo.